Celebramos ya el IV domingo de Pascua poniendo nuestros ojos en Jesucristo muerto y resucitado, Señor de la historia y del universo, y más que nada Señor de nuestras vidas. Eso es lo que trata de resaltar el texto evangélico que acabamos de escuchar: “Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas”.

La imagen del pastor era muy conocida en el Antiguo Testamento. Israel era un pueblo de pastores; incluso personajes tan importantes de la historia sagrada como Abel, Moisés o David habían ejercido ese duro trabajo. David mismo lo describe: “Tu servidor es pastor de las ovejas de mi padre, y si viene un león o un oso y se lleva una oveja del rebaño, salgo tras él, lo apaleo y se la quito de la boca” (1Sam 17, 34s). La imagen del pastor había servido también para definir como debía ser un buen dirigente del pueblo santo. Así por ejemplo Ezequiel denuncia a los malos pastores y líderes del pueblo (sacerdotes y reyes) que en vez de apacentar a las ovejas se habían servido de ellas dejándolas esquilmadas. Ante esa situación de malos dirigentes, Dios mismo promete ser el pastor de su pueblo: “Esto dice el Señor: Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, como sigue el pastor a su rebaño… Buscaré a las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas, a las gordas y fuertes las guardaré, y las apacentaré como es debido“. (Ez 34). Y sobre todo los salmos nos cantan pasajes preciosos donde aparece ese Dios bueno, que como un pastor guía, alimenta y sana a su pueblo: “El Señor es mi pastor, nada me falta…”  (Sal 23).

Pues bien, en Jesús tenemos el cumplimiento de esa promesa de Dios y de ese ideal del Antiguo Testamento: él es el buen pastor, el que busca la oveja perdida, el que con su Palabra nos guía y conduce, el que con su gracia nos sana y alimenta, el que con su fuerza nos guarda y defiende.

Dos notas sobresalen en la figura del Buen Pastor en el texto evangélico que acabamos de escuchar. Jesucristo mismo ha querido subrayarlas. La primera es el amor. “El buen pastor da la vida por las ovejas”. En contraposición con el asalariado, que guarda, no las ovejas propias, sino las ajenas, el pastor bueno convive siempre con el rebaño, lo saca del corral y lo conduce a buenos pastos, cuida de las ovejas y de los corderillos, los defiende de todos los peligros y llega hasta dar la vida por ellos. Sabe enfrentarse con el lobo, no sólo para defender el rebaño, sino también a cualquiera de sus ovejas. Ese amor es tan grande que llega incluso a entregar la vida por ellas: “Nadie tiene amor mayor que el que da la vida por sus amigos” dijo también el Señor (Jn 15,13).

La otra nota es la del conocimiento mutuo: “Yo soy el buen pastor, que conozco las mías y las mías me conocen”. Es este un conocimiento personal, íntimo, garantizado por el trato constante y el afecto sincero. Jesús conoce a todas y cada una de sus ovejas, pero no con un conocimiento superficial. Para revelarnos la profundidad y elevación de su conocimiento, señaló su medida exacta: “igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre”. Nosotros en la oración tenemos ese encuentro con el Señor, en el que debemos pedirle que lo conozcamos como él mismo nos conoce.

Estas dos notas son las que definen el auténtico ministerio pastoral en la Iglesia de Jesucristo. Nosotros, los pastores, -a quienes Jesucristo ha entregado el cuidado de su rebaño-, somos los responsables entre vosotros de que esas notas se hagan visibles al pueblo cristiano. Pues sólo hay un Pastor al frente del único rebaño; nosotros somos sus ministros. En nuestras actuaciones, ha de hacerse visible la presencia de Jesucristo en medio de su Iglesia. El papa Benedicto XVI nos lo recordaba en la homilía del comienzo de su pontificado: “La santa inquietud de Cristo ha de animar al pastor: no es indiferente para él que muchas personas vaguen por el desierto. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores.

Por último el buen pastor quiere llegar a todos. Considera que tiene ovejas en otros rediles, a las que debe buscar, para atraerlas a su rebaño, porque también son amadas y salvadas por él. “¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre!” hemos escuchado en la segunda lectura. Con la imagen del buen pastor somos invitados a contemplar ese amor en nuestras vidas y en las de los demás, para llegar a construir un auténtico rebaño, una auténtica comunidad, una gran Iglesia en fraternidad y comunión. Eso es lo que hoy principalmente le pedimos al Señor.