1. Seguimos celebrando la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Por eso las oraciones de la Misa nos hablan de gozo y alegría: del gozo y la alegría de haber recobrado en Cristo la condición de hijos de Dios y de saber con la certeza de la fe que nuestro verdadero destino está unido al de Cristo, que ha vencido la muerte y ha resucitado “como primicia de todos los que duermen“. Es el gozo y la alegría que nacen de la esperanza.

           Las lecturas de la Escritura que hemos proclamado también nos hablan de ello. San Pedro, después de curar al lisiado, quiere dejar bien claro que no ha realizado el milagro por su propio poder, sino por el poder de Dios “que ha glorificado a su siervo Jesús” resucitándolo de entre los muertos; Pedro es sólo su testigo: por eso una y otra vez, y siempre, a lo largo de su vida solamente querrá ser un digno testigo del resucitado cuya misión será proclamar a los hombres el amor de Dios que en Cristo nos ha abierto a todos las puertas de la vida verdadera. Y en nombre de Cristo pedirá a todos “arrepentimiento y conversión” para que, acogiendo en nuestro corazón a Cristo Jesús, vivamos por ahora como él nos enseñó.

           Y San Juan en su Carta nos recuerda que el conocimiento de Cristo consiste precisamente en esto: en vivir como él nos enseñó, en vivir como él vivió; es decir, en cumplir en nuestra vida su palabra, sus mandamientos: “En esto sabemos que le conocemos, en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él“.

           2. El Evangelio de San Lucas nos narra la aparición del Señor cuando los discípulos de Emaús estaban todavía contando, llenos de alegría, “lo que les había acontecido en el camino y cómo reconocieron a Jesús en el partir el pan“.

           Mientras hablaban -continúa el Evangelio- se presentó Jesús en medio de sus discípulos y les dijo: Paz a vosotros“.

           Los discípulos se alarman, están llenos de miedo, creen ver un fantasma, aún albergan dudas en su interior. En el fondo, y a pesar de las noticias que les llegan, a pesar de lo que les acaban de contar los dos discípulos de Emaús, no se lo acaban de creer. ¿Cómo puede estar vivo aquel a quien han visto morir en la cruz y al que luego han dado sepultura? Además, siguen sin comprender la muerte de Jesús; siguen pensando, aunque no se atreven a decirlo, que ese final en la cruz pone de manifiesto que Jesús no es el Mesías, pues si lo fuera, Dios no hubiera permitido semejante muerte y fracaso.

           Por ello el Señor, en primer lugar, tiene que convencerles de que es él, el mismo que murió en la cruz, el que ahora está vivo en medio de ellos. Les dice: “Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y hueso, como veis que yo tengo“. E incluso les pide de comer, como una muestra más de que realmente ha resucitado.

           Y, en segundo lugar, les abre la inteligencia para que comprendan las Escrituras y lo que éstas decían acerca de él: “Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse. Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos“.

           Cristo resucitado les abre la inteligencia para que comprendan el significado de su vida, muerte y resurrección como el misterio del amor redentor de Dios hacia los hombres; la cruz ya no aparece entonces como un escándalo ni como una necedad, sino como la sabiduría de Dios, como expresión del amor incondicional de Dios, quien, para salvar a los hombres, asume su condición, incluyendo el dolor y la muerte, para redimirla y trasfigurarla. Dios nos enseña así, y al mismo tiempo lo realiza, que el único camino para restablecer la condición humana en su dignidad originaria, el único camino para salvarla, es el amor, la misericordia, la generosidad, la entrega de uno mismo. Nos enseña que el poder, la fuerza y el dominio no son precisamente caminos de vida.

           3. También nosotros, como los discípulos de entonces, tenemos a veces dudas en nuestro interior: ¿Ha resucitado realmente el Señor? ¿Tiene nuestra fe un fundamento sólido? ¿Es vacía nuestra esperanza de que un día resucitaremos con Cristo? Y seguramente no tendremos el privilegio de que el Señor se nos muestre y podamos ver y tocar, como hicieron algunos de los primeros discípulos. Nosotros hemos de creer sin ver; hemos de creer apoyándonos en el testimonio de aquellos que lo vieron y luego lo proclamaron a todos los pueblos. Y es por eso a nosotros a quien se dirige la bienaventuranza del Señor que escuchamos el domingo pasado: “Dichosos los que creen sin haber visto“.

           Igual que aquellos discípulos también nosotros debemos pasar del miedo a la alegría. Más aún en estos tiempos de crisis total que nos han tocado vivir. De ahí la necesidad de orar: Hemos de orar para pedir al Señor la fe; para pedirle que los ojos de nuestro espíritu, iluminados por su gracia, suplan el defecto de los ojos de la carne. Orar al Señor para pedirle que la adhesión que dimos a su Palabra y a las palabras de aquellos que nos trasmitieron la fe sea cada vez más firme y sólida. Y hemos de orar también para que el Señor nos abra la inteligencia y así, comprendiendo el significado de la vida y muerte de Jesús, podamos seguir sus pasos y amarnos unos a otros como él nos amó. Orar para que comprendamos que el amor es el camino mejor, y que ese camino es el mismo Cristo. Y finalmente, orar y ponernos a la obra del amor, hoy de una forma muy especial, con los más de cuatro millones de parados que ya hay en nuestra España. Que Cristo resucitado aliente en nosotros esa fe, ese amor y esa esperanza.