Benedicto XVI. Cooperador de la Verdad


              Continuando con el mismo tema del post anterior, y a la luz de lo que Benedicto XVI ha dicho hoy en el Funeral por los cardenales y obispos fallecidos en el último año, -tal como BXVI ha comentado antes-, he recogido el vídeo de esa homilía. Espero ofrecerosla cuando esté publicada en español…

               Este martes 7 de julio se ha hecho pública la Tercera Carta Encíclica de Benedicto XVI. Fue firmada el pasado 29 de junio festividad de los santos apóstoles Pedro y Pablo en Roma y lleva por nombre latino CARITAS IN VERITATE (la caridad en la verdad). Se trata de una encíclica social, que sigue la gran corriente de la Doctrina Social de la Iglesia –principalmente de Pablo VI y Juan Pablo II-, para aterrizar en las circunstancias actuales de globalización, crisis económica y desarrollo de los pueblos. A falta de un mayor análisis, simplemente os pongo los títulos de los distintos capítulos:

- INTRODUCCIÓN
- I. EL MENSAJE DE LA POPULORUM PROGRESSIO
- II. EL DESARROLLO HUMANO EN NUESTRO TIEMPO
- III. FRATERNIDAD, DESARROLLO ECONÓMICO Y SOCIEDAD CIVIL
- IV. DESARROLLO DE LOS PUEBLOS, DERECHOS Y DEBERES, AMBIENTE
- V. LA COLABORACIÓN DE LA FAMILIA HUMANA
- VI. EL DESARROLLO DE LOS PUEBLOS Y LA TÉCNICA
- CONCLUSIÓN

            Estos días de vacaciones voy a intentar leerla y profundizarla tranquilamente y ofreceros una síntesis y un análisis de la misma…

           Si queréis leerla vosotros mismos la podéis ver en el siguiente enlace:

http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20090629_caritas-in-veritate_sp.html

            Abrazo a todos.

Hoy hace cuatro años del fallecimiento de Juan Pablo II. Simplemente quiero recordarlo con cariño y agradecimiento a Dios que nos dio un hombre tan grande a la Iglesia y a toda la humanidad.

Estamos en Adviento, tiempo de esperanza. Hace un año, en la víspera del Adviento, se hacía pública la segunda carta encíclica de S.S. Benedicto XVI. Su nombre “Spe salvi”; su tema central la esperanza.

Todos aquellos comentaristas que se han acercado a la misma sin prejuicios y con profundidad de miras han sabido valorar este enorme regalo del Papa a nuestro mundo y a nuestra Iglesia actual, en unos momentos en que la humanidad avanza a pasos agigantados, a veces sin orientación y a tientas ante lo que está por venir.

Benedicto XVI se convierte con la misma en un testigo de esperanza, -de la esperanza cristiana-, que abre sus puertas a toda la humanidad, para señalar un horizonte y un camino. El Papa intelectual y teólogo rebusca en el fondo de su experiencia humana y cristiana a la luz del Nuevo Testamento, de la vida de los santos, de la filosofía y de la historia humana reciente esos caminos de la esperanza, tan necesarios en estos tiempos. Sin esperanza no se puede vivir, estaríamos abocados a la nada y a la desesperación. Triste realidad para una sociedad que ha alcanzado tan altas cotas de progreso y bienestar, y que sin embargo se niega a reconocer su “vacío”, y que ha hecho del relativismo y del pensamiento débil una bandera. Para los cristianos en cambio hay un futuro, una esperanza firme asentada en el amor de nuestro Dios, mostrado en Jesucristo.

El papa comienza haciendo una afirmación tajante: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino”. (SS 1). El Papa nos invita a encaminarnos hacia esa meta y a esforzarnos en el camino.

¿En qué consiste esta esperanza, tan grande, tan fuerte y tan «fiable» que nos hace decir que en ella encontramos la «salvación»? Esencialmente, consiste en el conocimiento de Dios, en el descubrimiento de su corazón de Padre bueno y misericordioso. Jesús, con su muerte en la cruz y su resurrección, nos reveló su rostro, el rostro de un Dios con un amor tan grande que comunica una esperanza inquebrantable, que ni siquiera la muerte puede destruir, porque la vida de quien se pone en manos de este Padre se abre a la perspectiva de la bienaventuranza eterna. Esa es la gran tesis de Benedicto XVI en la primera parte de la encíclica.

Tras descubrir el gran valor de la esperanza y su relación indisoluble con la fe que lleva al cristiano a una caridad activa y a un cambio en la vida, el papa afirma “quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una nueva vida” (SS 2) y ve la concreción de esta afirmación en la vida de los santos. En ese sentido hay una auténtica liberación personal que insta a un cambio de la sociedad “desde dentro” en la vivencia de unas relaciones nuevas de fraternidad.

A partir de ese momento el Papa confronta la esperanza cristiana con las esperanzas que han intentado aportar las distintas corrientes filosóficas y políticas en la modernidad desde el s. XVI a nuestros días. Parte de una de las críticas que a lo largo de la historia reciente se ha hecho a la esperanza cristiana es el lastre de su individualismo. El Papa se entrega a deshacer ese malentendido porque no corresponde a la realidad del evangelio ni de la vivencia cristiana que habla con convicción de las implicaciones sociales de la esperanza. A partir del número dieciséis hace un recorrido breve, pero bien articulado, del desarrollo en la filosofía de las ideas de ciencia, progreso, libertad y razón que han intentado sustituir la virtud de la esperanza. Esas ideas nacen en el seno del cristianismo y tienen mucho que ver con su matriz cristiana, como ya a principios del s. XX puso de relieve entre otros Emmanuel Mounier, pero fuera de esa matriz han decaído, principalmente con el marxismo, en una “destrucción desoladora” (cf. SS 21).

El papa invita a una autocrítica de la edad moderna y también a una autocrítica del cristianismo moderno, que aclare el sentido más genuino de esas ideas y lleve a un diálogo constructivo de la fe y el pensamiento moderno. El cristianismo en ese sentido tiene mucho que aportar al hombre de hoy.

La segunda parte de la Encíclica la dedica Benedicto XVI a meditar en los “lugares” de aprendizaje y ejercicio de la esperanza, como son la oración, acción y el sufrimiento y la fe en las realidades últimas. Aquí el papa utiliza un lenguaje más religioso y doctrinal, con una profundidad y belleza extraordinarias. Invito a todos a la lectura meditativa y sosegada de esta parte.

 

Una de las claves hermenéuticas para entender el mensaje de Benedicto XVI, no sólo en esta encíclica, sino en todo su magisterio e incluso en su obra teológica, es su cristocentrismo. Cristo es la luz que ilumina toda la realidad del hombre, también el motivo de la esperanza. Cristo es la verdadera imagen de Dios, -el papa insiste en esta idea-, y por ende el motivo y el sentido de nuestra esperanza, esperanza especialmente para los que más sufren. En Él, el Crucificado, se lleva al extremo la negación de las falsas imágenes de Dios. Ahora Dios revela su rostro precisamente en la figura del que sufre y comparte la condición del hombre abandonado por Dios, tomándola consigo. Este inocente que sufre se ha convertido en esperanza-certeza: Dios existe, y Dios sabe crear la justicia de un modo que nosotros no somos capaces de concebir y que, sin embargo, podemos intuir en la fe”. (SS 43)

Con san Pablo podemos afirmar que Cristo es nuestra esperanza (1 Tim 1,1). El papa afirma: “Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto.” (SS 31). La mayor prueba del amor de Dios por nosotros es el regalo que nos ha hecho en su Hijo y la entrega de éste a la muerte por nuestra salvación (Jn 3,16; 15,13). Ese es también el fundamento firme de nuestra esperanza. Concluyo con palabras del mismo Benedicto XVI, palabras dignas de meditación para este Adviento: “El verdadero pastor es Aquel que conoce también el camino que pasa por el valle de la muerte; Aquel que incluso por el camino de la última soledad, en el que nadie me puede acompañar, va conmigo guiándome para atravesarlo: Él mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto para acompañarnos ahora y darnos la certeza de que, con Él, se encuentra siempre un paso abierto. Saber que existe Aquel que me acompaña incluso en la muerte y que con su «vara y su cayado me sosiega», de modo que «nada temo» (cf. Sal 22,4), era la nueva «esperanza» que brotaba en la vida de los creyentes.” (SS 6).

Ayer noche el obispo de Jaén, D. Ramón del Hoyo López daba nombramiento de nuevo Director de Cáritas Interparroquial de Martos. Desde hace unos meses los sacerdotes y muchos laicos venimos trabajando por la renovación de las cinco Cáritas Parroquiales de la ciudad y de la Cáritas Interparroquial que aglutina y coordina a las anteriores. La caridad es una tarea esencial en la Iglesia y debe brillar como una de las acciones esenciales de la misma. Como dice la liturgia eucarística la Iglesia llega a “su perfección por la caridad”. Pero la caridad en la iglesia parte de la comunidad viva que es cada parroquia. Anoche el obispo insistió por activa y por pasiva en esta idea: lo importante son las Cáritas Parroquiales.

No ha sido fácil el camino recorrido hasta anoche. Pido al Señor que la tarea que comienzan nuestras nuevas Cáritas Parroquiales y la Cáritas Interparroquial sea verdaderamente fructífera en beneficio de la Iglesia y de los pobres.

En mayo, antes de afrontar de forma directa esta reforma publiqué en el Boletín de Cáritas Interparroquial de Martos un artículo que hablaba del mensaje de Benedicto XVI en su viaje a EE.UU. en abril de este año. Quería extraer de las enseñanzas del papa algunos puntos que consideraba importantes para la renovación de nuestras Cáritas Parroquiales. Es un artículo muy sencillo pero me parece oportuno recordarlo y lo ofrezco para que los nuevos responsables y todos los voluntarios lo mediten y sopesen por si les viene bien, ya sea a nivel parroquial o a nivel interparroquial… A todos ellos, y a todos los responsables de Cáritas en Martos un abrazo muy fuerte y mucho ánimo. Por vosotros va ese artículo que ahora reproduzco

Algunos puntos del mensaje de Benedicto XVI en Estados Unidos

El reciente viaje apostólico de S.S. Benedicto XVI a los Estados Unidos ha sido calificado por la inmensa mayoría de los comentaristas de importante éxito, de aldabonazo de ánimo para la creciente comunidad católica americana, y como altavoz del pensamiento de un papa intelectual y fuerte en sus convicciones que lanza un reto de esperanza a un mundo que zozobra.

Benedicto XVI, siguiendo las huellas del evangelio, ha acertado al señalar que la búsqueda de la libertad se debe guiar por la convicción de que los principios que gobiernan la vida política y social están íntimamente relacionados con un orden moral, sobre la base del señorío de Dios Creador, y que no existe un fundamento más serio que esta verdad  para afirmar los derechos humanos.

En la Asamblea General de Naciones Unidas, Benedicto XVI no dudó en reconocer el papel superior que desempeñan las reglas y las estructuras intrínsecamente ordenadas para promover y defender la libertad humana. Además de reconocer el carácter sagrado de la vida, Benedicto XVI apuntó cómo los derechos asociados con la religión necesitan protección, en especial si se los considera en conflicto con la ideología secular predominante o con posiciones de una mayoría religiosa de naturaleza exclusiva. 

En la misa final en Nueva York, Benedicto XVI nos recordó cómo la Iglesia se debe edificar en la fidelidad a los dos mandamientos del amor a Dios y del amor al prójimo.

Desgraciadamente la mayoría de los medios de comunicación españoles solo han dado una visión sesgada del viaje, y no han calado en la profundidad del mensaje de Benedicto XVI. Precisamente por eso considero importante remarcar algunas de las líneas maestras de las enseñanzas del papa en torno a la caridad que nos sirvan para la revitalización de nuestras Cáritas parroquiales.

En primer lugar, el papa ha hablado del aprecio por la propia historia, dando gracias a Dios por todo el trabajo realizado y por los frutos obtenidos a lo largo de tanto tiempo y con la colaboración de tantos hermanos. Así nosotros también debemos apreciar nuestra propia historia reconociendo cuánto han recibido de Dios nuestros antecesores y cuánto trabajaron para dar fruto que hoy nosotros gozamos. Esta memoria agradecida es básica a la hora de revitalizar nuestro compromiso.

En segundo lugar, Benedicto XVI ha hecho un análisis concienzudo de la situación universal. En su mensaje a la ONU, ha reconocido las dificultades que prenden en nuestro mundo –cuestiones de seguridad, los objetivos del desarrollo, la reducción de las desigualdades locales y globales, la protección del entorno, de los recursos y del clima, requieren que todos los responsables internacionales actúen conjuntamente y demuestren una disponibilidad para actuar de buena fe, respetando la ley y promoviendo la solidaridad con las regiones más débiles del planeta– y ha apostado por trabajar por esos objetivos universales –el deseo de la paz, la búsqueda de la justicia, el respeto de la dignidad de la persona, la cooperación y la asistencia humanitaria– que expresan las justas aspiraciones del espíritu humano y constituyen los ideales que deberían estar subyacentes en las relaciones internacionales. No es este el momento de profundizar en esas cuestiones, pero sí el momento de analizar el presente y de concienciarnos de que la situación actual ha cambiado con respecto a la de hace unos años, también en nuestro querido Martos, y que al igual que nosotros ya no vestimos como hace veinte o treinta años, nuestras cáritas deben responder a los nuevos problemas surgidos en la actualidad –nuevas pobrezas, marginación, inmigración, drogas, pérdida sistemática de valores, problemas familiares– cuya atención debe ir más allá de la mera beneficencia.

En tercer lugar, como consecuencia de lo anterior, necesitamos, además, más voluntariado y una formación seria en todos estos ámbitos. Es el momento de ponerse en marcha. Termino recordando el reto que el papa ha lanzado a toda la comunidad eclesial: en su mensaje a los jóvenes decía: “Hemos de escuchar atentamente. Hemos de responder con una acción social renovada que nazca del amor universal que no conoce límites. De este modo estamos seguros de que nuestras obras de misericordia y justicia se transforman en esperanza viva para los demás.”

Desde el primer momento comenzó Benedicto XVI a trabajar en la tarea de apacentar y confirmar en la fe al rebaño que el Señor le confiaba como 265 sucesor de San Pedro. Los primeros días de su pontificado están marcados por varios discursos a distintos colectivos, cardenales, representantes de otras iglesias y religiones, medios de comunicación… y sobre todo por tres preciosas homilías donde dibuja sus intenciones principales. Finalmente la primera audiencia general a los fieles en la Plaza de san Pedro.

A la mañana siguiente de su elección, en la Misa Pro Ecclesia en la Capilla Sixtina junto con los Cardenales electores, Benedicto XVI va a presentar en su homilía lo que van a ser sus objetivos fundamentales. Yo seguí la celebración por Televisión y es el momento en el que caí en la cuenta de la grandeza de este hombre. Es una homilía que vale la pena releer. Su primer mensaje lo podríamos resumir en su intención de trabajar por la unidad de la Iglesia, de todos los cristianos y de la entera familia humana.

Al igual que repetirá con bastante frecuencia en aquellos días, el papa comienza hablando del doble sentimiento que alberga en su espíritu: turbación humana ante la responsabilidad que ha adquirido y sobre todo profunda gratitud a Dios y los cardenales por la confianza que en él han depositado. Siente fuerte, además, la ayuda de la Providencia, la fortaleza y la compañía del testimonio de su antecesor, que ha dejado “una Iglesia más valiente, más libre, más joven; una Iglesia que, según su doctrina y su ejemplo, mira con serenidad al pasado y no tiene miedo al futuro”. Manifiesta su intención de proseguir en el compromiso de aplicación del concilio Vaticano II, cuyos documentos no han perdido su actualidad con el paso de los años; al contrario, sus enseñanzas se revelan particularmente pertinentes ante las nuevas instancias de la Iglesia y de la actual sociedad globalizada. Así que nada de vuelta atrás: la nave de la Iglesia sigue adelante.

A continuación continúa hablando de la centralidad de la Eucaristía, corazón de la vida cristiana y manantial de la misión evangelizadora de la Iglesia, la cual hace presente constantemente a Cristo resucitado, que se sigue entregando a nosotros. De ella brota la comunión entre todos los fieles, el compromiso de anuncio y de testimonio del Evangelio, y el ardor de la caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres y los pequeños.

El tema de la unidad ocupa un lugar apremiante en su tarea. Benedicto XVI asume como compromiso prioritario trabajar con el máximo empeño en el restablecimiento de la unidad plena y visible de todos los discípulos de Cristo. Esta es su voluntad y este es su apremiante deber. El actual Sucesor de Pedro se deja interpelar en primera persona por esa exigencia y está dispuesto a hacer todo lo posible para promover la causa prioritaria del ecumenismo. Siguiendo las huellas de sus predecesores, está plenamente decidido a impulsar toda iniciativa que pueda parecer oportuna para fomentar los contactos y el entendimiento con los representantes de las diferentes Iglesias y comunidades eclesiales.

Finalmente también asegura que la Iglesia quiere seguir manteniendo con todos un diálogo abierto y sincero, en busca del verdadero bien del hombre y de la sociedad. Y dirige un saludo especial a los jóvenes, futuro y esperanza de la Iglesia y de la humanidad.

Ciertamente, al cabo de unos años estos propósitos iniciales siguen marcando la tarea y el magisterio de Benedicto XVI.

                                         

La segunda homilía importante, y bellísima, es la de la Misa del Inicio de su Pontificado, el domingo 24 de abril. Comienza recordando el rito de la invocación de todos los santos que durante esos días se ha repetido en los funerales de Juan Pablo II, en el inicio del cónclave y al comienzo de esa Misa. Con ello reafirma su fe de no estar solo. “Quien cree, nunca está solo”, algo que dirá también años después en la encíclica Spe Salvi. Sus palabras fueron estas: “en mí se reaviva esta conciencia: no estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce. Y me acompañan, queridos amigos, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza”. Contemplando todo lo sucedido en esos días concluye: “Sí, la Iglesia está viva; ésta es la maravillosa experiencia de estos días. Precisamente en los tristes días de la enfermedad y la muerte del Papa, algo se ha manifestado de modo maravilloso ante nuestros ojos: que la Iglesia está viva. Y la Iglesia es joven. Ella lleva en sí misma el futuro del mundo y, por tanto, indica también a cada uno de nosotros la vía hacia el futuro”.

De aquella homilía todos esperábamos un programa de pastoral y de gobierno. Sin embargo, Benedicto XVI, el creyente y buen teólogo, nos va a perfilar algo mucho más importante y profundo: el sentido y la belleza de ser cristiano, de ser pastor. Mi verdadero programa de gobierno –afirmó- es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia.

Y para explicar el sentido y la belleza de ser cristiano y pastor va e explicar la simbología de los dos signos que en esa misa se le impusieron: el palio y el anillo del pescador. El palio de lana pura recuerda la oveja perdida, enferma o débil, que el pastor lleva a cuestas para conducirla a las aguas de la vida. Al igual que Cristo buscó esa oveja perdida, así la Iglesia debe buscar al ser humano en su desierto. De forma elocuente y bella dijo: “hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores. (…) La Iglesia en su conjunto, así como sus Pastores, han de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud”.

El anillo del pescador recuerda el texto evangélico de la pesca milagrosa. Comenta así el papa: “También hoy se dice a la Iglesia y a los sucesores de los apóstoles que se adentren en el mar de la historia y echen las redes, para conquistar a los hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo, para la vida verdadera. Los Padres han dedicado también un comentario muy particular a esta tarea singular. Dicen así: para el pez, creado para vivir en el agua, resulta mortal sacarlo del mar. Se le priva de su elemento vital para convertirlo en alimento del hombre. Pero en la misión del pescador de hombres ocurre lo contrario. Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera. Así es, efectivamente: en la misión de pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios (…) La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo”.

Aquella homilía terminó con un llamado especial a los jóvenes, siguiendo el recuerdo de Juan Pablo II. “Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida”.

 

Termino esta crónica de los primeros días de Benedicto XVI recordando su homilía, la tercera que quiero recordar, en su visita a la Basílica de San Pablo Extramuros de Roma el 25 de abril de 2005. Considera esa visita una peregrinación a la tumba de San Pablo, a las raíces de la misión, de la misión que Cristo resucitado encomendó a san Pedro, a los Apóstoles y, de modo singular, también a san Pablo, impulsándolo a anunciar el Evangelio a los gentiles. Ello le da pie para recordar el inimitable trabajo misionero de Juan Pablo II y pide al Señor alimente también en él un amor semejante, para que no descanse ante la urgencia del anuncio evangélico en el mundo de hoy. La Iglesia, por su misma naturaleza, es misionera; su tarea principal es la evangelización.

Perdonad que me haya alargado tanto, pero es que es difícil resumir tanto contenido sin traicionarlo o sin que pierda su fuerza y su belleza.

Varios temas han ido saliendo de aquellas primeras palabras de Benedicto XVI, que marcan su pontificado y su magisterio: unidad, comunión, ecumenismo, paz, confianza en Dios y en la Iglesia, Eucaristía, presencia de Cristo, caridad, esperanza, belleza y alegría del cristianismo, misión, libertad, juventud… No es este un papa pesimista como algunos han caricaturizado, sino realista, que sabe de sombras y las mira de frente… y lo mejor: aporta luces y esperanzas.

Comienzo, no sin cierto temor a quedarme en el intento, esta nueva categoría en mi blog personal, en la que pretendo acercarme a la persona y al magisterio de nuestro papa Benedicto XVI. Como muchas veces digo, nunca terminaremos de darle gracias a Dios por el enorme don que nos ha hecho con este papa, “Cooperador de la Verdad”, como rezaba en su lema episcopal.

En estos tres años y medio de pontificado Benedicto ya ha marcado una línea muy personal de gobierno y de magisterio en la Iglesia, novedosa en cierta medida, pero sin rupturas con respecto a sus predecesores, especialmente Juan Pablo II. Reconozco que con el tiempo este papa me ha ido seduciendo cada vez más, no tanto en lo estético cuanto en el contenido y en el calado de su magisterio. Decía un joven en la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney que le gustaba ver a Juan Pablo II y escuchar a Benedicto XVI. En mi humilde y discutible opinión le doy la razón.

Sin embargo, vemos como este papa es “desconocido” en nuestro país. Los medios de comunicación de masas no le prestan demasiada atención y cuando lo hacen distorsionan en buena medida su mensaje a base de tópicos o de comentarios muy parciales y sesgados. Así es común escuchar, incluso entre los mismos cristianos, que este papa “no les llega”. Es triste, pero es así.

Bien, intentemos acercarnos a su persona y a su mensaje, quitándonos los prejuicios (negativos o positivos) y pongamos en la palestra su testimonio y sirvámonos de él para enriquecernos nosotros mismos…

* * *

Permitidme que comience  recordando lo que personalmente viví en aquellos días de abril de 2005. Todos vimos las mismas imágenes, pero tendremos recuerdos e impresiones distintas en la memoria de aquellos días históricos para nuestra Iglesia actual…

 

Sábado, 2 de abril de 2005, casi a las 10 de la noche. En ese momento estaba chateando con un amigo, hablando de la enfermedad y de la agonía de Juan Pablo II. Todos esperábamos el desenlace de un momento a otro. Tenía la radio puesta para estar al tanto de todo lo que sucedía. En ese momento daban la noticia. Recuerdo el vuelco en el corazón, era una noticia esperada, pero no pude contener la emoción. En seguida dejé el chat y bajé a la parroquia de San Bartolomé de Andújar, donde todavía era párroco, para echar las campanas a duelo. Mientras los martillos golpeaban las campanas con una tristeza inusitada y solemne a la vez, me dirigí a la Capilla del Santísimo para orar, cargado de emoción y de lágrimas en mis ojos, a pesar de que no soy de lágrima fácil. Quiero recordar que sólo una vez pedía al Padre que acogiera a su siervo Juan Pablo, el resto de la oración era darle gracias y recordar los pocos momentos en que pude disfrutar en directo de su presencia en Santiago de Compostela en 1989 y en Sevilla en 1993, y el resto de grandes momentos que lo había seguido por televisión como su última visita a España en 2003. Se iba una parte importante de mi vida religiosa, no sé si como un padre o como un abuelo, cargado de experiencia y de amor. Al salir de la Parroquia aun sonaban a lo lejos las campanas de san Miguel y de santa María, dando a la noche un sentido muy extraño, muy especial, muy santo… No vi a nadie por la calle…

Los días siguientes todos recordamos las imágenes del cadáver de Juan Pablo II en la Sala Clementina, su solemnísimo traslado a la Basílica de San Pedro, las colas inmensas para entrar en la Basílica, los testimonios de tantos y tantos hombres y mujeres, creyentes o no, que en su inmensa mayoría homenajeaban al papa fallecido. Sentí la tentación de irme a Roma, pero era una locura en aquellas condiciones.

Poco a poco también se iba haciendo familiar el ritual a seguir en las exequias de un papa; yo apenas recordaba las exequias de Pablo VI y Juan Pablo I, y eso hacía del momento algo histórico.

También se empezaba a colar en nuestras casas la imagen del Cardenal Joseph Ratzinger, hasta ese momento Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y Decano del Colegio Cardenalicio. Se hacían quinielas en torno a su persona, pero la mayoría de los medios de masas lo presentaban ya de forma muy negativa. Así fueron creando, ya antes de ser papa, una imagen nada realista de su persona y de su gestión.

Viernes, 8 de abril de 2005. En la Plaza de San Pedro del Vaticano todo está preparado para las exequias solemnes de Juan Pablo II. No falta casi nadie. Los que no estábamos físicamente lo estábamos en el corazón siguiéndolo al detalle por televisión. Hasta ese “viento recio”, símbolo del Espíritu Santo, se hace presente, haciendo volar las casullas rojas de los cardenales y obispos y las hojas del Evangeliario colocado sobre el grande y humilde ataúd del papa. Preside el Cardenal Ratzinger, como Decano del Colegio cardenalicio; le acompañan también gobernantes de todos los países y representantes de otras iglesias y religiones.

En su homilía, entre otras cosas, dice:

«Sígueme», dice el Señor resucitado a Pedro, como su última palabra a este discípulo elegido para apacentar a sus ovejas. «Sígueme», esta palabra lapidaria de Cristo puede considerarse la llave para comprender el mensaje que viene de la vida de nuestro llorado y amado Papa Juan Pablo II, cuyos restos mortales depositamos hoy en la tierra como semilla de inmortalidad, con el corazón lleno de tristeza pero también de gozosa esperanza y de profunda gratitud.

(…) El amor de Cristo fue la fuerza dominante en nuestro amado Santo Padre; quien lo ha visto rezar, quien lo ha oído predicar, lo sabe. Y así, gracias a su profundo enraizamiento en Cristo pudo llevar un peso, que supera las fuerzas puramente humanas: Ser pastor del rebaño de Cristo, de su Iglesia universal.

(…) Podemos estar seguros de que nuestro amado Papa está ahora en la ventana de la casa del Padre, nos ve y nos bendice. Sí, bendíganos, Santo Padre. Confiamos tu querida alma a la Madre de Dios, tu Madre, que te ha guiado cada día y te guiará ahora a la gloria eterna de su Hijo, Jesucristo Señor nuestro. Amén.

Al terminar la preciosa homilía tuve la intuición: ¿Podría ser Ratzinger el nuevo papa? -¡No, no creo!- me respondí inmediatamente yo mismo.

Hasta ese momento había leído algunas cosas de Ratzinger que me gustaron verdaderamente como “Introducción al cristianismo”  y “La Iglesia. Una comunidad siempre en camino”. Había leído, así mismo, algunos documentos de la Congregación para la Doctrina de la Fe, siempre polémicos, porque para eso está la misma, y sobre todo tuve que presentar al clero de la Diócesis de Jaén la segunda parte del Documento “Dominus Iesus” del año 2000 de la misma Congregación, firmado por Ratzinger, que levantaba ampollas en su momento, y en el que intenté poner paños calientes, haciendo una lectura contextualizada del documento, en un tema muy complejo como la unicidad y la unidad de la Iglesia. Así que, aunque admiraba a Ratzinger, éste no entraba dentro de mi perfil de papa. Todos hacían –y hacíamos– quinielas. Mis candidatos favoritos eran otros: el italiano Tettamanzi, el alemán Kasper y el austriaco Schoenborn, abiertos, moderados, buenos teólogos y europeos –la verdad que no me atraía la idea de un latinoamericano, los veía demasiado carcas y populistas, pero… ¡quién sabía por donde soplaría el Espíritu Santo!–. Seguro que mis hermanos latinoamericanos verían las cosas de otro modo…

Así transcurrieron aquellos días, haciendo quinielas y rezando por el nuevo papa, hasta el día 18 de abril, fecha de la apertura del cónclave para la elección del nuevo pontífice. Recuerdo la misa de la mañana. Presidía de nuevo Ratzinger, se le veía serio y la homilía fue dura a mis oídos y a los oídos de muchos, quizás no acostumbrados a escuchar verdades como un puño:

“Cuántos vientos de doctrina hemos conocido en estas últimas décadas, cuántas corrientes ideológicas, cuántas modas de pensamiento. (…) La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido agitada con frecuencia por estas ondas, llevada de un extremo al otro, del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc… Cada día nacen nuevas sectas y se cumple lo que dice San Pablo sobre el engaño de los seres humanos, sobre la astucia que tiende a llevar al error. Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, se etiqueta a menudo como fundamentalismo. Mientras el relativismo, es decir, el dejarse llevar “aquí y allá por cualquier viento de doctrina’ parece la única actitud a la altura de los tiempos que corren. Toma forma una dictadura del relativismo que no reconoce nada que sea definitivo y que deja como última medida solo al propio yo y a sus deseos”.

Realmente, leída a cierta distancia, la homilía era preciosa y dibujaba la imagen del buen pastor en esa “hora de gran responsabilidad” en la que se pedía “un pastor según su corazón, un pastor que nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor, a la verdadera alegría”. Pero desgraciadamente todo había quedado imbuido por el párrafo anterior. Y en mi corazón quedaba esa inquietud. Por la tarde comenzaba el cónclave…

 

El martes, 19 de abril tenía clases en el seminario por la mañana. En el descanso me dediqué a bromear mandando mensajes a algunos amigos cofrades con la posibilidad de que saliera elegido su querido cardenal Mons. Carlos Amigo, arzobispo de Sevilla. Todos me contestaban emocionados y haciendo votos porque así fuera. Alguno incluso me respondió que iba a ver al Santo Padre subir las calzadas del Santuario de la Virgen de la Cabeza. ¡No alucinaban estos, ni ná!

Por la tarde acudí a Villacarrillo al entierro de una monja muy querida por mí y por muchos sacerdotes jóvenes: Madre Matilde. Presidía el entierro D. Santiago García Aracil, que hasta hacía unos meses había sido obispo de Jaén; en ese momento ya era arzobispo de Mérida-Badajoz, pero había venido al entierro de la monja por su cariño a la misma. A mi lado estaba sentado un sacerdote, que en un momento de la celebración me dice sigilosamente:

- Esta tarde, Madre Matilde nos va a regalar un nuevo papa.

- ¡Anda ya! –respondí yo–. Todavía es demasiado pronto.

- Esta tarde, acuérdate –me insistió-.

- No creo; es pronto. De salir uno tan pronto, tendría que ser… ¡Ratzinger! –le dije.

- Ratzinger puede ser un gran papa. Cuando yo estaba en Roma, lo veía a veces por la Plaza de San Pedro y es un hombre realmente sencillo y encantador. Nada que ver con lo que se dice de él –afirmó mi compañero-.

Al rato de esa conversación privada empezaron a arder los móviles, echando fumata blanca. En medio del revuelo y la confusión a mí también me llamó José, mi querido sacristán de Andújar, -buena persona, piadoso, discreto, sencillo y eficiente como él sólo-, para decirme que había fumata blanca. Me aparté un momento detrás del manifestador de la hermosísima parroquia de la Asunción de Villacarrillo para darle instrucciones: ¡campanas al vuelo durante cinco minutos!.

D. Santiago se enteró del revuelo y, con la mirada, mi compañero, antiguo vicario episcopal, le comunicó la noticia. Al terminar la misa de entierro llamé a algunos amigos de Villacarrillo para ir a sus casas a ver la tele, pero ninguno estaba, así que cogí el coche de vuelta; me acompañaba Juan Carlos Córdoba, seminarista. En el camino, con la Cope puesta, y Paloma Gómez Borrero informando -o catequizando-, recibíamos la noticia. Salía a la logia de la Basílica de San Pedro, el anciano Cardenal protodiácono, Jorge Arturo Medina Estévez, a anunciar la noticia:

Annuntio vobis gaudium magnum;
habemus Papam:
Eminentissimun ac Reverendissimum Dominum,
Dominum Josephum

…Josephum –José– ¡Ratzinger! Dije. ¡No lo podía creer!

Sanctæ Romanæ Ecclesiæ Cardinalem Ratzinger
qui sibi nomen imposuit Benedictum XVI.

¡Benedicto XVI! ¡Suena a rancio! ¡Increíble! Dije quejándome. ¡Ojalá esto no sea una vuelta atrás a una Iglesia encastillada y lejana de nuestro mundo! ¡Dios santo! Es verdad, no me hizo mucha gracia la elección en un primer momento, pero… es lo que había.

Me sorprendieron sus primeras palabras desde el balcón:

«Queridos hermanos y hermanas: después del gran Papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor.

Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes, y sobre todo me encomiendo a vuestras oraciones.

En la alegría del Señor resucitado, confiando en su ayuda continua, sigamos adelante. El Señor nos ayudará y María, su santísima Madre, estará a nuestro lado. ¡Gracias!»

 

Humilde trabajador, instrumento insuficiente, pero ¡adelante!. Confiando en nuestra oración y en la intercesión de María Santísima.

Me había quedado perplejo. Pero en menos de veinticuatro horas, tras escuchar su primera homilía como papa a los cardenales en la Capilla Sixtina, yo también caí en la cuenta de que este hombre ya no era el Prefecto, sino el Papa de una Iglesia que quiere abrir caminos y que “no tiene miedo al futuro”.