Hoy me siento triste y dolido, peor aún, indignado y avergonzado, por el daño que algunos sacerdotes hacen en el rebaño que les ha sido encomendado. En vez de caminar, edificar la Iglesia y confesar a Cristo, como pedía el papa Francisco, se dedican a paralizar, destruir y traicionar el mensaje del Señor. ¡Cuánta razón tenía san Pablo cuando advertía a los presbíteros de Éfeso: “Se meterán entre vosotros lobos feroces que no tendrán piedad del rebaño. Incluso algunos de vosotros deformarán la doctrina y arrastrarán a los discípulos.” (Hch 20,29-30).

Jeremías 23  y Ezequiel 34 también nos hablan de los malos pastores y de su responsabilidad ante Dios: “¡Ay de los pastores que pierden y dispersan mi rebaño…!”; Pastores que “no han fortalecido a la oveja débil, no han curado a la enferma, no han vendado a la herida, no han hecho volver a la descarriada, ni han buscado a la que estaba perdida. Al contrario, las han dominado con rigor y crueldad. Y las ovejas se han dispersado por falta de pastor, y se han convertido en presa de todas las bestias salvajes. Mis ovejas se han dispersado, y andan errantes por todas las montañas y por todas las colinas elevadas. ¡Mis ovejas están dispersas por toda la tierra, y nadie se ocupa de ellas ni trata de buscarlas!.

Los peores enemigos de la Iglesia no están fuera, están dentro. Pastores que en vez de evangelizar el mundo, mundanizan el Evangelio, y han olvidado la caridad y la misericordia que merecen, –que necesitan–, todos los hijos de Dios.

Con todo no pierdo la esperanza, porque ante tanto desastre, el mismo Señor será su Pastor. Él es el Buen Pastor que da la vida pos sus ovejas. Él es la Puerta por la que entrarán. Él ha venido para que tengan vida, y vida en abundancia” (Jn 10). Él es el Juez que a cada uno pagará según sus obras.