Agosto 2009


In necessariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas

                En las cosas necesarias, unidad; en las dudosas, libertad; en todas y siempre, el amor. Son palabras de San Agustín cuya fiesta celebramos hoy y que podríamos considerar como la regla de oro del hombre verdaderamente libre.

                Son palabras sabias de un hombre sabio, que deberíamos mantener en todos los debates y opiniones. Palabras que no resisten ni los relativistas de la verdad ni los talibanes y fundamentalistas de cualquier ideología o religión. Palabras y pensamientos tremendamente necesarios en el momento actual, tanto en la Iglesia en particular como en la sociedad en general.

                Hay cosas que son evidentes y necesarias para el ser humano. Un ejemplo: los derechos humanos. Derechos que responden no a caprichos sino a la satisfacción de las necesidades vitales de los hombres y mujeres. Existe un derecho cuando es imprescindible satisfacer una necesidad vital, no otras cosas. Esto creo que es necesario tenerlo en cuenta en una sociedad como la nuestra donde se habla de supuestos derechos que no son tales y se deniegan otros fundamentales como el derecho a la vida, a la alimentación o a la educación.

                En la defensa de esas verdades fundamentales, de esos derechos fundamentales tenemos que mantener la unidad a toda costa, buscando la verdad en la caridad, como nos acaba de recordar Benedicto XVI. Ahí debemos estar los cristianos “a muerte” como se dice popularmente… Hay cosas necesarias que hay que defender. Por eso no podemos caer en el relativismo fácil ni acomodaticio, mirando para otro lado como si no pasara nada en nuestro mundo o en nuestro entorno. No mantener la unidad en la verdad, no buscar esa verdad, no ajustar nuestra vida a esa regla lleva al caos, al desorden… y lo estamos viendo –desgraciadamente–.

                Hay cosas que no son tan importantes, o que son opinables, en ellas debemos mantener la libertad, no solamente una libertad de opción que me posibilite elegir una cosa u otra, sino una libertad para el bien para el crecimiento humano, buscando siempre lo mejor o, al menos, lo menos malo, ahí radica también nuestro crecimiento como personas. No podemos hacer batallas o guerras de cosas nimias, encabezonándonos en lo que no es importante, en lo que sólo depende del gusto o de la afición o de la historia personal de cada uno. Es hermoso ver como en una sociedad como la nuestra existen diversas opciones, existe esa sana pluralidad que, vivida en el respeto mutuo, nos hace entrar en diálogo y en posibilidad de cambio y progreso personal, juzgando por nosotros mismos lo mejor, lo más hermoso.

                Esto va contra todos los absolutismos que a veces se nos presentan y contra tantos despotismos que tenemos que enfrentar. Yo veo que, en contra de lo que podríamos pensar en una sociedad teóricamente libre, en nuestro mundo hay cada vez mayor sectarismo y división. Me duele como se hacen batallas y se busca la revancha, se pisotean los derechos de las minorías e incluso de las mayorías, en nombre de no sé qué ideologismo. Esta necesaria libertad en las cosas relativas conlleva el respeto por todos y por todas y es la base de la auténtica tolerancia (que no es igual que la connivencia) y de la convivencia social.

                Unidad en las cosas necesarias, libertad en las relativas. Ambos principios se deben mantener y equilibrar. Para ello es necesario un concepto de “Verdad” tal como nos lo recordó Juan Pablo II y ahora Benedicto XVI. Una verdad que se halla en la naturaleza, que se descubre con la razón y que puede ser, y de hecho es, iluminada por la fe. Una Verdad que nos hace libres (cf. Jn 8,32)

                Manteniendo ambos principios se construye la convivencia social, la fraternidad y la corresponsabilidad en nuestro mundo. Diluyendo cualquiera de los dos se cae en la arbitrariedad de las leyes, en el relativismo moral, en la intolerancia, en el despotismo, en la revancha y en el desorden. Curiosamente relativismo moral y absolutismo legal terminan dándose la mano, en buena medida porque se han olvidado de la Verdad del ser humano, de su dignidad y de su libertad más auténtica.

                En todo el amor. Así terminaba el adagio de Agustín. Siempre y en todas partes el amor, como norma de vida fundamental del cristiano en particular y del ser humano en general. El amor ilumina la verdad y viceversa como nos acaba de enseñar Benedicto XVI, y se convierte en el aval y en el criterio de actuación de todo. Que toda nuestra actuación parta del amor y tienda al amor,  si me permitís decirlo… al Amor con mayúsculas. Ese Amor lo ilumina todo, lo penetra y lo trasciende todo. ¡Qué gran suerte, o mejor dicho, qué gran gracia tenemos los cristianos de contemplar esa Verdad y ese Amor!

               Hoy me preguntaban: “¿Cuándo vas a escribir algo más en el blog? Lo tienes muy abandonado”. Mi respuesta: “Cuando tenga paz y tiempo…”. Es verdad. En los últimos dos meses, entre las vacaciones de julio y la enfermedad de mi padre en agosto, el blog ha bajado de intensidad. No es una cosa que realmente me preocupe: yo soy cura, no bloguero. Éste es sólo un medio más, pero ni el único ni el más importante. En algo más de un año el blog ha sido ampliamente visitado y comentado. En estos meses ha caído un poco por las circunstancias… Espero retomarlo con fuerza cuando tenga paz y tiempo…

                Difícilmente se puede escribir cuando tienes que dedicar tiempo a la parroquia, a las otras parroquias y sobre todo a la familia en estos momentos difíciles…

                Gracias a Dios, todo va saliendo bien y mi padre es fuerte y tiene sentido del humor y se está tomando su enfermedad con un espíritu realmente sorprendente y positivo. De la preocupación de los primeros días he pasado a la confianza de que todo está saliendo bien, gracias a Dios.

                Estos días los paso de Martos a Jaén y de Jaén a Martos, con la cabeza en el hospital y el corazón en Dios. No tengo mucha paz ni mucho tiempo, la verdad… pero sí muchos amigos y amigas, que con sus llamadas, su servicialidad, su tiempo y su oración nos están ayudando a mi familia y a mí. Amigos de Torres, de Villacarrillo, de La Guardia, de Andújar, de Martos, de Valencia, de Córdoba o de Huelva… Dios os lo pague…

                Por mi parte solo le pido al Señor serenidad, paz y tiempo para dedicároslo a todos…

Ex corde. Facundo.

                Hace unos años compuse un pequeño comentario al Padre Nuestro para la Hoja de la Parroquia en la que entonces me encontraba. La verdad que era un comentario muy desigual, hecho frase por frase en un período largo de tiempo. En algunas partes redactaba más mi corazón, en otras –por las prisas- me limitaba a copiar y pegar lo que otros habían dicho, especialmente San Cipriano y Simone Weil. Hoy está siendo un día un poco especial para mí, y le estoy dando vueltas constantemente en mi cabeza a una frase del Padre Nuestro: “Hágase tu voluntad, en la tierra…”. He recordado aquel comentario y lo he estado releyendo…

               Después de haber reconocido que Dios es “Padre nuestro”, y de haber pedido para nosotros y para el mundo entero los bienes del Reino de los cielos, la oración del Señor Jesús reconoce que lo mejor para la humanidad es que se cumplan los planes de Dios sobre todos nosotros. Esos planes o voluntad de Dios sobre toda la humanidad es la comunión de nuestra vida con la del Padre. Dios quiere que nos unamos a él, que seamos uno con él, o como dice el apóstol san Pablo a su discípulo Timoteo: “…Dios, nuestro salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2,3-4). En definitiva, que la vida “del cielo” se haga presente y realidad en nuestra tierra.

              Considerar que la voluntad de Dios, no la nuestra, es la que nos salva, y la que mejor y más bien hace al mundo, y pedirla con insistencia en la oración, es la mayor muestra de confianza que podemos ofrecer al Padre.

              Si lo hacemos así seguimos el ejemplo de Jesucristo que cumple perfectamente -y de una vez por todas- la voluntad de Dios. Efectivamente, Jesús al entrar en el mundo dijo: “He aquí que yo vengo, oh Dios, a hacer tu voluntad” (Hebreos 10,7). Sólo Jesús puede decir: “Yo hago siempre lo que le agrada a Dios” (Juan 8,29), y por fin en la oración de su agonía, en Getsemaní, acoge totalmente esta Voluntad: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22,42). He aquí por qué Jesús “se entregó a sí mismo por nuestros pecados según la voluntad de Dios” (Gálatas 1,4).

               Pedir que se haga la voluntad de Dios, acoger con alegría esa voluntad de Dios, trabajar en el mundo para que se cumpla la voluntad de Dios, esa es la tarea de los cristianos. Esto no tiene nada que ver con el conformismo, ni con la falsa resignación, porque la voluntad de Dios es siempre nuestro bien y nuestro crecimiento humano y social. El cristiano que quiere cumplir en su vida la voluntad de Dios, siempre estará en marcha, en acción hacia algo nuevo y prometedor.

              Pero juntamente con el cumplimiento de su voluntad pido al Señor el don de la Fortaleza para continuar la tarea y el don del Consuelo para los momentos de derrota que seguro vendrán. La fortaleza y el consuelo, dones maravillosos que solo da el Espíritu Santo…

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.”

                  Estas palabras sublimes de Jesús en el evangelio de hoy dan sentido a lo que hacemos los cristianos todos los domingos cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía.

El contexto de las palabras de Jesús

                 Para entender el Evangelio que acabamos de proclamar es necesario entender el contexto del mismo. Jesús ha multiplicado los panes y alimentado al pueblo. Esto suscita la admiración de todos por lo que no paran de buscarle. Jesús, sin embargo, no se queda en ese éxito sino que quiere hacerles ver a los discípulos que hay un pan mejor que el meramente natural: el pan de la vida que él dará a los que crean en él –él mismo es ese Pan-. Estas palabras no son entendidas por sus oyentes, que sólo quieren el pan inmediato, rápido y fácil, sin caer en la cuenta de los bienes superiores que aporta Jesús. Lo que antes era admiración ahora se vuelve decepción en ellos.

                 Pero Jesús no se arredra, tiene una clara conciencia de su misión, e insiste –defendiéndose con las palabras que hoy hemos escuchado- en que él es el verdadero Pan de la Vida, que acogido con fe, da la vida al mundo. Desgraciadamente, tal como veremos en los próximos domingos, aquellos discípulos interesados se apartarán definitivamente del Señor.

Nuestra vinculación con el Señor

                 Esto me lleva a pensar, queridos hermanos, que a nosotros muchas veces nos pasa exactamente lo mismo: ¿Qué buscamos nosotros en Cristo? ¿Por qué nos acercamos a él? ¿En qué nos sentimos verdaderamente enriquecidos para nuestra vida? Más aún, los que celebramos habitualmente la Eucaristía ¿qué valor damos al Pan que Cristo nos da?

                 Mirad, de la figura de Cristo y de su Evangelio nos pueden cautivar muchas cosas. ¡Dichosos nosotros si es así! De la vida de la Iglesia también. Por eso venimos a Misa o participamos de diversos modos en la vida de la comunidad. Yo reconozco que he visto auténtica emoción y amor en muchos actos de la vida de nuestra comunidad. Pero esa emotividad debe dar un paso más y no quedarse en el momento para llegar a convertirse en auténtica fe que dé sentido a todo lo que somos y hacemos. Si hemos dado el primer paso en nuestro seguimiento del Señor ya hemos empezado una aventura que debemos seguir avanzando y no quedarnos parados como aquellos judíos que admiraron el pan multiplicado, pero no al que lo daba.

                 La auténtica respuesta cristiana no es el mero cumplimiento, por importante que éste sea, sino nuestra vinculación afectiva y amorosa con Aquel que nos atrae. A esa respuesta afectiva y amorosa, a esa amistad con Cristo, es a lo que llamamos fe.

El valor de la Eucaristía

                 Después de hablar Jesús en el Evangelio de la fe nos habla de ese verdadero Pan del Cielo que da la Vida eterna. Jesús es el pan de la vida. Los próximos domingos especificará el Señor en qué consiste ese pan –que es su carne para la vida del mundo-. Hoy las lecturas se nos quedan en el valor sublime del mismo ya que da fuerza para el camino y vida para siempre.

                 En la primera lectura hemos tenido un anticipo: Elías, cansado y agotado de la vida, deprimido ante tanta lucha e incomprensión, se desea la muerte; le cuesta seguir avanzando. ¡Qué bien nos podemos ver reflejados nosotros muchas veces en este Elías! Sin embargo Dios le va a dar un alimento misterioso, recuerdo del antiguo maná y prefiguración de nuestra eucaristía, para que se levante y siga en la brecha: “y con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios”. Nuestra vida, bien entendida, es siempre camino hacia Dios. En medio de tantas dificultades no nos falta la fuerza de la fe y de la esperanza, ni el pan de la eucaristía. Es así como podemos avanzar siempre alegres y confiados. De esto, queridos hermanos, yo mismo os puedo dar testimonio; yo que tengo tantos errores y debilidades, yo que fallo tanto en la oración y en la caridad –ya me vais conociendo- os aseguro que es la eucaristía, celebrada con fe y amor, la que me mantiene cada día ante vosotros y hace que no se apague la luz que recibo del Señor. En ella alimento mi amistad con el Señor y me siento consolado, confortado e iluminado en mi vida y ministerio. En la eucaristía lo recibimos todo, porque es el mismo Cristo quien se nos da. De esta verdad todos los santos os pueden dar ejemplo y testimonio. ¡Como me gustaría que entendieseis estas palabras y vosotros mismos las hicieseis vida de vuestras vidas. ¡Qué grande es la Eucaristía!

                De esa eucaristía nacen siempre los mejores valores de la vida cristiana, y por eso queridos hermanos, debemos amarla, cuidarla y celebrarla con mayor esmero y amor. ¡Alabado Jesucristo que se queda para siempre con nosotros como Pan de vida, como alimento y amigo en nuestro camino!

Imagen0007

                Vuelvo a retomar el blog tras el período de vacaciones. Este es un artículo que me gustaría escribir más con el corazón que con la cabeza. Es muy personal e intimo, pero a la vez quiero que sea algo abierto para mostraros a todos una magnífica lección que he aprendido este verano.

               Hay momentos de la vida en que de la forma más extraña Dios pone en tu camino a una persona que, sin comerlo ni beberlo, -como se dice-, empieza a meterse en tu alma simplemente por una sonrisa o un saludo. Comienza el diálogo, la conversación, la confianza y la amistad hasta un límite que tú mismo impones por miedo a descubrir tu intimidad más profunda.

               Decía un antiguo director espiritual que existen los amigos, los amigotes y los amiguitos. Nos hablaba de sus diferencias y limitaciones, de la riqueza que aportaban a tu vida los verdaderos amigos y de los peligros de los amiguitos. ¡Cuánta sabiduría en aquellas sencillas palabras! Mi problema es que encasillo muchas veces a las personas desde el principio, y resulta que cometo graves errores… A veces he considerado amigos a quienes no eran tales, con lo que la decepción por mi parte llega a ser morrocotuda; otras ocasiones, -en cambio-, personas en principio extrañas, alcanzan un nivel de sintonía excepcional con mi espíritu, y se convierten en verdaderos hermanos, en auténticos tesoros, en apoyo seguro, que no tiene precio ni se puede ponderar su valor, en bálsamo de vida, como dice el Libro del Eclesiástico (cf. Eclo 6,5-17).

                Reconozco que yo soy a veces muy complicado por mi carácter, por mis manías, o por mis limitaciones. Por eso me sorprende cuando hay personas que, superando ese primer escollo, siguen confiando en mí. Me sorprende cuando hay personas que comprenden mi oscuridad, y simplemente con una sonrisa que nace de una excepcional riqueza interior rompen mi caparazón y se cuelan en mi alma… y siguen sonriendo…

                Esas personas consiguen “desnudarme”, “desarmarme”, y sin embargo hacen que no sienta vergüenza ni miedo, sino una profunda alegría interior, una auténtica liberación, una sanación desde la raíz de mi espíritu. Alegría y paz es lo que me dan mis verdaderos amigos. Por todas partes por donde he ido pasando he ido encontrando personas, hombres y mujeres así. A todos les tengo que agradecer tanto y tanto… Cierto que la amistad es un gran tesoro, una gran riqueza, un gran bálsamo…

Ex corde. Facundo.

(Dedicado con agradecimiento a mis amigos y feligreses de tanto tiempo, y en especial a Jorge, con quien comparto la fe, la admiración a Jesús, el amor por la belleza y el arte, y la presencia en el corazón, aun estando a tanta distancia fisica…)