“Una mujer hacendosa… ¿quién la encontrará?” (Proverbios 31,10)

              Ayer miraba a mi madre. Estaba acariciando las manos de mi padre, como intentando darle todo el amor y toda la fuerza del mundo en estos momentos de dolor y dificultad.

              Mi padre es el enfermo, pero mi madre es la que lleva ahora sobre sus hombros todo el peso. Mi padre sufre, pero es mi madre la que aguanta ese sufrimiento. Mi padre intenta luchar, pero ahora es mi madre toda su fuerza. Mi padre está ahora –como dicen en mi pueblo– un poco rutinero, o maniático, y es mi madre, la que en silencio aguanta mecha. Siempre ha sido así. Siempre ha sido ella la mujer fuerte y hacendosa.

             Mi madre siempre ha sido una mujer sacrificada por los suyos. Pero de ese sacrificio que no cuesta porque viene avalado por el amor y la entrega. Mi madre trabajaba para la calle pero nunca descuidó sus tareas en la familia. Siempre trabajando en la casa, en el campo, en la costura –era una gran bordadora–… siempre comprometida con mis abuelos y con nosotros… con una paciencia infinita. Mi madre no es una mujer de muchas palabras, pero sí de muchas obras. Esa ha sido su vocación.

                Recuerdo de pequeño cuando me enseñaba a leer y escribir, a comportarme y a rezar. Sí, mi madre y mis abuelas son las que me enseñaron a rezar. Siempre estaba ahí para ayudarme en los deberes y para enseñarme lo que estaba bien y lo que estaba mal. Nunca me dio grandes caprichos, aunque nunca escatimó nada por mí. Bien sabía ella lo que yo necesitaba. No era autoritaria, pero tampoco permisiva. En algunas ocasiones me daba algún azote, -merecido por otra parte-, y no me siento traumatizado ni mucho menos por el mismo; pero junto al azote venía mucha pedagogía y dulzura. Mi madre ha mantenido la solidez y la estabilidad del hogar –unas veces con alegría, otras con sacrificio por su parte–. Nunca me ha faltado cariño y apoyo, aunque, personalmente, no he sabido agradecerlo convenientemente. ¡Que triste el hombre que no sabe valorar los desvelos de una mujer!

                Ahora pinta canas y en su rostro se dibujan cansancios, trabajos y noches sin dormir… y también incomprensiones, que a veces son las que más duelen. Mi madre calla… y ama… y sirve. Ella es la mujer fuerte, que en su sencillez, nos ha dado lo más grande: su vida, su corazón, su alma, su amor.

                Quien no sabe de amor, no sabe de sacrificio, ni de entrega, ni de cruz. Su boca se llenará de palabras huecas y vacías, pero en el fondo solo albergan egoísmo. Mi madre, en cambio, sabe de amor, y precisamente por eso de dignidad humana. Mi madre no habrá sido una mujer grande, pero si una gran mujer. Mi madre es la mujer más importante del mundo… como todas las buenas madres.

Gracias, mama.