Comentarios a la Palabra


                 “¡Alaba alma mía al Señor!” hemos cantado en el salmo de esta Misa con la que damos comienzo al año XL de historia de nuestra comunidad parroquial de la Asunción de Martos. Se cumplen ahora los 39 años desde la firma del Decreto de su erección por parte del entonces obispo de Jaén, D. Félix Romero Mengíbar. Entramos, pues, en el año XL y este es un momento oportuno y hermoso para mirar agradecidos al pasado, para fortalecernos en el presente y para animarnos esperanzados hacia el futuro.

                 He querido convocaros en el nombre del Señor en este día para alabar juntos, con toda el alma, al Señor que mantiene su fidelidad generación tras generación. De eso sois testigos aquellos que recordáis ahora los inicios de la andadura de esta comunidad. Desde aquellas primeras dificultades y esperanzas hasta hoy nuestra comunidad ha tenido una hermosa y fructífera historia animada siempre por el Espíritu del Señor. Ahora le alabamos por su continua asistencia y fidelidad. Quiero recordar, agradecido, a todos los fieles que han tenido un trabajo y un compromiso en la construcción de esta Comunidad. Muchos han fallecido y gozan ya de la luz del Señor en la comunidad de los santos en el cielo; por ellos rezamos y a ellos nos encomendamos. Otros, los que vivís estos momentos, sacerdotes y laicos, catequistas, matrimonios, jóvenes y mayores, monaguillos, niños, mujeres y hombres… a todos –repito– a todos, muchas gracias por vuestro esfuerzo. Ahora os animo también a que contempléis vuestra obra en esta parroquia: ¡Habéis hecho una gran obra! ¡Dios os lo pague!

                 Gracias a vuestro trabajo y compromiso contemplamos ahora una Comunidad grande, variada y rica en vida cristiana, a pesar de las dificultades, también crecientes, en la actualidad. Vosotros sois la luz del mundo y la sal de la tierra (Mt 5,14-14) en nuestro contexto actual en nuestro barrio y en nuestro pueblo. Somos conscientes de los obstáculos que en el momento presente tenemos, tanto los que nos vienen de fuera de la Iglesia como de aquellos que nosotros mismos por nuestra debilidad creamos. Dios nos dé la fuerza de su Espíritu para superar unos y otros.

                 De cara al futuro, como cristianos que somos, no podemos perder la esperanza. Los cristianos somos hombres y mujeres de esperanza. La historia nos enseña que en medio de las peores crisis, la fe de los cristianos y la vida eclesial siempre han crecido en número e intensidad. No nos basamos sólo en datos sociológicos, -que los hay-, sino en el convencimiento de que Dios no abandona a su Iglesia, de que él mantiene su fidelidad perpetuamente. Nuestro Dios es el Dios del futuro. Como dijo Benedicto XVI en su viaje a Austria, “donde está Dios, hay futuro”.

                 Ahí está la clave para nuestro futuro como comunidad parroquial, y si me lo permitís, como entera sociedad humana: poner a Dios, dejarle sitio, dejarnos iluminar y guiar por él, porque sólo en él está la clave para la comprensión del ser humano en su verdad más íntima. Ese es el sentido del lema que hemos escogido para este año XL de vida de nuestra Parroquia de la Asuncion: Enraizados y edificados en Cristo Jesús”. Son palabras inspiradas en la segunda lectura de esta Misa (Col 2,6ss).

                 La imagen de ese lema es preciosa. “Enraizados”, es decir, con nuestra raíz plantada en Cristo Jesús. Todos nosotros sabemos de la importancia de la raíz de un árbol. La raíz no se ve, pero da vida y consistencia, fuerza y estabilidad al árbol. Eso mismo hace Cristo con nosotros si nos arraigamos en él. Uno de los problemas mayores de nuestra sociedad es precisamente la pérdida de su arraigo, de su raíz, de su identidad. Cuando no valoramos nuestra raíz todo se vuelve inestable, opinable, falto de firmeza y seguridad…, relativo. Nuestra raíz, como cristianos, como personas, como comunidad es Cristo. Esta imagen de la raíz es análoga a aquellas otras que también utiliza el Señor en el evangelio, de la roca, el cimiento, o el corazón. Este año debe ser un año para profundizar en nuestra raíz, en nuestra identidad cristiana. Para eso necesitamos una mayor formación en todos los aspectos que nos ayude a entender más y mejor a nuestro pueblo, a nuestras gentes, a nuestra sociedad, y sobre todo… a nuestro Cristo.

                 “Edificados”, es decir construidos en Jesucristo. Son los aspectos visibles de la vida cristiana que también deben ser vistos y reconocidos por todos. Nuestro edificio, y no me refiero solo a este templo, sino a nuestra vida, a nuestro trabajo y actividad en todos los órdenes, debe trasparentar la presencia de Cristo en nuestros corazones. Lo dice el Señor: “que vean vuestras buenas obras, para que den gloria a vuestro Padre del cielo” (Mt 5,16). Edificar en Cristo significa hacer aquello que nos lleve a nosotros y a todos aquellos que nos vean a ser casa y lugar visible de la presencia de Dios en nuestro mundo. En este sentido, queridos hermanos, debemos promocionar todo aquello que nos lleve a ser auténticos misioneros y trasmisores del Evangelio de la caridad y de la vida en nuestra Comunidad con obras y palabras.

                 “Effetá – Ábrete” decía Jesús en el Evangelio. No seamos ciegos, ni sordos, ni mudos. Nuestro mundo reclama hoy por hoy profetas que tengan la suficiente sensibilidad para mirar de frente, para poner oído al clamor de la injusticia y la mentira, y la suficiente valentía para hablar la Palabra de Dios a todos. Profetas que, -sin imponer nada-, propongan a todos la grandeza, la belleza, la verdad y la luz del Evangelio. Ábrete, llénate de Dios y dalo a los demás. Ábrete, comprende donde está la luz y la verdad para ti y para todos. Ábrete, Dios está actuando en ti, en la Iglesia, en el mundo, no seas ciego, ni sordo. No tapes tus sentidos a la realidad. Ponlos al servicio de la verdad. ¡Ábrete!.

                 En este momento, que comenzamos el XL Año de nuestra Parroquia de la Asunción de Martos, que culminará en septiembre de 2010, ponemos todos nuestros propósitos, ideas y actividades, todo nuestro proyecto pastoral en las manos de Dios. Que la santísima Virgen María, asumpta al cielo, nuestra titular, interceda por nosotros ante Dios. Amén.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.”

                  Estas palabras sublimes de Jesús en el evangelio de hoy dan sentido a lo que hacemos los cristianos todos los domingos cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía.

El contexto de las palabras de Jesús

                 Para entender el Evangelio que acabamos de proclamar es necesario entender el contexto del mismo. Jesús ha multiplicado los panes y alimentado al pueblo. Esto suscita la admiración de todos por lo que no paran de buscarle. Jesús, sin embargo, no se queda en ese éxito sino que quiere hacerles ver a los discípulos que hay un pan mejor que el meramente natural: el pan de la vida que él dará a los que crean en él –él mismo es ese Pan-. Estas palabras no son entendidas por sus oyentes, que sólo quieren el pan inmediato, rápido y fácil, sin caer en la cuenta de los bienes superiores que aporta Jesús. Lo que antes era admiración ahora se vuelve decepción en ellos.

                 Pero Jesús no se arredra, tiene una clara conciencia de su misión, e insiste –defendiéndose con las palabras que hoy hemos escuchado- en que él es el verdadero Pan de la Vida, que acogido con fe, da la vida al mundo. Desgraciadamente, tal como veremos en los próximos domingos, aquellos discípulos interesados se apartarán definitivamente del Señor.

Nuestra vinculación con el Señor

                 Esto me lleva a pensar, queridos hermanos, que a nosotros muchas veces nos pasa exactamente lo mismo: ¿Qué buscamos nosotros en Cristo? ¿Por qué nos acercamos a él? ¿En qué nos sentimos verdaderamente enriquecidos para nuestra vida? Más aún, los que celebramos habitualmente la Eucaristía ¿qué valor damos al Pan que Cristo nos da?

                 Mirad, de la figura de Cristo y de su Evangelio nos pueden cautivar muchas cosas. ¡Dichosos nosotros si es así! De la vida de la Iglesia también. Por eso venimos a Misa o participamos de diversos modos en la vida de la comunidad. Yo reconozco que he visto auténtica emoción y amor en muchos actos de la vida de nuestra comunidad. Pero esa emotividad debe dar un paso más y no quedarse en el momento para llegar a convertirse en auténtica fe que dé sentido a todo lo que somos y hacemos. Si hemos dado el primer paso en nuestro seguimiento del Señor ya hemos empezado una aventura que debemos seguir avanzando y no quedarnos parados como aquellos judíos que admiraron el pan multiplicado, pero no al que lo daba.

                 La auténtica respuesta cristiana no es el mero cumplimiento, por importante que éste sea, sino nuestra vinculación afectiva y amorosa con Aquel que nos atrae. A esa respuesta afectiva y amorosa, a esa amistad con Cristo, es a lo que llamamos fe.

El valor de la Eucaristía

                 Después de hablar Jesús en el Evangelio de la fe nos habla de ese verdadero Pan del Cielo que da la Vida eterna. Jesús es el pan de la vida. Los próximos domingos especificará el Señor en qué consiste ese pan –que es su carne para la vida del mundo-. Hoy las lecturas se nos quedan en el valor sublime del mismo ya que da fuerza para el camino y vida para siempre.

                 En la primera lectura hemos tenido un anticipo: Elías, cansado y agotado de la vida, deprimido ante tanta lucha e incomprensión, se desea la muerte; le cuesta seguir avanzando. ¡Qué bien nos podemos ver reflejados nosotros muchas veces en este Elías! Sin embargo Dios le va a dar un alimento misterioso, recuerdo del antiguo maná y prefiguración de nuestra eucaristía, para que se levante y siga en la brecha: “y con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios”. Nuestra vida, bien entendida, es siempre camino hacia Dios. En medio de tantas dificultades no nos falta la fuerza de la fe y de la esperanza, ni el pan de la eucaristía. Es así como podemos avanzar siempre alegres y confiados. De esto, queridos hermanos, yo mismo os puedo dar testimonio; yo que tengo tantos errores y debilidades, yo que fallo tanto en la oración y en la caridad –ya me vais conociendo- os aseguro que es la eucaristía, celebrada con fe y amor, la que me mantiene cada día ante vosotros y hace que no se apague la luz que recibo del Señor. En ella alimento mi amistad con el Señor y me siento consolado, confortado e iluminado en mi vida y ministerio. En la eucaristía lo recibimos todo, porque es el mismo Cristo quien se nos da. De esta verdad todos los santos os pueden dar ejemplo y testimonio. ¡Como me gustaría que entendieseis estas palabras y vosotros mismos las hicieseis vida de vuestras vidas. ¡Qué grande es la Eucaristía!

                De esa eucaristía nacen siempre los mejores valores de la vida cristiana, y por eso queridos hermanos, debemos amarla, cuidarla y celebrarla con mayor esmero y amor. ¡Alabado Jesucristo que se queda para siempre con nosotros como Pan de vida, como alimento y amigo en nuestro camino!

Este domingo no he podido escribir la homilía para el blog, a pesar de la belleza y profundidad del Evangelio. Últimamente estoy poco inspirado, -ya veis-. Pero al menos os dejo un pequeño comentario al evangelio para nuestra reflexión y oración. Espero que os guste…

 

Lectura del Santo Evangelio según san Marcos (4,35-40)

Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos:

- «Vamos a la otra orilla.»

Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. El estaba a popa, dormido sobre un almohadón.

Lo despertaron, diciéndole:

- «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?»

Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago:

- «¡Silencio, cállate!»

El viento cesó y vino una gran calma.

Él les dijo:

-«¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?»

Se quedaron espantados y se decían unos a otros:

- «¿Pero quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!»

 

La invitación de Jesús es a “pasar a la otra orilla”. Del mundo a Dios. La barca, símbolo de la Iglesia, en ese trayecto, sufre el viento y las olas de la historia que arremeten continuamente sobre ella. Los cristianos muchas veces tenemos miedo; a veces hasta dudamos al no ver al Señor reaccionar, parece que está ausente o dormido. Ojalá como los discípulos, tengamos la valentía de llamarle, de gritarle… Él quitará nuestros miedos y recelos. Él abrirá el camino. Él es nuestra alegría y esperanza. Tenemos que acudir más a él, tratando de vivir en plenitud su evangelio. Él está en nuestro corazón… despertémosle como los discípulos…

                 Celebramos hoy, queridos hermanos, la Solemnidad del Corpus Christi. Hoy es uno de esos días que relucen más que el sol, porque el pueblo cristiano se dispone a contemplar en las iglesias y en las calles uno de los misterios mas bellos de nuestro Dios-Amor. Corpus Christi es la celebración de la sobreabundancia del Amor de Dios que ha querido hacerse pan para saciar nuestra hambre, y vino para alegrar nuestro corazón. Cristo viene en cada eucaristía a eso: a alimentarnos y a alegrarnos, a dar sentido a nuestra vida uniéndonos, por la comunión a su propia vida. Hoy contemplamos además el misterio de la presencia real de Cristo en la eucaristía, la presencia de Cristo en cada sagrario para que lo contemplemos y nos acerquemos a él en la oración.

                Todo comenzó en la noche santa del Jueves santo cuando el Señor reunió a los su-yos, poco antes de su muerte para dejarles su testamento de amor. Dice el evangelio: “él que había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (hasta el fin) (Jn 13,1); y Pablo añade: “Me amó y se entregó por mí” (Gál 2,20).

               Como signo de todo eso el Señor dejó a los suyos el signo sacramental de la eucaristía que cada día la Iglesia celebra en agradecimiento a Dios por todos sus dones, siguiendo el mandato del Señor aquella noche. Así lo narra san Pablo años más tarde fijándose en la práctica habitual de sus comunidades cristianas:

              “Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada en mi sangre; haced esto, cada vez que lo bebáis, en memoria mía». (1 Cor 11,23-25).

                Desde siempre la celebración de la eucaristía ha sido el centro de la vida cristiana, el momento cumbre para el encuentro con el Señor.

               La actitud y los gestos de Jesús muestran bien a las claras que él sabe a dónde va. Quiere cumplir la voluntad del Padre. El siervo está a punto para el sacrificio. Según nos narran los evangelios, Jesús se atuvo al ritual preceptuado por la Pascua judía en la última cena. Pero al realizarlo introdujo una novedad importante: El pan y el vino que compartían sería el signo de su presencia. La acción de Jesús cambiaba profundamente el significado de la cena pascual. El rito judío alcanzaba con ella su plenitud y daba paso a un nuevo régimen de relaciones entre Dios y los hombres. Para nosotros, la cena del Señor es recuerdo vivo de aquella última celebrada por Jesús en la tierra, en la que instituyó el sacramento de la eucaristía, por el cual da a comer a los suyos su cuerpo y su sangre, entregados en sacrificio para la redención de los hombres.

             En sus veinte siglos de existencia, jamás la Iglesia ha dejado de celebrar la eucaristía. La eucaristía es la vida de la Iglesia. “La eucaristía hace a la Iglesia, y la Iglesia hace la eucaristía” en la feliz expresión conciliar. En la eucaristía se nos hace realmente presente el Señor bajo las especies de pan y vino, porque quiere compartir nuestra vida, nuestros gozos y también nuestras penas, pero lo que es más importante quiere compartir su vida con nosotros, quiere dársenos, regalarse a nosotros. La eucaristía es el sacramento del amor, porque recuerda el mayor amor que jamás haya podido darse entre los hombres: la entrega definitiva de Jesús por nosotros. “Tibi post haec, fili mi, ultra quid faciam?” (Después de esto, hijo mío, que más puedo hacer por ti). ¡Nada, Señor, ya lo has hecho todo por nosotros!.

             El sacrificio de la cruz, cuyo memorial, recuerdo y presencia, hacemos en el sacrificio de la eucaristía es el cenit de la obra salvadora de Dios. Ninguna oración, ningún sacrificio, ninguna actitud religiosa puede compararse al gesto de Cristo, entregado en amorosa obediencia al Padre, en nombre de todos sus hermanos. Congregado para celebrarla, el Pueblo de Dios puede llenar con ella las exigencias fundamentales del culto: en ella adoramos a Dios, como único Señor de las cosas; le damos gracias por sus beneficios, le ofrecemos expiación por las culpas propias y ajenas; nos llenamos de nuevas gracia para el camino de la vida hasta que lleguemos a la casa del Padre. La eucaristía es el sacramento del amor de Dios.

              Hoy, Corpus Christi, recordamos y celebramos este amor de Dios de un modo especial. Aprovechemos y acojamos la generosidad de Dios. Comulguemos con un corazón nuevo, llenos de agradecimiento.

               Hagámonos en nuestra vida con los sentimientos mismos de Jesús, comulgar significa hacernos uno con Jesús, vivir como Jesús. Adoremos y glorifiquemos el misterio de la eucaristía, en ella está realmente el Señor que nos ama y nos salva, que nos cura y nos cuida. Veneremos de tal modo los misterios del Cuerpo y de la sangre de Jesús que experimentemos constantemente en nosotros los frutos de la redención. Así sea.

                  Celebramos hoy, queridos hermanos la Fiesta de Pentecostés, una de las más importantes de todo el año litúrgico. Celebramos la Venida del Espíritu santo sobre los apóstoles y el nacimiento de la Iglesia, la comunidad de los creyentes en Jesús, que, animados por ese mismo Espíritu anuncian, como Pedro en aquel día, que Cristo es el Señor de la Vida.

                 1. Aquel día de Pentecostés, -cuando los judíos peregrinaban a Jerusalén para presentarse ante el Señor y ofrecer los frutos de los campos- resulta que es el Espíritu el que se presenta por sorpresa a los discípulos, en forma de viento recio, de lenguas de fuego, es decir de fuerza incontrolable.

                La interpretación de aquel acontecimiento histórico la dio Pedro en su primer sermón al Pueblo: “A este Jesús -concluía el discurso-, Dios lo resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. Y, exaltado a la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que veis y oís” (Hch 2,32-33).

                 Jesús daba cumplimiento a la promesa.  La efusión universal del Espíritu, anunciada para los tiempos mesiánicos, y el Día del Señor eran el complemento obligado del misterio pascual.

                 2. Desde el principio, la Palabra y el Espíritu actúan a una en la obra de Dios para la salvación del mundo: “En el principio creó dios los cielos y la tierra… y el Espíritu de Dios aleteaba por encima de las aguas” (Gén 1,1-3). Espíritu de la vida.

                El Espíritu actúa siempre en la historia de la salvación: es la fuerza que lleva adelante esa historia. Interviene en la preparación de esta obra,  en su realización por Jesucristo, en su aplicación a través de los siglos y en la consumación al final de los tiempos.

               En los del AT, Dios se escogió a sus siervos como mensajeros de su palabra e instrumentos providenciales para la salvación de su pueblo. Y puso en ellos su Espíritu. Moisés, Josué, Samuel, los jueces y los reyes, todos ellos fueron llenos de sabiduría y de fortaleza para gobernar al pueblo y librarlo de sus enemigos.

                 Los  Profetas fueron ungidos por el Espíritu y fortalecidos por la mano del Señor para ejercer su ministerio y fortalecidos por la mano del Señor para ejercer su ministerio como mensajeros de Dios.

               3. La realización de la obra salvadora de Dios coincide con la venida del Mesías. “Reposará sobre él el Espíritu de Yahveh“, había escrito Isaías.

                Concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María. En su bautismo, el Espíritu descendió sobre Jesús  y lo ungió como profeta de Dios. A Jesús se le ha dado el Espíritu “sin medida” (Jn 3,34), a diferencia de como fue dado a los profetas. El bautizará “en el Espíritu Santo y en el fuego” (Mt 3,11).

               Siempre impulsado por el Espíritu, se encamina al desierto “para ser tentado por el demonio”. Luego empezará la predicación del Evangelio “por la fuerza del Espíritu” (Lc 4,14-18) y “en el Espíritu” expulsará los demonios y hará sus obras admirables, como signos de la llegada del reino de Dios.

                En fin, completará su misión entregándose a la muerte. “Se ofreció a sí mismo por el Espíritu eterno”; para ser resucitado y justificado por el Espíritu.

                 4. La obra redentora de Jesucristo debía aplicarse a todos y a cada uno de los hombres a través de los siglos. Es la obra del Espíritu. “Consumada la obra que el Padre confió al Hijo en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que indefinidamente santificara a la Iglesia, y de esta forma los que creen pudieran acercarse por Cristo al Padre” (LG 4).

                 La Iglesia inició su marcha en el mundo con el acontecimiento de Pentecostés. Toda su vida está afectada por la misión. Su origen está en Jesucristo, “enviado al mundo para salvar al mundo”.

                Tras la misión del Hijo acontece la misión del Espíritu Santo. También esta se manifestó de manera visible, aunque por diferente manera. El Hijo “se hizo hombre”; el Espíritu Santo “se mostró” en el viento impetuoso y en las lenguas de fuego (Hch 2,2-3).

                El viento es aliento de vida y fuerza incontenible. El fuego era signo de la presencia de Dios. Y también del amor, que todo lo purifica y transforma. Las lenguas, en fin, recordaban el acontecimiento de Babel. Venían a ser signo de la misión apostólica universal para la unidad de todos los pueblos y de todos los hombres “en Cristo y en el Espíritu”.

                 4. Este es el tiempo de la Iglesia: el tiempo del Espíritu.

               El Espíritu santo, que había actuado a lo largo de toda la historia de la salvación sigue actuando hoy, aquí y ahora, en medio de nosotros. ¿No lo vemos? ¿No lo sentimos? En los santos y en nosotros alienta el Espíritu.

                Todo, todo lo que hacemos, todo, está asistido por el Espíritu. Lo recibimos en el Bautismo. Nos dio su fuerza para el testimonio en la Confirmación. Nos alimenta en la Eucaristía. Nos reconcilia en la penitencia. Unge a los diáconos, a los presbíteros y a los obispos en su ordenación. Bendice a los esposos para que sean siempre fieles en el matrimonio. Acompaña a los enfermos en la Unción.

               Nos asiste en el apostolado; nos anima en la Liturgia; nos fortalece en la Caridad. Es el Espíritu el que actúa. Lo que hacemos no es por nuestras apetencias… es por el Espíritu y en el nombre del Señor. El Espíritu es en la Biblia el sujeto de verbos de acción:

                 “Andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne. El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu” (Gál 5, 16. 22.23.25).

                 “Dios es amor.” Quizás nunca, queridos hermanos, se haya dicho nada tan bonito, tan profundo y tan cierto, ni de Dios, ni del Amor. Quizás nunca lleguemos a descubrir toda la riqueza que se encierra en esta frase tan corta que resume en buena medida, tal como nos lo recordó S.S. Benedicto XVI en su primera encíclica, la vida y la doctrina cristiana.

               Ese amor de Dios lo experimenta el cristiano de una forma muy especial al sentirse elegido y llamado por el Señor a cualquier tarea en su vida: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido“. Esta palabras nos recuerdan algo fundamental de nuestra condición de cristianos: todos hemos sido elegidos por Cristo; elegidos por Dios en Cristo. Más que optar nosotros por él, como a veces decimos, es él, Cristo, quien ha optado por nosotros. Si somos cristianos, si mantenemos la fe, si podemos seguir los pasos del Señor y ser sus discípulos, es porque él nos ha llamado y elegido. Esta es nuestra fundamental vocación. Y todo por que él nos ha amado.

                Esta elección y llamada se hizo realidad en nuestro bautismo, mediante el cual quedamos incorporados a Cristo, y fuimos hechos miembros de su cuerpo, que es la Iglesia. Por el bautismo pertenecemos a Cristo, y llevamos en nosotros su huella imborrable, una huella que nos empuja a ser cada día más semejante a él.

                Esta elección, cuya iniciativa es de Dios, tiene su origen en su amor, no en nuestros méritos.

“Como él Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor”
“Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Os llamo amigos porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”.

                Es Dios quien nos ha amado primero. Nuestro ser y nuestro ser cristiano son obra del amor de Dios. Somos hechura suya; él nos ha recreado, renovado, y otorgado la condición de hijos. Todo lo debemos a su amor. Y nuestra vida cristiana ha de ser una respuesta agradecida a ese amor antecedente.

                 Esa respuesta se ha de expresar en nuestra vida en una doble dimensión:

                Por un lado, en permanecer en ese amor. Y permanecer en el amor de Dios es, como nos dice el Evangelio, cumplir sus mandamientos, obedecer su palabra. Y conocemos su mandamiento: “amaos unos a otros como yo os he amado“. No se trata de un amor cualquiera, pues Cristo es la medida de ese amor. El amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios. El amor de Dios es el que en nosotros hace posible que amemos a nuestro hermano como hemos sido amados por Cristo. En una de sus homilías dice San Agustín: “Amemos a nuestro hermano de verdad; y luego preguntémonos de dónde nace ese amor; la respuesta será, sin duda alguna, que de Dios“. Este amor al prójimo a la medida del amor de Cristo, debe ser, como sabemos, nuestra seña de identidad: “En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amais unos a otros, como yo os he amado“.

                Por otro lado, esa respuesta debe dar en nosotros frutos duraderos: los frutos de una vida de fe, de amor al prójimo, de justicia, de humildad. “Os he destinado para que vayais y deis fruto y vuestro fruto dure“.

                Finalmente, ese amor que siendo nuestro procede de Dios, pues es él quien lo hace posible, es el que nos abre el camino para conocer a Dios: Dios es amor, hemos escuchado en la segunda lectura; sólo quien ama de verdad puede decir que le conoce: quien no ama, por mucho que busque, por mucho que se afane, por mucho que discurra, no podrá encontrarlo ni conocerlo. El amor es el camino mejor, es el camino que conduce a Dios, que es la Verdad y el Bien Supremos.

El Señor nos ha llamado sus amigos; nos pide, sin embargo, que para serlo de verdad lo que a nosotros toca es que cumplamos lo que él nos dice, lo que él nos manda. Y esto es, queridos hermanos, lo que debemos pedir en esta Eucaristía: que nos ayude a ser dignos de su amistad, de su amor; que nos dé la fuerza necesaria para vivir de acuerdo con su elección, con nuestra condición de hijos de Dios. !Que así sea!

             “Yo soy la verdadera vid”. Así comienzan las palabras de Jesús que se proclaman en este quinto domingo de Pascua, y que nos recuerdan la íntima relación de unión y amor que existe entre Cristo y sus discípulos. Este es uno de los pasajes más bellos y significativos del evangelio, y fue pronunciado según san Juan en la noche de la entrega del Señor, y por tanto tienen una importancia muy especial.

              Las palabras de Jesús se fijan en la imagen de la vid y su vástago, -que es el sarmiento-, y en el trabajo del viñador, que Jesús va a referir al Padre. Igual que el viñador tiene un cuidado exquisito por la viña y por la vid, tal como describieron los profetas del AT, así Dios cuida del nuevo pueblo de Dios que es la Iglesia, -que somos nosotros-.

                El sarmiento que no da fruto es arrancado y el que da fruto es podado para que dé más fruto. Hace referencia Jesús con estas palabras a nuestra vida cristiana que en tantas ocasiones queda infecunda y se pierde y a esas otras ocasiones que necesitamos cortar en nosotros ataduras y vicios que impiden nuestro crecimiento espiritual y cristiano. Jesús nos habla en este evangelio de crecer y madurar en la fe y ello sólo es posible si estamos íntimamente unidos a él. Sin él no podemos hacer nada, de ahí la necesidad de estar unidos a él, como el sarmiento a la vid, para dar fruto en la vida. De Cristo recibimos la savia de la gracia para la vida nueva que necesitamos desarrollar. De ahí la invitación continua de Jesús en este evangelio a permanecer unidos a él como el sarmiento a la vid.

               Esa unión con Cristo hace que nuestra vida sea fructífera y que se convierta en una verdadera ofrenda a la gloria de Dios: “Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante”. Los cristianos en el momento actual debemos considerar en cuánto nos enriquece la fe no sólo para nuestro apostolado, sino también en nuestra vida ordinaria y en nuestras relaciones con nosotros mismos, con nuestra familia, con los demás. Ser discípulos de Jesús significa no solo seguirle, sino estar íntimamente unidos a él y dar frutos de amor y santidad. Es verdad que esto muchas veces nos cuesta y que vivimos y nos conformamos con los mínimos. Este evangelio nos recuerda la necesidad de dar fruto, de sacar de nosotros los mejor de nosotros mismos, que en definitiva es un don de Dios, y darle lustre y brillo. No nos podemos conformar con la mediocridad sino que en todo debemos aspirar a la santidad, para eso tenemos la savia de la gracia por nuestra unión con Cristo. Cada uno de nosotros debe considerar las acciones que desarrolla en la iglesia y en el mundo para dejar auténtica huella de nuestro paso. No rendirnos al fracaso o al miedo, sino levantarnos y continuamente sentirnos cogidos de la mano del Señor y animados por su Espíritu. Sin él no podemos, pero con él, permaneciendo en su palabra sí: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará”.

               ¿Cómo podemos unirnos más a Cristo? ¿Cómo permanecer en él? ¿Cómo dar fruto abundante? Jesucristo no se puede convertir en un ausente o en una referencia lejana. Debemos hacer más piadosa y auténtica nuestra vida por medio de la caridad, de la evangelización y de la liturgia. Debemos saber que amando a todos, pero muy especialmente a los últimos, encontraremos el rostro de Cristo. Evangelizando a los demás, caeremos en la cuenta de que nosotros mismos somos evangelizados, porque como decía el querido Juan Pablo II la fe se fortalece dándola. Y sobre todo en la liturgia, en la oración, en la escucha atenta y amorosa de la Palabra, en la celebración de los sacramentos y muy especialmente en la celebración de la Eucaristía, tenemos la fuente de la gracia donde podemos beber y alimentarnos para hacernos uno con el Señor Jesús.

               Vivir unidos a Cristo, como el sarmiento a la vid, supone celebrar la eucaristía y comulgar de su Palabra y de su Cuerpo. La vid es también un símbolo precioso de la Eucaristía. Es ahí donde nos alimentamos y crecemos; donde nos unimos en comunidad y amor. Ahora que estamos celebrando la Eucaristía, debemos caer en la cuenta del inmenso amor que Cristo pone en nuestros corazones y de la posibilidad de establecer vasos comunicantes con el Señor para nuestro crecimiento y madurez cristianos. Que así sea.

                 Celebramos ya el IV domingo de Pascua poniendo nuestros ojos en Jesucristo muerto y resucitado, Señor de la historia y del universo, y más que nada Señor de nuestras vidas. Eso es lo que trata de resaltar el texto evangélico que acabamos de escuchar: “Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas”.

                 La imagen del pastor era muy conocida en el Antiguo Testamento. Israel era un pueblo de pastores; incluso personajes tan importantes de la historia sagrada como Abel, Moisés o David habían ejercido ese duro trabajo. David mismo lo describe: “Tu servidor es pastor de las ovejas de mi padre, y si viene un león o un oso y se lleva una oveja del rebaño, salgo tras él, lo apaleo y se la quito de la boca” (1Sam 17, 34s). La imagen del pastor había servido también para definir como debía ser un buen dirigente del pueblo santo. Así por ejemplo Ezequiel denuncia a los malos pastores y líderes del pueblo (sacerdotes y reyes) que en vez de apacentar a las ovejas se habían servido de ellas dejándolas esquilmadas. Ante esa situación de malos dirigentes, Dios mismo promete ser el pastor de su pueblo: “Esto dice el Señor: Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, como sigue el pastor a su rebaño… Buscaré a las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas, a las gordas y fuertes las guardaré, y las apacentaré como es debido“. (Ez 34). Y sobre todo los salmos nos cantan pasajes preciosos donde aparece ese Dios bueno, que como un pastor guía, alimenta y sana a su pueblo: “El Señor es mi pastor, nada me falta…”  (Sal 23).

                Pues bien, en Jesús tenemos el cumplimiento de esa promesa de Dios y de ese ideal del Antiguo Testamento: él es el buen pastor, el que busca la oveja perdida, el que con su Palabra nos guía y conduce, el que con su gracia nos sana y alimenta, el que con su fuerza nos guarda y defiende.

               Dos notas sobresalen en la figura del Buen Pastor en el texto evangélico que acabamos de escuchar. Jesucristo mismo ha querido subrayarlas. La primera es el amor. “El buen pastor da la vida por las ovejas”. En contraposición con el asalariado, que guarda, no las ovejas propias, sino las ajenas, el pastor bueno convive siempre con el rebaño, lo saca del corral y lo conduce a buenos pastos, cuida de las ovejas y de los corderillos, los defiende de todos los peligros y llega hasta dar la vida por ellos. Sabe enfrentarse con el lobo, no sólo para defender el rebaño, sino también a cualquiera de sus ovejas. Ese amor es tan grande que llega incluso a entregar la vida por ellas: “Nadie tiene amor mayor que el que da la vida por sus amigos” dijo también el Señor (Jn 15,13).

                 La otra nota es la del conocimiento mutuo: “Yo soy el buen pastor, que conozco las mías y las mías me conocen”. Es este un conocimiento personal, íntimo, garantizado por el trato constante y el afecto sincero. Jesús conoce a todas y cada una de sus ovejas, pero no con un conocimiento superficial. Para revelarnos la profundidad y elevación de su conocimiento, señaló su medida exacta: “igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre”. Nosotros en la oración tenemos ese encuentro con el Señor, en el que debemos pedirle que lo conozcamos como él mismo nos conoce.

              Estas dos notas son las que definen el auténtico ministerio pastoral en la Iglesia de Jesucristo. Nosotros, los pastores, -a quienes Jesucristo ha entregado el cuidado de su rebaño-, somos los responsables entre vosotros de que esas notas se hagan visibles al pueblo cristiano. Pues sólo hay un Pastor al frente del único rebaño; nosotros somos sus ministros. En nuestras actuaciones, ha de hacerse visible la presencia de Jesucristo en medio de su Iglesia. El papa Benedicto XVI nos lo recordaba en la homilía del comienzo de su pontificado: “La santa inquietud de Cristo ha de animar al pastor: no es indiferente para él que muchas personas vaguen por el desierto. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores.

                Por último el buen pastor quiere llegar a todos. Considera que tiene ovejas en otros rediles, a las que debe buscar, para atraerlas a su rebaño, porque también son amadas y salvadas por él. “¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre!” hemos escuchado en la segunda lectura. Con la imagen del buen pastor somos invitados a contemplar ese amor en nuestras vidas y en las de los demás, para llegar a construir un auténtico rebaño, una auténtica comunidad, una gran Iglesia en fraternidad y comunión. Eso es lo que hoy principalmente le pedimos al Señor.

           1. Seguimos celebrando la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Por eso las oraciones de la Misa nos hablan de gozo y alegría: del gozo y la alegría de haber recobrado en Cristo la condición de hijos de Dios y de saber con la certeza de la fe que nuestro verdadero destino está unido al de Cristo, que ha vencido la muerte y ha resucitado “como primicia de todos los que duermen“. Es el gozo y la alegría que nacen de la esperanza.

           Las lecturas de la Escritura que hemos proclamado también nos hablan de ello. San Pedro, después de curar al lisiado, quiere dejar bien claro que no ha realizado el milagro por su propio poder, sino por el poder de Dios “que ha glorificado a su siervo Jesús” resucitándolo de entre los muertos; Pedro es sólo su testigo: por eso una y otra vez, y siempre, a lo largo de su vida solamente querrá ser un digno testigo del resucitado cuya misión será proclamar a los hombres el amor de Dios que en Cristo nos ha abierto a todos las puertas de la vida verdadera. Y en nombre de Cristo pedirá a todos “arrepentimiento y conversión” para que, acogiendo en nuestro corazón a Cristo Jesús, vivamos por ahora como él nos enseñó.

           Y San Juan en su Carta nos recuerda que el conocimiento de Cristo consiste precisamente en esto: en vivir como él nos enseñó, en vivir como él vivió; es decir, en cumplir en nuestra vida su palabra, sus mandamientos: “En esto sabemos que le conocemos, en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él“.

           2. El Evangelio de San Lucas nos narra la aparición del Señor cuando los discípulos de Emaús estaban todavía contando, llenos de alegría, “lo que les había acontecido en el camino y cómo reconocieron a Jesús en el partir el pan“.

           Mientras hablaban -continúa el Evangelio- se presentó Jesús en medio de sus discípulos y les dijo: Paz a vosotros“.

           Los discípulos se alarman, están llenos de miedo, creen ver un fantasma, aún albergan dudas en su interior. En el fondo, y a pesar de las noticias que les llegan, a pesar de lo que les acaban de contar los dos discípulos de Emaús, no se lo acaban de creer. ¿Cómo puede estar vivo aquel a quien han visto morir en la cruz y al que luego han dado sepultura? Además, siguen sin comprender la muerte de Jesús; siguen pensando, aunque no se atreven a decirlo, que ese final en la cruz pone de manifiesto que Jesús no es el Mesías, pues si lo fuera, Dios no hubiera permitido semejante muerte y fracaso.

           Por ello el Señor, en primer lugar, tiene que convencerles de que es él, el mismo que murió en la cruz, el que ahora está vivo en medio de ellos. Les dice: “Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y hueso, como veis que yo tengo“. E incluso les pide de comer, como una muestra más de que realmente ha resucitado.

           Y, en segundo lugar, les abre la inteligencia para que comprendan las Escrituras y lo que éstas decían acerca de él: “Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse. Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos“.

           Cristo resucitado les abre la inteligencia para que comprendan el significado de su vida, muerte y resurrección como el misterio del amor redentor de Dios hacia los hombres; la cruz ya no aparece entonces como un escándalo ni como una necedad, sino como la sabiduría de Dios, como expresión del amor incondicional de Dios, quien, para salvar a los hombres, asume su condición, incluyendo el dolor y la muerte, para redimirla y trasfigurarla. Dios nos enseña así, y al mismo tiempo lo realiza, que el único camino para restablecer la condición humana en su dignidad originaria, el único camino para salvarla, es el amor, la misericordia, la generosidad, la entrega de uno mismo. Nos enseña que el poder, la fuerza y el dominio no son precisamente caminos de vida.

           3. También nosotros, como los discípulos de entonces, tenemos a veces dudas en nuestro interior: ¿Ha resucitado realmente el Señor? ¿Tiene nuestra fe un fundamento sólido? ¿Es vacía nuestra esperanza de que un día resucitaremos con Cristo? Y seguramente no tendremos el privilegio de que el Señor se nos muestre y podamos ver y tocar, como hicieron algunos de los primeros discípulos. Nosotros hemos de creer sin ver; hemos de creer apoyándonos en el testimonio de aquellos que lo vieron y luego lo proclamaron a todos los pueblos. Y es por eso a nosotros a quien se dirige la bienaventuranza del Señor que escuchamos el domingo pasado: “Dichosos los que creen sin haber visto“.

           Igual que aquellos discípulos también nosotros debemos pasar del miedo a la alegría. Más aún en estos tiempos de crisis total que nos han tocado vivir. De ahí la necesidad de orar: Hemos de orar para pedir al Señor la fe; para pedirle que los ojos de nuestro espíritu, iluminados por su gracia, suplan el defecto de los ojos de la carne. Orar al Señor para pedirle que la adhesión que dimos a su Palabra y a las palabras de aquellos que nos trasmitieron la fe sea cada vez más firme y sólida. Y hemos de orar también para que el Señor nos abra la inteligencia y así, comprendiendo el significado de la vida y muerte de Jesús, podamos seguir sus pasos y amarnos unos a otros como él nos amó. Orar para que comprendamos que el amor es el camino mejor, y que ese camino es el mismo Cristo. Y finalmente, orar y ponernos a la obra del amor, hoy de una forma muy especial, con los más de cuatro millones de parados que ya hay en nuestra España. Que Cristo resucitado aliente en nosotros esa fe, ese amor y esa esperanza.

Este es el día en que actuó el Señor. Sea nuestra alegría y nuestro gozo. Efectivamente, hermanos, celebramos la octava de la Pascua de la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo; desde hace unos años, además, en esta jornada el querido Juan Pablo II instituyó la Solemnidad de la Divina Misericordia, para hacernos caer en la cuenta de la grandeza y de la belleza de los santos misterios que conmemoramos.

En el evangelio hemos escuchado el relato de la primera de las apariciones del Resucitado a sus discípulos en el atardecer del domingo de resurrección. Estaban reunidos todos, excepto Tomás, en un mismo lugar con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Frente al miedo, el resucitado saluda con la paz y su fruto es la alegría en el corazón de los discípulos y el don del Espíritu Santo. Desde ese momento el Resucitado prolongará su acción en el mundo a través de aquellos discípulos que son “enviados”.

Nosotros mismos nos podemos ver reflejados en el evangelio gracias a esa bienaventuranza del Señor al final del relato evangélico en la que recrimina a Tomás su falta de fe: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Tomás no estuvo presente aquel domingo, perdiéndose la alegría de la experiencia pascual. A su vuelta no quiere dar crédito a los hermanos y pide pruebas irrefutables: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”. Ver y tocar es lo que pide Tomás. Jesús tuvo el detalle con aquel que había sido discípulo de concederle esa gracia, pero no por ello deja de reprocharle su falta de fe en los hermanos. Tomás, sorprendido y emocionado, proclamará un dato fundamental de la fe en Cristo Resucitado: él es el Señor, el es Dios; pero no lo hace de forma general, sino poniendo todo su ser en sus palabras: él es “su” Señor, él es “su” Dios. Después de esa profesión de fe de Tomás Jesucristo proclama esa bienaventuranza para nosotros: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Esa es nuestra condición: hemos creído en el Señor Jesús aún sin haber visto, y damos gloria en este domingo de Pascua a la misericordia que con nosotros ha tenido de hacernos amigos y discípulos suyos. ¡Dichosos nosotros! ¡Dichoso tú si Cristo es tu Señor y tu Dios!

¡Sí! ¡Dichosos nosotros! Que por nuestra fe hemos nacido de Dios y estamos llamados a vivir una vida nueva y santa, tal como hemos escuchado en la segunda lectura. Vida nueva y santidad  que el apóstol Juan resume en el amor a Dios y en el amor a los hermanos. ¡Dichosos nosotros! porque ese amor nos permite vivir unidos al crucificado-resucitado vencedor, y con él vencemos también nosotros. En palabras de Juan: “Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Éste es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo.” Esta verdad, queridos hermanos y hermanas, se hace palpable cuando vivimos en plenitud los valores del evangelio, como hombres nuevos y renovados. La experiencia del gozo que produce la libertad y el señorío del cristiano que vive unido al Señor y vence y se vence en todo es indescriptible. Así también nosotros, por nuestra conversión, por nuestra vida nueva y plena, vivimos nuestra propia pascua, por el bautismo, por la fe y por el amor que alimentamos en la eucaristía. ¡Sí! ¡Dichosos nosotros si nuestra vida es así!

Esa misma dicha la vivieron los primeros cristianos de una forma excepcional convirtiéndose para nosotros en modelo de vida cristiana tal como hemos escuchado en la primera lectura. Podríamos decir que aquellos cristianos vivían animados por la fuerza del Espíritu de Cristo Resucitado y así en varios sumarios de la vida de aquella comunidad en el libro de los Hechos de los Apóstoles se nos describe la grandeza, la belleza y la dicha de esa vida nueva cristiana. Permitidme repetir esa lectura que no tiene desperdicio: “En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y Dios los miraba a todos con mucho agrado. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno.

La lectura habla por sí sola. Permitidme destacar dos cosas solamente: el valor con el que testimonian la resurrección del Señor los apóstoles y la caridad en el seno de la comunidad. Hoy por hoy ambas cosas se hacen realmente necesarias en nuestra comunidad: la valentía y la fuerza que necesitamos para evangelizar y el testimonio de la caridad en estos tiempos difíciles. En ambas tenemos una clave para transmitir la alegría del evangelio a las generaciones futuras en nuestro pueblo. No tengamos miedo. En nuestras manos y en nuestros corazones tenemos un verdadero tesoro que transformará nuestro mundo siempre a mejor, como ya lo hizo siempre a lo largo de la historia. ¡Dichosos nosotros que hemos recibido tanto de nuestro Señor Resucitado y Glorioso!

Entradas siguientes »