Celebramos hoy, 25 de marzo, una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, aunque, por el hecho de estar en medio del tiempo de Cuaresma y por no ser fiesta laboral, puede pasar desapercibida entre nosotros: la Anunciación del Señor, o lo que es lo mismo, la Encarnación del Hijo de Dios, depende del prisma con que se mire. Hoy ponemos nuestra mirada agradecida en uno de los centros de la elipse de nuestra fe (el otro es el Misterio Pascual): “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”:

Qué bellamente expresa san Juan en el prólogo de su primera carta el sentido que tiene para nosotros la Encarnación del Hijo de Dios que celebramos: “…la vida se hizo visible, nosotros la hemos visto, os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó”. En definitiva, la Encarnación es la manifestación del amor de Dios, de la vida, que se nos hace presente en medio de nosotros, para compartir nuestra propia vida, para que nosotros compartamos su vida. La Encarnación supone que nosotros podemos  experimentar tangiblemente al mismo Dios tal como es (lo que hemos oído, lo que hemos visto, lo que contemplamos y palparon nuestras manos…).

Precisamente por todas estas razones la Iglesia celebra ya desde hace varios años en este día la Jornada por la Vida. Este año tiene además una relevancia especial. Contemplamos la disponibilidad de la Virgen María al amor y a la vida a pesar de las muchas dificultades que se le presentaban. Con su nos enseña a nosotros a decir a la vida sin condiciones, con todo el corazón. Pidamos al Señor, que entendiendo la alegría de este mensaje todos nosotros nos convirtamos en apóstoles de la vida. Os invito a todos a que, siguiendo el ejemplo de muchas cofradías, mostremos en estos días nuestra adhesión a la vida portando en nuestras solapas el lazo blanco, y sobre todo orando para que el Señor cambie nuestro corazón y el de nuestros gobernantes a favor del gran regalo de la vida.

Oh Cristo, pan vivo bajado del cielo,

te adoramos y te glorificamos,

pues sabemos que, sin importar lo poderosa que sea la muerte,

podemos encontrar en Ti la fuente de vida eterna.

Escucha nuestra oración

y haznos apóstoles intrépidos del Evangelio de la Vida,

para construir, junto con todos los hombres de buena voluntad,

la civilización de la verdad y del amor,

para alabanza y gloria del Dios Creador

y amante de la vida.

Tú, que vives y reinas, por los siglos de los siglos.