Con la próxima celebración de la Semana Santa nuestras Iglesias, nuestras calles y nuestras plazas se convierten en un auténtico expositor de arte, de imágenes y enseres, fruto de la piedad y del buen hacer que desde siglos ha caracterizado al pueblo andaluz a la hora de expresar de forma popular su fe.
La Iglesia Católica, lejos de renegar de esta forma de expresión de la fe, la ha promovido a lo largo de la historia, y aún en medio de malentendidos y de problemas lógicos en cualquier institución humana, ha promocionado este patrimonio histórico y cultural que hoy es orgullo de todos.
Las motivaciones de la Iglesia para esto se fundamentan no solo en su estima por la religiosidad popular, sino también en su teología acerca del arte y de la cultura. Porque como bien dice Juan Pablo II, “para transmitir el mensaje que Cristo le ha confiado, la Iglesia tiene necesidad del arte. En efecto, debe hacer perceptible, más aún, fascinante en lo posible, el mundo del espíritu, de lo invisible, de Dios. Debe por tanto acuñar en fórmulas significativas lo que en sí mismo es inefable. Ahora bien, el arte posee esa capacidad peculiar de reflejar uno u otro aspecto del mensaje, traduciéndolo en colores, formas o sonidos que ayudan a la intuición de quien contempla o escucha. Todo esto, sin privar al mensaje mismo de su valor trascendente y de su halo de misterio.” (Juan Pablo II, Carta a los artistas, 1999, n. 12).
Con estas palabras S.S. Juan Pablo II expresa la necesidad que tiene la Iglesia de plasmar de algún modo la fe mediante las distintas manifestaciones del arte. Efectivamente, como el mismo Papa dice, “a Dios nadie lo ha visto” (cf Jn 1,18), es inefable y absolutamente trascendente, está más allá de lo que nuestros sentidos pueden percibir de una forma sensible y directa. Pero nosotros necesitamos manifestaciones sensibles, accesibles a nuestros sentidos, del misterio de Dios.
Las distintas manifestaciones del arte religioso (arquitectura, pintura, escultura, orfebrería, música, literatura, artes plásticas, etc., etc.) intentan hacernos accesible de algún modo el misterio trascendente de Dios. Esto ha ocurrido así a lo largo de toda la historia de la humanidad, desde las pinturas rupestres hasta nuestros días.
Incluso las religiones que prohíben las imágenes, por tener un concepto absolutamente trascendente de Dios, como el judaísmo o el Islam, han desarrollado formas de arte religioso. No nos queda más que concluir que arte y religión están mutuamente implicados.
La Iglesia ciertamente necesita del arte, como nos recuerda Juan Pablo II, pero también el arte necesita de la Iglesia. Esta afirmación puede parecer demasiado atrevida, pero cogida en sus justos términos, es cierta. Como el mismo Papa recuerda en su carta a los artistas “El artista busca siempre el sentido recóndito de las cosas y su ansia es conseguir expresar el mundo de lo inefable. ¿Cómo ignorar, pues, la gran inspiración que le puede venir de esa especie de patria del alma que es la religión? ¿No es acaso en el ámbito religioso donde se plantean las más importantes preguntas personales y se buscan las respuestas existenciales definitivas? De hecho, los temas religiosos son de los más tratados por los artistas de todas las épocas” (CA 13).
De esa mutua implicación y necesidad entre arte y religión ha surgido un humanismo que ha dado su impronta y su sello a toda la cultura occidental. No podríamos entender nuestra civilización sin la religión cristiana. En la actualidad, cuando desde las altas instancias se intenta marginar el hecho religioso en todos los ámbitos públicos, especialmente en la escuela, habría que recordar con fuerza esta realidad, y las nefastas consecuencias que derivarían del desconocimiento de la raíz cristiana de nuestra cultura.
Podríamos decir, incluso, que estudiar la historia de la humanidad es estudiar la historia del arte religioso, puesto que en éste no solo se expresa una fe, sino la esencia del alma y de la cultura del artista. En verdad se puede decir que la historia del arte es la historia de los hombres.
Continuará…
Abril 1, 2009 at 8:16 pm
Desde el principio podemos decir que religión y arte han estado muy unidas, es mas se podría decir que han ido juntas de la mano, prueba de ello es que en los orígenes del cristianismo el arte estaba muy cargado de simbología cristiana tales como la paloma, el ciervo, el pavo real… aparte de estos símbolos tenemos otros símbolos o signos como puede ser el Crismón, monograma formado por las dos primeras letras griegas del nombre de Cristo, XR junto a la letra alfa y omega… en la iconografía nos podemos encontrar imágenes tales como la del Moscoforo transformado en el Buen Pastor.
Decimos esto porque a través de la pintura, de la escultura, o de la arquitectura, se ha sabido transmitir y dar esa catequesis al pueblo a la gente. No solo en el arte cristiano sino en cualquier tipo de religión.
Podemos observar como los artistas han querido buscar en cierto modo la perfección, y la perfección no es otra cosa que el hecho de poder transmitir al corazón humano un sentimiento de amor, compasión o de pena.
Ejemplo de este sentimiento del que intentamos hablar no lo encontramos aquí en nuestra tierra en varias de las leyendas que rodean las imágenes de nuestra cofradías, una de ellas es la leyenda del Cachorro, la cual dice así: cuenta la leyenda que iba un escultor sevillano al cual se le había encargado realizar la obra de una imagen de Cristo en el momento de la Expiración y no teniendo claro el escultor ese momento, salio a dar un paseo por las calles sevillanas en ese mismo momento, Vivió en Triana un gitano, de los llamados castellanos nuevos, apodado “Cachorro”, quien atravesando cada día el puente de barcas, junto al castillo de San Jorge, llegaba a Sevilla.
Un payo residente en la ciudad vino a sospechar de este hombre, pensando que su visita no era por otro motivo que el de cometer adulterio con su propia esposa. Los celos llegaron a tales extremos que, cierto día, sabedor de la visita cierta del gitano a la venta Vela, lo esperó oculto. No hizo mas que llegar, ajeno a la suerte q iba a correr, mientras sacaba agua del pozo que junto a la referida venta existía, le fue asestada siete puñaladas que le ocasionaron la muerte. Se asegura que el escultor de la imagen del Cristo de la Expiración estuvo presente en el suceso y que tuvo oportunidad de presenciar la agonía del gitano Cachorro. Captó con la mirada el rostro de aquel moribundo en el instante de su muerte e hizo suya la expresión terrible que plasmó con toda naturalidad en la obra que en esos días estaba realizando. Cuenta la leyenda que tal fue la forma en la que plasmo el escultor el momento de expiración de este gitano que cuando salio la imagen a la calle por primera vez la gente que veía el paso exclamaba que ese cristo era gitano y que se llamaba Cachorro.
Otro ejemplo de esto que estamos hablando nos lo encontramos en nuestra preciosa Santa Iglesia Catedral de Jaén en los Ángeles que acompañan en su dolor a Maria Santísima de las Angustias la leyenda cuenta así: Cuentan, que una mañana del año 1667 llegó a Jaén un escultor acompañado de su esposa y dos hijos gemelos de muy corta edad. Se acomodaron en una modesta casa de la Magdalena, en la calle los Uribes, y desde que cerraron las puertas de la vivienda tras ellos, nunca se volvió a ver a la mujer ni a los niños salir a la calle.
Nuestro hombre llamado Antón, encontró pronto trabajo como escultor en las obras de la Catedral.
Todos los días muy temprano se dirigía a su trabajo y al anochecer regresaba a su vivienda, pero siempre lo hacía de forma solitaria evitando toda conversación y trato con nadie, hacía lo posible por apartarse de las calles principales deambulando por las más solitarias. Este raro comportamiento, hacía precisamente que la curiosidad de la gente aumentara en torno a su figura, sin embargo nadie, ni aún los compañeros de trabajo conseguían sonsacarle sobre su vida, familia ni origen. A pesar de sus rarezas, la demanda a su trabajo fue aumentando en la circunstancia de su gran habilidad y fina capacidad como artista tanto en la piedra como en la madera. Pronto fueron muchas las obras salidas de sus manos que quedaron expuestas en distintos templos de la ciudad y en casas de alta alcurnia.
No habrían pasado cuatro años de su arribada a Jaén cuando más admirado y reconocido era, desapareció con la familia sin dejar rastro alguno.
Contaron los vecinos, que la noche anterior a la desaparición, se oyeron fuerte gritos y vocerío de gentes en la casa, así como galopar de caballos y tropel de lucha. Hubo quien aseguró ver a Antón aquella noche corriendo como alma endiablada en dirección a la puerta de Martos, tras el rastro de una gran polvareda.
Lo cierto es que transcurrieron cerca de diez años hasta que un buen día Antón volviera a Jaén. Los que lo conocían quedaron extrañados al contemplar su figura y aspecto, ya que en esa década había experimentado una vejez muy considerable, máxime cuando con todo todavía era un hombre de edad joven, pues apenas contaría unos cuarenta años y, sin embargo, aparentaba los sesenta. Pese a todas las preguntas que le hicieron los pocos que con él hablaban nadie consiguió saber nada de lo ocurrido.
Llegó Antón hasta el convento de los Carmelitas Descalzos donde se conservaban varias obras suyas siendo por ello muy conocido de la comunidad. Allí puesto al habla con el padre superior, rogó asilo bajo aquellas venerables piedras, entrando en servicio como jardinero o cualquier otro trabajo en calidad de hermano lego. Pareció bien a todos la proposición, conociendo su discreto comportamiento y también, claro está, su gran predisposición para las artes, lo cual siempre sería una ventaja para el templo.
Mucho trabajo costó al superior lograr que Antón contara lo ocurrido tanto en su vida, como su anterior desaparición y destino último.
Resultó que nuestro protagonista fue hecho prisionero cuando prestaba servicio en un barco de guerra español y conducido a tierras africanas. Allí y dada su ínfima graduación como militar, estuvo prisionero cuatro años, siendo luego puesto en libertad dejándole que se quedara allí o que volviera a la patria. Por su carencia de medios económicos, hubo de faenar en todo lo que pudo para conseguir algún dinero y regresar a España. Estando precisamente trabajando en casa de un rico musulmán tuvo ocasión de conocer a la hija del mismo; de la que quedó enamorado perdidamente. Tuvo la suerte de que ella también le correspondiera con lo que las cosas pese a todo se complicaron bastante. Llegada la ocasión, con mil artilugios y peligros lograron huir juntos y trasladarse a la Península. Una vez aquí hicieron todo lo posible en adentrarse lo más que pudieron a fin de alejarse de la costa africana por temor a la venganza de su poderoso suegro. Primero se asentaron en Sevilla donde nacieron sus dos hijos gemelos, pero una vez ocurrido el alumbramiento tomaron aún más temor por los niños, decidiendo entonces llegarse hasta Jaén. A pesar de su mutismo para con todo el mundo por miedo de que llegaran noticias de ellos al padre de su esposa, ocurrió lo temido, y así una noche se presentaron en la casa seis hombres de a caballo armados, los cuales sin mediar palabra le arrebataron la esposa y sus dos hijos.
Lloraba el hombre amargamente al recordar los gritos y súplicas de sus seres tan amados diciendo no poder apartar de su mente la cara de terrible pena de los niños en el momento de la separación. Dijo que corrió tras ellos alocadamente pero de forma inútil, ya que en seguida desaparecieron de su vista. Caminó durante tres días sin rumbo ni sendas hasta quedar extenuado bajo un olivo. Alguien lo recogió y le llevó hasta su casería y allí permaneció varios días hasta que repuesto del cansancio, continuó camino a Almería donde vivió hasta entonces sin posibilidad de nada que le ayudara a rescatar las prendas de su corazón.
Muy acongojado quedó el padre superior al conocer tan penosa historia, por lo que le dio cien consejos y toda clase de ánimos para perseverar en la fe y esperanza en Dios. Pasaban los días y el bueno de Antón trabajaba en el convento tallando un precioso retablo para la Virgen de las Angustias que en aquella iglesia se veneraba. Mas en los ratos libres realizó unos angelitos llorosos que reflejaban en la cara un espantoso dolor. Aquellos preciosos rostros plenos de amargura, eran el vivo retrato de sus chiquillos en la noche que se los arrebataron.
Cuando los hubo contemplado el superior del convento, inmediatamente imaginó la fuente de inspiración de aquellas maravillas en madera policromada, por lo que le recriminó cariñosamente ya que consideraba que con aquello aumentaría su pena siempre que los mirara. De todos modos fueron colocados al pie de la imagen de Nuestra Señora llamando poderosamente la atención de todos cuantos los veían.
Una vez terminado el retablo, no habrían pasado dos días de la bendición, cuando nuestro protagonista desapareció de una vez y para siempre; sólo dejó una nota sobre su cama dirigida al buen fraile, en la que explicaba su decisión de marcharse de allí y de Jaén, pues no podía soportar por más tiempo la contemplación de aquellas dos figuras que le recordaban a sus hijos en tan trágicos momentos.
¿A quien no conmueve ver estos niños llorar desconsoladamente mientras nos muestran el cuerpo sin vida de Nuestro Señor y a una Madre desconsolada por el dolor?
El arte es quizás la forma más bella de transmitir sentimientos y eso lo ha sabido la iglesia desde siempre, desde el Pantocrator en el que se nos muestra a Cristo como un juez hasta las vírgenes góticas en las que existe el sentimiento de amor y de humanidad.
Dicen que en el arte existen dos tipos de bellezas, la idealizada y la humana, la realista.