Celebramos hoy, queridos hermanos la Fiesta de Pentecostés, una de las más importantes de todo el año litúrgico. Celebramos la Venida del Espíritu santo sobre los apóstoles y el nacimiento de la Iglesia, la comunidad de los creyentes en Jesús, que, animados por ese mismo Espíritu anuncian, como Pedro en aquel día, que Cristo es el Señor de la Vida.
1. Aquel día de Pentecostés, -cuando los judíos peregrinaban a Jerusalén para presentarse ante el Señor y ofrecer los frutos de los campos- resulta que es el Espíritu el que se presenta por sorpresa a los discípulos, en forma de viento recio, de lenguas de fuego, es decir de fuerza incontrolable.
La interpretación de aquel acontecimiento histórico la dio Pedro en su primer sermón al Pueblo: “A este Jesús -concluía el discurso-, Dios lo resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. Y, exaltado a la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que veis y oís” (Hch 2,32-33).
Jesús daba cumplimiento a la promesa. La efusión universal del Espíritu, anunciada para los tiempos mesiánicos, y el Día del Señor eran el complemento obligado del misterio pascual.
2. Desde el principio, la Palabra y el Espíritu actúan a una en la obra de Dios para la salvación del mundo: “En el principio creó dios los cielos y la tierra… y el Espíritu de Dios aleteaba por encima de las aguas” (Gén 1,1-3). Espíritu de la vida.
El Espíritu actúa siempre en la historia de la salvación: es la fuerza que lleva adelante esa historia. Interviene en la preparación de esta obra, en su realización por Jesucristo, en su aplicación a través de los siglos y en la consumación al final de los tiempos.
En los del AT, Dios se escogió a sus siervos como mensajeros de su palabra e instrumentos providenciales para la salvación de su pueblo. Y puso en ellos su Espíritu. Moisés, Josué, Samuel, los jueces y los reyes, todos ellos fueron llenos de sabiduría y de fortaleza para gobernar al pueblo y librarlo de sus enemigos.
Los Profetas fueron ungidos por el Espíritu y fortalecidos por la mano del Señor para ejercer su ministerio y fortalecidos por la mano del Señor para ejercer su ministerio como mensajeros de Dios.
3. La realización de la obra salvadora de Dios coincide con la venida del Mesías. “Reposará sobre él el Espíritu de Yahveh“, había escrito Isaías.
Concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María. En su bautismo, el Espíritu descendió sobre Jesús y lo ungió como profeta de Dios. A Jesús se le ha dado el Espíritu “sin medida” (Jn 3,34), a diferencia de como fue dado a los profetas. El bautizará “en el Espíritu Santo y en el fuego” (Mt 3,11).
Siempre impulsado por el Espíritu, se encamina al desierto “para ser tentado por el demonio”. Luego empezará la predicación del Evangelio “por la fuerza del Espíritu” (Lc 4,14-18) y “en el Espíritu” expulsará los demonios y hará sus obras admirables, como signos de la llegada del reino de Dios.
En fin, completará su misión entregándose a la muerte. “Se ofreció a sí mismo por el Espíritu eterno”; para ser resucitado y justificado por el Espíritu.
4. La obra redentora de Jesucristo debía aplicarse a todos y a cada uno de los hombres a través de los siglos. Es la obra del Espíritu. “Consumada la obra que el Padre confió al Hijo en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que indefinidamente santificara a la Iglesia, y de esta forma los que creen pudieran acercarse por Cristo al Padre” (LG 4).
La Iglesia inició su marcha en el mundo con el acontecimiento de Pentecostés. Toda su vida está afectada por la misión. Su origen está en Jesucristo, “enviado al mundo para salvar al mundo”.
Tras la misión del Hijo acontece la misión del Espíritu Santo. También esta se manifestó de manera visible, aunque por diferente manera. El Hijo “se hizo hombre”; el Espíritu Santo “se mostró” en el viento impetuoso y en las lenguas de fuego (Hch 2,2-3).
El viento es aliento de vida y fuerza incontenible. El fuego era signo de la presencia de Dios. Y también del amor, que todo lo purifica y transforma. Las lenguas, en fin, recordaban el acontecimiento de Babel. Venían a ser signo de la misión apostólica universal para la unidad de todos los pueblos y de todos los hombres “en Cristo y en el Espíritu”.
4. Este es el tiempo de la Iglesia: el tiempo del Espíritu.
El Espíritu santo, que había actuado a lo largo de toda la historia de la salvación sigue actuando hoy, aquí y ahora, en medio de nosotros. ¿No lo vemos? ¿No lo sentimos? En los santos y en nosotros alienta el Espíritu.
Todo, todo lo que hacemos, todo, está asistido por el Espíritu. Lo recibimos en el Bautismo. Nos dio su fuerza para el testimonio en la Confirmación. Nos alimenta en la Eucaristía. Nos reconcilia en la penitencia. Unge a los diáconos, a los presbíteros y a los obispos en su ordenación. Bendice a los esposos para que sean siempre fieles en el matrimonio. Acompaña a los enfermos en la Unción.
Nos asiste en el apostolado; nos anima en la Liturgia; nos fortalece en la Caridad. Es el Espíritu el que actúa. Lo que hacemos no es por nuestras apetencias… es por el Espíritu y en el nombre del Señor. El Espíritu es en la Biblia el sujeto de verbos de acción:
“Andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne. El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu” (Gál 5, 16. 22.23.25).