Acabamos de comenzar, queridos hermanos, la cuaresma, este tiempo de gracia de cuarenta días que nos prepara para renovar nuestra vida y llegar a la Pascua de la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor con una “conciencia pura”, como si fuésemos recién bautizados, tal como hemos escuchado en la segunda lectura.

1. En esta Cuaresma tenemos un modelo: Jesucristo, que se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás, pero venciendo en todo. Los cuarenta días de Jesús en el desierto son un símbolo de la vida entera del Señor, en su lucha contra el mal y en su búsqueda del bien para sí mismo y para los demás. En el desierto Jesús toma conciencia de cómo debe ser su mesianismo y su servicio a la humanidad. Jesús debió pasar por el desierto para entender y vencer nuestros desiertos, y para mostrarnos a nosotros el camino de la victoria.

El mensaje de Jesús tras esa experiencia es: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15). Estas mismas palabras las escuchábamos el pasado miércoles en el momento en que se nos imponía la ceniza en señal de penitencia. Ese es también el objetivo de esta cuaresma: nuestra conversión.

Con la ayuda de Dios y abriéndonos a su gracia, nos hemos de esforzar por purificar y cambiar nuestro corazón, arrancando de nuestra vida, de nuestro modo de pensar y de nuestras actitudes concretas, todo lo que nos aparta del Evangelio y del seguimiento de Cristo para, al mismo tiempo, potenciar, fortalecer y desarrollar todo lo que hay en nosotros que nos acerca y asimila al Señor.

Para nosotros la llamada a la conversión es una invitación a que la fe penetre más y más en nuestra vida; una invitación a reanudar con alegría la tarea, que nunca se concluye, de ir cristianizando todos los rincones y zonas de nuestra vida que todavía se resisten a la luz del Evangelio y que aún se mueven en el egoísmo y el desamor. Y de modo especial, la llamada a la conversión es una invitación a impregnar de sentido cristiano todo cuanto hacemos en nuestra vida de cada día: en las relaciones familiares y humanas, en la convivencia, en el trabajo, en las responsabilidades sociales.

Por eso, al comienzo de una nueva cuaresma, y para que la gracia de Dios no se frustre en nosotros, ni caiga en saco roto, hemos de examinar con total honestidad qué aspectos concretos de nuestra vida están necesitados de conversión, qué actitudes y comportamientos nuestros se acomodan mal al Evangelio y están, por ello, pidiendo un cambio, una reorientación. Hemos de mirar sin miedo qué esclavitudes nos tienen aún atados y de las que necesitamos ser liberados. Y hemos de orar para que la gracia de Dios nos haga fuertes ante las dificultades y salgamos victoriosos en nuestras tentaciones.

2. Para entender el significado de la Cuaresma también nos puede ayudar la primera lectura que hemos escuchado, tomada del libro del Génesis. Tras el diluvio Dios hace un pacto con la humanidad y establece la señal de ese pacto: el arco en el cielo. Este pacto con Noé es muy sencillo y a la vez muy profundo: Dios no destruirá la tierra a pesar del pecado: sus sendas son misericordia y lealtad para los que guardan su alianza (Sal 24,4). El alcance de esta promesa lo entendemos en la nueva y eterna alianza: la que Dios ha sellado con nosotros por la sangre de su Hijo derramada en la cruz. Esta alianza nueva y eterna es la que celebraremos en la Pascua, la que conmemoramos en cada eucaristía, aunque fue de una vez para siempre (1 Pe 3,18). Los cristianos debemos vivir en sintonía con esa alianza eterna de la que participamos por nuestro bautismo, como hemos escuchado en la segunda lectura. Eso nos lleva a vivir ya, desde ahora, una vida nueva, que tendrá su culmen en nuestra participación en el Reino.

En resumen, la cuaresma es conversión y vida nueva en Cristo. Como Jesús también nosotros somos tentados. Y con Jesús, también nosotros podemos vencer. Cristo es nuestra victoria; él es el más fuerte, y con su fuerza nosotros podemos salir airosos en los momentos y situaciones de peligro.

La cuaresma nos invita, en consecuencia, a vivir más unidos a Cristo. “Sin mí no podéis hacer nada“, nos dijo. Y es verdad. Pero conmigo saldréis victoriosos, nos dice también. El secreto de la fuerza y de la vitalidad de la vida cristiana radica en esta unión con el Señor. Unión por medio de la cual El nos va moldeando, nos va configurando con sus rasgos y actitudes.

La Eucaristía es el Sacramento por excelencia de la unión con Cristo. Que nuestra participación en ella al comienzo de este tiempo de gracia que es la Cuaresma sea para nosotros un poderoso impulso que nos lleve a prepararnos para celebrar la Pascua renovándonos interiormente según el modelo de Cristo.

Amén.