Junio 2009


                Este domingo, 21 de junio, celebraremos en nuestra Parroquia de la Asunción de Martos la Octava del Corpus Christi.

                Después de habernos unido a todas las comunidades cristianas de la ciudad el pasado domingo en la celebración común del Día del Señor, hoy lo tendremos en nuestra propia comunidad. Y lo haremos de forma especialmente solemne.

               La celebración comenzará a las 20,00 h. con la Exposición del Santísimo Sacramento y el rezo solemne de Vísperas. A continuación tendremos la celebración de la Santa Misa.

              Los grupos de Vida Ascendente y Liturgia están preparando estos días dichas celebraciones. Invitamos a todos los fieles cristianos a tan solemnes cultos a nuestro Señor y Redentor realmente presente en la Eucaristía.

Este domingo no he podido escribir la homilía para el blog, a pesar de la belleza y profundidad del Evangelio. Últimamente estoy poco inspirado, -ya veis-. Pero al menos os dejo un pequeño comentario al evangelio para nuestra reflexión y oración. Espero que os guste…

 

Lectura del Santo Evangelio según san Marcos (4,35-40)

Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos:

- «Vamos a la otra orilla.»

Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. El estaba a popa, dormido sobre un almohadón.

Lo despertaron, diciéndole:

- «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?»

Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago:

- «¡Silencio, cállate!»

El viento cesó y vino una gran calma.

Él les dijo:

-«¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?»

Se quedaron espantados y se decían unos a otros:

- «¿Pero quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!»

 

La invitación de Jesús es a “pasar a la otra orilla”. Del mundo a Dios. La barca, símbolo de la Iglesia, en ese trayecto, sufre el viento y las olas de la historia que arremeten continuamente sobre ella. Los cristianos muchas veces tenemos miedo; a veces hasta dudamos al no ver al Señor reaccionar, parece que está ausente o dormido. Ojalá como los discípulos, tengamos la valentía de llamarle, de gritarle… Él quitará nuestros miedos y recelos. Él abrirá el camino. Él es nuestra alegría y esperanza. Tenemos que acudir más a él, tratando de vivir en plenitud su evangelio. Él está en nuestro corazón… despertémosle como los discípulos…

La Comisión Permanente de la CEE ha aprobado una Declaración sobre el Anteproyecto de “Ley del aborto”. Los obispos, que en numerosas ocasiones han anunciado el Evangelio de la Vida y denunciado la cultura de la muerte, desean poner de relieve algunos aspectos del Anteproyecto en cuestión que, de llegar a convertirse en Ley, supondría un serio retroceso en la protección de la vida de los que van a nacer, un mayor abandono de las madres gestantes y, en definitiva, un daño muy serio para el bien común.

La Declaración, titulada Sobre el Anteproyecto de “Ley del aborto”: atentar contra la vida de los que van a nacer, convertido en “derecho”, puede consultarse íntegramente en www.conferenciaepiscopal.es

A continuación se ofrece un resumen periodístico, basado en los aspectos principales del texto aprobado por la Permanente:

I. La mera voluntad de la gestante anula el derecho a la vida del que va a nacer

El aspecto tal vez más sombrío del Anteproyecto es su pretensión de calificar el aborto como un derecho que habría de ser protegido por el Estado. El Anteproyecto establece un plazo de catorce semanas dentro del cual la voluntad de la madre se convierte en árbitro absoluto sobre la vida o la muerte del hijo que lleva en sus entrañas. Sin embargo, el derecho a la vida no es una concesión del Estado, es un derecho anterior al Estado mismo y éste tiene siempre la obligación de tutelarlo. En cambio carece de autoridad para establecer un plazo, dentro de cuyos límites la práctica del aborto dejaría de ser un atentado contra el derecho a la vida.

II. La salud como excusa para eliminar a los que van a nacer

La inclusión del aborto entre los medios supuestamente necesarios para cuidar la salud es de por sí una grave falsedad. Abortar nunca es curar, es siempre matar. Una auténtica política sanitaria debe tener en cuenta siempre la salud de la madre gestante, pero también la vida y la salud del niño que va a nacer.

La imposición del aborto procurado en el sistema sanitario como prestación asistencial para la salud bio-psico-social de la gestante, a la que ésta tendría un supuesto derecho, lleva consigo la transferencia de la obligatoriedad a los profesionales de la sanidad. De este modo queda abierta la posibilidad de que no se respete a quienes por muy justificados motivos de conciencia se nieguen a realizar abortos, cargándolos arbitrariamente con un supuesto deber e incluso con eventuales sanciones.

Es necesario reconocer y agradecer el valor mostrado por tantos ginecólogos y profesionales de la sanidad que, fieles a su vocación y al verdadero sentido de su trabajo, resisten presiones de todo tipo e incluso afrontan ciertas marginaciones con tal de servir siempre a la vida de cada ser humano.

III. Se niega o devalúa al ser humano para intentar justificar su eliminación

Sorprendentemente, el Anteproyecto no explica en ningún momento por qué fragmenta el tiempo de la gestación en tres períodos o plazos pretendidamente determinantes de diferentes tipos de trato del ser humano en gestación. Es necesario sostener la afirmación irracional de que durante algún tiempo determinado el ser vivo producto de la fecundación humana no sería un ser humano, porque sería muy duro reconocer que sí lo es y al mismo tiempo afirmar que se le puede quitar la vida simplemente porque así lo decide quien lo gesta. Sería tanto como reconocer que hay un derecho a matar a un inocente.

IV. No se apoya a la mujer para ahorrarle el trauma del aborto y sus graves secuelas

Este proyecto legal no manifiesta interés real por el bien de las mujeres tentadas de abortar y, en particular, de las más jóvenes. Se limita a despejarles el camino hacia el abismo moral y hacia el síndrome post-aborto.

Agradecemos la dedicación de tantas personas que, en un número cada vez mayor de instituciones eclesiales o civiles, se dedican a prestar su apoyo personal a las mujeres gestantes y reconocemos el valiente testimonio público de las mujeres víctimas del aborto, que ayudan a la sociedad a recapacitar sobre un camino de sufrimiento ya demasiado largo. Las mujeres que se encuentran en esta dolorosa situación encontrarán siempre en la Iglesia el hogar de la misericordia y el consuelo.

V. Privar de la vida a los que van a nacer no es algo privado

El Anteproyecto de Ley presenta el aborto como si fuera un asunto privado ligado prácticamente sólo a la decisión individual de la gestante. Pero eliminar una vida no es nunca un asunto meramente privado. Por el contrario, se trata de un acto de gran trascendencia pública. La vida de los que van a nacer es un fundamental elemento constitutivo del bien común que merece especial protección y promoción.  Se debería avanzar en las políticas de protección de la maternidad/paternidad, muy retrasadas respecto a los países de nuestro entorno.

VI. El Estado impone a todos una determinada educación sexual

Se comete la injusticia de imponer una determinada educación moral sexual, que, además, por ser abortista y “de género”, tampoco será eficaz ni como verdadera educación ni como camino de prevención del aborto.

Es necesario permitir y promover que la sociedad desarrolle sus capacidades educativas y morales.

Conclusión: por el Pueblo de la Vida

El Evangelio de la vida proclama que cada ser humano que viene a este mundo no es ningún producto del azar ni de las leyes ciegas de la materia, sino un ser único, capaz de conocer y de amar a su Creador, precisamente porque Dios lo ha amado desde siempre por sí mismo. Cada ser humano es, por eso, un don sagrado para sus padres y para toda la sociedad. No ha de ser considerado jamás como un objeto subordinado al deseo de otras personas. Su vida no puede quedar al arbitrio de nadie, y menos del Estado, cuyo cometido más básico es precisamente garantizar el derecho de todos a la vida, como elemento fundamental del bien común.

Hablamos precisamente a favor de quienes tienen derecho a nacer y a ser acogidos por sus padres con amor; hablamos a favor de las madres, que tienen derecho a recibir el apoyo social y estatal necesario para evitar convertirse en víctimas del aborto; hablamos a favor de la libertad de los padres y de las escuelas que colaboran con ellos para dar a sus hijos una formación afectiva y sexual de acuerdo con unas convicciones morales que los preparen de verdad para ser padres y acoger el don de la vida; hablamos a favor de una sociedad que tiene derecho a contar con leyes justas que no confundan la injusticia con el derecho.

                 ¡Más de cuatro millones de parados! Y sigue creciendo… Nunca nos habíamos enfrentado en Cáritas a una realidad así. Detrás de cada parado hay un rostro, una familia, una tragedia. El paro en España es de tales dimensiones que no tenemos ninguna referencia así en ningún país de nuestro entorno… y desde Cáritas ahí debemos estar…

                Reconozco que muchas veces me siento impotente y perdido ante las necesidades que se nos presentan. No está en nuestras manos solucionar tantos y tan graves problemas, a veces ni siquiera paliarlos. Es entonces cuando recuerdo aquel pasaje de los Hechos de los Apóstoles cuando Pedro y Juan se presentan en el Templo de Jerusalén, allí encontraron a un paralítico de nacimiento, que ponían diariamente junto a la puerta del Templo llamada «la Hermosa», para pedir limosna a los que entraban. Cuando él vio a Pedro y a Juan entrar en el Templo, les pidió una limosna. Entonces Pedro, fijando la mirada en él, lo mismo que Juan, le dijo: «Míranos». El hombre los miró fijamente esperando que le dieran algo. Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina». Y tomándolo de la mano derecha, lo levantó; de inmediato, se le fortalecieron los pies y los tobillos. (cf. Hch 3,1-7). Debemos recordar constantemente que en Cáritas muchas veces no podemos ayudar materialmente, pero siempre podemos ayudar espiritualmente. Esa es una de los objetivos fundamentales que continuamente nos debemos marcar.

               Quiero hacer hincapié desde aquí en la labor profética que debe caracterizarnos en Cáritas. Ser profetas de nuestro tiempo para denunciar las mentiras y las injusticias y para anunciar la luz que viene de lo alto. Debemos caer en la cuenta de que más allá de una crisis económica nos situamos ante una verdadera crisis social que esta dando lugar a una sociedad enferma en los valores y en los principios. Signos de esta tragedia son, como hace poco señalaba el Card. Cañizares, la quiebra moral y la aguda desmoralización que azota a nuestra sociedad, la profunda crisis económica y social que atravesamos, la injusta distribución de la riqueza, el aumento de las desigualdades, el paro que afecta ya a varios millones de ciudadanos en España, la insuficiente atención de los más débiles y de los sectores más empobrecidos, el derroche provocador de hombres y grupos bien acomodados y saciados que, en medio de esta situación, viven en la abundancia sujetos al consumismo y al disfrute a toda costa, etc. A todo esto debemos añadir la desvalorización de la vida humana desde las altas instancias gubernamentales, políticas y mediáticas, con esa “cortina de sangre” que supone los proyectos de reforma de la ley del aborto y los que vengan después en torno a la eutanasia y la manipulación genética; la trivialización de la sexualidad, alejándola de su significado ético y humano, que -como bien indican ya ciertos parámetros- está trayendo como consecuencia el aumento de enfermedades sexuales y embarazos no deseados… Y la solución no está, como bien apuntó Benedicto XVI, en la propaganda que nos bombardea. Lo vemos continuamente en Cáritas, lo hablamos con ellos… ¿Cuántas veces no subyace en el fondo de la pobreza material esa otra pobreza, aun mayor, de la desestructuración social y/o familiar?

              El relativismo ético, del que hacen gala de una forma realmente triste y dolorosa algunos poderes públicos, proviene de una falsa concepción antropológica y de la falta de convicciones sobre el ser profundo del hombre. El hombre de hoy no sabe frecuentemente lo que debe hacer para que el mundo sea más justo y alcance su felicidad, porque ha olvidado qué es. Sobre la base de la verdad del hombre se fundan los derechos humanos fundamentales y universales, propios de la persona humana desde su concepción hasta el último segundo de la vida terrena; sobre esa base se funda la dignidad de la persona humana; aquí radica también la igualdad fundamental de los seres humanos; ahí se asienta el bien común, base de todo ordenamiento social y económico.

               En la recuperación de una sana antropología que sitúe al ser humano y su dignidad ante sí mismo, ante la sociedad y ante la trascendencia como un auténtico valor incondicional, los cristianos, los miembros de Cáritas, y todos los hombres y mujeres de buena voluntad, estaremos prestando un enorme servicio a la sociedad, más allá de nuestras pobres bolsas de comida y ropa. En Cáritas, especialmente en las Cáritas parroquiales, debemos recordar siempre que los sistemas económicos han de situar la dignidad de la persona humana y la norma moral como criterio inspirador de sus programas. El respeto, la defensa y la promoción de las personas y de su dignidad inviolable es y debería ser, en efecto, el pilar fundamental para la estructuración y progreso de la sociedad. Esto es clave en nuestra concepción evangélica de la vida, y es a la vez un gran servicio de la Iglesia a toda la sociedad.

             En tiempos de crisis económica, social y ética, Cáritas sigue siendo una auténtica luz para nuestro mundo. En breves fechas, el santo Padre Benedicto XVI iluminará con su profunda sabiduría toda esta realidad en su próxima encíclica social. La esperamos como agua de mayo, porque estoy seguro de que nos iluminará en estas circunstancias, para no perder la esperanza y para convertirnos más y mejor en profetas de nuestro tiempo en la búsqueda de una auténtica regeneración ética, política y social.

                 Celebramos hoy, queridos hermanos, la Solemnidad del Corpus Christi. Hoy es uno de esos días que relucen más que el sol, porque el pueblo cristiano se dispone a contemplar en las iglesias y en las calles uno de los misterios mas bellos de nuestro Dios-Amor. Corpus Christi es la celebración de la sobreabundancia del Amor de Dios que ha querido hacerse pan para saciar nuestra hambre, y vino para alegrar nuestro corazón. Cristo viene en cada eucaristía a eso: a alimentarnos y a alegrarnos, a dar sentido a nuestra vida uniéndonos, por la comunión a su propia vida. Hoy contemplamos además el misterio de la presencia real de Cristo en la eucaristía, la presencia de Cristo en cada sagrario para que lo contemplemos y nos acerquemos a él en la oración.

                Todo comenzó en la noche santa del Jueves santo cuando el Señor reunió a los su-yos, poco antes de su muerte para dejarles su testamento de amor. Dice el evangelio: “él que había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (hasta el fin) (Jn 13,1); y Pablo añade: “Me amó y se entregó por mí” (Gál 2,20).

               Como signo de todo eso el Señor dejó a los suyos el signo sacramental de la eucaristía que cada día la Iglesia celebra en agradecimiento a Dios por todos sus dones, siguiendo el mandato del Señor aquella noche. Así lo narra san Pablo años más tarde fijándose en la práctica habitual de sus comunidades cristianas:

              “Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada en mi sangre; haced esto, cada vez que lo bebáis, en memoria mía». (1 Cor 11,23-25).

                Desde siempre la celebración de la eucaristía ha sido el centro de la vida cristiana, el momento cumbre para el encuentro con el Señor.

               La actitud y los gestos de Jesús muestran bien a las claras que él sabe a dónde va. Quiere cumplir la voluntad del Padre. El siervo está a punto para el sacrificio. Según nos narran los evangelios, Jesús se atuvo al ritual preceptuado por la Pascua judía en la última cena. Pero al realizarlo introdujo una novedad importante: El pan y el vino que compartían sería el signo de su presencia. La acción de Jesús cambiaba profundamente el significado de la cena pascual. El rito judío alcanzaba con ella su plenitud y daba paso a un nuevo régimen de relaciones entre Dios y los hombres. Para nosotros, la cena del Señor es recuerdo vivo de aquella última celebrada por Jesús en la tierra, en la que instituyó el sacramento de la eucaristía, por el cual da a comer a los suyos su cuerpo y su sangre, entregados en sacrificio para la redención de los hombres.

             En sus veinte siglos de existencia, jamás la Iglesia ha dejado de celebrar la eucaristía. La eucaristía es la vida de la Iglesia. “La eucaristía hace a la Iglesia, y la Iglesia hace la eucaristía” en la feliz expresión conciliar. En la eucaristía se nos hace realmente presente el Señor bajo las especies de pan y vino, porque quiere compartir nuestra vida, nuestros gozos y también nuestras penas, pero lo que es más importante quiere compartir su vida con nosotros, quiere dársenos, regalarse a nosotros. La eucaristía es el sacramento del amor, porque recuerda el mayor amor que jamás haya podido darse entre los hombres: la entrega definitiva de Jesús por nosotros. “Tibi post haec, fili mi, ultra quid faciam?” (Después de esto, hijo mío, que más puedo hacer por ti). ¡Nada, Señor, ya lo has hecho todo por nosotros!.

             El sacrificio de la cruz, cuyo memorial, recuerdo y presencia, hacemos en el sacrificio de la eucaristía es el cenit de la obra salvadora de Dios. Ninguna oración, ningún sacrificio, ninguna actitud religiosa puede compararse al gesto de Cristo, entregado en amorosa obediencia al Padre, en nombre de todos sus hermanos. Congregado para celebrarla, el Pueblo de Dios puede llenar con ella las exigencias fundamentales del culto: en ella adoramos a Dios, como único Señor de las cosas; le damos gracias por sus beneficios, le ofrecemos expiación por las culpas propias y ajenas; nos llenamos de nuevas gracia para el camino de la vida hasta que lleguemos a la casa del Padre. La eucaristía es el sacramento del amor de Dios.

              Hoy, Corpus Christi, recordamos y celebramos este amor de Dios de un modo especial. Aprovechemos y acojamos la generosidad de Dios. Comulguemos con un corazón nuevo, llenos de agradecimiento.

               Hagámonos en nuestra vida con los sentimientos mismos de Jesús, comulgar significa hacernos uno con Jesús, vivir como Jesús. Adoremos y glorifiquemos el misterio de la eucaristía, en ella está realmente el Señor que nos ama y nos salva, que nos cura y nos cuida. Veneremos de tal modo los misterios del Cuerpo y de la sangre de Jesús que experimentemos constantemente en nosotros los frutos de la redención. Así sea.