Septiembre 2009


                 Cuando hicimos el logo del XL Aniversario de la Parroquia de la Asunción de Martos, y pensamos hacer el juego en la web amiga de MARTOS AL DÍA para que se intentara sacar su significado, no imaginábamos el interés y la reacción de la gente. Como técnica de marketing ha resultado un éxito, y el equipo se da por satisfecho de esa experiencia. De hecho, muchos nos han preguntado sobre el tema, tanto en radio y tv, como amigos y feligreses en la calle.

                 Antes de explicar el logo quiero dar las gracias a Luismi y a “MARTOS AL DÍA” por su desinteresada colaboración. También a la mayoría de los amigos que han dejado sus comentarios diciendo más o menos acertadamente el significado. También nos ha sorprendido la imaginación de algunos otros comentarios. Eso es bueno. Por cierto, un amigo mío onubense, experto en diseño, dice que un logo debe ser claro y conciso, pero no de tal claridad que se vean las cosas tal cual, sino de una claridad simbólica que identifique con una sóla mirada ese logo con la empresa o la idea que representa. Y ponía el ejemplo de una cantidad enorme de logos de empresas e instituciones muy importantes a los que se les podría achacar y criticar los mismos comentarios que en “Martos al día” se han consignado de éste.

                 También quiero dar las gracias a Antonio García Prats, que es el autor del mismo,  con mi supervisión y visto bueno.

                 Y bien, ya sin más preámbulos vamos a descubrir el significado de los elementos.

logotipo XL Aniversario

                 Si os fijáis bien en el logo aparecen diversos elementos:

                1º. Tres letras: la “X”, la “L”, y la “A”. Supongo que no será necesario explicar que “XL” en números romanos es cuarenta. La “A” resultante de la conjunción de algunos tramos de la X y la L es la primera letra de la palabra Asunción, título de esta Parroquia.

                2º. Aparecen también dos símbolos cristianos muy comunes dependiendo de la perspectiva con que se miren en su diseño las letras X y L: la cruz y el camino. La cruz es blanca, sin manchas; la L (o camino) aparece con manchitas que intentan dar la sensación de movimiento. (De hecho algunos comentarios decían que parecía el plano de las calles del barrio, realmente no era exactamente así, pero algo de eso sí que hay). Estos dos elementos, la cruz y el camino, son fundamentales para entender la vida y espiritualidad cristianas.

                 3º. Además del blanco de los elementos aparecen dos colores, -el rojo y el gris-, que para los no entendidos en simbología iconográfica religiosa representan al Espíritu Santo y a la humanidad en su realidad moral (mezcla de cosas buenas y malas). Con estos colores en la iconografía cristiana se da a entender que la vida cristiana está siempre animada por el Espíritu Santo, aunque nosotros también tengamos en nuestras vidas elementos de pecado y mediocridad. Hacen referencia a los elementos visibles e invisibles de la vida cristiana. Una pequeña confesión: en un primer momento pensamos también poner el color azul, color simbólico de la Virgen María, titular de esta Parroquia de la Asuncion, pero por motivos estéticos y teológicos preferimos poner el color rojo del Espíritu Santo.

                 4º. Aparece en el logo la lectura ANIVERSARIO 1970-2010. El próximo 8 de septiembre del próximo año se cumplirán esos cuarenta años desde la erección de la misma. Alguien decía que los cumpleaños se celebran después. No es cierto. El aniversario se cumplirá el próximo año –como bien aparece en esa referencia-, pero cuando en la Iglesia se plantea una celebración de este tipo, análoga a un jubileo, se celebra durante el año en curso. Un ejemplo: un niño nace, y el día de su nacimiento tiene cero años pero ya ha entrado en el año I de su vida. La parroquia de la Asunción cumple ahora 39 años, pero entra desde este momento en el año XL de su existencia: es cuestión de saber un poquito de matemáticas. Otro ejemplo: los años 1901-2000 se consideraron siglo XX. Y otro ejemplo más: el 2000 aniversario del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo se cumplió en la navidad de los años 2000-2001, pero se celebró con todo un Jubileo Universal que duró todo un año y que comenzó en la Navidad de 1999 con la apertura de la Puerta Santa por parte de Juan Pablo II. Todos recordaréis aquellas preciosas imágenes.

 

                 Bien, -y volviendo a los elementos del logo-, todos esos elementos unidos simbolizan algo importante que es lo que pretendemos este año XL: la vida cristiana se realiza en una comunidad que está siempre en camino hacia su Señor Jesús, animada por el Espíritu Santo, aunque albergue en su interior pobrezas y mediocridades. En el caso de esta parroquia nos adentramos en el año XL de su peregrinación en Martos. Nos alegra esa noticia y nos anima para seguir en camino hasta la meta. Queremos celebrar estos cuarenta años con alegría y sobre todo con un compromiso compartido de crecer y mejorar en todos los aspectos. El lema del año XL va en esa misma línea: Enraizados y edificados en Cristo Jesús (Cf. Col 2,6); ese lema ya ha sido comentado en la homilía que aparece en el post anterior de este blog.

 

                 El logo estéticamente gustará más o menos, o no gustará nada (sobre gustos no hay nada escrito) pero es innegable que tiene una carga simbólica excepcional, captable y reconocible. Es moderno y original. Y no me podréis negar que cuando lo veáis a partir de este momento en cualquier medio os será fácil identificarlo, que es de lo que se trataba.

                Muchas gracias.

                 “¡Alaba alma mía al Señor!” hemos cantado en el salmo de esta Misa con la que damos comienzo al año XL de historia de nuestra comunidad parroquial de la Asunción de Martos. Se cumplen ahora los 39 años desde la firma del Decreto de su erección por parte del entonces obispo de Jaén, D. Félix Romero Mengíbar. Entramos, pues, en el año XL y este es un momento oportuno y hermoso para mirar agradecidos al pasado, para fortalecernos en el presente y para animarnos esperanzados hacia el futuro.

                 He querido convocaros en el nombre del Señor en este día para alabar juntos, con toda el alma, al Señor que mantiene su fidelidad generación tras generación. De eso sois testigos aquellos que recordáis ahora los inicios de la andadura de esta comunidad. Desde aquellas primeras dificultades y esperanzas hasta hoy nuestra comunidad ha tenido una hermosa y fructífera historia animada siempre por el Espíritu del Señor. Ahora le alabamos por su continua asistencia y fidelidad. Quiero recordar, agradecido, a todos los fieles que han tenido un trabajo y un compromiso en la construcción de esta Comunidad. Muchos han fallecido y gozan ya de la luz del Señor en la comunidad de los santos en el cielo; por ellos rezamos y a ellos nos encomendamos. Otros, los que vivís estos momentos, sacerdotes y laicos, catequistas, matrimonios, jóvenes y mayores, monaguillos, niños, mujeres y hombres… a todos –repito– a todos, muchas gracias por vuestro esfuerzo. Ahora os animo también a que contempléis vuestra obra en esta parroquia: ¡Habéis hecho una gran obra! ¡Dios os lo pague!

                 Gracias a vuestro trabajo y compromiso contemplamos ahora una Comunidad grande, variada y rica en vida cristiana, a pesar de las dificultades, también crecientes, en la actualidad. Vosotros sois la luz del mundo y la sal de la tierra (Mt 5,14-14) en nuestro contexto actual en nuestro barrio y en nuestro pueblo. Somos conscientes de los obstáculos que en el momento presente tenemos, tanto los que nos vienen de fuera de la Iglesia como de aquellos que nosotros mismos por nuestra debilidad creamos. Dios nos dé la fuerza de su Espíritu para superar unos y otros.

                 De cara al futuro, como cristianos que somos, no podemos perder la esperanza. Los cristianos somos hombres y mujeres de esperanza. La historia nos enseña que en medio de las peores crisis, la fe de los cristianos y la vida eclesial siempre han crecido en número e intensidad. No nos basamos sólo en datos sociológicos, -que los hay-, sino en el convencimiento de que Dios no abandona a su Iglesia, de que él mantiene su fidelidad perpetuamente. Nuestro Dios es el Dios del futuro. Como dijo Benedicto XVI en su viaje a Austria, “donde está Dios, hay futuro”.

                 Ahí está la clave para nuestro futuro como comunidad parroquial, y si me lo permitís, como entera sociedad humana: poner a Dios, dejarle sitio, dejarnos iluminar y guiar por él, porque sólo en él está la clave para la comprensión del ser humano en su verdad más íntima. Ese es el sentido del lema que hemos escogido para este año XL de vida de nuestra Parroquia de la Asuncion: Enraizados y edificados en Cristo Jesús”. Son palabras inspiradas en la segunda lectura de esta Misa (Col 2,6ss).

                 La imagen de ese lema es preciosa. “Enraizados”, es decir, con nuestra raíz plantada en Cristo Jesús. Todos nosotros sabemos de la importancia de la raíz de un árbol. La raíz no se ve, pero da vida y consistencia, fuerza y estabilidad al árbol. Eso mismo hace Cristo con nosotros si nos arraigamos en él. Uno de los problemas mayores de nuestra sociedad es precisamente la pérdida de su arraigo, de su raíz, de su identidad. Cuando no valoramos nuestra raíz todo se vuelve inestable, opinable, falto de firmeza y seguridad…, relativo. Nuestra raíz, como cristianos, como personas, como comunidad es Cristo. Esta imagen de la raíz es análoga a aquellas otras que también utiliza el Señor en el evangelio, de la roca, el cimiento, o el corazón. Este año debe ser un año para profundizar en nuestra raíz, en nuestra identidad cristiana. Para eso necesitamos una mayor formación en todos los aspectos que nos ayude a entender más y mejor a nuestro pueblo, a nuestras gentes, a nuestra sociedad, y sobre todo… a nuestro Cristo.

                 “Edificados”, es decir construidos en Jesucristo. Son los aspectos visibles de la vida cristiana que también deben ser vistos y reconocidos por todos. Nuestro edificio, y no me refiero solo a este templo, sino a nuestra vida, a nuestro trabajo y actividad en todos los órdenes, debe trasparentar la presencia de Cristo en nuestros corazones. Lo dice el Señor: “que vean vuestras buenas obras, para que den gloria a vuestro Padre del cielo” (Mt 5,16). Edificar en Cristo significa hacer aquello que nos lleve a nosotros y a todos aquellos que nos vean a ser casa y lugar visible de la presencia de Dios en nuestro mundo. En este sentido, queridos hermanos, debemos promocionar todo aquello que nos lleve a ser auténticos misioneros y trasmisores del Evangelio de la caridad y de la vida en nuestra Comunidad con obras y palabras.

                 “Effetá – Ábrete” decía Jesús en el Evangelio. No seamos ciegos, ni sordos, ni mudos. Nuestro mundo reclama hoy por hoy profetas que tengan la suficiente sensibilidad para mirar de frente, para poner oído al clamor de la injusticia y la mentira, y la suficiente valentía para hablar la Palabra de Dios a todos. Profetas que, -sin imponer nada-, propongan a todos la grandeza, la belleza, la verdad y la luz del Evangelio. Ábrete, llénate de Dios y dalo a los demás. Ábrete, comprende donde está la luz y la verdad para ti y para todos. Ábrete, Dios está actuando en ti, en la Iglesia, en el mundo, no seas ciego, ni sordo. No tapes tus sentidos a la realidad. Ponlos al servicio de la verdad. ¡Ábrete!.

                 En este momento, que comenzamos el XL Año de nuestra Parroquia de la Asunción de Martos, que culminará en septiembre de 2010, ponemos todos nuestros propósitos, ideas y actividades, todo nuestro proyecto pastoral en las manos de Dios. Que la santísima Virgen María, asumpta al cielo, nuestra titular, interceda por nosotros ante Dios. Amén.

               “Una mujer hacendosa… ¿quién la encontrará?” (Proverbios 31,10)

              Ayer miraba a mi madre. Estaba acariciando las manos de mi padre, como intentando darle todo el amor y toda la fuerza del mundo en estos momentos de dolor y dificultad.

              Mi padre es el enfermo, pero mi madre es la que lleva ahora sobre sus hombros todo el peso. Mi padre sufre, pero es mi madre la que aguanta ese sufrimiento. Mi padre intenta luchar, pero ahora es mi madre toda su fuerza. Mi padre está ahora –como dicen en mi pueblo– un poco rutinero, o maniático, y es mi madre, la que en silencio aguanta mecha. Siempre ha sido así. Siempre ha sido ella la mujer fuerte y hacendosa.

             Mi madre siempre ha sido una mujer sacrificada por los suyos. Pero de ese sacrificio que no cuesta porque viene avalado por el amor y la entrega. Mi madre trabajaba para la calle pero nunca descuidó sus tareas en la familia. Siempre trabajando en la casa, en el campo, en la costura –era una gran bordadora–… siempre comprometida con mis abuelos y con nosotros… con una paciencia infinita. Mi madre no es una mujer de muchas palabras, pero sí de muchas obras. Esa ha sido su vocación.

                Recuerdo de pequeño cuando me enseñaba a leer y escribir, a comportarme y a rezar. Sí, mi madre y mis abuelas son las que me enseñaron a rezar. Siempre estaba ahí para ayudarme en los deberes y para enseñarme lo que estaba bien y lo que estaba mal. Nunca me dio grandes caprichos, aunque nunca escatimó nada por mí. Bien sabía ella lo que yo necesitaba. No era autoritaria, pero tampoco permisiva. En algunas ocasiones me daba algún azote, -merecido por otra parte-, y no me siento traumatizado ni mucho menos por el mismo; pero junto al azote venía mucha pedagogía y dulzura. Mi madre ha mantenido la solidez y la estabilidad del hogar –unas veces con alegría, otras con sacrificio por su parte–. Nunca me ha faltado cariño y apoyo, aunque, personalmente, no he sabido agradecerlo convenientemente. ¡Que triste el hombre que no sabe valorar los desvelos de una mujer!

                Ahora pinta canas y en su rostro se dibujan cansancios, trabajos y noches sin dormir… y también incomprensiones, que a veces son las que más duelen. Mi madre calla… y ama… y sirve. Ella es la mujer fuerte, que en su sencillez, nos ha dado lo más grande: su vida, su corazón, su alma, su amor.

                Quien no sabe de amor, no sabe de sacrificio, ni de entrega, ni de cruz. Su boca se llenará de palabras huecas y vacías, pero en el fondo solo albergan egoísmo. Mi madre, en cambio, sabe de amor, y precisamente por eso de dignidad humana. Mi madre no habrá sido una mujer grande, pero si una gran mujer. Mi madre es la mujer más importante del mundo… como todas las buenas madres.

Gracias, mama.