Querido Amador:

                 Después de mucho tiempo vuelvo a escribirte. Perdona mi tardanza, pero supongo que comprenderás la situación por la que hemos pasado en mi familia…

                Hoy he estado recordando, -supongo que como muchos otros-, los acontecimientos de la caída del muro de Berlín, o mejor la destrucción de aquel muro de la vergüenza, hace hoy veinte años.

                Hay fechas y acontecimientos que quedan marcados en la memoria de una forma especial y que hacen que sean realmente históricos para la sociedad y/o para cada uno de nosotros. La caída del muro de Berlín es uno de esos acontecimientos. La mayoría de los que lo vivimos recordamos qué hicimos aquel día.

                Yo era entonces seminarista en Jaén. Estudiaba 2º de filosofía. Teníamos la Misa muy temprano –a las 7:30 de la mañana-. Todo transcurría como habitualmente hasta el momento de la oración de los fieles. En ese momento el diácono que estaba haciendo las peticiones oró más o menos con estas palabras:

                - Esta noche ha caído el muro de Berlín. Oremos por la paz en el mundo y en Europa.

                El sobresalto de todos fue excepcional. Nos quedamos mirando unos a otros, pasmados, pensando: ¿Qué ha dicho? ¿Qué se ha caído el muro de Berlín? Algunos habían pasado la noche escuchando la radio; para otros, entre los que me encontraba yo, era la primera noticia. Al terminar la misa todos subimos corriendo a ver la tele, pocos desayunaron aquel día. Recuerdo perfectamente las imágenes de los jóvenes subidos encima con martillos y picos.

                ¡No! ¡El muro no se había caído! ¡El muro estaba siendo destruido, derribado! ¡Era algo casi increíble, excepcional e histórico! Incluso algunos soldados aún vestidos con la saya militar de la antigua República Democrática Alemana colaboraban alegres en esa tarea. Y todos saltaban de alegría. ¡Era la recuperación de la libertad! El fin de la infamia.

                Para los que antes de aquella época habíamos estudiado ciencias sociales en EGB o en BUP la política de bloques era tan dura, estaba tan clara y el mundo tan dividido, que romper ese símbolo físico de la división Este-Oeste, Capitalismo-Socialismo, nos parecía un milagro. ¡Habían sido tantos los jóvenes asesinados tiroteados al intentar cruzarlo! Recuerdo que sentí también algo de miedo por la reacción que podría tener la URSS reprimiendo de forma bélica esa explosión de júbilo, aunque ya gobernaba Gorbachov y su perestroika y se vislumbraba cierta apertura. El futuro estaba por escribir, aunque todo presagiaba libertad. Después de Berlín vino Hungría, Bulgaria, Rumanía… la misma Rusia con Yeltsin.

                Quiero recordar, como no, a uno de los auténticos protagonistas y causantes de aquella hora gozosa: JUAN PABLO II, el papa polaco que había vivido es sus propias carnes los totalitarismos nazi en primer lugar y comunista después. ¡Qué bien conocía él lo que significaba vivir en una sociedad sin libertad y  dominada por el miedo!

                Su primera homilía el día de su coronación -¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo!- debieron retumbar en los oídos de muchos dirigentes de del bloque soviético, y debieron animar a tantos y tantos desesperados por la pobreza, la mentira y la manipulación de aquel régimen del terror. Su primer viaje a Polonia en 1979, su mensaje de paz y apertura -imparable para Jaruzelski-, su apoyo a Walesa y Solidarnosc (Solidaridad) en aquellas huelgas en Gdansk. El papa polaco fue sin lugar a dudas el pequeño David vencedor frente a Goliat. Nos enseñó lo que es posible hacer cuando no se tiene miedo y se está lleno de fe.

                Quiero recordar que fue el cardenal de Praga el que dijo que la clave de la caída del Este no fue tanto por la miseria que alimentaba el socialismo, cuanto por las ansias de libertad de tantos y tantos hombres.

                 Es verdad que el mundo ha cambiado mucho desde aquel acontecimiento. Sin embargo, desgraciadamente, creo que no hemos ganado tanto en libertad. El capitalismo tampoco es la solución ni la panacea del hombre libre. Todavía quedan muchos muros por derribar: Cuba, China, Corea del Norte… (Algunos lo han olvidado).

                Hay ahora un muro aún peor: el que separa el Norte del Sur, el desarrollo del subdesarrollo, el primer mundo del tercer mundo. Están también nuestros propios muros, a veces desapercibidos para nosotros mismos, del conformismo, del relativismo y la falta de expectativas y esperanzas. Estos muros son enormes en nuestra sociedad occidental. ¿Cuándo caerán esos muros? Nadie lo sabe. Pero sí hemos aprendido algo: la verdadera libertad siempre clama en el corazón del hombre, y cuando ese corazón es movido por la fe y la esperanza no hay muro que se resista.

                Con mi admiración a todos los que derriban los muros de nuestro mundo.