Hoy se cumple el IV Centenario de la muerte de San Juan de Ribera. No es un santo muy conocido fuera de la Diócesis de Valencia, pero reconozco que en mí dejó una huella profunda tras mi paso por el Real Colegio-Seminario de Corpus Christi que él fundó en la ciudad del Turia.

                Aquí no puedo hacer una biografía exhaustiva del santo patriarca, aunque si dar algunas notas importantes: nació en Sevilla en 1532, estudió en la universidad de Salamanca de la que fue profesor hasta 1562, fecha en la que fue nombrado obispo de Badajoz. Seis años más tarde el papa San Pío V le otorgó el título de Patriarca de Antioquia, y lo promovió al Arzobispado de Valencia donde “fue el alma de la restauración espiritual de la diócesis valentina al aplicar las directrices del Concilio de Trento”. El propio Pontífice lo definió como “lumbrera de toda España, singular ejemplo de virtud y de bondad, dechado de gloriosas costumbres y santidad… porque no sólo hace oficio de obispo sino de cura”.

                 Durante su pontificado fundó el Real Colegio Seminario de Corpus Christi. Fue arzobispo de Valencia durante 42 años, siendo el pontificado más largo de la diócesis valentina, hasta su fallecimiento el 6 de enero de 1611. Fue beatificado por Pío VI en el año 1796 y canonizado por Juan XXIII el 12 de junio de 1960.

                En el Colegio del Patriarca, donde reposan su restos, se siente aun vivo su espíritu: su amor a la Eucaristía, a la liturgia, al estudio y la reflexión, a la cultura, al arte, a la belleza en general…

                Ahora solo quiero hacer un pequeño homenaje a este gran santo del siglo de oro español con la publicación de una homilía que hice recien ordenado sacerdote, hace ahora quince años, durante el Triduo de preparación a su fiesta.

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                 Hay hombres que por su excepcional condición, por su excepcional personalidad, imprimen su sello personal en la historia. Los santos están, sin lugar a dudas, dentro de ese grupo de hombres.

                Celebramos el triduo de San Juan de Ribera, y si lo hacemos es porque reconocemos en este santo, que es nuestro santo, algo con lo que nosotros mismos nos identificamos:

• Quizás sea su actitud apacible, mística, contemplativa, tan bien retratada por Benlliure en la estatua del claustro de este colegio.

• Quizás sea su fuerza, su tesón, su reciedumbre.

• Quizás su sabiduría, propia de un anciano, curtido por los años, por la experiencia, por la gracia y sobre todo por la Sabiduría de Dios.

• Quizás se su espiritualidad, tan transida de amor a la Escritura, a los Padres, a la Eucaristía y a la Iglesia.

• O quizás sólo sea su humanidad, su profunda humanidad, propia de un hombre acostumbrado a andar mundo y a ver, como dice el Concilio Vaticano II “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de su tiempo” (Cf. GS 1).

                En cualquier caso, sea lo que fuere lo que nos atrae, san Juan de Ribera no ha pasado desapercibido para la historia, ni ha pasado desapercibido para nosotros.

                Pero nos podemos preguntar ¿cuál fue la clave de su vida? ¿cuál fue el motor de su acción? ¿cuál fu su fundamento, su roca firme sobre la que construyó su vida? Sin lugar a dudas, fue Jesucristo. Su amor a la Eucaristía así lo muestra.

                Y es que el santo tomo conciencia del Amor que Dios ha manifestado en la Encarnación de su Hijo, y del amor que cada día nos da en la celebración del banquete y del sacrificio de la Eucaristía. San Juan de Ribera se sintió profundamente amado por Dios en Jesucristo y también se sintió escogido para mostrar ese amor. “No sois vosotros los que me habéis escogido, he sido yo quien os he escogido a vosotros y os he enviado para que valláis y deis fruto”  hemos escuchado en el Evangelio. Su vida no va a ser sino el reflejo, la transparencia de ese amor. Jesucristo, el Buen Pastor, es la clave para entender la vida pastoral del santo.

                ¡Qué bien podía recitar san Juan de Ribera el Salmo 23 que hemos escuchado!. El Señor fue su pastor y por eso nada le podía faltar. Quien a Dios tiene nada le falta. El Señor es quien guía a su pueblo hacia los “prados de hierba fresca donde reposar“. El Señor hace esto por el honor de su Nombre -de Señor y de Pastor-, por su amor y su bondad: esos son los motivos auténticos que mueven a Dios a actuar como pastor.

                Siendo su pastor el Señor, San Juan se encontraba satisfecho, colmado, seguro, realizado y sabía que con el Señor a su lado no podría temer ningún mal: “tu amor y tu bondad me acompañan todos los días de mi vida, habitaré en la casa del Señor por años sin término“, “Tú estás conmigo“.

                Que bien entendió san Juan de Ribera a Cristo como “buen pastor” que guía y apacienta a sus ovejas, que las conoce y que da la vida por ellas, y eso cada día en la Eucaristía que es la fuente, el centro y el culmen de la vida cristiana, y que fue la fuente, el centro y el culmen de la vida de san Juan. Dice el salmo: “Preparas una mesa ante mí…, mi copa rebosa...”.

                Cristo fue el buen pastor de san Juan de Ribera, y de él aprendió nuestro santo a ser buen pastor de la Iglesia: su obra fue la de Cristo, y su vida reflejo e imagen del Señor. Como buen pastor san Juan fue un hombre de Dios, un hombre de Iglesia y un hombre entregado a los demás hombres.

                Como hombre de Dios, no tenía más interés que el de Jesucristo: que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Ahora recuerdo el sermón de san Agustín, en el que dice que el buen pastor es el que tiene el mismo interés de Jesucristo. Y eso con los criterios y desde los criterios mismos de Dios, que no son otros sino el amor. Y la respuesta del sacerdote a ese amor es la caridad pastoral. El hombre de Dios es incansable por acercar a Dios a los hombres: por eso no escatimó en el trabajo: hasta 11 veces recorrió la diócesis valentina anunciando a todos el Evangelio. El hombre de Dios no vive y no muere sino por Dios, ¿qué bien llevó a cabo esta tarea San Juan! [Esta capilla es un ejemplo de cuanto digo: nada más entrar por la puerta se siente a Dios. Aquí se huele a Dios]. San Juan de Ribera fue un hombre de Dios.

                Como hombre de Iglesia, san Juan entendió que no se puede vivir en cristiano fuera de la comunión eclesial. En un tiempo difícil para la iglesia, para su unidad, Juan de Ribera luchó por la Reforma católica: fue un obispo según los ideales del Concilio de Trento, cuyas normas y disposiciones trató de aplicar con tesón, sobre todo en la reforma de la universidad y del clero. El Hombre de Iglesia obedece a la Iglesia, es decir la escucha y tiene para con ella una actitud de justa entrega.

                Como hombre para los demás, san Juan no escatimó esfuerzo ninguno por promover la paz y la justicia. Como virrey de Valencia, y virrey cristiano, no dudó en crear nuevas infraestructuras para promover el bien común.

                Hombre de Dios, Hombre de Iglesia, hombre al servicio de los demás hombres: Pastor de esta grey. San Juan sigue siendo modelo de buenos pastores, porque él mismo fue “pastor según el corazón de Cristo” San Juan de Ribera, hombre de su tiempo, cristiano en su tiempo, sacerdote en su tiempo, nos enseña a nosotros a ser hombres, cristianos y sacerdotes de nuestro tiempo: llamados a una nueva evangelización de nuestro mundo, que transforme las estructuras de pecado en estructuras de amor, constructores de los el papa Juan Pablo II llama civilización del amor. Su secreto, su fundamento, su fuerza, su roca firme fue Jesucristo. También nosotros hoy contamos con Cristo, que se hace para nosotros compañero y alimento en la eucaristía.

                Que esta eucaristía suponga para nosotros un encuentro vivo con el Señor que transforme nuestra vida, tal como lo hizo con san Juan, y nos haga hombres de Dios, hombres de Iglesia, hombres al servicio de los demás hombres.

 ¡ALABADO SEA EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR!