Esta petición es sorprendente debido al segundo miembro de la frase, según el cual nuestra oración no será escuchada si antes nosotros no cumplimos la exigencia de perdonar a los que nos ofenden.

                Dios es nuestro Padre, hemos invocado al principio de la oración, él nos hizo hijos suyos por el bautismo, y aunque Dios no se desdice de esa obra suya, la verdad es que seguimos pecando. Esta frase del Padre nuestro constata esas dos realidades: nuestra dignidad como hijos, nuestra miseria de pecado. ¿Si no fuésemos hijos cómo nos atreveríamos a pedir el perdón?

                El cristiano cree que Dios Padre de amor se desborda en misericordia para con el pecador siempre, como aquel padre del hijo pródigo. Lo único importante es saber reconocer y agradecer esa misericordia divina para que surta su efecto en nosotros haciéndonos hombres y mujeres nuevos. Y para ello la primera condición es saber perdonar también nosotros. No podemos amar a Dios a quien no vemos, si no amamos al hermano y a la hermana a quienes vemos (cf. 1 Jn 4,20). Al negarse a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre; en la confesión del propio pecado, el corazón se abre a su gracia.

                Esta petición es tan importante que es la única sobre la cual el Señor vuelve y explicita en el Sermón de la Montaña (cf. Mateo 6,14-15; 5,23-24).

                La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos. Transfigura al discípulo configurándolo con su maestro, que en todo perdonó incluso a los que lo crucificaban. Y es que en el fondo, con esta frase, Jesús nos quiere mostrar que el perdón debe ser más fuerte que el rencor y el pecado. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Y como bien decía la Beata Madre Teresa de Calcuta, el perdón es el mejor regalo. El pecador arrepentido y reconciliado lo sabe bien…

About these ads