El adviento, queridos hermanos es el tiempo en el que los cristianos nos disponemos para la Venida del Señor. Por eso, porque esperamos al Señor, y sabemos que el Señor va a venir, el Adviento es un tiempo de esperanza, de apertura de  nuestro corazón a la persona y al mensaje de Cristo, de apertura de nuestro corazón, también, a todos los que nos rodean.

               Tiempo de esperanza y tiempo de alegría, aún en medio de las dificultades que nos rodean. Alegría y esperanza aún en medio de un mundo que parece que no está hecho a la medida de la felicidad del hombre. Pero, eso sí, alegría y esperanza que no nacen de un sentimiento vano e ilusorio de la vida. La alegría y la esperanza cristianas no son ilusorias, no son un mero consuelo construido en el aire para olvidar las dificultades. No son una droga que haga olvidar nuestra pobre condición humana. No son alienantes.

               La alegría y la esperanza cristianas tienen un fundamento: “Cristo es nuestra esperanza” decía san Pablo, y sus obras son el signo y el motivo para seguir esperando.

               ¿No habéis escuchado la Palabra de Dios? Mirad lo que nos decía la primera lectura:

El desierto y el yelmo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa […] Fortaleced las mano débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará

               Y ¿cuáles serán los signos de esa presencia del Señor?:

Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará, y volverán los rescatados del Señor

               El profeta Isaías pronunció estas palabras en medio de un mundo en crisis: el pueblo de Israel estaba deportado en Babilonia, vivía en el extranjero, en un mundo hostil, en mundo sin valores humanos. Y la palabra del profeta resonó en los corazones de sus contemporáneos. Esta esperanza movió constantemente al pueblo de Israel, un pueblo que vivía en la inquietud de la espera del mesías, un pueblo que anhelaba “el desquite de su Dios“.

               En esa esperanza vivía Juan Bautista. Lo hemos escuchado en el Evangelio: “Juan había oído en la cárcel las obras de Cristo“, Pero el comportamiento de Jesús no responde del todo al ideal mesiánico de Juan, más centrado en la dimensión penitencial de la conversión ante la venida del día terrible de Dios, él esperaba el “desquite de su Dios“. Juan era un hombre lleno de esperanza, pero también lleno de prejuicios. Al  oir hablar de las obras del Mesías, envía desde la cárcel a sus discípulos para que pregunten directamente a Jesús si él es el Mesías o no.

               La respuesta de Jesús es claramente afirmativa, pero también clarificadora ante los prejuicios. Responde atribuyéndose a sí mismo la profecía de Isaías, fundamento de la esperanza del pueblo:

Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia

               Y concluye:

“¡Y dichoso el que no se sienta defraudado por mí!”

               Ellos esperaban desquite, Jesús trae liberación. Ellos esperaban castigo, Jesus trae salvación, y salvación entendida como comunión de vida con Dios, y como libertad frente a la esclavitud del pecado.

               Queridos hermanos, también nosotros estamos inquietos esperando al Señor, y nuestra esperanza tiene un fundamento cierto: Jesucristo. Esperamos la venida del Mesías ya próxima y eso nos llena de alegría, porque sabemos que nos trae la plenitud de la salvación, la vida con Dios la liberación de nuestras ataduras.

               Tengamos la confianza de Juan Bautista, pero sin enmendarle la plana al Señor: su salvación es un misterio, a nosotros nos queda confiar. Tengamos, así mismo las actitudes del Bautista. Fijaos en el elogio que de él hace Jesús: La declaración de Jesús sobre Juan consta de tres preguntas dirigidas al público. Las dos primeras tienen una respuesta negativa: Juan no es un predicador oportunista, ni un lujoso cortesano. La respuesta a la tercera es, sin embargo, positiva: Juan es un profeta: es el precursor del mesías; es Elías, el que tenía que venir a prepararle el camino.

               También nosotros, por el Bautismo hemos sido constituidos profetas, anunciadores del Señor que viene. Demos pues testimonio con obras y palabras del Señor.

               Pero también aparecen otros personajes en el Evangelio: los que son curados, los que son salvados por Jesús. Ellos fueron el signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo, las curaciones, los milagros eran el signo de la preesencia del Reino. también nosotros hemos sido curados, hemos sido salvados, como dice Heb nos hemos acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, a la asamblea de los santos que cantan al Señor. Y en medio de nuestro mundo, de nuestro trabajo, de nuestra familia, hemos de ser signo de comunión, signo de salvación, signo de la presencia de Dios, signo de la alegría que Cristo nos acerca, como aquellos fueron signo de que Jesús era el Cristo.

               Llenos de alegría, pues, celebremos la Eucaristía, alimento para la esperanza y pidamos al Señor que venga pronto a nosotros:

Ven Señor a salvarnos
Ven, Señor, y danos tu vida,
Ven Señor y liberanos de todas aquellas cadenas, grandes o pequeñas, que nos atan,
Ven Señor, que cesen los rencores,
Ven Señor, que cesen las disputas,
Ven Señor, que cese cualquier forma de atentado contra la vida humana,
Ven Señor a salvarnos,
Ven pronto, Señor Jesús.