Hace unos años compuse un pequeño comentario al Padre Nuestro para la Hoja de la Parroquia en la que entonces me encontraba. La verdad que era un comentario muy desigual, hecho frase por frase en un período largo de tiempo. En algunas partes redactaba más mi corazón, en otras –por las prisas- me limitaba a copiar y pegar lo que otros habían dicho, especialmente San Cipriano y Simone Weil. Hoy está siendo un día un poco especial para mí, y le estoy dando vueltas constantemente en mi cabeza a una frase del Padre Nuestro: “Hágase tu voluntad, en la tierra…”. He recordado aquel comentario y lo he estado releyendo…

               Después de haber reconocido que Dios es “Padre nuestro”, y de haber pedido para nosotros y para el mundo entero los bienes del Reino de los cielos, la oración del Señor Jesús reconoce que lo mejor para la humanidad es que se cumplan los planes de Dios sobre todos nosotros. Esos planes o voluntad de Dios sobre toda la humanidad es la comunión de nuestra vida con la del Padre. Dios quiere que nos unamos a él, que seamos uno con él, o como dice el apóstol san Pablo a su discípulo Timoteo: “…Dios, nuestro salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2,3-4). En definitiva, que la vida “del cielo” se haga presente y realidad en nuestra tierra.

              Considerar que la voluntad de Dios, no la nuestra, es la que nos salva, y la que mejor y más bien hace al mundo, y pedirla con insistencia en la oración, es la mayor muestra de confianza que podemos ofrecer al Padre.

              Si lo hacemos así seguimos el ejemplo de Jesucristo que cumple perfectamente -y de una vez por todas- la voluntad de Dios. Efectivamente, Jesús al entrar en el mundo dijo: “He aquí que yo vengo, oh Dios, a hacer tu voluntad” (Hebreos 10,7). Sólo Jesús puede decir: “Yo hago siempre lo que le agrada a Dios” (Juan 8,29), y por fin en la oración de su agonía, en Getsemaní, acoge totalmente esta Voluntad: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22,42). He aquí por qué Jesús “se entregó a sí mismo por nuestros pecados según la voluntad de Dios” (Gálatas 1,4).

               Pedir que se haga la voluntad de Dios, acoger con alegría esa voluntad de Dios, trabajar en el mundo para que se cumpla la voluntad de Dios, esa es la tarea de los cristianos. Esto no tiene nada que ver con el conformismo, ni con la falsa resignación, porque la voluntad de Dios es siempre nuestro bien y nuestro crecimiento humano y social. El cristiano que quiere cumplir en su vida la voluntad de Dios, siempre estará en marcha, en acción hacia algo nuevo y prometedor.

              Pero juntamente con el cumplimiento de su voluntad pido al Señor el don de la Fortaleza para continuar la tarea y el don del Consuelo para los momentos de derrota que seguro vendrán. La fortaleza y el consuelo, dones maravillosos que solo da el Espíritu Santo…