In necessariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas
En las cosas necesarias, unidad; en las dudosas, libertad; en todas y siempre, el amor. Son palabras de San Agustín cuya fiesta celebramos hoy y que podríamos considerar como la regla de oro del hombre verdaderamente libre.
Son palabras sabias de un hombre sabio, que deberíamos mantener en todos los debates y opiniones. Palabras que no resisten ni los relativistas de la verdad ni los talibanes y fundamentalistas de cualquier ideología o religión. Palabras y pensamientos tremendamente necesarios en el momento actual, tanto en la Iglesia en particular como en la sociedad en general.
Hay cosas que son evidentes y necesarias para el ser humano. Un ejemplo: los derechos humanos. Derechos que responden no a caprichos sino a la satisfacción de las necesidades vitales de los hombres y mujeres. Existe un derecho cuando es imprescindible satisfacer una necesidad vital, no otras cosas. Esto creo que es necesario tenerlo en cuenta en una sociedad como la nuestra donde se habla de supuestos derechos que no son tales y se deniegan otros fundamentales como el derecho a la vida, a la alimentación o a la educación.
En la defensa de esas verdades fundamentales, de esos derechos fundamentales tenemos que mantener la unidad a toda costa, buscando la verdad en la caridad, como nos acaba de recordar Benedicto XVI. Ahí debemos estar los cristianos “a muerte” como se dice popularmente… Hay cosas necesarias que hay que defender. Por eso no podemos caer en el relativismo fácil ni acomodaticio, mirando para otro lado como si no pasara nada en nuestro mundo o en nuestro entorno. No mantener la unidad en la verdad, no buscar esa verdad, no ajustar nuestra vida a esa regla lleva al caos, al desorden… y lo estamos viendo –desgraciadamente–.
Hay cosas que no son tan importantes, o que son opinables, en ellas debemos mantener la libertad, no solamente una libertad de opción que me posibilite elegir una cosa u otra, sino una libertad para el bien para el crecimiento humano, buscando siempre lo mejor o, al menos, lo menos malo, ahí radica también nuestro crecimiento como personas. No podemos hacer batallas o guerras de cosas nimias, encabezonándonos en lo que no es importante, en lo que sólo depende del gusto o de la afición o de la historia personal de cada uno. Es hermoso ver como en una sociedad como la nuestra existen diversas opciones, existe esa sana pluralidad que, vivida en el respeto mutuo, nos hace entrar en diálogo y en posibilidad de cambio y progreso personal, juzgando por nosotros mismos lo mejor, lo más hermoso.
Esto va contra todos los absolutismos que a veces se nos presentan y contra tantos despotismos que tenemos que enfrentar. Yo veo que, en contra de lo que podríamos pensar en una sociedad teóricamente libre, en nuestro mundo hay cada vez mayor sectarismo y división. Me duele como se hacen batallas y se busca la revancha, se pisotean los derechos de las minorías e incluso de las mayorías, en nombre de no sé qué ideologismo. Esta necesaria libertad en las cosas relativas conlleva el respeto por todos y por todas y es la base de la auténtica tolerancia (que no es igual que la connivencia) y de la convivencia social.
Unidad en las cosas necesarias, libertad en las relativas. Ambos principios se deben mantener y equilibrar. Para ello es necesario un concepto de “Verdad” tal como nos lo recordó Juan Pablo II y ahora Benedicto XVI. Una verdad que se halla en la naturaleza, que se descubre con la razón y que puede ser, y de hecho es, iluminada por la fe. Una Verdad que nos hace libres (cf. Jn 8,32)
Manteniendo ambos principios se construye la convivencia social, la fraternidad y la corresponsabilidad en nuestro mundo. Diluyendo cualquiera de los dos se cae en la arbitrariedad de las leyes, en el relativismo moral, en la intolerancia, en el despotismo, en la revancha y en el desorden. Curiosamente relativismo moral y absolutismo legal terminan dándose la mano, en buena medida porque se han olvidado de la Verdad del ser humano, de su dignidad y de su libertad más auténtica.
En todo el amor. Así terminaba el adagio de Agustín. Siempre y en todas partes el amor, como norma de vida fundamental del cristiano en particular y del ser humano en general. El amor ilumina la verdad y viceversa como nos acaba de enseñar Benedicto XVI, y se convierte en el aval y en el criterio de actuación de todo. Que toda nuestra actuación parta del amor y tienda al amor, si me permitís decirlo… al Amor con mayúsculas. Ese Amor lo ilumina todo, lo penetra y lo trasciende todo. ¡Qué gran suerte, o mejor dicho, qué gran gracia tenemos los cristianos de contemplar esa Verdad y ese Amor!