
Comienzo, no sin cierto temor a quedarme en el intento, esta nueva categoría en mi blog personal, en la que pretendo acercarme a la persona y al magisterio de nuestro papa Benedicto XVI. Como muchas veces digo, nunca terminaremos de darle gracias a Dios por el enorme don que nos ha hecho con este papa, “Cooperador de la Verdad”, como rezaba en su lema episcopal.
En estos tres años y medio de pontificado Benedicto ya ha marcado una línea muy personal de gobierno y de magisterio en la Iglesia, novedosa en cierta medida, pero sin rupturas con respecto a sus predecesores, especialmente Juan Pablo II. Reconozco que con el tiempo este papa me ha ido seduciendo cada vez más, no tanto en lo estético cuanto en el contenido y en el calado de su magisterio. Decía un joven en la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney que le gustaba ver a Juan Pablo II y escuchar a Benedicto XVI. En mi humilde y discutible opinión le doy la razón.
Sin embargo, vemos como este papa es “desconocido” en nuestro país. Los medios de comunicación de masas no le prestan demasiada atención y cuando lo hacen distorsionan en buena medida su mensaje a base de tópicos o de comentarios muy parciales y sesgados. Así es común escuchar, incluso entre los mismos cristianos, que este papa “no les llega”. Es triste, pero es así.
Bien, intentemos acercarnos a su persona y a su mensaje, quitándonos los prejuicios (negativos o positivos) y pongamos en la palestra su testimonio y sirvámonos de él para enriquecernos nosotros mismos…
* * *
Permitidme que comience recordando lo que personalmente viví en aquellos días de abril de 2005. Todos vimos las mismas imágenes, pero tendremos recuerdos e impresiones distintas en la memoria de aquellos días históricos para nuestra Iglesia actual…
Sábado, 2 de abril de 2005, casi a las 10 de la noche. En ese momento estaba chateando con un amigo, hablando de la enfermedad y de la agonía de Juan Pablo II. Todos esperábamos el desenlace de un momento a otro. Tenía la radio puesta para estar al tanto de todo lo que sucedía. En ese momento daban la noticia. Recuerdo el vuelco en el corazón, era una noticia esperada, pero no pude contener la emoción. En seguida dejé el chat y bajé a la parroquia de San Bartolomé de Andújar, donde todavía era párroco, para echar las campanas a duelo. Mientras los martillos golpeaban las campanas con una tristeza inusitada y solemne a la vez, me dirigí a la Capilla del Santísimo para orar, cargado de emoción y de lágrimas en mis ojos, a pesar de que no soy de lágrima fácil. Quiero recordar que sólo una vez pedía al Padre que acogiera a su siervo Juan Pablo, el resto de la oración era darle gracias y recordar los pocos momentos en que pude disfrutar en directo de su presencia en Santiago de Compostela en 1989 y en Sevilla en 1993, y el resto de grandes momentos que lo había seguido por televisión como su última visita a España en 2003. Se iba una parte importante de mi vida religiosa, no sé si como un padre o como un abuelo, cargado de experiencia y de amor. Al salir de la Parroquia aun sonaban a lo lejos las campanas de san Miguel y de santa María, dando a la noche un sentido muy extraño, muy especial, muy santo… No vi a nadie por la calle…
Los días siguientes todos recordamos las imágenes del cadáver de Juan Pablo II en la Sala Clementina, su solemnísimo traslado a la Basílica de San Pedro, las colas inmensas para entrar en la Basílica, los testimonios de tantos y tantos hombres y mujeres, creyentes o no, que en su inmensa mayoría homenajeaban al papa fallecido. Sentí la tentación de irme a Roma, pero era una locura en aquellas condiciones.
Poco a poco también se iba haciendo familiar el ritual a seguir en las exequias de un papa; yo apenas recordaba las exequias de Pablo VI y Juan Pablo I, y eso hacía del momento algo histórico.
También se empezaba a colar en nuestras casas la imagen del Cardenal Joseph Ratzinger, hasta ese momento Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y Decano del Colegio Cardenalicio. Se hacían quinielas en torno a su persona, pero la mayoría de los medios de masas lo presentaban ya de forma muy negativa. Así fueron creando, ya antes de ser papa, una imagen nada realista de su persona y de su gestión.
Viernes, 8 de abril de 2005. En la Plaza de San Pedro del Vaticano todo está preparado para las exequias solemnes de Juan Pablo II. No falta casi nadie. Los que no estábamos físicamente lo estábamos en el corazón siguiéndolo al detalle por televisión. Hasta ese “viento recio”, símbolo del Espíritu Santo, se hace presente, haciendo volar las casullas rojas de los cardenales y obispos y las hojas del Evangeliario colocado sobre el grande y humilde ataúd del papa. Preside el Cardenal Ratzinger, como Decano del Colegio cardenalicio; le acompañan también gobernantes de todos los países y representantes de otras iglesias y religiones.
En su homilía, entre otras cosas, dice:
«Sígueme», dice el Señor resucitado a Pedro, como su última palabra a este discípulo elegido para apacentar a sus ovejas. «Sígueme», esta palabra lapidaria de Cristo puede considerarse la llave para comprender el mensaje que viene de la vida de nuestro llorado y amado Papa Juan Pablo II, cuyos restos mortales depositamos hoy en la tierra como semilla de inmortalidad, con el corazón lleno de tristeza pero también de gozosa esperanza y de profunda gratitud.
(…) El amor de Cristo fue la fuerza dominante en nuestro amado Santo Padre; quien lo ha visto rezar, quien lo ha oído predicar, lo sabe. Y así, gracias a su profundo enraizamiento en Cristo pudo llevar un peso, que supera las fuerzas puramente humanas: Ser pastor del rebaño de Cristo, de su Iglesia universal.
(…) Podemos estar seguros de que nuestro amado Papa está ahora en la ventana de la casa del Padre, nos ve y nos bendice. Sí, bendíganos, Santo Padre. Confiamos tu querida alma a la Madre de Dios, tu Madre, que te ha guiado cada día y te guiará ahora a la gloria eterna de su Hijo, Jesucristo Señor nuestro. Amén.
Al terminar la preciosa homilía tuve la intuición: ¿Podría ser Ratzinger el nuevo papa? -¡No, no creo!- me respondí inmediatamente yo mismo.
Hasta ese momento había leído algunas cosas de Ratzinger que me gustaron verdaderamente como “Introducción al cristianismo” y “La Iglesia. Una comunidad siempre en camino”. Había leído, así mismo, algunos documentos de la Congregación para la Doctrina de la Fe, siempre polémicos, porque para eso está la misma, y sobre todo tuve que presentar al clero de la Diócesis de Jaén la segunda parte del Documento “Dominus Iesus” del año 2000 de la misma Congregación, firmado por Ratzinger, que levantaba ampollas en su momento, y en el que intenté poner paños calientes, haciendo una lectura contextualizada del documento, en un tema muy complejo como la unicidad y la unidad de la Iglesia. Así que, aunque admiraba a Ratzinger, éste no entraba dentro de mi perfil de papa. Todos hacían –y hacíamos– quinielas. Mis candidatos favoritos eran otros: el italiano Tettamanzi, el alemán Kasper y el austriaco Schoenborn, abiertos, moderados, buenos teólogos y europeos –la verdad que no me atraía la idea de un latinoamericano, los veía demasiado carcas y populistas, pero… ¡quién sabía por donde soplaría el Espíritu Santo!–. Seguro que mis hermanos latinoamericanos verían las cosas de otro modo…
Así transcurrieron aquellos días, haciendo quinielas y rezando por el nuevo papa, hasta el día 18 de abril, fecha de la apertura del cónclave para la elección del nuevo pontífice. Recuerdo la misa de la mañana. Presidía de nuevo Ratzinger, se le veía serio y la homilía fue dura a mis oídos y a los oídos de muchos, quizás no acostumbrados a escuchar verdades como un puño:
“Cuántos vientos de doctrina hemos conocido en estas últimas décadas, cuántas corrientes ideológicas, cuántas modas de pensamiento. (…) La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido agitada con frecuencia por estas ondas, llevada de un extremo al otro, del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc… Cada día nacen nuevas sectas y se cumple lo que dice San Pablo sobre el engaño de los seres humanos, sobre la astucia que tiende a llevar al error. Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, se etiqueta a menudo como fundamentalismo. Mientras el relativismo, es decir, el dejarse llevar “aquí y allá por cualquier viento de doctrina’ parece la única actitud a la altura de los tiempos que corren. Toma forma una dictadura del relativismo que no reconoce nada que sea definitivo y que deja como última medida solo al propio yo y a sus deseos”.
Realmente, leída a cierta distancia, la homilía era preciosa y dibujaba la imagen del buen pastor en esa “hora de gran responsabilidad” en la que se pedía “un pastor según su corazón, un pastor que nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor, a la verdadera alegría”. Pero desgraciadamente todo había quedado imbuido por el párrafo anterior. Y en mi corazón quedaba esa inquietud. Por la tarde comenzaba el cónclave…
El martes, 19 de abril tenía clases en el seminario por la mañana. En el descanso me dediqué a bromear mandando mensajes a algunos amigos cofrades con la posibilidad de que saliera elegido su querido cardenal Mons. Carlos Amigo, arzobispo de Sevilla. Todos me contestaban emocionados y haciendo votos porque así fuera. Alguno incluso me respondió que iba a ver al Santo Padre subir las calzadas del Santuario de la Virgen de la Cabeza. ¡No alucinaban estos, ni ná!
Por la tarde acudí a Villacarrillo al entierro de una monja muy querida por mí y por muchos sacerdotes jóvenes: Madre Matilde. Presidía el entierro D. Santiago García Aracil, que hasta hacía unos meses había sido obispo de Jaén; en ese momento ya era arzobispo de Mérida-Badajoz, pero había venido al entierro de la monja por su cariño a la misma. A mi lado estaba sentado un sacerdote, que en un momento de la celebración me dice sigilosamente:
- Esta tarde, Madre Matilde nos va a regalar un nuevo papa.
- ¡Anda ya! –respondí yo–. Todavía es demasiado pronto.
- Esta tarde, acuérdate –me insistió-.
- No creo; es pronto. De salir uno tan pronto, tendría que ser… ¡Ratzinger! –le dije.
- Ratzinger puede ser un gran papa. Cuando yo estaba en Roma, lo veía a veces por la Plaza de San Pedro y es un hombre realmente sencillo y encantador. Nada que ver con lo que se dice de él –afirmó mi compañero-.
Al rato de esa conversación privada empezaron a arder los móviles, echando fumata blanca. En medio del revuelo y la confusión a mí también me llamó José, mi querido sacristán de Andújar, -buena persona, piadoso, discreto, sencillo y eficiente como él sólo-, para decirme que había fumata blanca. Me aparté un momento detrás del manifestador de la hermosísima parroquia de la Asunción de Villacarrillo para darle instrucciones: ¡campanas al vuelo durante cinco minutos!.
D. Santiago se enteró del revuelo y, con la mirada, mi compañero, antiguo vicario episcopal, le comunicó la noticia. Al terminar la misa de entierro llamé a algunos amigos de Villacarrillo para ir a sus casas a ver la tele, pero ninguno estaba, así que cogí el coche de vuelta; me acompañaba Juan Carlos Córdoba, seminarista. En el camino, con la Cope puesta, y Paloma Gómez Borrero informando -o catequizando-, recibíamos la noticia. Salía a la logia de la Basílica de San Pedro, el anciano Cardenal protodiácono, Jorge Arturo Medina Estévez, a anunciar la noticia:
Annuntio vobis gaudium magnum;
habemus Papam:
Eminentissimun ac Reverendissimum Dominum,
Dominum Josephum
…Josephum –José– ¡Ratzinger! Dije. ¡No lo podía creer!
Sanctæ Romanæ Ecclesiæ Cardinalem Ratzinger
qui sibi nomen imposuit Benedictum XVI.
¡Benedicto XVI! ¡Suena a rancio! ¡Increíble! Dije quejándome. ¡Ojalá esto no sea una vuelta atrás a una Iglesia encastillada y lejana de nuestro mundo! ¡Dios santo! Es verdad, no me hizo mucha gracia la elección en un primer momento, pero… es lo que había.
Me sorprendieron sus primeras palabras desde el balcón:
«Queridos hermanos y hermanas: después del gran Papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor.
Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes, y sobre todo me encomiendo a vuestras oraciones.
En la alegría del Señor resucitado, confiando en su ayuda continua, sigamos adelante. El Señor nos ayudará y María, su santísima Madre, estará a nuestro lado. ¡Gracias!»
Humilde trabajador, instrumento insuficiente, pero ¡adelante!. Confiando en nuestra oración y en la intercesión de María Santísima.
Me había quedado perplejo. Pero en menos de veinticuatro horas, tras escuchar su primera homilía como papa a los cardenales en la Capilla Sixtina, yo también caí en la cuenta de que este hombre ya no era el Prefecto, sino el Papa de una Iglesia que quiere abrir caminos y que “no tiene miedo al futuro”.