1. “Dios es amor” (1 Jn 4,8.16). Quizás nunca, queridos hermanos, se haya dicho nada tan bonito, tan profundo y tan cierto, ni de Dios, ni del Amor. Quizás nunca lleguemos a descubrir toda la riqueza que se encierra en esta frase tan corta. El amor implica siempre un «yo» y un «tú», una reciprocidad, un darse, un entregarse, una comunicación, una comunidad de personas. Y precisamente, porque Dios es Amor en sí mismo, Dios es Comunidad de Personas: es Trinidad. Pero el Amor de Dios no se ha quedado encerrado en sí mismo. Libremente, por pura liberalidad, ha querido comunicarse fuera de sí. Por eso creó el mundo, y como culmen de la creación al hombre, al que le dio su mismo status personal para poder dialogar y encontrarse con él. Y he aquí que el Amor de Dios se ha encontrado con el hombre, se nos ha hecho presente en Cristo, nuestro Señor y en su Espíritu Santo: – “Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo al mundo...” – “El amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado…

2. La vida cristiana: vida en el Amor

               Y porque Dios es amor y nos ha amado hasta el extremo quiere que nuestras nuevas relaciones se funden en el amor. Cuando el fariseo preguntó a Jesús «”Maestro, ¿cual es el mandamiento principal de la ley?” Jesús le dijo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la ley y los Profetas“» (Mt 22,36-40). Y también dijo Jesús: “Os doy un mandato nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros. En esto conocerán que sois discípulos míos…”. (Jn 13, 34-35)

              Así, pues, queridos hermanos: la vida cristiana se funda en dos relaciones de amor:

– Una relación vertical: el amor a Dios.

– Una relación horizontal: el amor a los hermanos.

               Ser cristiano es un regalo de Dios y por eso está por encima y más allá de nuestra mera condición ética; pero vivir en cristiano implica necesariamente esa dimensión ética.

3. Estamos en Cuaresma: Convirtámonos al Amor.

               ¿Por qué digo todo esto?. Estamos en Cuaresma: tiempo de gracia y de vuelta al Señor, de preparación para la Pascua de Jesús. Tiempo de conversión plena y sincera al Amor.

                A eso nos invitaba la primera lectura de hoy. Con motivo del tema del ayuno, el profeta Isaías, en el nombre del Señor echa en cara al Pueblo su hipocresía: el hecho de que a pesar de que cumplen la práctica externa del ayuno, y eso está bien, sin embargo la dimensión ética no era observada: “Mirad: el día del ayuno buscáis vuestro interés… ayunáis entre riñas y disputas, dando puñetazos sin piedad…¿Es ése el ayuno que el Señor desea para el día en que el hombre se mortifica?, mover la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza, ¿a eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor? El ayuno que yo quiero es éste -oráculo del Señor-: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne...”. No cerrarse en el propio egoísmo.

                Algo parecido decía el Apóstol Santiago: “La religión pura e intachable ante Dios Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación y conservarse incontaminado del mundo” (St 1,27). Y también san Juan: “No amemos de palabra ni de boca, sino con obras, y según la verdad… Quién no ama no ha conocido a Dios… Si alguno dice: «Amo a Dios» y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1Jn 3,18; 4,8.20). Creo que los textos son lo suficientemente claros como para que podamos eludirlos.

                Tiempo de Cuaresma: tiempo de conversión al Amor. Tiempo de coherencia. Tiempo de dejar los individualismos, que es justo lo contrario al amor. Lo decíamos al principio: “Dios es comunidad de personas”, y la Iglesia es comunidad de personas: “Un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (cf. San Cipriano, De orat. dom., 23; LG 4). Nuestra fe es personal y por eso mismo comunitaria. Nunca individual. El “yo me lo guiso, yo me lo como…” no es católico. Nuestra fe la vivimos y la celebramos en comunidad, como pueblo reunido y unido. Y la comunidad no es la masa amorfa, el grupo anónimo que vemos en nuestra calle; ni el público o el grupo más o menos identificado que se reúne para un acto social o religioso, aunque tenga intereses o ideas comunes; ni el grupo de amigos que se reúne para charlar, salir o jugar al parchis.

               La comunidad sólo se funda entre personas, donde todos y cada uno están identificados; donde todos y cada uno ocupan un lugar al servicio de los demás; donde todos comparten su vida, sus dones y sus bienes porque les une el amor (cf. Hch. 2, 42ss). La Santísima Trinidad es el modelo de la comunidad humana. Hacia ello caminamos. Demos los pasos necesarios en esta cuaresma.

               Tiempo de cuaresma: tiempo para convertirnos al Amor; tiempo para convertirnos de nuestro individualismo; tiempo de hacer comunidad. Termino recordando la oración colecta de este día: “Confírmanos, Señor, en el espíritu de penitencia con que hemos empezado la cuaresma, y que la austeridad exterior que practicamos vaya siempre acompañada por la sinceridad del corazón“. Que así sea.