“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.”
Estas palabras sublimes de Jesús en el evangelio de hoy dan sentido a lo que hacemos los cristianos todos los domingos cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía.
El contexto de las palabras de Jesús
Para entender el Evangelio que acabamos de proclamar es necesario entender el contexto del mismo. Jesús ha multiplicado los panes y alimentado al pueblo. Esto suscita la admiración de todos por lo que no paran de buscarle. Jesús, sin embargo, no se queda en ese éxito sino que quiere hacerles ver a los discípulos que hay un pan mejor que el meramente natural: el pan de la vida que él dará a los que crean en él –él mismo es ese Pan-. Estas palabras no son entendidas por sus oyentes, que sólo quieren el pan inmediato, rápido y fácil, sin caer en la cuenta de los bienes superiores que aporta Jesús. Lo que antes era admiración ahora se vuelve decepción en ellos.
Pero Jesús no se arredra, tiene una clara conciencia de su misión, e insiste –defendiéndose con las palabras que hoy hemos escuchado- en que él es el verdadero Pan de la Vida, que acogido con fe, da la vida al mundo. Desgraciadamente, tal como veremos en los próximos domingos, aquellos discípulos interesados se apartarán definitivamente del Señor.
Nuestra vinculación con el Señor
Esto me lleva a pensar, queridos hermanos, que a nosotros muchas veces nos pasa exactamente lo mismo: ¿Qué buscamos nosotros en Cristo? ¿Por qué nos acercamos a él? ¿En qué nos sentimos verdaderamente enriquecidos para nuestra vida? Más aún, los que celebramos habitualmente la Eucaristía ¿qué valor damos al Pan que Cristo nos da?
Mirad, de la figura de Cristo y de su Evangelio nos pueden cautivar muchas cosas. ¡Dichosos nosotros si es así! De la vida de la Iglesia también. Por eso venimos a Misa o participamos de diversos modos en la vida de la comunidad. Yo reconozco que he visto auténtica emoción y amor en muchos actos de la vida de nuestra comunidad. Pero esa emotividad debe dar un paso más y no quedarse en el momento para llegar a convertirse en auténtica fe que dé sentido a todo lo que somos y hacemos. Si hemos dado el primer paso en nuestro seguimiento del Señor ya hemos empezado una aventura que debemos seguir avanzando y no quedarnos parados como aquellos judíos que admiraron el pan multiplicado, pero no al que lo daba.
La auténtica respuesta cristiana no es el mero cumplimiento, por importante que éste sea, sino nuestra vinculación afectiva y amorosa con Aquel que nos atrae. A esa respuesta afectiva y amorosa, a esa amistad con Cristo, es a lo que llamamos fe.
El valor de la Eucaristía
Después de hablar Jesús en el Evangelio de la fe nos habla de ese verdadero Pan del Cielo que da la Vida eterna. Jesús es el pan de la vida. Los próximos domingos especificará el Señor en qué consiste ese pan –que es su carne para la vida del mundo-. Hoy las lecturas se nos quedan en el valor sublime del mismo ya que da fuerza para el camino y vida para siempre.
En la primera lectura hemos tenido un anticipo: Elías, cansado y agotado de la vida, deprimido ante tanta lucha e incomprensión, se desea la muerte; le cuesta seguir avanzando. ¡Qué bien nos podemos ver reflejados nosotros muchas veces en este Elías! Sin embargo Dios le va a dar un alimento misterioso, recuerdo del antiguo maná y prefiguración de nuestra eucaristía, para que se levante y siga en la brecha: “y con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios”. Nuestra vida, bien entendida, es siempre camino hacia Dios. En medio de tantas dificultades no nos falta la fuerza de la fe y de la esperanza, ni el pan de la eucaristía. Es así como podemos avanzar siempre alegres y confiados. De esto, queridos hermanos, yo mismo os puedo dar testimonio; yo que tengo tantos errores y debilidades, yo que fallo tanto en la oración y en la caridad –ya me vais conociendo- os aseguro que es la eucaristía, celebrada con fe y amor, la que me mantiene cada día ante vosotros y hace que no se apague la luz que recibo del Señor. En ella alimento mi amistad con el Señor y me siento consolado, confortado e iluminado en mi vida y ministerio. En la eucaristía lo recibimos todo, porque es el mismo Cristo quien se nos da. De esta verdad todos los santos os pueden dar ejemplo y testimonio. ¡Como me gustaría que entendieseis estas palabras y vosotros mismos las hicieseis vida de vuestras vidas. ¡Qué grande es la Eucaristía!
De esa eucaristía nacen siempre los mejores valores de la vida cristiana, y por eso queridos hermanos, debemos amarla, cuidarla y celebrarla con mayor esmero y amor. ¡Alabado Jesucristo que se queda para siempre con nosotros como Pan de vida, como alimento y amigo en nuestro camino!
