Meditaciones


              Continuando con el mismo tema del post anterior, y a la luz de lo que Benedicto XVI ha dicho hoy en el Funeral por los cardenales y obispos fallecidos en el último año, -tal como BXVI ha comentado antes-, he recogido el vídeo de esa homilía. Espero ofrecerosla cuando esté publicada en español…

               Me siento raro estos días. Hace ya muchos años que salí de mi casa y me he acostumbrado a vivir solo desde hace mucho tiempo, y en ese sentido pues mi vida continúa; pero hasta ahora nunca cuando me he juntado con mi familia ha faltado nadie. Ahora en estos días comemos mi madre, mi hermana y yo solos… y solos paseamos… y solos rezamos… y solos vemos la televisión. Noto el hueco de mi padre…

              Siento tristeza, pero no siento aflicción o depresión. Lo echo mucho de menos, pero sé que de algún modo sigue aquí. Ahora lo recordamos continuamente, los momentos malos, pero mucho más los buenos. Siento una profunda serenidad, sabiendo que hemos hecho todo lo posible, con mucho amor, por él. Me conforta también la actitud de mi madre… se le nota cansada y triste, pero fuerte y esperanzada. Nos sentimos profundamente agradecidos a todos por su cercanía en estos días. ¡Qué grande es la fe!

              Puede parecer una tontería, pero me gusta imaginar ahora a mi padre en el cielo bromeando con los ángeles y con los santos, contándoles sus cosas, sus chascarrillos, sus chistes, compartiendo con ellos su alegría, su vitalidad, su jovialidad, tal como hacía con sus amigos en este mundo.

              El otro día, en la Solemnidad de todos los Santos, justo el día después de su entierro, en la misa de los niños, les decía medio en broma medio en serio, que este año la Fiesta de los santos en el cielo tenía un gran espectáculo: mi padre, al que habían contratado para animar aún más el cotarro.

              Así que vivo estos días con un punto de tristeza, pero con mucha serenidad y esperanza, sabiendo que mi padre ha muerto en el Señor, rezando, con los sacramentos y con los auxilios de la Iglesia, en paz. Y si además creemos en la comunión de los santos, sé que estamos unidos, y que la muerte no rompe ese amor.

              No. Los cristianos no nos afligimos como los hombres que no tienen esperanza (1 Tes 4,13). ¡Cuánta paz queda a los que amamos al Señor y esperamos la Resurrección!

                 El viernes, 30 de octubre a las 12:45 h. fallecía en Martos mi padre Aurelio López Garzón digna y religiosamente, tras una grave enfermedad de tres meses. Ayer sábado le dábamos cristiana sepultura en mi pueblo de Torres. Han sido momentos realmente emotivos para mí y mi familia. Durante su enfermedad ha necesitado nuestra continua atención y ese ha sido el motivo principal del parón del blog en estos meses. En los pocos artículos de este tiempo podréis leer entre líneas mis sentimientos.

                 Ayer, al final de la hermosa celebración de sus exequias en Torres, me pidieron unas pequeñas palabras que improvisé sobre la marcha. Es difícil reproducirlas tal cual, pero en el artículo siguiente intento hacerlo. Las dije con toda emoción y con el corazón en la mano… y como digo al final… a todos, especialmente a mis amigos de Martos, muchas gracias….

*  *  *

 

                 Acabamos de celebrar con gran esperanza la Eucaristía. La Eucaristía es siempre acción de gracias a Dios Padre por Jesucristo el Señor. Os puedo asegurar que durante esta celebración y durante estos últimos meses no he hecho otra cosa que darle gracias a Dios por el don de la vida de mi padre, sus sesenta y seis años, y –aunque pueda resultar extraño– por su enfermedad y el modo de su muerte. Gracias a Dios, que sabe hacer las cosas bien, aunque a veces a nosotros no entendamos sus caminos y nos duelan. Gracias a Dios porque mi padre ha muerte en él: “!Dichosos los que mueren en el Señor!” dice la Escritura y nos los ha recordado nuestro obispo en su homilía. Gracias a Dios porque en estos días a mi familia y a mí no nos ha faltado su consuelo y su fortaleza.

                 Durante estos tres meses de dura enfermedad mi padre me ha dado unas enormes lecciones de humanidad y fortaleza en unas ocasiones, de debilidad y de fe en otras. Entre las muchas cosas que nos ha dicho quiero destacar dos consejos que guardaré siempre en mi alma: el primero, no tener miedo a nada, ser fuertes y valientes en todo; el segundo, –y fueron sus ultimas palabras para mí la noche anterior a su muerte–, ser buenas personas, es lo que más vale.

                 Quiero dar las gracias a todos los que nos habéis acompañado en estos momentos y durante toda la enfermedad.

-    Gracias nuestro obispo D. Ramón, por su seguimiento de la enfermedad, por su presencia y por sus palabras de aliento y apoyo.

-    Gracias estos hermanos sacerdotes, tan numerosos en esta celebración a pesar de ser sábado y ser un día de actividades en las parroquias, gracias todos los que no han podido venir y se han disculpado. Me siento realmente emocionado. De una forma especial dar las gracias a los sacerdotes que han pasado por esta parroquia de Torres: creo que casi todos habéis gozado del aprecio y la amistad de mi padre, además de tantos otros. Gracias a D. Alfonso por la preparación de esta bellísima celebración, y a mis compañeros de Martos de los que tanta ayuda he tenido estos días.

-    Gracias al equipo médico de Hospital Médico-Quirurgico de Jaén y a los del Centro de Salud de Martos por sus cuidados, por su humanidad y su profesionalidad durante la enfermedad de mi padre, a pesar de las carencias del sistema.

-    Gracias a todos los que habéis venido esta tarde a la celebración: a mis paisanos, tan queridos, de Torres, ya vengo muy poco por el pueblo pero siempre os llevo en mi alma. A mis antiguos feligreses y amigos de Villacarrillo, de La Guardia de Jaén, de Andújar o de Martos. Habéis demostrado un autentico y sincero aprecio por mi persona y por mi familia, y sobre todo por mi padre, porque en todos esos lugares mi padre ha dejado muy buenos amigos. Gracias a las personas que habéis venido de otros lugares de la provincia y de España, y a los que no pudiendo venir han disculpado con tanta caridad su ausencia.

-    Y gracias, sobre todo, a mi madre y hermana, que durante estos tres meses de enfermedad no habéis dejado un momento de atender y sentir y amar a mi padre. A todos ¡GRACIAS!

Y por último, y recordando a mi padre: no tengamos miedo nunca y seamos buenas personas. Dios os lo pague.

               “Una mujer hacendosa… ¿quién la encontrará?” (Proverbios 31,10)

              Ayer miraba a mi madre. Estaba acariciando las manos de mi padre, como intentando darle todo el amor y toda la fuerza del mundo en estos momentos de dolor y dificultad.

              Mi padre es el enfermo, pero mi madre es la que lleva ahora sobre sus hombros todo el peso. Mi padre sufre, pero es mi madre la que aguanta ese sufrimiento. Mi padre intenta luchar, pero ahora es mi madre toda su fuerza. Mi padre está ahora –como dicen en mi pueblo– un poco rutinero, o maniático, y es mi madre, la que en silencio aguanta mecha. Siempre ha sido así. Siempre ha sido ella la mujer fuerte y hacendosa.

             Mi madre siempre ha sido una mujer sacrificada por los suyos. Pero de ese sacrificio que no cuesta porque viene avalado por el amor y la entrega. Mi madre trabajaba para la calle pero nunca descuidó sus tareas en la familia. Siempre trabajando en la casa, en el campo, en la costura –era una gran bordadora–… siempre comprometida con mis abuelos y con nosotros… con una paciencia infinita. Mi madre no es una mujer de muchas palabras, pero sí de muchas obras. Esa ha sido su vocación.

                Recuerdo de pequeño cuando me enseñaba a leer y escribir, a comportarme y a rezar. Sí, mi madre y mis abuelas son las que me enseñaron a rezar. Siempre estaba ahí para ayudarme en los deberes y para enseñarme lo que estaba bien y lo que estaba mal. Nunca me dio grandes caprichos, aunque nunca escatimó nada por mí. Bien sabía ella lo que yo necesitaba. No era autoritaria, pero tampoco permisiva. En algunas ocasiones me daba algún azote, -merecido por otra parte-, y no me siento traumatizado ni mucho menos por el mismo; pero junto al azote venía mucha pedagogía y dulzura. Mi madre ha mantenido la solidez y la estabilidad del hogar –unas veces con alegría, otras con sacrificio por su parte–. Nunca me ha faltado cariño y apoyo, aunque, personalmente, no he sabido agradecerlo convenientemente. ¡Que triste el hombre que no sabe valorar los desvelos de una mujer!

                Ahora pinta canas y en su rostro se dibujan cansancios, trabajos y noches sin dormir… y también incomprensiones, que a veces son las que más duelen. Mi madre calla… y ama… y sirve. Ella es la mujer fuerte, que en su sencillez, nos ha dado lo más grande: su vida, su corazón, su alma, su amor.

                Quien no sabe de amor, no sabe de sacrificio, ni de entrega, ni de cruz. Su boca se llenará de palabras huecas y vacías, pero en el fondo solo albergan egoísmo. Mi madre, en cambio, sabe de amor, y precisamente por eso de dignidad humana. Mi madre no habrá sido una mujer grande, pero si una gran mujer. Mi madre es la mujer más importante del mundo… como todas las buenas madres.

Gracias, mama.

In necessariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas

                En las cosas necesarias, unidad; en las dudosas, libertad; en todas y siempre, el amor. Son palabras de San Agustín cuya fiesta celebramos hoy y que podríamos considerar como la regla de oro del hombre verdaderamente libre.

                Son palabras sabias de un hombre sabio, que deberíamos mantener en todos los debates y opiniones. Palabras que no resisten ni los relativistas de la verdad ni los talibanes y fundamentalistas de cualquier ideología o religión. Palabras y pensamientos tremendamente necesarios en el momento actual, tanto en la Iglesia en particular como en la sociedad en general.

                Hay cosas que son evidentes y necesarias para el ser humano. Un ejemplo: los derechos humanos. Derechos que responden no a caprichos sino a la satisfacción de las necesidades vitales de los hombres y mujeres. Existe un derecho cuando es imprescindible satisfacer una necesidad vital, no otras cosas. Esto creo que es necesario tenerlo en cuenta en una sociedad como la nuestra donde se habla de supuestos derechos que no son tales y se deniegan otros fundamentales como el derecho a la vida, a la alimentación o a la educación.

                En la defensa de esas verdades fundamentales, de esos derechos fundamentales tenemos que mantener la unidad a toda costa, buscando la verdad en la caridad, como nos acaba de recordar Benedicto XVI. Ahí debemos estar los cristianos “a muerte” como se dice popularmente… Hay cosas necesarias que hay que defender. Por eso no podemos caer en el relativismo fácil ni acomodaticio, mirando para otro lado como si no pasara nada en nuestro mundo o en nuestro entorno. No mantener la unidad en la verdad, no buscar esa verdad, no ajustar nuestra vida a esa regla lleva al caos, al desorden… y lo estamos viendo –desgraciadamente–.

                Hay cosas que no son tan importantes, o que son opinables, en ellas debemos mantener la libertad, no solamente una libertad de opción que me posibilite elegir una cosa u otra, sino una libertad para el bien para el crecimiento humano, buscando siempre lo mejor o, al menos, lo menos malo, ahí radica también nuestro crecimiento como personas. No podemos hacer batallas o guerras de cosas nimias, encabezonándonos en lo que no es importante, en lo que sólo depende del gusto o de la afición o de la historia personal de cada uno. Es hermoso ver como en una sociedad como la nuestra existen diversas opciones, existe esa sana pluralidad que, vivida en el respeto mutuo, nos hace entrar en diálogo y en posibilidad de cambio y progreso personal, juzgando por nosotros mismos lo mejor, lo más hermoso.

                Esto va contra todos los absolutismos que a veces se nos presentan y contra tantos despotismos que tenemos que enfrentar. Yo veo que, en contra de lo que podríamos pensar en una sociedad teóricamente libre, en nuestro mundo hay cada vez mayor sectarismo y división. Me duele como se hacen batallas y se busca la revancha, se pisotean los derechos de las minorías e incluso de las mayorías, en nombre de no sé qué ideologismo. Esta necesaria libertad en las cosas relativas conlleva el respeto por todos y por todas y es la base de la auténtica tolerancia (que no es igual que la connivencia) y de la convivencia social.

                Unidad en las cosas necesarias, libertad en las relativas. Ambos principios se deben mantener y equilibrar. Para ello es necesario un concepto de “Verdad” tal como nos lo recordó Juan Pablo II y ahora Benedicto XVI. Una verdad que se halla en la naturaleza, que se descubre con la razón y que puede ser, y de hecho es, iluminada por la fe. Una Verdad que nos hace libres (cf. Jn 8,32)

                Manteniendo ambos principios se construye la convivencia social, la fraternidad y la corresponsabilidad en nuestro mundo. Diluyendo cualquiera de los dos se cae en la arbitrariedad de las leyes, en el relativismo moral, en la intolerancia, en el despotismo, en la revancha y en el desorden. Curiosamente relativismo moral y absolutismo legal terminan dándose la mano, en buena medida porque se han olvidado de la Verdad del ser humano, de su dignidad y de su libertad más auténtica.

                En todo el amor. Así terminaba el adagio de Agustín. Siempre y en todas partes el amor, como norma de vida fundamental del cristiano en particular y del ser humano en general. El amor ilumina la verdad y viceversa como nos acaba de enseñar Benedicto XVI, y se convierte en el aval y en el criterio de actuación de todo. Que toda nuestra actuación parta del amor y tienda al amor,  si me permitís decirlo… al Amor con mayúsculas. Ese Amor lo ilumina todo, lo penetra y lo trasciende todo. ¡Qué gran suerte, o mejor dicho, qué gran gracia tenemos los cristianos de contemplar esa Verdad y ese Amor!

                Hace unos años compuse un pequeño comentario al Padre Nuestro para la Hoja de la Parroquia en la que entonces me encontraba. La verdad que era un comentario muy desigual, hecho frase por frase en un período largo de tiempo. En algunas partes redactaba más mi corazón, en otras –por las prisas- me limitaba a copiar y pegar lo que otros habían dicho, especialmente San Cipriano y Simone Weil. Hoy está siendo un día un poco especial para mí, y le estoy dando vueltas constantemente en mi cabeza a una frase del Padre Nuestro: “Hágase tu voluntad, en la tierra…”. He recordado aquel comentario y lo he estado releyendo…

               Después de haber reconocido que Dios es “Padre nuestro”, y de haber pedido para nosotros y para el mundo entero los bienes del Reino de los cielos, la oración del Señor Jesús reconoce que lo mejor para la humanidad es que se cumplan los planes de Dios sobre todos nosotros. Esos planes o voluntad de Dios sobre toda la humanidad es la comunión de nuestra vida con la del Padre. Dios quiere que nos unamos a él, que seamos uno con él, o como dice el apóstol san Pablo a su discípulo Timoteo: “…Dios, nuestro salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2,3-4). En definitiva, que la vida “del cielo” se haga presente y realidad en nuestra tierra.

              Considerar que la voluntad de Dios, no la nuestra, es la que nos salva, y la que mejor y más bien hace al mundo, y pedirla con insistencia en la oración, es la mayor muestra de confianza que podemos ofrecer al Padre.

              Si lo hacemos así seguimos el ejemplo de Jesucristo que cumple perfectamente -y de una vez por todas- la voluntad de Dios. Efectivamente, Jesús al entrar en el mundo dijo: “He aquí que yo vengo, oh Dios, a hacer tu voluntad” (Hebreos 10,7). Sólo Jesús puede decir: “Yo hago siempre lo que le agrada a Dios” (Juan 8,29), y por fin en la oración de su agonía, en Getsemaní, acoge totalmente esta Voluntad: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22,42). He aquí por qué Jesús “se entregó a sí mismo por nuestros pecados según la voluntad de Dios” (Gálatas 1,4).

               Pedir que se haga la voluntad de Dios, acoger con alegría esa voluntad de Dios, trabajar en el mundo para que se cumpla la voluntad de Dios, esa es la tarea de los cristianos. Esto no tiene nada que ver con el conformismo, ni con la falsa resignación, porque la voluntad de Dios es siempre nuestro bien y nuestro crecimiento humano y social. El cristiano que quiere cumplir en su vida la voluntad de Dios, siempre estará en marcha, en acción hacia algo nuevo y prometedor.

              Pero juntamente con el cumplimiento de su voluntad pido al Señor el don de la Fortaleza para continuar la tarea y el don del Consuelo para los momentos de derrota que seguro vendrán. La fortaleza y el consuelo, dones maravillosos que solo da el Espíritu Santo…

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                Vuelvo a retomar el blog tras el período de vacaciones. Este es un artículo que me gustaría escribir más con el corazón que con la cabeza. Es muy personal e intimo, pero a la vez quiero que sea algo abierto para mostraros a todos una magnífica lección que he aprendido este verano.

               Hay momentos de la vida en que de la forma más extraña Dios pone en tu camino a una persona que, sin comerlo ni beberlo, -como se dice-, empieza a meterse en tu alma simplemente por una sonrisa o un saludo. Comienza el diálogo, la conversación, la confianza y la amistad hasta un límite que tú mismo impones por miedo a descubrir tu intimidad más profunda.

               Decía un antiguo director espiritual que existen los amigos, los amigotes y los amiguitos. Nos hablaba de sus diferencias y limitaciones, de la riqueza que aportaban a tu vida los verdaderos amigos y de los peligros de los amiguitos. ¡Cuánta sabiduría en aquellas sencillas palabras! Mi problema es que encasillo muchas veces a las personas desde el principio, y resulta que cometo graves errores… A veces he considerado amigos a quienes no eran tales, con lo que la decepción por mi parte llega a ser morrocotuda; otras ocasiones, -en cambio-, personas en principio extrañas, alcanzan un nivel de sintonía excepcional con mi espíritu, y se convierten en verdaderos hermanos, en auténticos tesoros, en apoyo seguro, que no tiene precio ni se puede ponderar su valor, en bálsamo de vida, como dice el Libro del Eclesiástico (cf. Eclo 6,5-17).

                Reconozco que yo soy a veces muy complicado por mi carácter, por mis manías, o por mis limitaciones. Por eso me sorprende cuando hay personas que, superando ese primer escollo, siguen confiando en mí. Me sorprende cuando hay personas que comprenden mi oscuridad, y simplemente con una sonrisa que nace de una excepcional riqueza interior rompen mi caparazón y se cuelan en mi alma… y siguen sonriendo…

                Esas personas consiguen “desnudarme”, “desarmarme”, y sin embargo hacen que no sienta vergüenza ni miedo, sino una profunda alegría interior, una auténtica liberación, una sanación desde la raíz de mi espíritu. Alegría y paz es lo que me dan mis verdaderos amigos. Por todas partes por donde he ido pasando he ido encontrando personas, hombres y mujeres así. A todos les tengo que agradecer tanto y tanto… Cierto que la amistad es un gran tesoro, una gran riqueza, un gran bálsamo…

Ex corde. Facundo.

(Dedicado con agradecimiento a mis amigos y feligreses de tanto tiempo, y en especial a Jorge, con quien comparto la fe, la admiración a Jesús, el amor por la belleza y el arte, y la presencia en el corazón, aun estando a tanta distancia fisica…)

                 ¡Más de cuatro millones de parados! Y sigue creciendo… Nunca nos habíamos enfrentado en Cáritas a una realidad así. Detrás de cada parado hay un rostro, una familia, una tragedia. El paro en España es de tales dimensiones que no tenemos ninguna referencia así en ningún país de nuestro entorno… y desde Cáritas ahí debemos estar…

                Reconozco que muchas veces me siento impotente y perdido ante las necesidades que se nos presentan. No está en nuestras manos solucionar tantos y tan graves problemas, a veces ni siquiera paliarlos. Es entonces cuando recuerdo aquel pasaje de los Hechos de los Apóstoles cuando Pedro y Juan se presentan en el Templo de Jerusalén, allí encontraron a un paralítico de nacimiento, que ponían diariamente junto a la puerta del Templo llamada «la Hermosa», para pedir limosna a los que entraban. Cuando él vio a Pedro y a Juan entrar en el Templo, les pidió una limosna. Entonces Pedro, fijando la mirada en él, lo mismo que Juan, le dijo: «Míranos». El hombre los miró fijamente esperando que le dieran algo. Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina». Y tomándolo de la mano derecha, lo levantó; de inmediato, se le fortalecieron los pies y los tobillos. (cf. Hch 3,1-7). Debemos recordar constantemente que en Cáritas muchas veces no podemos ayudar materialmente, pero siempre podemos ayudar espiritualmente. Esa es una de los objetivos fundamentales que continuamente nos debemos marcar.

               Quiero hacer hincapié desde aquí en la labor profética que debe caracterizarnos en Cáritas. Ser profetas de nuestro tiempo para denunciar las mentiras y las injusticias y para anunciar la luz que viene de lo alto. Debemos caer en la cuenta de que más allá de una crisis económica nos situamos ante una verdadera crisis social que esta dando lugar a una sociedad enferma en los valores y en los principios. Signos de esta tragedia son, como hace poco señalaba el Card. Cañizares, la quiebra moral y la aguda desmoralización que azota a nuestra sociedad, la profunda crisis económica y social que atravesamos, la injusta distribución de la riqueza, el aumento de las desigualdades, el paro que afecta ya a varios millones de ciudadanos en España, la insuficiente atención de los más débiles y de los sectores más empobrecidos, el derroche provocador de hombres y grupos bien acomodados y saciados que, en medio de esta situación, viven en la abundancia sujetos al consumismo y al disfrute a toda costa, etc. A todo esto debemos añadir la desvalorización de la vida humana desde las altas instancias gubernamentales, políticas y mediáticas, con esa “cortina de sangre” que supone los proyectos de reforma de la ley del aborto y los que vengan después en torno a la eutanasia y la manipulación genética; la trivialización de la sexualidad, alejándola de su significado ético y humano, que -como bien indican ya ciertos parámetros- está trayendo como consecuencia el aumento de enfermedades sexuales y embarazos no deseados… Y la solución no está, como bien apuntó Benedicto XVI, en la propaganda que nos bombardea. Lo vemos continuamente en Cáritas, lo hablamos con ellos… ¿Cuántas veces no subyace en el fondo de la pobreza material esa otra pobreza, aun mayor, de la desestructuración social y/o familiar?

              El relativismo ético, del que hacen gala de una forma realmente triste y dolorosa algunos poderes públicos, proviene de una falsa concepción antropológica y de la falta de convicciones sobre el ser profundo del hombre. El hombre de hoy no sabe frecuentemente lo que debe hacer para que el mundo sea más justo y alcance su felicidad, porque ha olvidado qué es. Sobre la base de la verdad del hombre se fundan los derechos humanos fundamentales y universales, propios de la persona humana desde su concepción hasta el último segundo de la vida terrena; sobre esa base se funda la dignidad de la persona humana; aquí radica también la igualdad fundamental de los seres humanos; ahí se asienta el bien común, base de todo ordenamiento social y económico.

               En la recuperación de una sana antropología que sitúe al ser humano y su dignidad ante sí mismo, ante la sociedad y ante la trascendencia como un auténtico valor incondicional, los cristianos, los miembros de Cáritas, y todos los hombres y mujeres de buena voluntad, estaremos prestando un enorme servicio a la sociedad, más allá de nuestras pobres bolsas de comida y ropa. En Cáritas, especialmente en las Cáritas parroquiales, debemos recordar siempre que los sistemas económicos han de situar la dignidad de la persona humana y la norma moral como criterio inspirador de sus programas. El respeto, la defensa y la promoción de las personas y de su dignidad inviolable es y debería ser, en efecto, el pilar fundamental para la estructuración y progreso de la sociedad. Esto es clave en nuestra concepción evangélica de la vida, y es a la vez un gran servicio de la Iglesia a toda la sociedad.

             En tiempos de crisis económica, social y ética, Cáritas sigue siendo una auténtica luz para nuestro mundo. En breves fechas, el santo Padre Benedicto XVI iluminará con su profunda sabiduría toda esta realidad en su próxima encíclica social. La esperamos como agua de mayo, porque estoy seguro de que nos iluminará en estas circunstancias, para no perder la esperanza y para convertirnos más y mejor en profetas de nuestro tiempo en la búsqueda de una auténtica regeneración ética, política y social.

Caminad según el Espíritu…

Los frutos del Espíritu son amor, alegría, paz, tolerancia,
amabilidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí mismo.
 No hay ley frente a esto…

Si vivimos gracias al Espíritu, procedamos también según el Espíritu.”
(Gál 5,16.22-25).

 

*   AMOR: El primer don del Espíritu es el amor. El amor es la entrega de la vida. Es El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca.

*   ALEGRÍA: El segundo don es la alegría. La alegría es la capacidad de gozar por el bien de las personas y de las cosas. San Pablo nos invita a los cristianos a estar y a ser alegres. «Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito estad alegres. Que todo el mundo os conozca por vuestra bondad»

*   PAZ: La paz es el tercer don del Espíritu. Es, en la Biblia, la suma de todos los bienes. Una de las mas grandes promesas de Dios. La paz siempre es el fruto de la justicia. Cristo es nuestra paz. Si quieres la paz trabaja por la justicia.

*   TOLERANCIA: El cuarto don del Espíritu es la tolerancia, o la capacidad de aceptar y acoger al que no es como nosotros, sin perder cada uno su propia identidad. En la tolerancia está el fundamento de la unidad de todos los hombres.

*   AMABILIDAD: El Espíritu también nos bendice con la amabilidad. Es amable quien acoge cordialmente por amor al que se acerca. Jesús es amable con los más desgraciados de su mundo.

*   BONDAD: el sexto don del Espíritu es la bondad. Es bueno quien adapta su vida a la verdad y a la autenticidad. Es bueno quien sabe servir y amar. El joven rico fue quien llamó a Jesús “Maestro bueno”.

*   FE: La fe es sinónimo de confianza y adhesión. Cree quien sigue. Sigue quien se agarra a Jesús. La fe es el fundamento de lo que se espera y la prueba de lo que no se ve. Por eso es la fe viva la que nos salva.

*   MANSEDUMBRE: La mansedumbre no es el acomplejamiento, sino la dulzura, la humildad, el reconocimiento de la propia verdad. “Dichosos los mansos, porque ellos heredarán la tierra”.

*   DOMINIO DE SÍ: El dominio de sí es la garantía de nuestra libertad. Sólo quien se domina a sí mismo y a sus caprichos sabe ser libre para darse a los demás. Ser señor de uno mismo, para no ser esclavo de nada ni de nadie.

               Se acerca Pentecostés. Culmina la Pascua con el don del Espíritu santo por parte del Resucitado. Es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, aunque desgraciadamente a nivel popular muchas veces quede en un segundo plano. A veces también nosotros podríamos decir como aquellos de Éfeso que ni si quiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo (cf. Hch 19,1-8). Y sin embargo es Dios, la tercera persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu del Padre y del Hijo, actuando entre nosotros, santificándonos, fortaleciéndonos, guiándonos, enseñándonos…

              Quizás, al no tener imágenes del Espíritu Santo, éste no ha entrado tanto en la piedad popular. Pero está ahí; sigue actuando con fuerza en el mundo y en la Iglesia. Es fácil verlo con los ojos de la fe, -y más aún en tiempos como los nuestros-.

             Para conocer al Espíritu Santo lo mejor es acercarse a su actuar en la Historia de la Salvación y en nosotros mismos. Os ofrezco para vuestra oración y meditación un original VIA SPIRITUS. Lo compuse hace ya algunos años para una vigilia juvenil de Pentecostés; este año lo he reformado un poco. En este “camino del Espíritu” hacemos un recorrido por las obras principales del Espíritu Santo a lo largo de la Historia de la Salvación, pero desemboca en la acción del Espíritu en cada uno para crecimiento y enriquecimiento de toda la Comunidad. Espero que os guste y os haga reflexionar… sobre la acción de Dios en vosotros mismos. Un abrazo. Feliz Pentecostés.

http://www.parroquiadelaasunciondemartos.es/pdffiles/via-spiritus-2009.pdf

 

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