Abril 2009


- Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

- Que por tu santa Pascua has redimido al mundo

 

Del Evangelio según san Juan (21,15-19)

“Cuando terminaron de almorzar, dice Jesús a Simón Pedro:

- Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?

Le responde

- Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Le dice.

- Apacienta mis corderos.

Le pregunta por segunda vez:

-Simón de Juan, ¿me amas?

Le responde

- Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Le dice:

- Apacienta mis ovejas.

Por tercera vez le pregunta

- Simón de Juan, ¿me quieres?

Pedro se entristeció de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le dijo:

- Señor, tú lo sabes todo, tú lo sabes que te quiero.

 Le dice:

- Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro, cuando eras mozo, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; cuando envejezcas, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieres. Lo decía indicando con qué muerte había de glorificar a Dios.

Dicho esto, añadió:

- Sígueme”

 

Meditación

“¿Me quieres? ¿Me amas?” Son tus preguntas a Pedro. Y es que el amor termina curando las heridas de las negaciones y del pecado. Tú ya habías puesto a Padre como Piedra sobre la que edificarías tu Iglesia. Ahora, además, le confieres la tarea de confirmar en la fe a todos los hermanos. Hermosa tarea la de Pedro… ¡y dura! ¡muy dura!. Porque mira, Señor, que a veces no somos duros de cerviz también los cristianos. Hace unos días leía la carta de Benedicto XVI a los obispos, donde el papa se expresa con total sinceridad y humildad, mostrando la grandeza del amor, del perdón y de la misericordia: la grandeza de su corazón de pastor y padre de toda la comunidad. ¡Gracias, Señor, por darnos pastores como Pedro o Benedicto! ¡Hombres, que en su humanidad, muestran el camino de tu gloria! ¡Porque están para glorificar a Dios!

Y a nosotros, los demás cristianos, enséñanos la misma lección: que por el amor somos corresponsables unos de otros: hermanos de todos.

 

¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado! – ¡Con su cruz a todos ha salvado!

Padre nuestro…

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo…

- Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

- Que por tu santa Pascua has redimido al mundo

 

Del Evangelio según san Juan (21,1-6)

 

“Después se apareció de nuevo Jesús a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se apareció así: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás (llamado el Mellizo), Natanael de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos.

Les dice Simón Pedro:

- Voy a pescar

Le respondieron:

-Vamos contigo. Salieron, pues, y montaron en la barca; pero aquella noche no pescaron nada. Ya de mañana estaba Jesús en la playa; pero los discípulos no reconocieron que era Jesús.

Les dice Jesús:

- Muchachos, ¿tenéis algo de comer? Contestaron:

- No.

Les dijo:

-Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.

La echaron y no podían arrastrarla por la abundancia de peces.

El discípulo predilecto de Jesús dice a Pedro:

-Es el Señor”

 

Meditación

Encantadora escena del evangelio. Los discípulos ya sabían de tu Resurrección y de tu Gloria. Ya están pescando de nuevo. Pedro toma la iniciativa y los demás le siguen, pero no recogen nada. Una pesca sin recompensa. Nosotros, Señor, también pescamos a veces sin recompensa. A veces nuestra tarea se vuelve difícil y complicada, y peor aún, triste por ineficaz.

Sí, Señor, tenemos iniciativas, pero nos falta tu presencia. Pero cuando tú llegas, todo cambia: tú nos animas de nuevo. Ahora tampoco te reconocen, pero te sirven, aun sin saber que eres tú. Ahora, -contigo-, la pesca será milagrosa y así nos enseñas como lanzarnos siempre a la tarea, con fuerza, con iniciativa, con alegría y, -sobre todo-, contigo, nunca sin ti; por ti, nunca por nosotros. A tu nombre da la gloria.

“¡Es el Señor!” dice el discípulo amado. Él te ha reconocido ahora en ese desconocido que manda pescar de nuevo, que anima en la tarea, que acompaña y que sirve. Eres tú, Señor, en nuestros hermanos.

 

¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado! – ¡Con su cruz a todos ha salvado!

Padre nuestro…

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo…

- Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

- Que por tu santa Pascua has redimido al mundo

 

Del Evangelio según san Juan (20,24-29)

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

—«Hemos visto al Señor.»

Pero él les contestó: — «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: —«Paz a vosotros.» Luego dijo a Tomás: — «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»

Contestó Tomás: —«¡Señor mío y Dios mío!»

Jesús le dijo: —«¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»

 

Meditación

Tomás no estaba el primer domingo. Faltaba de la comunidad, como tantos y tantos otros hoy. No cree en tu resurrección; tampoco da crédito a sus hermanos. Esa es la tremenda tristeza de tantos hermanos nuestros que no dan crédito a la predicación de tu Palabra en la Iglesia. Tomás necesita ver y tocar. También hoy muchos hermanos nuestros necesitan verte y tocarte. Sólo lo harán a través de los creyentes.

Tomás si estaba el segundo domingo y tendrá experiencia de tu presencia, de tu victoria y de tu gloria. Oh, Señor, muéstrate a todos los que de un modo u otro vengan en cualquier domingo. Haz trasparente tu presencia en nuestras comunidades. Haz que te confesemos como nuestro Dios y Señor. Haznos dichosos en la fe, fuertes en la esperanza e incansables en la caridad.

¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado! – ¡Con su cruz a todos ha salvado!

Padre nuestro…

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo…

           1. Seguimos celebrando la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Por eso las oraciones de la Misa nos hablan de gozo y alegría: del gozo y la alegría de haber recobrado en Cristo la condición de hijos de Dios y de saber con la certeza de la fe que nuestro verdadero destino está unido al de Cristo, que ha vencido la muerte y ha resucitado “como primicia de todos los que duermen“. Es el gozo y la alegría que nacen de la esperanza.

           Las lecturas de la Escritura que hemos proclamado también nos hablan de ello. San Pedro, después de curar al lisiado, quiere dejar bien claro que no ha realizado el milagro por su propio poder, sino por el poder de Dios “que ha glorificado a su siervo Jesús” resucitándolo de entre los muertos; Pedro es sólo su testigo: por eso una y otra vez, y siempre, a lo largo de su vida solamente querrá ser un digno testigo del resucitado cuya misión será proclamar a los hombres el amor de Dios que en Cristo nos ha abierto a todos las puertas de la vida verdadera. Y en nombre de Cristo pedirá a todos “arrepentimiento y conversión” para que, acogiendo en nuestro corazón a Cristo Jesús, vivamos por ahora como él nos enseñó.

           Y San Juan en su Carta nos recuerda que el conocimiento de Cristo consiste precisamente en esto: en vivir como él nos enseñó, en vivir como él vivió; es decir, en cumplir en nuestra vida su palabra, sus mandamientos: “En esto sabemos que le conocemos, en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él“.

           2. El Evangelio de San Lucas nos narra la aparición del Señor cuando los discípulos de Emaús estaban todavía contando, llenos de alegría, “lo que les había acontecido en el camino y cómo reconocieron a Jesús en el partir el pan“.

           Mientras hablaban -continúa el Evangelio- se presentó Jesús en medio de sus discípulos y les dijo: Paz a vosotros“.

           Los discípulos se alarman, están llenos de miedo, creen ver un fantasma, aún albergan dudas en su interior. En el fondo, y a pesar de las noticias que les llegan, a pesar de lo que les acaban de contar los dos discípulos de Emaús, no se lo acaban de creer. ¿Cómo puede estar vivo aquel a quien han visto morir en la cruz y al que luego han dado sepultura? Además, siguen sin comprender la muerte de Jesús; siguen pensando, aunque no se atreven a decirlo, que ese final en la cruz pone de manifiesto que Jesús no es el Mesías, pues si lo fuera, Dios no hubiera permitido semejante muerte y fracaso.

           Por ello el Señor, en primer lugar, tiene que convencerles de que es él, el mismo que murió en la cruz, el que ahora está vivo en medio de ellos. Les dice: “Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y hueso, como veis que yo tengo“. E incluso les pide de comer, como una muestra más de que realmente ha resucitado.

           Y, en segundo lugar, les abre la inteligencia para que comprendan las Escrituras y lo que éstas decían acerca de él: “Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse. Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos“.

           Cristo resucitado les abre la inteligencia para que comprendan el significado de su vida, muerte y resurrección como el misterio del amor redentor de Dios hacia los hombres; la cruz ya no aparece entonces como un escándalo ni como una necedad, sino como la sabiduría de Dios, como expresión del amor incondicional de Dios, quien, para salvar a los hombres, asume su condición, incluyendo el dolor y la muerte, para redimirla y trasfigurarla. Dios nos enseña así, y al mismo tiempo lo realiza, que el único camino para restablecer la condición humana en su dignidad originaria, el único camino para salvarla, es el amor, la misericordia, la generosidad, la entrega de uno mismo. Nos enseña que el poder, la fuerza y el dominio no son precisamente caminos de vida.

           3. También nosotros, como los discípulos de entonces, tenemos a veces dudas en nuestro interior: ¿Ha resucitado realmente el Señor? ¿Tiene nuestra fe un fundamento sólido? ¿Es vacía nuestra esperanza de que un día resucitaremos con Cristo? Y seguramente no tendremos el privilegio de que el Señor se nos muestre y podamos ver y tocar, como hicieron algunos de los primeros discípulos. Nosotros hemos de creer sin ver; hemos de creer apoyándonos en el testimonio de aquellos que lo vieron y luego lo proclamaron a todos los pueblos. Y es por eso a nosotros a quien se dirige la bienaventuranza del Señor que escuchamos el domingo pasado: “Dichosos los que creen sin haber visto“.

           Igual que aquellos discípulos también nosotros debemos pasar del miedo a la alegría. Más aún en estos tiempos de crisis total que nos han tocado vivir. De ahí la necesidad de orar: Hemos de orar para pedir al Señor la fe; para pedirle que los ojos de nuestro espíritu, iluminados por su gracia, suplan el defecto de los ojos de la carne. Orar al Señor para pedirle que la adhesión que dimos a su Palabra y a las palabras de aquellos que nos trasmitieron la fe sea cada vez más firme y sólida. Y hemos de orar también para que el Señor nos abra la inteligencia y así, comprendiendo el significado de la vida y muerte de Jesús, podamos seguir sus pasos y amarnos unos a otros como él nos amó. Orar para que comprendamos que el amor es el camino mejor, y que ese camino es el mismo Cristo. Y finalmente, orar y ponernos a la obra del amor, hoy de una forma muy especial, con los más de cuatro millones de parados que ya hay en nuestra España. Que Cristo resucitado aliente en nosotros esa fe, ese amor y esa esperanza.

anyo-jubilar-virgen-cabeza

Desde las faldas de la Peña de Martos
a las faldas de Sierra Morena en Andújar,
y desde ahí al cielo,
llegue mi oración a ti,
Madre de la Cabeza.

Esta tarde tus hijos queridos procesionarán tu imagen
y celebrarán la Eucaristía
con la que comienza este Año Jubilar
que el buen papa Benedicto XVI
ha concedido a nuestra Diócesis
con motivo del centenario de tu Coronación Canónica
y del cincuentenario de tu patronazgo
sobre las tierras, las sierras y los olivares del Santo Reino.

Yo no estaré, Madre, físicamente,
pero en mi pecho luciré tu medalla
y en mi corazón te pondré un altar.
Tu mirada hoy estará en las gentes que se reúnan en torno a tu imagen,
pero sé que no dejarás de mirar a aquellos que,
-en distintos lugares-,
recordamos tu amor y tu ternura.
Ahora vienen a mi memoria
cuántos trabajos y cuántas luchas
a las orillas del Guadalquivir.

Madre de la Cabeza,
madre de Cristo y de la Iglesia,
reina del cielo y de las almas buenas,
acógenos bajo tu manto
y preséntanos a Jesús.

Mira esta tierra de Jaén,
a sus pueblos y a sus gentes
a los que gozan y a los que sufren.
Mira a mis feligreses de Martos…
Que nuestros olivares y nuestros corazones
sean tu verdadera corona;
que nuestra caridad y nuestro servicio sea tu manto de oro;
que nuestros hombros te porten en las dificultades
y que nuestros labios te alaben con vivas jubilosos y auténticos;
que nuestros ojos se fijen en tu carita morena
para que veamos reflejados en tu mirada
la dignidad de todos los hombres y mujeres.

Madre de la Cabeza,
madre de los no nacidos,
madre de los niños y adolescentes,
madre de los jóvenes y mayores,
madre de los parados y los trabajadores,
madre de los sanos y de los enfermos,
madre y consuelo de las mujeres maltratadas,
madre y refugio de los pecadores,
madre y fortaleza de las buenas gentes,
madre de los laicos y de los sacerdotes
madre y sabiduría de quienes buscan la verdad y la justicia…

A ti, Madre, mi oración en este día de alegría y añoranza,
en este tiempo extraño,
en el que te pido… vida y fortaleza.

¡VIVA LA VIRGEN DE LA CABEZA!

- Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

- Que por tu santa Pascua has redimido al mundo

 

Del Evangelio según san Juan (20,22-23)

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

—«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

 

Meditación

Cuando creaste al ser humano del barro de la tierra insuflaste en él un aliento de vida (cf. Gén 2,7). Era tu mismo espíritu, tu ruah, por el que continuamente somos atraídos hacia ti. Ahora, en la nueva creación -que se inaugura con tu resurrección- vuelves a darnos, y ya en plenitud, tu Espíritu Santo, tu aliento de vida nueva, que aporta el perdón de los pecados, y por tanto, el acceso al Padre. Esa es la verdadera salvación: participar de la vida nueva en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. ¡Qué don tan grande! Tú, Jesucristo, y tu Santo Espíritu sois el mayor regalo de Dios. Haz que nos abramos a tu gracia, para que siempre gocemos de tu vida y en ningún caso se nos retengan los pecados por dejadez o rechazo de tus mandamientos. Ven de nuevo a nosotros y sopla sobre nosotros tu Espíritu, tu paz, tu perdón… tu amor. ¡Tú, nuestro Señor resucitado!

¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado! – ¡Con su cruz a todos ha salvado!

Padre nuestro…

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo…

- Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

- Que por tu santa Pascua has redimido al mundo

 

Del Evangelio según san Juan (20,19-21)

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

— «Paz a vosotros.»

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

— «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»

 

Meditación

 

Los discípulos tenían miedo. Tú ya les habías dicho que no eran los  discípulos más que el Maestro, y les preveniste ante la persecución en muchas ocasiones. Tenían miedo, estaban paralizados, con las puertas cerradas para que nadie extraño entrase, ni pudiese salir nada de aquel lugar. El miedo sigue siendo una de las armas más fuertes de los poderosos para que nada cambie y todo siga igual. ¡Qué cómodos para nuestro mundo los cristianos que tienen miedo! Pero tú entras: rompes los límites y las fronteras. Te haces presente y les sorprendes a todos. Tu saludo es la Paz. nos la diste por el sacrificio de tu cruz (cf. Ef 2,16). Tú eres el príncipe de la paz y llamas dichosos a aquellos que la construyen (cf. Mt 5,9). Danos tu paz, la verdadera, la del corazón y la que construye la fraternidad entre los hombres y los pueblos. Los discípulos se llenan de tu paz y de la alegría. ¡Qué dones tan preciosos, Señor, que el mundo no puede dar!.

Los discípulos están atónitos: ¡¿cómo puede ser!? Y sin embargo es verdad: ¡eres tú! El mismo que caminaste con ellos por Palestina, el mismo que les hablaba de lo mejor y más importante y bello. Las señales de tus manos y tu costado lo demuestran. ¡Has resucitado, estás vivo¡, pero aun en la indescriptible belleza de tu cuerpo glorioso aún guardas las señales de tu pasión. ¡Gloria a ti, Señor! Contigo todo cambia: del miedo pasamos a ser tus enviados, de la oscuridad a la luz, del temor a la libertad y a la fuerza. Y ahora contigo vivo y en sus corazones, y sin miedo, son realmente apóstoles, enviados.

 

¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado! – ¡Con su cruz a todos ha salvado!

Padre nuestro…

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo…

A estas horas de la noche estoy tumbado en la cama entre almohadones que sujetan mi cuerpo. Una faja me oprime todo el vientre sujetando la zona lumbar, abajo una manta eléctrica a la que acabo de rebajar la potencia porque ya me arde todo el cuerpo y estaba sudando. Las piernas encogidas y apoyadas en más almohadones. Sobre las mismas una manta que soporta el ordenador portátil, ligeramente inclinado para poder ver la pantalla y escribir lo que estáis leyendo. Todo esto viene por un mandato médico de guardar unos días de reposo absoluto para paliar los fuertes dolores que me han provocado mis dos pequeñas hernias discales en la L-5 y en la S-1, que desde el martes me están fastidiando un poquito.

Gracias a Dios, ya hoy me encuentro bastante mejor, ya hasta ando derecho en el ratito que me he levantado, y no creo que falte a mis compromisos y trabajos este fin de semana: varios bautizos, misas y dos pequeñas charlas a unos grupos de matrimonios en Jaén y Sabiote. Así me he pasado la semana de Pascua.

Pero no tengo nada más que motivos de darle gracias a Dios: por mis dolores, por mi vulnerabilidad y, sobre todo, por mi familia y mi comunidad. A veces uno se cree imprescindible y considera que si no está presente en todo las cosas no saldrán adelante. Y no es así. Gracias a Dios, el Señor de vez en cuando nos llama la atención para que aprendamos un poco de humildad y sencillez y recordemos que él actúa más allá de nuestros empeños.

¡Es verdad! Mi familia y mi Comunidad. El miércoles, nada más llamar a mi madre por teléfono se presentaron al poco tiempo para asistirme. Mis padres y mi hermana han dispuesto toda la casa. Me asean, me colocan las sábanas, las mantas y toda la parafernalia esta, me visten porque con mis brazos no llego a los pies, y hasta en una ocasión me han dado de comer en la misma cama. Reconozco que soy un mal enfermo: a veces no me gusta molestar e intento hacer las cosas yo solo aun sin poder, y otras me aprovecho de la situación para darme unas pequeñas licencias. Pero ¡qué bien lo están haciendo mis padres!

¡Mi comunidad! ¡Qué grande! Nada más llamar a mis hermanos sacerdotes y a Antonio y Manolo ellos lo dispusieron todo: D. Francisco celebró el entierro del miércoles por la mañana, D. José la Misa de la tarde, y eso con su pierna mala, y porque D. Francisco Pérez le sustituía a él en San Juan de Dios; el jueves fue el revés; y hoy viernes D. Francisco de nuevo la misa de la tarde. El fin de semana está previsto, que si me encuentro mejor, D. Pedro Martos diga las misas de la tarde, y yo me encargaré del resto -Dios mediante-. Los PP. Franciscanos interesándose por mi estado y prestándose en los que sea necesario ¡Qué grande la fraternidad cuando es real y efectiva!

Pero a quien de veras debo darle las gracias es a los seglares, y son muchos: están en todo, no falta un detalle. Carlos y Maricarmen llevándome al médico y preocupándose continuamente de mí; mis abuelas de Vida Ascendente rezando por mi recuperación y a buen seguro que lo han conseguido; los de liturgia preparándolo todo para que no falte un detalle. Los de Cáritas con su trabajo y su testimonio habitual, tan necesario en estos tiempos de crisis. Los catequistas no tanto porque esta semana tenían todos vacaciones por Pascua (pero muchos –los que se han enterado- han llamado por teléfono e incluso alguno ha venido a visitarme). Y sobre todo Manolo, Antonio y María Jesús ocupándose de abrir y cerrar, atender las visitas, preparar las misas y celebraciones, la limpieza y el orden… ¡¡Dios os lo pague!!

Tengo una enorme satisfacción y alegría,-¡bien lo sabe Dios!-, por todos vosotros, porque realmente sois el alma de la parroquia, y en las duras y en las maduras estáis ahí y sois un auténtico canal por donde pasa la gracia de Dios para vosotros y para toda la comunidad. Estos días se cumplía en La Asunción lo que escucharemos en la primera lectura de este domingo de pascua. Sé que no se ha notado mi ausencia estos días y esa es la mejor noticia para la parroquia.

Yo por mi parte he aprovechado para descansar, rezar, leer un poco, ver la tele, empezar el vía lucis de este año… Gracias a Dios no me he aburrido en absoluto, y hasta puedo decir que a pesar de los dolores han sido unos días bellos, en los que he gozado de una forma muy especial de la presencia del Señor Resucitado a mi lado y en mi Parroquia. Eso es lo más grande. ¡Gracias! ¡Os quiero!

Este es el día en que actuó el Señor. Sea nuestra alegría y nuestro gozo. Efectivamente, hermanos, celebramos la octava de la Pascua de la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo; desde hace unos años, además, en esta jornada el querido Juan Pablo II instituyó la Solemnidad de la Divina Misericordia, para hacernos caer en la cuenta de la grandeza y de la belleza de los santos misterios que conmemoramos.

En el evangelio hemos escuchado el relato de la primera de las apariciones del Resucitado a sus discípulos en el atardecer del domingo de resurrección. Estaban reunidos todos, excepto Tomás, en un mismo lugar con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Frente al miedo, el resucitado saluda con la paz y su fruto es la alegría en el corazón de los discípulos y el don del Espíritu Santo. Desde ese momento el Resucitado prolongará su acción en el mundo a través de aquellos discípulos que son “enviados”.

Nosotros mismos nos podemos ver reflejados en el evangelio gracias a esa bienaventuranza del Señor al final del relato evangélico en la que recrimina a Tomás su falta de fe: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Tomás no estuvo presente aquel domingo, perdiéndose la alegría de la experiencia pascual. A su vuelta no quiere dar crédito a los hermanos y pide pruebas irrefutables: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”. Ver y tocar es lo que pide Tomás. Jesús tuvo el detalle con aquel que había sido discípulo de concederle esa gracia, pero no por ello deja de reprocharle su falta de fe en los hermanos. Tomás, sorprendido y emocionado, proclamará un dato fundamental de la fe en Cristo Resucitado: él es el Señor, el es Dios; pero no lo hace de forma general, sino poniendo todo su ser en sus palabras: él es “su” Señor, él es “su” Dios. Después de esa profesión de fe de Tomás Jesucristo proclama esa bienaventuranza para nosotros: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Esa es nuestra condición: hemos creído en el Señor Jesús aún sin haber visto, y damos gloria en este domingo de Pascua a la misericordia que con nosotros ha tenido de hacernos amigos y discípulos suyos. ¡Dichosos nosotros! ¡Dichoso tú si Cristo es tu Señor y tu Dios!

¡Sí! ¡Dichosos nosotros! Que por nuestra fe hemos nacido de Dios y estamos llamados a vivir una vida nueva y santa, tal como hemos escuchado en la segunda lectura. Vida nueva y santidad  que el apóstol Juan resume en el amor a Dios y en el amor a los hermanos. ¡Dichosos nosotros! porque ese amor nos permite vivir unidos al crucificado-resucitado vencedor, y con él vencemos también nosotros. En palabras de Juan: “Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Éste es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo.” Esta verdad, queridos hermanos y hermanas, se hace palpable cuando vivimos en plenitud los valores del evangelio, como hombres nuevos y renovados. La experiencia del gozo que produce la libertad y el señorío del cristiano que vive unido al Señor y vence y se vence en todo es indescriptible. Así también nosotros, por nuestra conversión, por nuestra vida nueva y plena, vivimos nuestra propia pascua, por el bautismo, por la fe y por el amor que alimentamos en la eucaristía. ¡Sí! ¡Dichosos nosotros si nuestra vida es así!

Esa misma dicha la vivieron los primeros cristianos de una forma excepcional convirtiéndose para nosotros en modelo de vida cristiana tal como hemos escuchado en la primera lectura. Podríamos decir que aquellos cristianos vivían animados por la fuerza del Espíritu de Cristo Resucitado y así en varios sumarios de la vida de aquella comunidad en el libro de los Hechos de los Apóstoles se nos describe la grandeza, la belleza y la dicha de esa vida nueva cristiana. Permitidme repetir esa lectura que no tiene desperdicio: “En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y Dios los miraba a todos con mucho agrado. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno.

La lectura habla por sí sola. Permitidme destacar dos cosas solamente: el valor con el que testimonian la resurrección del Señor los apóstoles y la caridad en el seno de la comunidad. Hoy por hoy ambas cosas se hacen realmente necesarias en nuestra comunidad: la valentía y la fuerza que necesitamos para evangelizar y el testimonio de la caridad en estos tiempos difíciles. En ambas tenemos una clave para transmitir la alegría del evangelio a las generaciones futuras en nuestro pueblo. No tengamos miedo. En nuestras manos y en nuestros corazones tenemos un verdadero tesoro que transformará nuestro mundo siempre a mejor, como ya lo hizo siempre a lo largo de la historia. ¡Dichosos nosotros que hemos recibido tanto de nuestro Señor Resucitado y Glorioso!

- Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos

- Que por tu santa Pascua has redimido al mundo

 

Del Evangelio según san Lucas (24,30-35)

“Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero Él desapareció.

Ellos comentaron: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?. Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: -«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.» Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.”

 

Comentario

Es el culmen de aquel encuentro con los de Emaús. Han caminado contigo, les has caldeado el corazón con tu palabra, te han invitado a su casa, y ahora cenas con ellos, antes eras un peregrino más para ellos; ahora, -al partir el pan- descubren tu presencia viva. ¡Es nuestra eucaristía! Cada vez que celebro la misa, en el momento de la consagración, cuando te elevo, cuando parto el pan para repartirlo a mis hermanos y hermanas, siento como te acaricio con mis manos. A veces mi corazón está lejos de ti, pero mis manos te tocan, te acarician… A veces tu presencia me quema en los dedos, pero en otras ocasiones no tengo mejor forma de decirte, con mis manos y con mis ojos, que te amo. ¡Es verdad! Has resucitado. ¡Estas vivo!. Para mí, sacerdote, es indescriptible esa sensación. Me encanta, Señor, cuando doy de comulgar a mis hermanos y veo en ese momento en sus ojos todo su amor y su fe puesta en tu real presencia. Me duele cuando no transmito esa fe o cuando no la veo en ese momento culmen. Señor, que cada eucaristía sea una caricia tuya a nuestros espíritus como lo fue para los de Emaús; que cada eucaristía sea una respuesta de amor por nuestra parte a tanta generosidad y misericordia por parte tuya.

 

¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado! – ¡Con su cruz a todos ha salvado!

Padre nuestro…

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo…

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