El viernes, 30 de octubre a las 12:45 h. fallecía en Martos mi padre Aurelio López Garzón digna y religiosamente, tras una grave enfermedad de tres meses. Ayer sábado le dábamos cristiana sepultura en mi pueblo de Torres. Han sido momentos realmente emotivos para mí y mi familia. Durante su enfermedad ha necesitado nuestra continua atención y ese ha sido el motivo principal del parón del blog en estos meses. En los pocos artículos de este tiempo podréis leer entre líneas mis sentimientos.

                 Ayer, al final de la hermosa celebración de sus exequias en Torres, me pidieron unas pequeñas palabras que improvisé sobre la marcha. Es difícil reproducirlas tal cual, pero en el artículo siguiente intento hacerlo. Las dije con toda emoción y con el corazón en la mano… y como digo al final… a todos, especialmente a mis amigos de Martos, muchas gracias….

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                 Acabamos de celebrar con gran esperanza la Eucaristía. La Eucaristía es siempre acción de gracias a Dios Padre por Jesucristo el Señor. Os puedo asegurar que durante esta celebración y durante estos últimos meses no he hecho otra cosa que darle gracias a Dios por el don de la vida de mi padre, sus sesenta y seis años, y –aunque pueda resultar extraño– por su enfermedad y el modo de su muerte. Gracias a Dios, que sabe hacer las cosas bien, aunque a veces a nosotros no entendamos sus caminos y nos duelan. Gracias a Dios porque mi padre ha muerte en él: “!Dichosos los que mueren en el Señor!” dice la Escritura y nos los ha recordado nuestro obispo en su homilía. Gracias a Dios porque en estos días a mi familia y a mí no nos ha faltado su consuelo y su fortaleza.

                 Durante estos tres meses de dura enfermedad mi padre me ha dado unas enormes lecciones de humanidad y fortaleza en unas ocasiones, de debilidad y de fe en otras. Entre las muchas cosas que nos ha dicho quiero destacar dos consejos que guardaré siempre en mi alma: el primero, no tener miedo a nada, ser fuertes y valientes en todo; el segundo, –y fueron sus ultimas palabras para mí la noche anterior a su muerte–, ser buenas personas, es lo que más vale.

                 Quiero dar las gracias a todos los que nos habéis acompañado en estos momentos y durante toda la enfermedad.

-    Gracias nuestro obispo D. Ramón, por su seguimiento de la enfermedad, por su presencia y por sus palabras de aliento y apoyo.

-    Gracias estos hermanos sacerdotes, tan numerosos en esta celebración a pesar de ser sábado y ser un día de actividades en las parroquias, gracias todos los que no han podido venir y se han disculpado. Me siento realmente emocionado. De una forma especial dar las gracias a los sacerdotes que han pasado por esta parroquia de Torres: creo que casi todos habéis gozado del aprecio y la amistad de mi padre, además de tantos otros. Gracias a D. Alfonso por la preparación de esta bellísima celebración, y a mis compañeros de Martos de los que tanta ayuda he tenido estos días.

-    Gracias al equipo médico de Hospital Médico-Quirurgico de Jaén y a los del Centro de Salud de Martos por sus cuidados, por su humanidad y su profesionalidad durante la enfermedad de mi padre, a pesar de las carencias del sistema.

-    Gracias a todos los que habéis venido esta tarde a la celebración: a mis paisanos, tan queridos, de Torres, ya vengo muy poco por el pueblo pero siempre os llevo en mi alma. A mis antiguos feligreses y amigos de Villacarrillo, de La Guardia de Jaén, de Andújar o de Martos. Habéis demostrado un autentico y sincero aprecio por mi persona y por mi familia, y sobre todo por mi padre, porque en todos esos lugares mi padre ha dejado muy buenos amigos. Gracias a las personas que habéis venido de otros lugares de la provincia y de España, y a los que no pudiendo venir han disculpado con tanta caridad su ausencia.

-    Y gracias, sobre todo, a mi madre y hermana, que durante estos tres meses de enfermedad no habéis dejado un momento de atender y sentir y amar a mi padre. A todos ¡GRACIAS!

Y por último, y recordando a mi padre: no tengamos miedo nunca y seamos buenas personas. Dios os lo pague.

                 Cuando hicimos el logo del XL Aniversario de la Parroquia de la Asunción de Martos, y pensamos hacer el juego en la web amiga de MARTOS AL DÍA para que se intentara sacar su significado, no imaginábamos el interés y la reacción de la gente. Como técnica de marketing ha resultado un éxito, y el equipo se da por satisfecho de esa experiencia. De hecho, muchos nos han preguntado sobre el tema, tanto en radio y tv, como amigos y feligreses en la calle.

                 Antes de explicar el logo quiero dar las gracias a Luismi y a “MARTOS AL DÍA” por su desinteresada colaboración. También a la mayoría de los amigos que han dejado sus comentarios diciendo más o menos acertadamente el significado. También nos ha sorprendido la imaginación de algunos otros comentarios. Eso es bueno. Por cierto, un amigo mío onubense, experto en diseño, dice que un logo debe ser claro y conciso, pero no de tal claridad que se vean las cosas tal cual, sino de una claridad simbólica que identifique con una sóla mirada ese logo con la empresa o la idea que representa. Y ponía el ejemplo de una cantidad enorme de logos de empresas e instituciones muy importantes a los que se les podría achacar y criticar los mismos comentarios que en “Martos al día” se han consignado de éste.

                 También quiero dar las gracias a Antonio García Prats, que es el autor del mismo,  con mi supervisión y visto bueno.

                 Y bien, ya sin más preámbulos vamos a descubrir el significado de los elementos.

logotipo XL Aniversario

                 Si os fijáis bien en el logo aparecen diversos elementos:

                1º. Tres letras: la “X”, la “L”, y la “A”. Supongo que no será necesario explicar que “XL” en números romanos es cuarenta. La “A” resultante de la conjunción de algunos tramos de la X y la L es la primera letra de la palabra Asunción, título de esta Parroquia.

                2º. Aparecen también dos símbolos cristianos muy comunes dependiendo de la perspectiva con que se miren en su diseño las letras X y L: la cruz y el camino. La cruz es blanca, sin manchas; la L (o camino) aparece con manchitas que intentan dar la sensación de movimiento. (De hecho algunos comentarios decían que parecía el plano de las calles del barrio, realmente no era exactamente así, pero algo de eso sí que hay). Estos dos elementos, la cruz y el camino, son fundamentales para entender la vida y espiritualidad cristianas.

                 3º. Además del blanco de los elementos aparecen dos colores, -el rojo y el gris-, que para los no entendidos en simbología iconográfica religiosa representan al Espíritu Santo y a la humanidad en su realidad moral (mezcla de cosas buenas y malas). Con estos colores en la iconografía cristiana se da a entender que la vida cristiana está siempre animada por el Espíritu Santo, aunque nosotros también tengamos en nuestras vidas elementos de pecado y mediocridad. Hacen referencia a los elementos visibles e invisibles de la vida cristiana. Una pequeña confesión: en un primer momento pensamos también poner el color azul, color simbólico de la Virgen María, titular de esta Parroquia de la Asuncion, pero por motivos estéticos y teológicos preferimos poner el color rojo del Espíritu Santo.

                 4º. Aparece en el logo la lectura ANIVERSARIO 1970-2010. El próximo 8 de septiembre del próximo año se cumplirán esos cuarenta años desde la erección de la misma. Alguien decía que los cumpleaños se celebran después. No es cierto. El aniversario se cumplirá el próximo año –como bien aparece en esa referencia-, pero cuando en la Iglesia se plantea una celebración de este tipo, análoga a un jubileo, se celebra durante el año en curso. Un ejemplo: un niño nace, y el día de su nacimiento tiene cero años pero ya ha entrado en el año I de su vida. La parroquia de la Asunción cumple ahora 39 años, pero entra desde este momento en el año XL de su existencia: es cuestión de saber un poquito de matemáticas. Otro ejemplo: los años 1901-2000 se consideraron siglo XX. Y otro ejemplo más: el 2000 aniversario del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo se cumplió en la navidad de los años 2000-2001, pero se celebró con todo un Jubileo Universal que duró todo un año y que comenzó en la Navidad de 1999 con la apertura de la Puerta Santa por parte de Juan Pablo II. Todos recordaréis aquellas preciosas imágenes.

 

                 Bien, -y volviendo a los elementos del logo-, todos esos elementos unidos simbolizan algo importante que es lo que pretendemos este año XL: la vida cristiana se realiza en una comunidad que está siempre en camino hacia su Señor Jesús, animada por el Espíritu Santo, aunque albergue en su interior pobrezas y mediocridades. En el caso de esta parroquia nos adentramos en el año XL de su peregrinación en Martos. Nos alegra esa noticia y nos anima para seguir en camino hasta la meta. Queremos celebrar estos cuarenta años con alegría y sobre todo con un compromiso compartido de crecer y mejorar en todos los aspectos. El lema del año XL va en esa misma línea: Enraizados y edificados en Cristo Jesús (Cf. Col 2,6); ese lema ya ha sido comentado en la homilía que aparece en el post anterior de este blog.

 

                 El logo estéticamente gustará más o menos, o no gustará nada (sobre gustos no hay nada escrito) pero es innegable que tiene una carga simbólica excepcional, captable y reconocible. Es moderno y original. Y no me podréis negar que cuando lo veáis a partir de este momento en cualquier medio os será fácil identificarlo, que es de lo que se trataba.

                Muchas gracias.

                 “¡Alaba alma mía al Señor!” hemos cantado en el salmo de esta Misa con la que damos comienzo al año XL de historia de nuestra comunidad parroquial de la Asunción de Martos. Se cumplen ahora los 39 años desde la firma del Decreto de su erección por parte del entonces obispo de Jaén, D. Félix Romero Mengíbar. Entramos, pues, en el año XL y este es un momento oportuno y hermoso para mirar agradecidos al pasado, para fortalecernos en el presente y para animarnos esperanzados hacia el futuro.

                 He querido convocaros en el nombre del Señor en este día para alabar juntos, con toda el alma, al Señor que mantiene su fidelidad generación tras generación. De eso sois testigos aquellos que recordáis ahora los inicios de la andadura de esta comunidad. Desde aquellas primeras dificultades y esperanzas hasta hoy nuestra comunidad ha tenido una hermosa y fructífera historia animada siempre por el Espíritu del Señor. Ahora le alabamos por su continua asistencia y fidelidad. Quiero recordar, agradecido, a todos los fieles que han tenido un trabajo y un compromiso en la construcción de esta Comunidad. Muchos han fallecido y gozan ya de la luz del Señor en la comunidad de los santos en el cielo; por ellos rezamos y a ellos nos encomendamos. Otros, los que vivís estos momentos, sacerdotes y laicos, catequistas, matrimonios, jóvenes y mayores, monaguillos, niños, mujeres y hombres… a todos –repito– a todos, muchas gracias por vuestro esfuerzo. Ahora os animo también a que contempléis vuestra obra en esta parroquia: ¡Habéis hecho una gran obra! ¡Dios os lo pague!

                 Gracias a vuestro trabajo y compromiso contemplamos ahora una Comunidad grande, variada y rica en vida cristiana, a pesar de las dificultades, también crecientes, en la actualidad. Vosotros sois la luz del mundo y la sal de la tierra (Mt 5,14-14) en nuestro contexto actual en nuestro barrio y en nuestro pueblo. Somos conscientes de los obstáculos que en el momento presente tenemos, tanto los que nos vienen de fuera de la Iglesia como de aquellos que nosotros mismos por nuestra debilidad creamos. Dios nos dé la fuerza de su Espíritu para superar unos y otros.

                 De cara al futuro, como cristianos que somos, no podemos perder la esperanza. Los cristianos somos hombres y mujeres de esperanza. La historia nos enseña que en medio de las peores crisis, la fe de los cristianos y la vida eclesial siempre han crecido en número e intensidad. No nos basamos sólo en datos sociológicos, -que los hay-, sino en el convencimiento de que Dios no abandona a su Iglesia, de que él mantiene su fidelidad perpetuamente. Nuestro Dios es el Dios del futuro. Como dijo Benedicto XVI en su viaje a Austria, “donde está Dios, hay futuro”.

                 Ahí está la clave para nuestro futuro como comunidad parroquial, y si me lo permitís, como entera sociedad humana: poner a Dios, dejarle sitio, dejarnos iluminar y guiar por él, porque sólo en él está la clave para la comprensión del ser humano en su verdad más íntima. Ese es el sentido del lema que hemos escogido para este año XL de vida de nuestra Parroquia de la Asuncion: Enraizados y edificados en Cristo Jesús”. Son palabras inspiradas en la segunda lectura de esta Misa (Col 2,6ss).

                 La imagen de ese lema es preciosa. “Enraizados”, es decir, con nuestra raíz plantada en Cristo Jesús. Todos nosotros sabemos de la importancia de la raíz de un árbol. La raíz no se ve, pero da vida y consistencia, fuerza y estabilidad al árbol. Eso mismo hace Cristo con nosotros si nos arraigamos en él. Uno de los problemas mayores de nuestra sociedad es precisamente la pérdida de su arraigo, de su raíz, de su identidad. Cuando no valoramos nuestra raíz todo se vuelve inestable, opinable, falto de firmeza y seguridad…, relativo. Nuestra raíz, como cristianos, como personas, como comunidad es Cristo. Esta imagen de la raíz es análoga a aquellas otras que también utiliza el Señor en el evangelio, de la roca, el cimiento, o el corazón. Este año debe ser un año para profundizar en nuestra raíz, en nuestra identidad cristiana. Para eso necesitamos una mayor formación en todos los aspectos que nos ayude a entender más y mejor a nuestro pueblo, a nuestras gentes, a nuestra sociedad, y sobre todo… a nuestro Cristo.

                 “Edificados”, es decir construidos en Jesucristo. Son los aspectos visibles de la vida cristiana que también deben ser vistos y reconocidos por todos. Nuestro edificio, y no me refiero solo a este templo, sino a nuestra vida, a nuestro trabajo y actividad en todos los órdenes, debe trasparentar la presencia de Cristo en nuestros corazones. Lo dice el Señor: “que vean vuestras buenas obras, para que den gloria a vuestro Padre del cielo” (Mt 5,16). Edificar en Cristo significa hacer aquello que nos lleve a nosotros y a todos aquellos que nos vean a ser casa y lugar visible de la presencia de Dios en nuestro mundo. En este sentido, queridos hermanos, debemos promocionar todo aquello que nos lleve a ser auténticos misioneros y trasmisores del Evangelio de la caridad y de la vida en nuestra Comunidad con obras y palabras.

                 “Effetá – Ábrete” decía Jesús en el Evangelio. No seamos ciegos, ni sordos, ni mudos. Nuestro mundo reclama hoy por hoy profetas que tengan la suficiente sensibilidad para mirar de frente, para poner oído al clamor de la injusticia y la mentira, y la suficiente valentía para hablar la Palabra de Dios a todos. Profetas que, -sin imponer nada-, propongan a todos la grandeza, la belleza, la verdad y la luz del Evangelio. Ábrete, llénate de Dios y dalo a los demás. Ábrete, comprende donde está la luz y la verdad para ti y para todos. Ábrete, Dios está actuando en ti, en la Iglesia, en el mundo, no seas ciego, ni sordo. No tapes tus sentidos a la realidad. Ponlos al servicio de la verdad. ¡Ábrete!.

                 En este momento, que comenzamos el XL Año de nuestra Parroquia de la Asunción de Martos, que culminará en septiembre de 2010, ponemos todos nuestros propósitos, ideas y actividades, todo nuestro proyecto pastoral en las manos de Dios. Que la santísima Virgen María, asumpta al cielo, nuestra titular, interceda por nosotros ante Dios. Amén.

               “Una mujer hacendosa… ¿quién la encontrará?” (Proverbios 31,10)

              Ayer miraba a mi madre. Estaba acariciando las manos de mi padre, como intentando darle todo el amor y toda la fuerza del mundo en estos momentos de dolor y dificultad.

              Mi padre es el enfermo, pero mi madre es la que lleva ahora sobre sus hombros todo el peso. Mi padre sufre, pero es mi madre la que aguanta ese sufrimiento. Mi padre intenta luchar, pero ahora es mi madre toda su fuerza. Mi padre está ahora –como dicen en mi pueblo– un poco rutinero, o maniático, y es mi madre, la que en silencio aguanta mecha. Siempre ha sido así. Siempre ha sido ella la mujer fuerte y hacendosa.

             Mi madre siempre ha sido una mujer sacrificada por los suyos. Pero de ese sacrificio que no cuesta porque viene avalado por el amor y la entrega. Mi madre trabajaba para la calle pero nunca descuidó sus tareas en la familia. Siempre trabajando en la casa, en el campo, en la costura –era una gran bordadora–… siempre comprometida con mis abuelos y con nosotros… con una paciencia infinita. Mi madre no es una mujer de muchas palabras, pero sí de muchas obras. Esa ha sido su vocación.

                Recuerdo de pequeño cuando me enseñaba a leer y escribir, a comportarme y a rezar. Sí, mi madre y mis abuelas son las que me enseñaron a rezar. Siempre estaba ahí para ayudarme en los deberes y para enseñarme lo que estaba bien y lo que estaba mal. Nunca me dio grandes caprichos, aunque nunca escatimó nada por mí. Bien sabía ella lo que yo necesitaba. No era autoritaria, pero tampoco permisiva. En algunas ocasiones me daba algún azote, -merecido por otra parte-, y no me siento traumatizado ni mucho menos por el mismo; pero junto al azote venía mucha pedagogía y dulzura. Mi madre ha mantenido la solidez y la estabilidad del hogar –unas veces con alegría, otras con sacrificio por su parte–. Nunca me ha faltado cariño y apoyo, aunque, personalmente, no he sabido agradecerlo convenientemente. ¡Que triste el hombre que no sabe valorar los desvelos de una mujer!

                Ahora pinta canas y en su rostro se dibujan cansancios, trabajos y noches sin dormir… y también incomprensiones, que a veces son las que más duelen. Mi madre calla… y ama… y sirve. Ella es la mujer fuerte, que en su sencillez, nos ha dado lo más grande: su vida, su corazón, su alma, su amor.

                Quien no sabe de amor, no sabe de sacrificio, ni de entrega, ni de cruz. Su boca se llenará de palabras huecas y vacías, pero en el fondo solo albergan egoísmo. Mi madre, en cambio, sabe de amor, y precisamente por eso de dignidad humana. Mi madre no habrá sido una mujer grande, pero si una gran mujer. Mi madre es la mujer más importante del mundo… como todas las buenas madres.

Gracias, mama.

In necessariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas

                En las cosas necesarias, unidad; en las dudosas, libertad; en todas y siempre, el amor. Son palabras de San Agustín cuya fiesta celebramos hoy y que podríamos considerar como la regla de oro del hombre verdaderamente libre.

                Son palabras sabias de un hombre sabio, que deberíamos mantener en todos los debates y opiniones. Palabras que no resisten ni los relativistas de la verdad ni los talibanes y fundamentalistas de cualquier ideología o religión. Palabras y pensamientos tremendamente necesarios en el momento actual, tanto en la Iglesia en particular como en la sociedad en general.

                Hay cosas que son evidentes y necesarias para el ser humano. Un ejemplo: los derechos humanos. Derechos que responden no a caprichos sino a la satisfacción de las necesidades vitales de los hombres y mujeres. Existe un derecho cuando es imprescindible satisfacer una necesidad vital, no otras cosas. Esto creo que es necesario tenerlo en cuenta en una sociedad como la nuestra donde se habla de supuestos derechos que no son tales y se deniegan otros fundamentales como el derecho a la vida, a la alimentación o a la educación.

                En la defensa de esas verdades fundamentales, de esos derechos fundamentales tenemos que mantener la unidad a toda costa, buscando la verdad en la caridad, como nos acaba de recordar Benedicto XVI. Ahí debemos estar los cristianos “a muerte” como se dice popularmente… Hay cosas necesarias que hay que defender. Por eso no podemos caer en el relativismo fácil ni acomodaticio, mirando para otro lado como si no pasara nada en nuestro mundo o en nuestro entorno. No mantener la unidad en la verdad, no buscar esa verdad, no ajustar nuestra vida a esa regla lleva al caos, al desorden… y lo estamos viendo –desgraciadamente–.

                Hay cosas que no son tan importantes, o que son opinables, en ellas debemos mantener la libertad, no solamente una libertad de opción que me posibilite elegir una cosa u otra, sino una libertad para el bien para el crecimiento humano, buscando siempre lo mejor o, al menos, lo menos malo, ahí radica también nuestro crecimiento como personas. No podemos hacer batallas o guerras de cosas nimias, encabezonándonos en lo que no es importante, en lo que sólo depende del gusto o de la afición o de la historia personal de cada uno. Es hermoso ver como en una sociedad como la nuestra existen diversas opciones, existe esa sana pluralidad que, vivida en el respeto mutuo, nos hace entrar en diálogo y en posibilidad de cambio y progreso personal, juzgando por nosotros mismos lo mejor, lo más hermoso.

                Esto va contra todos los absolutismos que a veces se nos presentan y contra tantos despotismos que tenemos que enfrentar. Yo veo que, en contra de lo que podríamos pensar en una sociedad teóricamente libre, en nuestro mundo hay cada vez mayor sectarismo y división. Me duele como se hacen batallas y se busca la revancha, se pisotean los derechos de las minorías e incluso de las mayorías, en nombre de no sé qué ideologismo. Esta necesaria libertad en las cosas relativas conlleva el respeto por todos y por todas y es la base de la auténtica tolerancia (que no es igual que la connivencia) y de la convivencia social.

                Unidad en las cosas necesarias, libertad en las relativas. Ambos principios se deben mantener y equilibrar. Para ello es necesario un concepto de “Verdad” tal como nos lo recordó Juan Pablo II y ahora Benedicto XVI. Una verdad que se halla en la naturaleza, que se descubre con la razón y que puede ser, y de hecho es, iluminada por la fe. Una Verdad que nos hace libres (cf. Jn 8,32)

                Manteniendo ambos principios se construye la convivencia social, la fraternidad y la corresponsabilidad en nuestro mundo. Diluyendo cualquiera de los dos se cae en la arbitrariedad de las leyes, en el relativismo moral, en la intolerancia, en el despotismo, en la revancha y en el desorden. Curiosamente relativismo moral y absolutismo legal terminan dándose la mano, en buena medida porque se han olvidado de la Verdad del ser humano, de su dignidad y de su libertad más auténtica.

                En todo el amor. Así terminaba el adagio de Agustín. Siempre y en todas partes el amor, como norma de vida fundamental del cristiano en particular y del ser humano en general. El amor ilumina la verdad y viceversa como nos acaba de enseñar Benedicto XVI, y se convierte en el aval y en el criterio de actuación de todo. Que toda nuestra actuación parta del amor y tienda al amor,  si me permitís decirlo… al Amor con mayúsculas. Ese Amor lo ilumina todo, lo penetra y lo trasciende todo. ¡Qué gran suerte, o mejor dicho, qué gran gracia tenemos los cristianos de contemplar esa Verdad y ese Amor!

               Hoy me preguntaban: “¿Cuándo vas a escribir algo más en el blog? Lo tienes muy abandonado”. Mi respuesta: “Cuando tenga paz y tiempo…”. Es verdad. En los últimos dos meses, entre las vacaciones de julio y la enfermedad de mi padre en agosto, el blog ha bajado de intensidad. No es una cosa que realmente me preocupe: yo soy cura, no bloguero. Éste es sólo un medio más, pero ni el único ni el más importante. En algo más de un año el blog ha sido ampliamente visitado y comentado. En estos meses ha caído un poco por las circunstancias… Espero retomarlo con fuerza cuando tenga paz y tiempo…

                Difícilmente se puede escribir cuando tienes que dedicar tiempo a la parroquia, a las otras parroquias y sobre todo a la familia en estos momentos difíciles…

                Gracias a Dios, todo va saliendo bien y mi padre es fuerte y tiene sentido del humor y se está tomando su enfermedad con un espíritu realmente sorprendente y positivo. De la preocupación de los primeros días he pasado a la confianza de que todo está saliendo bien, gracias a Dios.

                Estos días los paso de Martos a Jaén y de Jaén a Martos, con la cabeza en el hospital y el corazón en Dios. No tengo mucha paz ni mucho tiempo, la verdad… pero sí muchos amigos y amigas, que con sus llamadas, su servicialidad, su tiempo y su oración nos están ayudando a mi familia y a mí. Amigos de Torres, de Villacarrillo, de La Guardia, de Andújar, de Martos, de Valencia, de Córdoba o de Huelva… Dios os lo pague…

                Por mi parte solo le pido al Señor serenidad, paz y tiempo para dedicároslo a todos…

Ex corde. Facundo.

                Hace unos años compuse un pequeño comentario al Padre Nuestro para la Hoja de la Parroquia en la que entonces me encontraba. La verdad que era un comentario muy desigual, hecho frase por frase en un período largo de tiempo. En algunas partes redactaba más mi corazón, en otras –por las prisas- me limitaba a copiar y pegar lo que otros habían dicho, especialmente San Cipriano y Simone Weil. Hoy está siendo un día un poco especial para mí, y le estoy dando vueltas constantemente en mi cabeza a una frase del Padre Nuestro: “Hágase tu voluntad, en la tierra…”. He recordado aquel comentario y lo he estado releyendo…

               Después de haber reconocido que Dios es “Padre nuestro”, y de haber pedido para nosotros y para el mundo entero los bienes del Reino de los cielos, la oración del Señor Jesús reconoce que lo mejor para la humanidad es que se cumplan los planes de Dios sobre todos nosotros. Esos planes o voluntad de Dios sobre toda la humanidad es la comunión de nuestra vida con la del Padre. Dios quiere que nos unamos a él, que seamos uno con él, o como dice el apóstol san Pablo a su discípulo Timoteo: “…Dios, nuestro salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2,3-4). En definitiva, que la vida “del cielo” se haga presente y realidad en nuestra tierra.

              Considerar que la voluntad de Dios, no la nuestra, es la que nos salva, y la que mejor y más bien hace al mundo, y pedirla con insistencia en la oración, es la mayor muestra de confianza que podemos ofrecer al Padre.

              Si lo hacemos así seguimos el ejemplo de Jesucristo que cumple perfectamente -y de una vez por todas- la voluntad de Dios. Efectivamente, Jesús al entrar en el mundo dijo: “He aquí que yo vengo, oh Dios, a hacer tu voluntad” (Hebreos 10,7). Sólo Jesús puede decir: “Yo hago siempre lo que le agrada a Dios” (Juan 8,29), y por fin en la oración de su agonía, en Getsemaní, acoge totalmente esta Voluntad: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22,42). He aquí por qué Jesús “se entregó a sí mismo por nuestros pecados según la voluntad de Dios” (Gálatas 1,4).

               Pedir que se haga la voluntad de Dios, acoger con alegría esa voluntad de Dios, trabajar en el mundo para que se cumpla la voluntad de Dios, esa es la tarea de los cristianos. Esto no tiene nada que ver con el conformismo, ni con la falsa resignación, porque la voluntad de Dios es siempre nuestro bien y nuestro crecimiento humano y social. El cristiano que quiere cumplir en su vida la voluntad de Dios, siempre estará en marcha, en acción hacia algo nuevo y prometedor.

              Pero juntamente con el cumplimiento de su voluntad pido al Señor el don de la Fortaleza para continuar la tarea y el don del Consuelo para los momentos de derrota que seguro vendrán. La fortaleza y el consuelo, dones maravillosos que solo da el Espíritu Santo…

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.”

                  Estas palabras sublimes de Jesús en el evangelio de hoy dan sentido a lo que hacemos los cristianos todos los domingos cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía.

El contexto de las palabras de Jesús

                 Para entender el Evangelio que acabamos de proclamar es necesario entender el contexto del mismo. Jesús ha multiplicado los panes y alimentado al pueblo. Esto suscita la admiración de todos por lo que no paran de buscarle. Jesús, sin embargo, no se queda en ese éxito sino que quiere hacerles ver a los discípulos que hay un pan mejor que el meramente natural: el pan de la vida que él dará a los que crean en él –él mismo es ese Pan-. Estas palabras no son entendidas por sus oyentes, que sólo quieren el pan inmediato, rápido y fácil, sin caer en la cuenta de los bienes superiores que aporta Jesús. Lo que antes era admiración ahora se vuelve decepción en ellos.

                 Pero Jesús no se arredra, tiene una clara conciencia de su misión, e insiste –defendiéndose con las palabras que hoy hemos escuchado- en que él es el verdadero Pan de la Vida, que acogido con fe, da la vida al mundo. Desgraciadamente, tal como veremos en los próximos domingos, aquellos discípulos interesados se apartarán definitivamente del Señor.

Nuestra vinculación con el Señor

                 Esto me lleva a pensar, queridos hermanos, que a nosotros muchas veces nos pasa exactamente lo mismo: ¿Qué buscamos nosotros en Cristo? ¿Por qué nos acercamos a él? ¿En qué nos sentimos verdaderamente enriquecidos para nuestra vida? Más aún, los que celebramos habitualmente la Eucaristía ¿qué valor damos al Pan que Cristo nos da?

                 Mirad, de la figura de Cristo y de su Evangelio nos pueden cautivar muchas cosas. ¡Dichosos nosotros si es así! De la vida de la Iglesia también. Por eso venimos a Misa o participamos de diversos modos en la vida de la comunidad. Yo reconozco que he visto auténtica emoción y amor en muchos actos de la vida de nuestra comunidad. Pero esa emotividad debe dar un paso más y no quedarse en el momento para llegar a convertirse en auténtica fe que dé sentido a todo lo que somos y hacemos. Si hemos dado el primer paso en nuestro seguimiento del Señor ya hemos empezado una aventura que debemos seguir avanzando y no quedarnos parados como aquellos judíos que admiraron el pan multiplicado, pero no al que lo daba.

                 La auténtica respuesta cristiana no es el mero cumplimiento, por importante que éste sea, sino nuestra vinculación afectiva y amorosa con Aquel que nos atrae. A esa respuesta afectiva y amorosa, a esa amistad con Cristo, es a lo que llamamos fe.

El valor de la Eucaristía

                 Después de hablar Jesús en el Evangelio de la fe nos habla de ese verdadero Pan del Cielo que da la Vida eterna. Jesús es el pan de la vida. Los próximos domingos especificará el Señor en qué consiste ese pan –que es su carne para la vida del mundo-. Hoy las lecturas se nos quedan en el valor sublime del mismo ya que da fuerza para el camino y vida para siempre.

                 En la primera lectura hemos tenido un anticipo: Elías, cansado y agotado de la vida, deprimido ante tanta lucha e incomprensión, se desea la muerte; le cuesta seguir avanzando. ¡Qué bien nos podemos ver reflejados nosotros muchas veces en este Elías! Sin embargo Dios le va a dar un alimento misterioso, recuerdo del antiguo maná y prefiguración de nuestra eucaristía, para que se levante y siga en la brecha: “y con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios”. Nuestra vida, bien entendida, es siempre camino hacia Dios. En medio de tantas dificultades no nos falta la fuerza de la fe y de la esperanza, ni el pan de la eucaristía. Es así como podemos avanzar siempre alegres y confiados. De esto, queridos hermanos, yo mismo os puedo dar testimonio; yo que tengo tantos errores y debilidades, yo que fallo tanto en la oración y en la caridad –ya me vais conociendo- os aseguro que es la eucaristía, celebrada con fe y amor, la que me mantiene cada día ante vosotros y hace que no se apague la luz que recibo del Señor. En ella alimento mi amistad con el Señor y me siento consolado, confortado e iluminado en mi vida y ministerio. En la eucaristía lo recibimos todo, porque es el mismo Cristo quien se nos da. De esta verdad todos los santos os pueden dar ejemplo y testimonio. ¡Como me gustaría que entendieseis estas palabras y vosotros mismos las hicieseis vida de vuestras vidas. ¡Qué grande es la Eucaristía!

                De esa eucaristía nacen siempre los mejores valores de la vida cristiana, y por eso queridos hermanos, debemos amarla, cuidarla y celebrarla con mayor esmero y amor. ¡Alabado Jesucristo que se queda para siempre con nosotros como Pan de vida, como alimento y amigo en nuestro camino!

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                Vuelvo a retomar el blog tras el período de vacaciones. Este es un artículo que me gustaría escribir más con el corazón que con la cabeza. Es muy personal e intimo, pero a la vez quiero que sea algo abierto para mostraros a todos una magnífica lección que he aprendido este verano.

               Hay momentos de la vida en que de la forma más extraña Dios pone en tu camino a una persona que, sin comerlo ni beberlo, -como se dice-, empieza a meterse en tu alma simplemente por una sonrisa o un saludo. Comienza el diálogo, la conversación, la confianza y la amistad hasta un límite que tú mismo impones por miedo a descubrir tu intimidad más profunda.

               Decía un antiguo director espiritual que existen los amigos, los amigotes y los amiguitos. Nos hablaba de sus diferencias y limitaciones, de la riqueza que aportaban a tu vida los verdaderos amigos y de los peligros de los amiguitos. ¡Cuánta sabiduría en aquellas sencillas palabras! Mi problema es que encasillo muchas veces a las personas desde el principio, y resulta que cometo graves errores… A veces he considerado amigos a quienes no eran tales, con lo que la decepción por mi parte llega a ser morrocotuda; otras ocasiones, -en cambio-, personas en principio extrañas, alcanzan un nivel de sintonía excepcional con mi espíritu, y se convierten en verdaderos hermanos, en auténticos tesoros, en apoyo seguro, que no tiene precio ni se puede ponderar su valor, en bálsamo de vida, como dice el Libro del Eclesiástico (cf. Eclo 6,5-17).

                Reconozco que yo soy a veces muy complicado por mi carácter, por mis manías, o por mis limitaciones. Por eso me sorprende cuando hay personas que, superando ese primer escollo, siguen confiando en mí. Me sorprende cuando hay personas que comprenden mi oscuridad, y simplemente con una sonrisa que nace de una excepcional riqueza interior rompen mi caparazón y se cuelan en mi alma… y siguen sonriendo…

                Esas personas consiguen “desnudarme”, “desarmarme”, y sin embargo hacen que no sienta vergüenza ni miedo, sino una profunda alegría interior, una auténtica liberación, una sanación desde la raíz de mi espíritu. Alegría y paz es lo que me dan mis verdaderos amigos. Por todas partes por donde he ido pasando he ido encontrando personas, hombres y mujeres así. A todos les tengo que agradecer tanto y tanto… Cierto que la amistad es un gran tesoro, una gran riqueza, un gran bálsamo…

Ex corde. Facundo.

(Dedicado con agradecimiento a mis amigos y feligreses de tanto tiempo, y en especial a Jorge, con quien comparto la fe, la admiración a Jesús, el amor por la belleza y el arte, y la presencia en el corazón, aun estando a tanta distancia fisica…)

               Este martes 7 de julio se ha hecho pública la Tercera Carta Encíclica de Benedicto XVI. Fue firmada el pasado 29 de junio festividad de los santos apóstoles Pedro y Pablo en Roma y lleva por nombre latino CARITAS IN VERITATE (la caridad en la verdad). Se trata de una encíclica social, que sigue la gran corriente de la Doctrina Social de la Iglesia –principalmente de Pablo VI y Juan Pablo II-, para aterrizar en las circunstancias actuales de globalización, crisis económica y desarrollo de los pueblos. A falta de un mayor análisis, simplemente os pongo los títulos de los distintos capítulos:

- INTRODUCCIÓN
- I. EL MENSAJE DE LA POPULORUM PROGRESSIO
- II. EL DESARROLLO HUMANO EN NUESTRO TIEMPO
- III. FRATERNIDAD, DESARROLLO ECONÓMICO Y SOCIEDAD CIVIL
- IV. DESARROLLO DE LOS PUEBLOS, DERECHOS Y DEBERES, AMBIENTE
- V. LA COLABORACIÓN DE LA FAMILIA HUMANA
- VI. EL DESARROLLO DE LOS PUEBLOS Y LA TÉCNICA
- CONCLUSIÓN

            Estos días de vacaciones voy a intentar leerla y profundizarla tranquilamente y ofreceros una síntesis y un análisis de la misma…

           Si queréis leerla vosotros mismos la podéis ver en el siguiente enlace:

http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20090629_caritas-in-veritate_sp.html

            Abrazo a todos.

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