Estamos ya, queridos hermanos en el quinto domingo de la cuaresma. Nos disponemos a celebrar en breve los misterios fundamentales de nuestra fe: la pasión, la muerte y la resurrección de Jesús: la fiesta de todas las fiestas. La importancia de estas celebraciones radica en que celebraremos la hora de Jesús, la alianza nueva y plena de Dios con nosotros.

1. Hemos escuchado en el Evangelio: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre”. En el evangelio de san Juan la hora tiene una importancia enorme. Hace referencia al momento culmen de la vida y de la misión de Jesús entre nosotros. Durante toda su vida Jesús ha ido preparando y anunciando esa hora, refiriéndose a su muerte y resurrección. Él había sido enviado al mundo para nuestra salvación a través de su sacrificio redentor. Pues bien, por fin esa hora ha llegado. Él lo sabe y lo afronta.

En este evangelio podemos descubrir los sentimientos de Jesús ante su Pasión y Muerte. Como cualquier hombre siente miedo y pavor. Le gustaría no tener que pasar por ese trago amargo y así lo pidió en el huerto de los olivos. En este evangelio ese pavor queda muy difuminado: “Padre, líbrame de esta hora”. En la segunda lectura tomada de la carta a los Hebreos se nos dice que Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado. Sí, hermanos, Cristo sintió miedo y angustia; y precisamente por eso entiende nuestros miedos y nuestras angustias. A él nos podemos acoger confiadamente en nuestras cruces de cada día. Quizás no nos libre de las mismas, pero -cogidos de su mano- podremos pasar por cañadas oscuras sin temer nada, porque él va con nosotros: su vara y su cayado nos sosiegan (cf. Sal 23).

Pero además de miedo, -y superándolo definitivamente-, Jesús tiene una alta conciencia de su misión y una fe profunda en que su sacrificio será eficaz para nuestra salvación. En el evangelio él pone la hermosa comparación del grano de trigo que cae en tierra y muere y que así dará mucho fruto. Después lo especificará con palabras que aún a nosotros se nos hacen duras: El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. Esa es la convicción y la fe del Señor ante su propia muerte. Por eso se entrega obediente.

Fruto de esa entrega generosa será la glorificación de Dios y su propia glorificación como Hijo. El evangelio, con esta inmersión en la mente y en la psicología de Jesús nos da una alta lección acerca del amor de Jesús y de su fortaleza interior, animado en una fe inquebrantable. Ojalá nosotros supiésemos afrontar nuestras cruces con el mismo tesón y la misma fe, sabiendo que Dios siempre sacará algo bueno de nuestra obediencia.

2. Para nosotros, la hora de la pasión y muerte de Jesús -que en breve recordaremos-, supondrá redención y salvación. Lo hemos escuchado en la segunda lectura: Jesús “llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna”. Así, -con su sangre-, ha establecido la alianza nueva y eterna de la que nos hablaba Jeremías en la primera lectura. Una alianza definitiva entre Dios y la humanidad, que ya nada podrá romper, una alianza sellada con su sangre, que precisamente porque es la sangre del Hijo, ya tiene un valor eterno. Nosotros participamos de esa alianza por el bautismo y por la eucaristía, los dos sacramentos que manaron del costado abierto de Cristo en la Cruz.

Pero toda Alianza debe ser un acto que comprometa a las dos partes. Por parte de Dios la nueva Alianza consiste en que, por la muerte y resurrección de Cristo, Dios nos ha dado el perdón de los pecados y la adopción filial –esa es la verdadera salvación-; por parte nuestra, lo que se nos exige es la fe y la renuncia al mal, metiendo esa ley nueva en nuestro pecho y en nuestro corazón, convirtiendo a Dios en nuestro Dios y a nosotros en su pueblo querido, como hemos escuchado en la primera lectura.

Celebramos la Eucaristía; aquí comulgamos de la sangre de la alianza nueva y eterna. Sintámonos atraídos en nuestras almas por la enorme belleza y el profundo significado del Misterio Pascual que vamos a celebrar y que las palabras del Señor al final del Evangelio sean realmente significativas para todos nosotros en estos días santos que se aproximan: “Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí”. Que así sea.