Comenzamos, queridos hermanos, en este día, el tiempo de Adviento, tiempo de preparación de todos los cristianos para la venida del Señor. Tiempo de espera, tiempo de esperanza, porque se acerca nuestro Salvador.

                Cuando en nuestra vida ordinaria sabemos que alguien, un familiar o un amigo importante nos va a visitar, solemos limpiar nuestra casa mejor que nunca, ordenar las cosas, preparar la mesa con los mejores manteles y con los mejores cubiertos. Y nosotros, que somos cristianos, ¿acaso no debemos hacer lo mismo cuando sabemos que va a ser el Señor mismo, en persona, el que nos va a visitar? ¿Acaso no debemos limpiar nuestras vidas y nuestros corazones? ¿Acaso no debemos ordenar nuestras actitudes y poner al servicio del Señor todo aquello que tenemos y todos lo que somos?

                Sabemos que el Señor vino. Vino en la carne, pobre, pequeño y débil. Semejante en todo a nosotros, menos en el pecado. Esta venida la celebraremos en la navidad.

                “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11).

                El pueblo de Israel esperaba ansioso la venida del Mesías. Pero no supo prepararse adecuadamente para esa venida. No se dieron cuenta del momento en que vivían, no estuvieron atentos. Honraban al Señor con los labios, pero su corazón andaba lejos de Dios (cf. Is 29,13; Mt 15,8-9). Y por eso no pudieron reconocer la presencia de Dios en Jesucristo. Esperaban la salvación y no reconocieron al Salvador; esperaban la libertad, y no reconocieron al libertador; esperaban al Pastor, y no reconocieron al que es Camino, Verdad y Vida; esperaban a Dios, pero no reconocieron al Hombre: lo crucificaron. La Historia del pueblo de Israel es una llamada de atención para nosotros a preparar el Camino del Señor.

                Sabemos que el Señor viene. Viene aquí y ahora. Se hace misteriosamente presente en medio de nosotros. Presente en el prójimo que nos rodea; presente donde hay una necesidad o una alegría humana; presente en la Iglesia y en sus ministros; presente en la Eucaristía. Preparar el camino del Señor en este adviento es, como dice san Pablo en la segunda lectura, darse cuenta del momento en que vivimos, espabilarse, reconocer al Señor presente aquí y ahora, reconocerlo vivo y actuante en los hombres, en la Iglesia, en la Eucaristía, confiarnos y ofrecernos a él. Si esto es así, el camino del adviento supondrá para nosotros, cristianos, tomarnos en serio a los hombres, a la Iglesia, y la eucaristía.

                Sabemos que el Señor vendrá. “Vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin”. “Vendrá, pues, desde los cielos, nuestro Señor Jesucristo. Vendrá ciertamente hacia el fin de este mundo, en el último día, con gloria. Se realizará entonces la consumación de este mundo, que fue creado al principio, será otra vez renovado” (De las catequesis de Jerusalén). De esta venida nos advierte hoy el Evangelio:

                “Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. […] Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre”.

                Este adviento, queridos hermanos, debe ser para nosotros también una preparación para la venida futura del Señor, momento en el que plenificará nuestra condición humana. Por eso la Parusía o segunda venida del Señor supone para nosotros un momento de alegría y esperanza: ¡Ven señor Jesús! ¡Venga a nosotros tu reino!.

                El Señor vino, el Señor viene, el Señor vendrá. Preparémonos para el Señor.

¿Pero cómo preparar la venida del Señor?

                La liturgia de este tiempo y la Palabra de Dios nos irán instruyendo en el camino. Hoy en concreto, el Señor nos invita en la primera lectura a “caminar a su luz”:

                “Pueblo de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor”.

                Y también Pablo en la segunda, nos dice lo mismo:

                “…el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad”.

Caminar a la luz del Señor significa:

* poner nuestras vidas y nuestras personas en las manos del Señor, que es la Luz Verdadera que ilumina a todo hombre (Jn 1,9), dispuestos siempre y en cualquier circunstancia, a cumplir su voluntad.

* Caminar a la luz del Señor es poner al Señor Jesús como el sen­tido último de nuestra existencia, por el cual vale la pena entregarlo todo a fondo perdido, tal como hicieron los apóstoles y los san­tos.

* Caminar a la luz del Señor es ponernos en la onda del Señor. Hoy, queridos hermanos, hay muchas ondas en nuestro mundo, recibimos mu­chos mensajes, unos mejores, otros no tanto. Pero, en el fondo, y aunque no esté de moda, sólo una onda nos hace felices, porque es la única que pleni­fica al hombre como hombre y como persona: la onda de Jesús, expresada en las Bienaventuranzas.

* Caminar a la luz del Señor es saber juzgar nuestra realidad con criterios claros, los que nos ofrece el Evangelio y el mensaje de la Cruz. Es tener “los sentimientos propios de Cristo Jesús…” (Flp. 2,5).

* Caminar a la luz del Señor es cumplir lo que nos dice san Juan en su primera carta: “Dios es Luz, en él no hay tiniebla alguna. Si decimos que estamos en comunión con él, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos la verdad. Pero si caminamos en la luz, como él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado… En esto sabemos que le conocemos: en que guar­damos sus mandamientos. Quien dice: «Yo le conozco» y no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él. Pero quien guarda su Palabra, ciertamente en él el amor de Dios ha llegado a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él. Quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él… Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano, está aún en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos… Pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn 1,5-2,27).

* Caminar a la luz del Señor es lo que hizo la Virgen María, la humilde sierva del Señor, que esperó ansiosa la venida del Señor, la acogió con fe y fructificó en su seno. María es la gran figura del adviento, la que puso toda su esperanza en el Señor.

* En definitiva, queridos hermanos, caminar a la luz del Señor es Amar. Con razón decía san Agustín aquello de “ama y haz lo que quieras”. Y es que caminar a la luz del Señor, es responder generosamente al amor del Dios-Amor.

                “Caminar a la luz del Señor”: todo un programa de vida para el cris­tiano. Si por el bautismo hemos sido constituidos “hijos de la luz” (cf. Ef 5,9) y “luz del mundo” (cf. Mt 5,14) esto debe de notarse en nuestra vida cotidiana: “Que brille así nuestra luz ante los hombres, para que viendo nuestras buenas obras den gloria al Padre” (cf. Mt 5,16), como aquel centurión del Evangelio.

                “Caminar a la luz del Señor”: todo un programa para este Adviento.

                La Eucaristía que vamos a celebrar ahora es nuestro alimento en el camino. Aquí recibimos la fuerza y la gracia para ser luz. Seamos agradeci­dos a Dios por todos los dones que nos da, y que nuestra vida sea un testi­monio de la luz, que es Jesucristo, nuestro Señor.