Mayo 2009


                  Celebramos hoy, queridos hermanos la Fiesta de Pentecostés, una de las más importantes de todo el año litúrgico. Celebramos la Venida del Espíritu santo sobre los apóstoles y el nacimiento de la Iglesia, la comunidad de los creyentes en Jesús, que, animados por ese mismo Espíritu anuncian, como Pedro en aquel día, que Cristo es el Señor de la Vida.

                 1. Aquel día de Pentecostés, -cuando los judíos peregrinaban a Jerusalén para presentarse ante el Señor y ofrecer los frutos de los campos- resulta que es el Espíritu el que se presenta por sorpresa a los discípulos, en forma de viento recio, de lenguas de fuego, es decir de fuerza incontrolable.

                La interpretación de aquel acontecimiento histórico la dio Pedro en su primer sermón al Pueblo: “A este Jesús -concluía el discurso-, Dios lo resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. Y, exaltado a la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que veis y oís” (Hch 2,32-33).

                 Jesús daba cumplimiento a la promesa.  La efusión universal del Espíritu, anunciada para los tiempos mesiánicos, y el Día del Señor eran el complemento obligado del misterio pascual.

                 2. Desde el principio, la Palabra y el Espíritu actúan a una en la obra de Dios para la salvación del mundo: “En el principio creó dios los cielos y la tierra… y el Espíritu de Dios aleteaba por encima de las aguas” (Gén 1,1-3). Espíritu de la vida.

                El Espíritu actúa siempre en la historia de la salvación: es la fuerza que lleva adelante esa historia. Interviene en la preparación de esta obra,  en su realización por Jesucristo, en su aplicación a través de los siglos y en la consumación al final de los tiempos.

               En los del AT, Dios se escogió a sus siervos como mensajeros de su palabra e instrumentos providenciales para la salvación de su pueblo. Y puso en ellos su Espíritu. Moisés, Josué, Samuel, los jueces y los reyes, todos ellos fueron llenos de sabiduría y de fortaleza para gobernar al pueblo y librarlo de sus enemigos.

                 Los  Profetas fueron ungidos por el Espíritu y fortalecidos por la mano del Señor para ejercer su ministerio y fortalecidos por la mano del Señor para ejercer su ministerio como mensajeros de Dios.

               3. La realización de la obra salvadora de Dios coincide con la venida del Mesías. “Reposará sobre él el Espíritu de Yahveh“, había escrito Isaías.

                Concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María. En su bautismo, el Espíritu descendió sobre Jesús  y lo ungió como profeta de Dios. A Jesús se le ha dado el Espíritu “sin medida” (Jn 3,34), a diferencia de como fue dado a los profetas. El bautizará “en el Espíritu Santo y en el fuego” (Mt 3,11).

               Siempre impulsado por el Espíritu, se encamina al desierto “para ser tentado por el demonio”. Luego empezará la predicación del Evangelio “por la fuerza del Espíritu” (Lc 4,14-18) y “en el Espíritu” expulsará los demonios y hará sus obras admirables, como signos de la llegada del reino de Dios.

                En fin, completará su misión entregándose a la muerte. “Se ofreció a sí mismo por el Espíritu eterno”; para ser resucitado y justificado por el Espíritu.

                 4. La obra redentora de Jesucristo debía aplicarse a todos y a cada uno de los hombres a través de los siglos. Es la obra del Espíritu. “Consumada la obra que el Padre confió al Hijo en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que indefinidamente santificara a la Iglesia, y de esta forma los que creen pudieran acercarse por Cristo al Padre” (LG 4).

                 La Iglesia inició su marcha en el mundo con el acontecimiento de Pentecostés. Toda su vida está afectada por la misión. Su origen está en Jesucristo, “enviado al mundo para salvar al mundo”.

                Tras la misión del Hijo acontece la misión del Espíritu Santo. También esta se manifestó de manera visible, aunque por diferente manera. El Hijo “se hizo hombre”; el Espíritu Santo “se mostró” en el viento impetuoso y en las lenguas de fuego (Hch 2,2-3).

                El viento es aliento de vida y fuerza incontenible. El fuego era signo de la presencia de Dios. Y también del amor, que todo lo purifica y transforma. Las lenguas, en fin, recordaban el acontecimiento de Babel. Venían a ser signo de la misión apostólica universal para la unidad de todos los pueblos y de todos los hombres “en Cristo y en el Espíritu”.

                 4. Este es el tiempo de la Iglesia: el tiempo del Espíritu.

               El Espíritu santo, que había actuado a lo largo de toda la historia de la salvación sigue actuando hoy, aquí y ahora, en medio de nosotros. ¿No lo vemos? ¿No lo sentimos? En los santos y en nosotros alienta el Espíritu.

                Todo, todo lo que hacemos, todo, está asistido por el Espíritu. Lo recibimos en el Bautismo. Nos dio su fuerza para el testimonio en la Confirmación. Nos alimenta en la Eucaristía. Nos reconcilia en la penitencia. Unge a los diáconos, a los presbíteros y a los obispos en su ordenación. Bendice a los esposos para que sean siempre fieles en el matrimonio. Acompaña a los enfermos en la Unción.

               Nos asiste en el apostolado; nos anima en la Liturgia; nos fortalece en la Caridad. Es el Espíritu el que actúa. Lo que hacemos no es por nuestras apetencias… es por el Espíritu y en el nombre del Señor. El Espíritu es en la Biblia el sujeto de verbos de acción:

                 “Andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne. El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu” (Gál 5, 16. 22.23.25).

Caminad según el Espíritu…

Los frutos del Espíritu son amor, alegría, paz, tolerancia,
amabilidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí mismo.
 No hay ley frente a esto…

Si vivimos gracias al Espíritu, procedamos también según el Espíritu.”
(Gál 5,16.22-25).

 

*   AMOR: El primer don del Espíritu es el amor. El amor es la entrega de la vida. Es El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca.

*   ALEGRÍA: El segundo don es la alegría. La alegría es la capacidad de gozar por el bien de las personas y de las cosas. San Pablo nos invita a los cristianos a estar y a ser alegres. «Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito estad alegres. Que todo el mundo os conozca por vuestra bondad»

*   PAZ: La paz es el tercer don del Espíritu. Es, en la Biblia, la suma de todos los bienes. Una de las mas grandes promesas de Dios. La paz siempre es el fruto de la justicia. Cristo es nuestra paz. Si quieres la paz trabaja por la justicia.

*   TOLERANCIA: El cuarto don del Espíritu es la tolerancia, o la capacidad de aceptar y acoger al que no es como nosotros, sin perder cada uno su propia identidad. En la tolerancia está el fundamento de la unidad de todos los hombres.

*   AMABILIDAD: El Espíritu también nos bendice con la amabilidad. Es amable quien acoge cordialmente por amor al que se acerca. Jesús es amable con los más desgraciados de su mundo.

*   BONDAD: el sexto don del Espíritu es la bondad. Es bueno quien adapta su vida a la verdad y a la autenticidad. Es bueno quien sabe servir y amar. El joven rico fue quien llamó a Jesús “Maestro bueno”.

*   FE: La fe es sinónimo de confianza y adhesión. Cree quien sigue. Sigue quien se agarra a Jesús. La fe es el fundamento de lo que se espera y la prueba de lo que no se ve. Por eso es la fe viva la que nos salva.

*   MANSEDUMBRE: La mansedumbre no es el acomplejamiento, sino la dulzura, la humildad, el reconocimiento de la propia verdad. “Dichosos los mansos, porque ellos heredarán la tierra”.

*   DOMINIO DE SÍ: El dominio de sí es la garantía de nuestra libertad. Sólo quien se domina a sí mismo y a sus caprichos sabe ser libre para darse a los demás. Ser señor de uno mismo, para no ser esclavo de nada ni de nadie.

               Se acerca Pentecostés. Culmina la Pascua con el don del Espíritu santo por parte del Resucitado. Es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, aunque desgraciadamente a nivel popular muchas veces quede en un segundo plano. A veces también nosotros podríamos decir como aquellos de Éfeso que ni si quiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo (cf. Hch 19,1-8). Y sin embargo es Dios, la tercera persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu del Padre y del Hijo, actuando entre nosotros, santificándonos, fortaleciéndonos, guiándonos, enseñándonos…

              Quizás, al no tener imágenes del Espíritu Santo, éste no ha entrado tanto en la piedad popular. Pero está ahí; sigue actuando con fuerza en el mundo y en la Iglesia. Es fácil verlo con los ojos de la fe, -y más aún en tiempos como los nuestros-.

             Para conocer al Espíritu Santo lo mejor es acercarse a su actuar en la Historia de la Salvación y en nosotros mismos. Os ofrezco para vuestra oración y meditación un original VIA SPIRITUS. Lo compuse hace ya algunos años para una vigilia juvenil de Pentecostés; este año lo he reformado un poco. En este “camino del Espíritu” hacemos un recorrido por las obras principales del Espíritu Santo a lo largo de la Historia de la Salvación, pero desemboca en la acción del Espíritu en cada uno para crecimiento y enriquecimiento de toda la Comunidad. Espero que os guste y os haga reflexionar… sobre la acción de Dios en vosotros mismos. Un abrazo. Feliz Pentecostés.

http://www.parroquiadelaasunciondemartos.es/pdffiles/via-spiritus-2009.pdf

 

Os paso en formato PDF el Via Lucis de la Pascua de este año 2009, ya completo, por si os viene mejor en este formato…

http://www.parroquiadelaasunciondemartos.es/pdffiles/via-lucis-2009.pdf

                 Esta noche estoy cansado, y la alergia pasa factura, pero me siento realmente contento y feliz. Este fin de semana hemos tenido la Cruz de Mayo y la Cata en los patios de la Parroquia. Desde aquí solo quiero dar las gracias a todos los que han participado como voluntarios y voluntarias en la misma. Sois muchos, ya lo habéis visto, y de decir vuestros nombres seguro que me olvidaría de alguno, por eso prefiero callarlos y poneros a todos mañana en el altar del Señor cuando celebre la misa en San Miguel; el Señor sí que se acordará de todos y dará mejor paga. Es increíble la cantidad de trabajo que hay detrás de una actividad así. Entre todos habéis contribuido a que haya sido todo un éxito. A todos os quiero invitar el viernes a las 21:30 h. en los salones al remate o botijuela (no sé cómo se llama esa fiesta aquí en Martos, perdonad). ¡Merecéis todo mi reconocimiento por vuestro trabajo! ¡Lo habéis hecho fantástico! ¡Muchísimas gracias!
                 También quiero dar las gracias a todas las personas, amigos, feligreses y simpatizantes de la parroquia que habéis pasado estos días por la cruz de mayo y habéis colaborado trayendo cosas o consumiendo algo. ¡Muchísimas gracias! Lo recaudado irá destinado parte a la Capilla de Jesús y parte a nuestras obras en el Centro Parroquial.
                 Han sido unos días preciosos de convivencia entre jóvenes y mayores. Y es que cuando todos ponemos un granito de arena, podemos hacer grandes cosas. Un fuerte abrazo a todos y todas.

                 En el siguiente enlace tenéis algunas fotos…
http://www.parroquiadelaasunciondemartos.es/www_/10/2009/cruz-mayo-2009.php

                 “Dios es amor.” Quizás nunca, queridos hermanos, se haya dicho nada tan bonito, tan profundo y tan cierto, ni de Dios, ni del Amor. Quizás nunca lleguemos a descubrir toda la riqueza que se encierra en esta frase tan corta que resume en buena medida, tal como nos lo recordó S.S. Benedicto XVI en su primera encíclica, la vida y la doctrina cristiana.

               Ese amor de Dios lo experimenta el cristiano de una forma muy especial al sentirse elegido y llamado por el Señor a cualquier tarea en su vida: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido“. Esta palabras nos recuerdan algo fundamental de nuestra condición de cristianos: todos hemos sido elegidos por Cristo; elegidos por Dios en Cristo. Más que optar nosotros por él, como a veces decimos, es él, Cristo, quien ha optado por nosotros. Si somos cristianos, si mantenemos la fe, si podemos seguir los pasos del Señor y ser sus discípulos, es porque él nos ha llamado y elegido. Esta es nuestra fundamental vocación. Y todo por que él nos ha amado.

                Esta elección y llamada se hizo realidad en nuestro bautismo, mediante el cual quedamos incorporados a Cristo, y fuimos hechos miembros de su cuerpo, que es la Iglesia. Por el bautismo pertenecemos a Cristo, y llevamos en nosotros su huella imborrable, una huella que nos empuja a ser cada día más semejante a él.

                Esta elección, cuya iniciativa es de Dios, tiene su origen en su amor, no en nuestros méritos.

“Como él Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor”
“Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Os llamo amigos porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”.

                Es Dios quien nos ha amado primero. Nuestro ser y nuestro ser cristiano son obra del amor de Dios. Somos hechura suya; él nos ha recreado, renovado, y otorgado la condición de hijos. Todo lo debemos a su amor. Y nuestra vida cristiana ha de ser una respuesta agradecida a ese amor antecedente.

                 Esa respuesta se ha de expresar en nuestra vida en una doble dimensión:

                Por un lado, en permanecer en ese amor. Y permanecer en el amor de Dios es, como nos dice el Evangelio, cumplir sus mandamientos, obedecer su palabra. Y conocemos su mandamiento: “amaos unos a otros como yo os he amado“. No se trata de un amor cualquiera, pues Cristo es la medida de ese amor. El amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios. El amor de Dios es el que en nosotros hace posible que amemos a nuestro hermano como hemos sido amados por Cristo. En una de sus homilías dice San Agustín: “Amemos a nuestro hermano de verdad; y luego preguntémonos de dónde nace ese amor; la respuesta será, sin duda alguna, que de Dios“. Este amor al prójimo a la medida del amor de Cristo, debe ser, como sabemos, nuestra seña de identidad: “En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amais unos a otros, como yo os he amado“.

                Por otro lado, esa respuesta debe dar en nosotros frutos duraderos: los frutos de una vida de fe, de amor al prójimo, de justicia, de humildad. “Os he destinado para que vayais y deis fruto y vuestro fruto dure“.

                Finalmente, ese amor que siendo nuestro procede de Dios, pues es él quien lo hace posible, es el que nos abre el camino para conocer a Dios: Dios es amor, hemos escuchado en la segunda lectura; sólo quien ama de verdad puede decir que le conoce: quien no ama, por mucho que busque, por mucho que se afane, por mucho que discurra, no podrá encontrarlo ni conocerlo. El amor es el camino mejor, es el camino que conduce a Dios, que es la Verdad y el Bien Supremos.

El Señor nos ha llamado sus amigos; nos pide, sin embargo, que para serlo de verdad lo que a nosotros toca es que cumplamos lo que él nos dice, lo que él nos manda. Y esto es, queridos hermanos, lo que debemos pedir en esta Eucaristía: que nos ayude a ser dignos de su amistad, de su amor; que nos dé la fuerza necesaria para vivir de acuerdo con su elección, con nuestra condición de hijos de Dios. !Que así sea!

             “Yo soy la verdadera vid”. Así comienzan las palabras de Jesús que se proclaman en este quinto domingo de Pascua, y que nos recuerdan la íntima relación de unión y amor que existe entre Cristo y sus discípulos. Este es uno de los pasajes más bellos y significativos del evangelio, y fue pronunciado según san Juan en la noche de la entrega del Señor, y por tanto tienen una importancia muy especial.

              Las palabras de Jesús se fijan en la imagen de la vid y su vástago, -que es el sarmiento-, y en el trabajo del viñador, que Jesús va a referir al Padre. Igual que el viñador tiene un cuidado exquisito por la viña y por la vid, tal como describieron los profetas del AT, así Dios cuida del nuevo pueblo de Dios que es la Iglesia, -que somos nosotros-.

                El sarmiento que no da fruto es arrancado y el que da fruto es podado para que dé más fruto. Hace referencia Jesús con estas palabras a nuestra vida cristiana que en tantas ocasiones queda infecunda y se pierde y a esas otras ocasiones que necesitamos cortar en nosotros ataduras y vicios que impiden nuestro crecimiento espiritual y cristiano. Jesús nos habla en este evangelio de crecer y madurar en la fe y ello sólo es posible si estamos íntimamente unidos a él. Sin él no podemos hacer nada, de ahí la necesidad de estar unidos a él, como el sarmiento a la vid, para dar fruto en la vida. De Cristo recibimos la savia de la gracia para la vida nueva que necesitamos desarrollar. De ahí la invitación continua de Jesús en este evangelio a permanecer unidos a él como el sarmiento a la vid.

               Esa unión con Cristo hace que nuestra vida sea fructífera y que se convierta en una verdadera ofrenda a la gloria de Dios: “Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante”. Los cristianos en el momento actual debemos considerar en cuánto nos enriquece la fe no sólo para nuestro apostolado, sino también en nuestra vida ordinaria y en nuestras relaciones con nosotros mismos, con nuestra familia, con los demás. Ser discípulos de Jesús significa no solo seguirle, sino estar íntimamente unidos a él y dar frutos de amor y santidad. Es verdad que esto muchas veces nos cuesta y que vivimos y nos conformamos con los mínimos. Este evangelio nos recuerda la necesidad de dar fruto, de sacar de nosotros los mejor de nosotros mismos, que en definitiva es un don de Dios, y darle lustre y brillo. No nos podemos conformar con la mediocridad sino que en todo debemos aspirar a la santidad, para eso tenemos la savia de la gracia por nuestra unión con Cristo. Cada uno de nosotros debe considerar las acciones que desarrolla en la iglesia y en el mundo para dejar auténtica huella de nuestro paso. No rendirnos al fracaso o al miedo, sino levantarnos y continuamente sentirnos cogidos de la mano del Señor y animados por su Espíritu. Sin él no podemos, pero con él, permaneciendo en su palabra sí: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará”.

               ¿Cómo podemos unirnos más a Cristo? ¿Cómo permanecer en él? ¿Cómo dar fruto abundante? Jesucristo no se puede convertir en un ausente o en una referencia lejana. Debemos hacer más piadosa y auténtica nuestra vida por medio de la caridad, de la evangelización y de la liturgia. Debemos saber que amando a todos, pero muy especialmente a los últimos, encontraremos el rostro de Cristo. Evangelizando a los demás, caeremos en la cuenta de que nosotros mismos somos evangelizados, porque como decía el querido Juan Pablo II la fe se fortalece dándola. Y sobre todo en la liturgia, en la oración, en la escucha atenta y amorosa de la Palabra, en la celebración de los sacramentos y muy especialmente en la celebración de la Eucaristía, tenemos la fuente de la gracia donde podemos beber y alimentarnos para hacernos uno con el Señor Jesús.

               Vivir unidos a Cristo, como el sarmiento a la vid, supone celebrar la eucaristía y comulgar de su Palabra y de su Cuerpo. La vid es también un símbolo precioso de la Eucaristía. Es ahí donde nos alimentamos y crecemos; donde nos unimos en comunidad y amor. Ahora que estamos celebrando la Eucaristía, debemos caer en la cuenta del inmenso amor que Cristo pone en nuestros corazones y de la posibilidad de establecer vasos comunicantes con el Señor para nuestro crecimiento y madurez cristianos. Que así sea.

- Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

- Que por tu santa Pascua has redimido al mundo

 

Del Libro de los Hechos de los Apóstoles (2,1-4)

Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos. De repente vino del cielo un ruido, como de viento huracanado, que llenó toda la casa donde se alojaban. Aparecieron lenguas como de fuego, repartidas y posadas sobre cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, según el Espíritu Santo les permitía expresarse”

 

Meditación

El don del Espíritu Santo es el mayor de tus regalos, Señor. En alguna ocasión nos dijiste que el Padre lo daría a quien pidiese con fe. Ahora cumples tu promesa y tu Espíritu, tu viento fuerte, todo lo renueva, lo rejuvenece, lo embellece, lo recrea. Aquellos discípulos desde ese momento tienen un misión y una fuerza muy especial que los capacita para ser testigos tuyos en el mundo. Hablan todas las lenguas, porque a todos los hombres debe llegar tu evangelio. Tu Espíritu nos hace libres: él sopla donde quiere y como quiere; cuando nos dejamos llevar por él, y sólo por él, la libertad, la vida, la alegría toman otro color. Con Pentecostés, Señor, comienza el tiempo de tu Iglesia, nuestro tiempo, en el que llenos y fortalecidos como tus apóstoles, somos tus enviados. Oh, Señor, envía tu Espíritu y seremos creados y renovarás la faz de la tierra

 

¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado! – ¡Con su cruz a todos ha salvado!

Padre nuestro…

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo…

- Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

- Que por tu santa Pascua has redimido al mundo

 

Del Libro de los Hechos de los Apóstoles (1,12-14)

“Los Apóstoles regresaron entonces del monte de los Olivos a Jerusalén: la distancia entre ambos sitios es la que está permitida recorrer en día sábado. Cuando llegaron a la ciudad, subieron a la sala donde solían reunirse. Eran Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago, hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas, hijo de Santiago. Todos ellos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos”.

 

Meditación

Los apóstoles a la espera del Espíritu. María con ellos. María, esa mujer, esa madre, donde tu Espíritu Santo ha hecho maravillas desde su misma concepción, la que estuvo siempre a tu lado, la que vivió, gozó y sufrió contigo, ahora también acompaña a los apóstoles. Con razón la llamamos Madre de la Iglesia. En ella tenemos un modelo de creyente, de mujer, de firmeza, de oración, de esperanza, de alegría, de amor. Gracias, Señor, por dejárnosla como madre, como compañera de camino hacia ti. Que de tus apóstoles y de María aprendamos a orar y vivir en comunión y paz. Amén.

¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado! – ¡Con su cruz a todos ha salvado!

Padre nuestro…

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo…

- Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

- Que por tu santa Pascua has redimido al mundo

 

Del Libro de los Hechos de los Apóstoles (1,9-11)

“Dicho esto en su presencia se elevó, y una nube se lo quitó de la vista. Seguían con los ojos fijos en el cielo mientras Él se marchaba, cuando dos personajes vestidos de blanco se les presentaron y les dijeron:

-Hombres de Galilea, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este Jesús, que os ha sido arrebatado al cielo, vendrá como lo habéis visto marchar al cielo”

 

Meditación

Tú, que siendo de condición divina te rebajaste hasta someterte a la condición de un hombre cualquiera: te rebajaste hasta la muerte -y muerte de cruz-; ahora, tras tu resurrección, eres elevado, eres ensalzado, retomas la gloria que te corresponde como Hijo de Dios. Pero no te vas para desentenderte de nosotros, sino para hacerte realmente presente pero de una forma nueva y misteriosa entre nosotros. Tú, el Señor glorioso, por tu gloria sigues presente cuando nos reunimos en tu nombre, cuando escuchamos tu Palabra, cuando oramos, cuando celebramos los sacramentos, y muy especialmente cuando celebramos la Eucaristía. No nos podemos quedar mirando al cielo, sino a todas aquellas realidades que te hacen presente en el mundo: en los pobres, en la Iglesia, en la Eucaristía… Oh, Señor, que veamos tu gloria, y que a la vez te sintamos muy cercano y presente, en las llagas y en la belleza de nuestro mundo y de nuestras almas…

 

¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado! – ¡Con su cruz a todos ha salvado!

Padre nuestro…

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo…

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