Ya próximos a celebrar los misterios centrales de nuestra fe –la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo- los cristianos somos invitados este domingo a contemplar estos misterios santos desde la perspectiva del gran amor de nuestro Dios por todos y cada uno de nosotros. Las tres lecturas nos hablan de ese tema.
1. En la primera lectura y en el Salmo hemos recordado una serie de acontecimientos realmente trágicos en la historia de Judá en el s. VI a.C.: la infidelidad del pueblo y de los sacerdotes llegando a la desolación y la respuesta amorosa de Dios enviándoles en un primer momento a sus siervos los profetas –porque tenía compasión de su pueblo y de su morada-, dice la lectura, y tras la negativa del pueblo a la conversión y el desastre con la deportación de Babilonia, una segunda respuesta del amor de Dios que propicia un nuevo éxodo y la recuperación de la libertad. Aquella experiencia trágica de Babilonia sirvió al pueblo de lección para que cayeran en la cuenta de dónde estaba su verdadera identidad como personas y como nación. Esta lectura nos enseña a nosotros como nuestro alejamiento de Dios provoca por sí mismo la desolación en nuestras vidas y en nuestro pueblo, y como nuestro Dios, aún en medio de nuestra desolación nos sigue amando y responde con su misericordia a nuestra conversión.
2. El evangelio nos habla del mayor amor de nuestro Dios por nosotros y del gran regalo que por amor nos hace en su Hijo Jesucristo. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”. La voluntad de nuestro Dios es nuestra propia salvación. “Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Desde esa perspectiva del amor de Dios, Juan contempla –y nosotros con él- el misterio de la muerte y resurrección de Jesús: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”. Hace referencia el evangelio a aquel pasaje tan extraño del A.T. en el que tras el pecado de desconfianza del pueblo en el desierto unas serpientes muerden a los hebreos y muchos mueren. Pero Dios por su misericordia manda hacer un estandarte con una serpiente de bronce, así cuando una serpiente mordía a uno, el miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado” (cf. Num 21,4-9). Nosotros es mirando a Cristo Crucificado con los ojos de la fe y los deseos de conversión profunda como somos salvados de nuestro pecado. La oferta de salvación de Dios para nosotros está en Cristo Crucificado. Mirar la cruz desde la fe, la esperanza y el amor es el comienzo de nuestra vuelta a Dios.
Es eso mismo lo que nos dice también san Pablo en la segunda lectura tan clara y tan bella que apenas merece comentarios: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo -por pura gracia estáis salvados-”. A nosotros se nos pide que creamos en él; que le miremos, clavado en la cruz, que le amemos con todo el corazón. Se nos pide que, llevados de la fe, de la esperanza y de la caridad realicemos la verdad, acercándonos a la luz, para que se vea que nuestras obras están hechas según Dios, tal como hemos escuchado también en el evangelio.
3. Por último me gustaría comentar algo de gran vigencia en nuestro tiempo. Dice el evangelio: “…la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.” Es eso mismo en buena medida lo que pasa en nuestro mundo -y especialmente en nuestro país- en los últimos tiempos, y es ésta también una de las causas más profundas de la crisis actual. Caigamos en la cuenta de cómo hemos dado la vuelta a la realidad, poniendo la etiqueta de “bueno” a lo que es realmente malo; cómo hemos oscurecido la luz de los valores auténticos olvidándolos, dándolos por trasnochados; cómo hemos llamado “progreso” a lo que es desorden; cómo hemos preferido las tinieblas a la luz; y cómo, en consecuencia, todo se nos ha vuelto ahora en contra. Estamos en lo que la Biblia llama desolación, y en la actualidad decimos “crisis”. Ya no nos acercamos a la luz para no vernos descubiertos y avergonzados: tal es la confusión de nuestro tiempo que para todos los desordenes hemos buscado términos eufemísticos para no vernos descubiertos y abochornados.
¡No, hermanos! El primer y mejor servicio hoy por hoy de la Iglesia al mundo es la predicación de la Verdad, la realización de la Verdad, para acercarnos todos a la luz. Así lo ha expresado con todo amor y con toda verdad el papa Benedicto en su reciente viaje a África, del que debemos pedir a Dios los mejores frutos para nuestros hermanos más empobrecidos del mundo y para nosotros mismos.
Os recuerdo que hoy es el Día del Seminario. Oremos intensamente por las vocaciones al sacerdocio; propiciemos que entre nosotros surjan vocaciones; ayudémosles también económicamente. En la Eucaristía tenemos la presencia del Dios Vivo, Luz del mundo. Aquí está porque nos ama. Respondamos a su amor viviendo en la luz, amando y realizando la verdad. Así sea.