Hay una leyenda que dice que cuando Dios creó al hombre le dio un corazón infinito para que éste llegara a ser morada del Dios infinito. Pero el hombre, con su pecado, con su avaricia, intentó llenar su propio corazón de cosas y de proyectos ajenos a la voluntad de Dios. Esas cosas no pueden colmar el corazón del hombre y por eso, la avaricia, lejos de plenificar, empobrece. Dios nos hizo para sí, y nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en él, dice san Agustín. Por eso, cuantas veces hacemos fracasar el proyecto de Dios por el pecado estamos frustrando, a fin de cuentas, nuestra propia vida. Quien olvida que Dios es el Señor de la vida, se está olvidando, en última instancia, de sí mismo.

                Las lecturas de la Palabra de Dios que hemos escuchado vienen a hacernos caer en la cuenta de esto.

                El punto de partida del evangelio es un problema de herencia. Era frecuente en tiempos de Jesús que los doctores de la ley asumieran el papel de jueces en casos similares. Pero Jesús se niega. Su vida estaba dedicada plenamente al anuncio del reino de Dios. Según las tradiciones jurídicas judías, el hijo mayor de una familia recibía los dos tercios de las posesiones paternas. El hombre que interpela a Jesús, dándole el título de maestro propio de los expertos de la ley, es probablemente el hermano más joven que no había debido recibir nada de la herencia. El choque entre los dos hermanos por el reparto de la herencia dependía en última instancia de la avaricia insaciable del hombre. La vida, afirma Jesús, no depende de la abundancia de los bienes materiales. El término avaricia se refiere a la aspiración a querer tener y poder más. Un deseo incontenible de dinero, de posesiones, de poder, de imagen, de prestigio o de fama, que no encuentra dónde satisfacerse. Para el evangelio de Lucas, este deseo es otra cara de la idolatría, que no hace la vida más segura ni colma las aspiraciones profundas, ni lleva a la auténtica madurez existencial de la persona. Para ilustrar este punto narra el evangelio la parábola. Para Jesús el dinero y las posesiones no son la verdadera vida del hombre. Pero muchas veces somos como el rico de la parábola que no se enriquece ante Dios y pone su confianza en los bienes y cosechas. Este hombre es llamado necio, como aquel que según el AT niega en la práctica a Dios y al prójimo (Sal 14,1). La conclusión de Lc 12,21 nos advierte contra el enriquecimiento egoísta y obsesivo, sea de dinero o de prestigio ante los demás; lo que debemos hacer es enriquecernos ante Dios, lo cual será aclarado por Jesús en otro evangelio: “Vended vuestros bienes, y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, a donde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”, o como dice san Pablo: “buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de allá arriba, no a los de la tierra… No sigáis engañándoos a vosotros mismos”. Se trata de vivir la vida siguiendo el plan de Dios, mirar hacia los otros, compartir, darse uno mismo, ya que como dice el filósofo “Sólo se posee lo que se da”, sólo nos poseemos cuando nos damos. Como Cristo que siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza, que siendo Dios se hizo hombre para plenificarnos en nuestra humanidad, haciéndonos hijos de Dios.

                Este mensaje choca, queridos hermanos, de una forma radical con lo que nos ofrece actualmente nuestra sociedad de consumo y hedonismo, en la que resuenan constantemente los cálculos de aquel hombre necio: “Túmbate, come, bebe, y date buena vida”. Tenemos más, gozamos más (y cuidado ¡eso es bueno!), pero no somos mejores ni más felices, porque olvidamos a aquel que da sentido a todo. “Vanidad de vanidades” dice Qohelet, y lo sabemos por experiencia. Sólo obtendremos esa felicidad cuando aprendamos  a situarlo todo ante Dios, con una jerarquía clara de valores, cuando únicamente Dios sea para nosotros la roca que nos salva, la luz que nos ilumina. Esta es la invitación que hoy nos hace el Señor, y que nosotros debemos acoger con humildad, porque nos cuesta, y con alegría, porque es una invitación a la vida auténtica. La eucaristía que vamos a recibir es el alimento que nos sostiene, el pan de vida que nos plenifica. Pidamos al Señor, que no se frustre en nosotros su proyecto y que nuestro corazón sea hoy sólo para él.