¡Más de cuatro millones de parados! Y sigue creciendo… Nunca nos habíamos enfrentado en Cáritas a una realidad así. Detrás de cada parado hay un rostro, una familia, una tragedia. El paro en España es de tales dimensiones que no tenemos ninguna referencia así en ningún país de nuestro entorno… y desde Cáritas ahí debemos estar…

                Reconozco que muchas veces me siento impotente y perdido ante las necesidades que se nos presentan. No está en nuestras manos solucionar tantos y tan graves problemas, a veces ni siquiera paliarlos. Es entonces cuando recuerdo aquel pasaje de los Hechos de los Apóstoles cuando Pedro y Juan se presentan en el Templo de Jerusalén, allí encontraron a un paralítico de nacimiento, que ponían diariamente junto a la puerta del Templo llamada «la Hermosa», para pedir limosna a los que entraban. Cuando él vio a Pedro y a Juan entrar en el Templo, les pidió una limosna. Entonces Pedro, fijando la mirada en él, lo mismo que Juan, le dijo: «Míranos». El hombre los miró fijamente esperando que le dieran algo. Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina». Y tomándolo de la mano derecha, lo levantó; de inmediato, se le fortalecieron los pies y los tobillos. (cf. Hch 3,1-7). Debemos recordar constantemente que en Cáritas muchas veces no podemos ayudar materialmente, pero siempre podemos ayudar espiritualmente. Esa es una de los objetivos fundamentales que continuamente nos debemos marcar.

               Quiero hacer hincapié desde aquí en la labor profética que debe caracterizarnos en Cáritas. Ser profetas de nuestro tiempo para denunciar las mentiras y las injusticias y para anunciar la luz que viene de lo alto. Debemos caer en la cuenta de que más allá de una crisis económica nos situamos ante una verdadera crisis social que esta dando lugar a una sociedad enferma en los valores y en los principios. Signos de esta tragedia son, como hace poco señalaba el Card. Cañizares, la quiebra moral y la aguda desmoralización que azota a nuestra sociedad, la profunda crisis económica y social que atravesamos, la injusta distribución de la riqueza, el aumento de las desigualdades, el paro que afecta ya a varios millones de ciudadanos en España, la insuficiente atención de los más débiles y de los sectores más empobrecidos, el derroche provocador de hombres y grupos bien acomodados y saciados que, en medio de esta situación, viven en la abundancia sujetos al consumismo y al disfrute a toda costa, etc. A todo esto debemos añadir la desvalorización de la vida humana desde las altas instancias gubernamentales, políticas y mediáticas, con esa “cortina de sangre” que supone los proyectos de reforma de la ley del aborto y los que vengan después en torno a la eutanasia y la manipulación genética; la trivialización de la sexualidad, alejándola de su significado ético y humano, que -como bien indican ya ciertos parámetros- está trayendo como consecuencia el aumento de enfermedades sexuales y embarazos no deseados… Y la solución no está, como bien apuntó Benedicto XVI, en la propaganda que nos bombardea. Lo vemos continuamente en Cáritas, lo hablamos con ellos… ¿Cuántas veces no subyace en el fondo de la pobreza material esa otra pobreza, aun mayor, de la desestructuración social y/o familiar?

              El relativismo ético, del que hacen gala de una forma realmente triste y dolorosa algunos poderes públicos, proviene de una falsa concepción antropológica y de la falta de convicciones sobre el ser profundo del hombre. El hombre de hoy no sabe frecuentemente lo que debe hacer para que el mundo sea más justo y alcance su felicidad, porque ha olvidado qué es. Sobre la base de la verdad del hombre se fundan los derechos humanos fundamentales y universales, propios de la persona humana desde su concepción hasta el último segundo de la vida terrena; sobre esa base se funda la dignidad de la persona humana; aquí radica también la igualdad fundamental de los seres humanos; ahí se asienta el bien común, base de todo ordenamiento social y económico.

               En la recuperación de una sana antropología que sitúe al ser humano y su dignidad ante sí mismo, ante la sociedad y ante la trascendencia como un auténtico valor incondicional, los cristianos, los miembros de Cáritas, y todos los hombres y mujeres de buena voluntad, estaremos prestando un enorme servicio a la sociedad, más allá de nuestras pobres bolsas de comida y ropa. En Cáritas, especialmente en las Cáritas parroquiales, debemos recordar siempre que los sistemas económicos han de situar la dignidad de la persona humana y la norma moral como criterio inspirador de sus programas. El respeto, la defensa y la promoción de las personas y de su dignidad inviolable es y debería ser, en efecto, el pilar fundamental para la estructuración y progreso de la sociedad. Esto es clave en nuestra concepción evangélica de la vida, y es a la vez un gran servicio de la Iglesia a toda la sociedad.

             En tiempos de crisis económica, social y ética, Cáritas sigue siendo una auténtica luz para nuestro mundo. En breves fechas, el santo Padre Benedicto XVI iluminará con su profunda sabiduría toda esta realidad en su próxima encíclica social. La esperamos como agua de mayo, porque estoy seguro de que nos iluminará en estas circunstancias, para no perder la esperanza y para convertirnos más y mejor en profetas de nuestro tiempo en la búsqueda de una auténtica regeneración ética, política y social.