Me siento raro estos días. Hace ya muchos años que salí de mi casa y me he acostumbrado a vivir solo desde hace mucho tiempo, y en ese sentido pues mi vida continúa; pero hasta ahora nunca cuando me he juntado con mi familia ha faltado nadie. Ahora en estos días comemos mi madre, mi hermana y yo solos… y solos paseamos… y solos rezamos… y solos vemos la televisión. Noto el hueco de mi padre…

              Siento tristeza, pero no siento aflicción o depresión. Lo echo mucho de menos, pero sé que de algún modo sigue aquí. Ahora lo recordamos continuamente, los momentos malos, pero mucho más los buenos. Siento una profunda serenidad, sabiendo que hemos hecho todo lo posible, con mucho amor, por él. Me conforta también la actitud de mi madre… se le nota cansada y triste, pero fuerte y esperanzada. Nos sentimos profundamente agradecidos a todos por su cercanía en estos días. ¡Qué grande es la fe!

              Puede parecer una tontería, pero me gusta imaginar ahora a mi padre en el cielo bromeando con los ángeles y con los santos, contándoles sus cosas, sus chascarrillos, sus chistes, compartiendo con ellos su alegría, su vitalidad, su jovialidad, tal como hacía con sus amigos en este mundo.

              El otro día, en la Solemnidad de todos los Santos, justo el día después de su entierro, en la misa de los niños, les decía medio en broma medio en serio, que este año la Fiesta de los santos en el cielo tenía un gran espectáculo: mi padre, al que habían contratado para animar aún más el cotarro.

              Así que vivo estos días con un punto de tristeza, pero con mucha serenidad y esperanza, sabiendo que mi padre ha muerto en el Señor, rezando, con los sacramentos y con los auxilios de la Iglesia, en paz. Y si además creemos en la comunión de los santos, sé que estamos unidos, y que la muerte no rompe ese amor.

              No. Los cristianos no nos afligimos como los hombres que no tienen esperanza (1 Tes 4,13). ¡Cuánta paz queda a los que amamos al Señor y esperamos la Resurrección!