Este es el día en que actuó el Señor. Sea nuestra alegría y nuestro gozo. Efectivamente, hermanos, celebramos la octava de la Pascua de la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo; desde hace unos años, además, en esta jornada el querido Juan Pablo II instituyó la Solemnidad de la Divina Misericordia, para hacernos caer en la cuenta de la grandeza y de la belleza de los santos misterios que conmemoramos.
En el evangelio hemos escuchado el relato de la primera de las apariciones del Resucitado a sus discípulos en el atardecer del domingo de resurrección. Estaban reunidos todos, excepto Tomás, en un mismo lugar con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Frente al miedo, el resucitado saluda con la paz y su fruto es la alegría en el corazón de los discípulos y el don del Espíritu Santo. Desde ese momento el Resucitado prolongará su acción en el mundo a través de aquellos discípulos que son “enviados”.
Nosotros mismos nos podemos ver reflejados en el evangelio gracias a esa bienaventuranza del Señor al final del relato evangélico en la que recrimina a Tomás su falta de fe: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Tomás no estuvo presente aquel domingo, perdiéndose la alegría de la experiencia pascual. A su vuelta no quiere dar crédito a los hermanos y pide pruebas irrefutables: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”. Ver y tocar es lo que pide Tomás. Jesús tuvo el detalle con aquel que había sido discípulo de concederle esa gracia, pero no por ello deja de reprocharle su falta de fe en los hermanos. Tomás, sorprendido y emocionado, proclamará un dato fundamental de la fe en Cristo Resucitado: él es el Señor, el es Dios; pero no lo hace de forma general, sino poniendo todo su ser en sus palabras: él es “su” Señor, él es “su” Dios. Después de esa profesión de fe de Tomás Jesucristo proclama esa bienaventuranza para nosotros: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Esa es nuestra condición: hemos creído en el Señor Jesús aún sin haber visto, y damos gloria en este domingo de Pascua a la misericordia que con nosotros ha tenido de hacernos amigos y discípulos suyos. ¡Dichosos nosotros! ¡Dichoso tú si Cristo es tu Señor y tu Dios!
¡Sí! ¡Dichosos nosotros! Que por nuestra fe hemos nacido de Dios y estamos llamados a vivir una vida nueva y santa, tal como hemos escuchado en la segunda lectura. Vida nueva y santidad que el apóstol Juan resume en el amor a Dios y en el amor a los hermanos. ¡Dichosos nosotros! porque ese amor nos permite vivir unidos al crucificado-resucitado vencedor, y con él vencemos también nosotros. En palabras de Juan: “Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Éste es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo.” Esta verdad, queridos hermanos y hermanas, se hace palpable cuando vivimos en plenitud los valores del evangelio, como hombres nuevos y renovados. La experiencia del gozo que produce la libertad y el señorío del cristiano que vive unido al Señor y vence y se vence en todo es indescriptible. Así también nosotros, por nuestra conversión, por nuestra vida nueva y plena, vivimos nuestra propia pascua, por el bautismo, por la fe y por el amor que alimentamos en la eucaristía. ¡Sí! ¡Dichosos nosotros si nuestra vida es así!
Esa misma dicha la vivieron los primeros cristianos de una forma excepcional convirtiéndose para nosotros en modelo de vida cristiana tal como hemos escuchado en la primera lectura. Podríamos decir que aquellos cristianos vivían animados por la fuerza del Espíritu de Cristo Resucitado y así en varios sumarios de la vida de aquella comunidad en el libro de los Hechos de los Apóstoles se nos describe la grandeza, la belleza y la dicha de esa vida nueva cristiana. Permitidme repetir esa lectura que no tiene desperdicio: “En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y Dios los miraba a todos con mucho agrado. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno.”
La lectura habla por sí sola. Permitidme destacar dos cosas solamente: el valor con el que testimonian la resurrección del Señor los apóstoles y la caridad en el seno de la comunidad. Hoy por hoy ambas cosas se hacen realmente necesarias en nuestra comunidad: la valentía y la fuerza que necesitamos para evangelizar y el testimonio de la caridad en estos tiempos difíciles. En ambas tenemos una clave para transmitir la alegría del evangelio a las generaciones futuras en nuestro pueblo. No tengamos miedo. En nuestras manos y en nuestros corazones tenemos un verdadero tesoro que transformará nuestro mundo siempre a mejor, como ya lo hizo siempre a lo largo de la historia. ¡Dichosos nosotros que hemos recibido tanto de nuestro Señor Resucitado y Glorioso!