SALUDO INICIAL

+ En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pedro (2,21b-24)

Cristo padeció por vosotros,
dejándoos un ejemplo
para que sigáis sus huellas.

Él no cometió pecado
ni encontraron engaño en su boca;
Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban;
sufriendo no profería amenazas;
sino que se entregaba al que juzga rectamente.

Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño,
para que, muertos a los pecados,
vivamos para la justicia.
Con sus heridas fuisteis curados.


 

PRIMERA ESTACIÓN: JESÚS ES CONDENADO A MUERTE.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Porque por tu santa cruz, redimiste al mundo.

 Meditación

 Os conviene que uno muera por el pueblo” (Jn 11,50).

Planearon tu muerte a escondidas. La mentira y la injusticia reinaban en sus corazones. He ahí el misterio de nuestra cerrazón a Dios y a los hombres. Unos tramaron tu muerte; otros te juzgaron; otros pidieron tu crucifixión… pero sólo tú padecías por todo el pueblo. El inocente… por los culpables.

Porque no te hemos reconocido como nuestro Salvador. ¡Señor, ten piedad!
Porque de algún modo colaboramos en las injusticias. ¡Cristo, ten piedad!
Porque no damos la cara por ti. ¡Señor, ten piedad!

 

SEGUNDA ESTACIÓN: JESÚS CARGA CON LA CRUZ.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Porque por tu santa cruz, redimiste al mundo.

 Meditación

Y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado ‘de la Calavera’” (Jn 19,17).

Cargas con la cruz. ¡Es tan pesada! No te pesa el leño, sino nuestros pecados y nuestras desgracias. Has asumido esa carga desde el primer instante de tu existencia humana por amor a Dios y a nosotros, pero ahora la dureza es mayor. La “carga ligera” de tu amor, se ha vuelto pesada por nuestras culpas.

Porque nuestros pecados aumentan el peso de tu cruz. ¡Señor, ten piedad!
Porque despreciamos a los que se sacrifican por nosotros. ¡Cristo, ten piedad!
Porque rechazamos nuestras cruces. ¡Señor, ten piedad!

 

TERCERA ESTACIÓN: JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Porque por tu santa cruz, redimiste al mundo.

Meditación

 Desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano” (Is 52,14).

Eres fuerte, Señor, pero la flaqueza de tu humanidad hace mella en tu alma. El peso de nuestro pecado te hace caer de bruces. Rechazaste la tentación de la apariencia y del éxito humano cuando te prometían que los ángeles no permitirían que tu pie tropezase en las piedras, y ahora tropiezas y caes… Nadie te sostiene; nadie te admira; todos se burlan. Tú te levantarás y seguirás… porque tu amor es más grande.

Porque nos autojustificamos en nuestras primera caídas. ¡Señor, ten piedad!
Por nuestra falta de sacrificio y esfuerzo. ¡Cristo, ten piedad!
Porque no sabemos levantarnos ante las adversidades. ¡Señor, ten piedad!

 

 CUARTA ESTACIÓN: JESÚS SE ENCUENTRA CON SU MADRE.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Porque por tu santa cruz, redimiste al mundo.

Meditación

 Y a ti una espada te traspasará el alma” (Lc 2,35).

Quizás no haya peor dolor que ver a una madre sufrir. Pero tú en María siempre encontrabas fortaleza y consuelo. Ella está junto a ti… no falla. En vuestros ojos se dibuja la peor aflicción, pero también la caridad más grande, y la certeza de estar cumpliendo el deber de la entrega. Tú y ella.

Por nuestra falta de caridad a los padres y abuelos. ¡Señor, ten piedad!
Porque no te acompañamos en tu pasión. ¡Cristo, ten piedad!
Porque no sabemos padecer con los más sufridos. ¡Señor, ten piedad!

 

QUINTA ESTACIÓN: EL CIRINEO AYUDA A JESÚS A LLEVAR LA CRUZ.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Porque por tu santa cruz, redimiste al mundo.

Meditación

 Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz” (Mt 27,32).

El cirineo llevó forzado la cruz, no lo hizo de buena gana, pero a ti te alivió su peso. Nosotros también tenemos nuestras cruces y eres tú nuestro cirineo. La diferencia es que tú si lo haces de buena gana y con absoluto amor. Gracias por aliviarnos en nuestras necesidades. Permítenos, Señor, ser cirineos de nuestros hermanos… como tú.

Porque no nos mueve la caridad hacia los demás. ¡Señor, ten piedad!
Porque hacemos las cosas de mala gana y no somos responsables. ¡Cristo, ten piedad!
Porque no sabemos agradecer tu misericordia. ¡Señor, ten piedad!

 

SEXTA ESTACIÓN: LA VERÓNICA LIMPIA EL ROSTRO DE JESÚS.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Porque por tu santa cruz, redimiste al mundo.

Meditación

 Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” (Sal 26,8). Tú, el más bello de los hombres, apareces ahora desfigurado, sin figura ni belleza, despreciado y evitado de los hombres (cf. Is 53,2).

La Verónica es de esas santas mujeres que se mueven por piedad hacia los demás. No teme represalias; sólo quiere asistirte y aliviarte. ¡Hay tantas verónicas en nuestro mundo y en nuestra iglesia! Te damos gracias por esa fortaleza y ánimo que das a nuestros voluntarios y animadores, porque ven tu rostro en los más necesitados, y ahí te asisten.

Porque no buscamos tu rostro. ¡Señor, ten piedad!
Porque no te reconocemos en los crucificados de nuestro mundo. ¡Cristo, ten piedad!
Porque nos asusta el compromiso y nos ponemos de perfil. ¡Señor, ten piedad!

 

SÉPTIMA ESTACIÓN: JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Porque por tu santa cruz, redimiste al mundo.

Meditación

 Yo soy el hombre que ha conocido el sufrimiento bajo la vara de su cólera; me ha conducido y llevado a la tiniebla y no a la luz… me ha aplastado en el polvo” (Lam 3,1-2.16).

Segunda caída. El camino parece inacabable. Ya no fallan sólo las fuerzas físicas, sino que es el mismo espíritu el que desfallece. ¡Oh, Señor! ¡Cómo nos cansamos! Caemos nosotros mismos y parece que nada puede levantarnos cuando perdemos el ánimo y la esperanza. ¡Ven a socorrernos! Tú, que sabes de nuestras caídas…

Porque nos cansamos pronto de tantas cosas. ¡Señor, ten piedad!
Porque no ayudamos a levantarse a quienes caen y les damos por perdidos. ¡Cristo, ten piedad!
Porque no reparamos el mal que hacemos. ¡Señor, ten piedad!

 

OCTAVA ESTACIÓN: JESÚS CONSUELA A LAS MUJERES DE JERUSALÉN.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Porque por tu santa cruz, redimiste al mundo.

Meditación

 Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos… porque si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?” (Lc 23,28.31).

Lágrimas por ti, Señor. Lloran las mujeres y los inocentes; mientras ríen los poderosos y los que se creen seguros. Lloran por tu desgracia, pero –como tú mismo dices– es peor la nuestra: es peor nuestro pecado y nuestra desidia. Nosotros sí que somos dignos de lástima cuando nos alejamos de ti.

Porque no lloramos las desgracias de los demás. ¡Señor, ten piedad!
Porque no sabemos consolar a los que sufren. ¡Cristo, ten piedad!
Porque no nos duelen nuestros pecados. ¡Señor, ten piedad!

 

NOVENA ESTACIÓN: JESÚS CAE POR TERCERA VEZ.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Porque por tu santa cruz, redimiste al mundo.

Meditación

 Me falta el  aliento se agota, mis días se extinguen, me espera la tumba. Vivo rodeado de burlas, tanta provocación me desvela… ¿Dónde ha quedado mi esperanza?” (Job 17,1-2.15).

La última caída. Está cerca el sacrificio. Por última vez besas la tierra en la que te encarnaste. El culmen de tu obra. Todos pensarían en tu derrota final y sus burlas van en aumento. Es terrible tu agotamiento y tu soledad… pero también va en aumento tu amor y tu entrega por nosotros. Tu confianza en el Padre es más fuerte que el sentimiento de impotencia y debilidad.

Porque nos desesperamos fácilmente. ¡Señor, ten piedad!
Por nuestra indiferencia ante tu humillación. ¡Cristo, ten piedad!
Por nuestras omisiones de caridad. ¡Señor, ten piedad!

 

DÉCIMA ESTACIÓN: JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Porque por tu santa cruz, redimiste al mundo.

Meditación

 Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos; ellos me miran triunfantes, se reparten  mi ropa, echan a suertes mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme” (Sal 22,17-20).

Señor Jesús, Tú habías predicado la necesidad de vestir al desnudo; ahora eres despojado de tus vestiduras. Dicen que para ti fue la burla peor, la que más sufriste. Así, en tu pasión, compartes tu suerte con todos los despojados y vejados de la tierra. Ellos tienen desde ese momento no sólo la fuerza de tu doctrina, sino la cercanía de tu persona.

Por no vestir al desnudo. ¡Señor, ten piedad!
Por las personas a las que vejamos con nuestra conducta. ¡Cristo, ten piedad!
Por quedarnos siempre en lo material. ¡Señor, ten piedad!

 

DÉCIMO PRIMERA ESTACIÓN:  JESÚS ES CRUCIFICADO.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Porque por tu santa cruz, redimiste al mundo.

Meditación

”…Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados.(1 Pe 2,23-24).

Te clavan las manos y los pies con clavos al madero ¡Escena dura donde las haya! A tanto puede llegar la brutalidad de los hombres, y tú la has sufrido en tus carnes. Pero desde ese momento la cruz pierde su horror para convertirse en el signo del amor más grande. Por eso te adoramos en la cruz, y no podemos dejar de presentarte en la cruz.

Por tus clavos y heridas. ¡Señor, ten piedad!
Por el rechazo del crucifijo como signo de amor. ¡Cristo, ten piedad!
Porque no te llevamos “clavado” en nuestro corazón. ¡Señor, ten piedad!

 

DÉCIMO SEGUNDA ESTACIÓN: JESÚS MUERE EN LA CRUZ.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Porque por tu santa cruz, redimiste al mundo.

Meditación

Era ya como la hora sexta, y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora nona, porque se oscureció el sol. El velo del Templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.» Y, dicho esto, expiró” (Lc 23,44-46).

Tú eres la Vida, y sin embargo… mueres. Bajas a lo más profundo de la condición humana para rescatarnos del dominio de la muerte. Desciendes a los infiernos para rescatar a los hijos de Adán muertos por el pecado. Iluminas el Hades con tu presencia. ¡No sabía la muerte a quien recibía! Desde ese momento, paradójicamente, la muerte ya no tiene poder absoluto.

Por tu pasión y muerte. ¡Señor, ten piedad!
Por la muerte de tantos y tantos inocentes. ¡Cristo, ten piedad!
Porque perdemos fácilmente la esperanza ante la muerte. ¡Señor, ten piedad!

Silencio

  

DÉCIMO TERCERA ESTACIÓN: JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ Y DADO A SU MADRE

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Porque por tu santa cruz, redimiste al mundo.

Meditación

¿Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome? ¿Hasta cuándo me esconderás tu rostro? ¿Hasta cuándo he de estar preocupado, con el corazón apenado todo el día? ¿Hasta cuándo va a triunfar mi enemigo? ¡Atiende y respóndeme, Señor, Dios mío! Da luz a mis ojos, para que no me duerma en  la muerte…” (Sal 13,2-4).

¡Santa María siempre a tu lado! De niño te portó en su regazo, ahora vuelve a acoger tu cuerpo roto, humillado y muerto. Ella padece contigo para nuestra salvación. Su amargura en este momento nos garantiza su consuelo en nuestro dolor. Ella estará ya siempre con las víctimas y con los desamparados.

Por los dolores de tu santa Madre. ¡Señor, ten piedad!
Porque no aceptamos el sentido redentor del dolor como María. ¡Cristo, ten piedad!
Por nuestra falta de misericordia ante la miseria humana. ¡Señor, ten piedad!

 

DÉCIMO CUARTA ESTACIÓN: EL CUERPO DE JESÚS ES COLOCADO EN UN SEPULCRO.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
Porque por tu santa cruz, redimiste al mundo.

Meditación

 «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24).

Te entierran piadosamente. Descansas de tu pasión. Te siembras en la tierra. Pero lejos de corromperte, pronto darás mucho fruto de vida mayor. Todo parece que ha terminado… y sin embargo es ahora cuando todo empieza. Aún no entendemos, Señor, pero por la fe mantenemos la esperanza…

Por nuestra falta de fe. ¡Señor, ten piedad!
Por nuestra falta de esperanza. ¡Cristo, ten piedad!
Por nuestra falta de caridad. ¡Señor, ten piedad!

 

ORACIÓN FINAL

Has extendido tus manos en la cruz, oh Cristo,
y has reunido a la Humanidad entera
para que pueda conocerte.

Has consentido que una lanza te abriera el costado
y has abierto así una fuente de salvación
para todos los que alabamos:

“¡Toda criatura bendiga al Señor
y le alabe por siempre!”.

Cada uno de tus miembros
sufrió pasión por nosotros:
tu cabeza, los golpes;
tus mejillas, las bofetadas;
tus manos , los clavos;
tu costado, la lanza.

Pero sobre todo has padecido la cruz.
¡Gloria a tu inefable misericordia,
oh Salvador nuestro!

Con las gotas de tu divina sangre
y las gotas de agua que brotan de tu costado,
el mundo ha sido creado de nuevo.

Porque con el agua,
oh Cristo misericordioso,
lavas nuestros pecados,
y con tu sangre…
firmas nuestro perdón.

(De la liturgia Armenia)

PADRE NUESTRO, AVE MARÍA, GLORIA