En consonancia con las parábolas que hemos escuchado los domingos anteriores, Jesús nos presenta hoy la parábola de los invitados a la boda, que es una explicación de la última afirmación de la parábola del domingo pasado: “Se os quitará a vosotros el reino… se dará a un pueblo que produzca sus frutos”. Esta es pues una explicación de Jesús a los dirigentes de su pueblo –sacerdotes y ancianos- de por qué él acoge a publicanos y pecadores y, en definitiva, de por qué su Iglesia y su Reino serán universales tras el rechazo del pueblo judío.

Para comprender el sentido de la parábola tenemos que entender algo de la mentalidad y de la cultura judía en tiempos de Jesús. La imagen que Jesús expone es la del banquete de bodas del hijo de un rey. El banquete tenía –y tiene- una importante función social: reúne al grupo para estrechar lazos y compartir la vida; además es signo de la importancia y del status de quienes lo comparten. –Por algo se criticó a Jesús sus comidas con publicanos y pecadores-.

La parábola habla de los preparativos de un rey para la boda de su hijo y del más que extraño rechazo de sus primeros invitados a tal evento. Su significado: Dios ha preparado su reino para su pueblo, pero éste lo ha rechazado incomprensible e injustamente. Entonces el rey castiga a aquellos invitados indignos y manda invitar ahora a todos los que se encuentren en los cruces de los caminos. Significado: ante el rechazo por parte de su pueblo, Dios abrirá su reino a todos los pueblos sin distinción. Todos serán sus invitados, sus comensales, en esa fiesta alegre. Se cumplirá así la promesa de Dios expresada hoy en la primera lectura: “el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones”.

Continúa la parábola diciendo que la sala se llenó de comensales. Dios quiere compartir su vida con todos nosotros. Todos somos sus invitados. Debemos alegrarnos, pues, cuando se llena nuestra iglesia de nuevos hermanos y hermanas. Deberíamos preocuparnos y evaluar qué pasa cuando esto no sucede. Nosotros también debemos de ser como aquellos heraldos que avisaban a todos  de la invitación del Señor.

Viene después una parte extraña en la parábola. El rey repara en uno que no lleva traje de fiesta y lo expulsa del banquete. Nos puede sorprender este hecho en un rey que ha mostrado antes tanta generosidad. ¿Qué significa esta comparación de Jesús? Pues que todos nosotros siendo invitados del Señor, y debiéndole estar agradecidos, también tenemos una responsabilidad: debemos estar revestidos de su gracia para participar en su reino y en su banquete. No podemos eludir nuestra tarea: con algo muy importante debemos corresponder al Señor por su invitación: la santidad. El traje de fiesta es símbolo de esa gracia que Dios nos regala, y de esa vida nueva, de esa santidad que nosotros debemos tener en nuestras existencias.

En definitiva, Dios ha mostrado su amor para con todo el género humano; a todos debe llegar su invitación, todos debemos corresponder a la misma revestidos de la fe y de la caridad. El próximo domingo, día del DOMUND, profundizaremos en esta idea.

La parábola también tiene unas fuertes resonancias eucarísticas. No en vano el Señor eligió el signo del banquete para la institución de la Eucaristía. Este es el banquete sagrado donde nos reunimos como Iglesia, donde damos gracias principalmente por el don que Dios nos ha hecho en su Hijo Jesucristo, donde escuchamos su palabra y donde nos hacemos uno con el Señor para compartir su vida con las nuestras en la comunión. La eucaristía es el anticipo del banquete del reino, y la prenda de la gloria futura. Debemos caer en la cuenta de que todos somos invitados suyos. De que cuando escuchamos las campanas es como si Dios nos dijese: ¡eres mi invitado! ¡ven a mi fiesta!. No rechacemos esa invitación y vengamos revestidos con la alegría y con la esperanza, con la fe y con la caridad y presentemos a Dios el obsequio de nuestros corazones. La eucaristía es lo más importante. Amén.

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