Durante estos últimos domingos hemos escuchado en el evangelio algunos de los relatos de las curaciones de Jesús. De esos relatos nos ha podido llamar la atención, al igual que a sus contemporáneos, el poder de Jesús y la nueva condición de los agraciados con aquellos milagros.
El evangelio de este domingo, también nos narra una curación –la del paralítico-, pero profundiza aún más en el auténtico sentido de los milagros del Señor, en lo que realmente aporta su amor y su gracia y en la posibilidad de que, por nuestra cerrazón, no seamos capaces de contemplar las maravillas de Dios.
Narra el evangelio aquel acontecimiento de Jesús predicando en la casa a la multitud, proponiéndoles la Palabra. En esos momentos llegan cuatro personajes extraños portando a un paralítico en la camilla. No pueden pasar por el gentío, pero la fe que mueve montañas y no halla obstáculos hace que, superando dificultades, quitando tejas y descolgando la camilla, el paralítico acceda al Señor. La acción es realmente extraña, pero ahí podemos ver la “locura” de la fe, la fortaleza de aquellas personas, que hacen lo imposible por llegar a Jesús. Es un hecho realmente hermoso que Jesús sabe valorar: «Viendo la fe que tenían…».
Jesús va a actuar en consecuencia dando a aquel paralítico lo que realmente necesita, -como cualquiera de nosotros-, que no es otra cosa que nuestro acceso a Dios, roto por el pecado. Aquellos han hecho la locura de intentar llegar a Jesús a pesar de los obstáculos, ahora es el mismo Cristo el que, perdonando sus pecados, les da el verdadero acceso, la verdadera cercanía, la reconciliación y la amistad con el Padre por el perdón de los pecados. Como decía la Beata Teresa de Calcuta, el perdón es el mejor regalo.
Esto suscita el mal pensamiento de los letrados: «¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios?». Antes Jesús había visto la fe de los portadores y del paralítico, ahora se da cuenta de estos malos pensamientos de los letrados. Pensemos cada uno qué ve el Señor en el corazón de cada uno de nosotros, porque según lo que alberguemos en el corazón, así dejamos actuar o no a Cristo en nuestras vidas.
Ante esa falta de fe de los letrados Jesús va a ofrecer el otro signo, -quizás más espectacular; importante, sí, pero menos-, de la curación física del paralítico, «para que vean que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados». Los milagros de Jesús son un signo de su poder, de su condición de Hijo de Dios; nacen de la fe y apelan a la fe. No son para el espectáculo, sino para nuestra reincorporación como hijos amados de Dios en la nueva vida que él nos regala.
La primera lectura de Isaías explica el sentido profundo de esta acción de Jesús. Hemos escuchado: «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?». Históricamente, el profeta se refiere a la liberación que va a conseguir para su pueblo deportado en Babilonia. Dios va a abrir un camino en el desierto, ríos en el yermo. Preciosas imágenes para describir la auténtica liberación, el acceso de Dios a la humanidad y de esta a Dios. Cristo ha abierto ese camino dándonos el perdón de nuestros pecados y la vida nueva en la gracia. El es el “sí” de Dios, el “amén” de Dios. «Él nos ha ungido, él nos ha sellado, y ha puesto en nuestros corazones, como prenda suya, el Espíritu», hemos escuchado de san Pablo en la segunda lectura.
En conclusión, todos nosotros, hermanos, nos hemos de sentir representados en ese paralítico que, movido por la fe, acude al encuentro con Jesús porque desea recobrar la salud, porque en el fondo busca la salvación. El ser humano incapaz de caminar simboliza nuestra situación de pecadores, situación que nos ata y nos impide ir por nuestro propio pie al encuentro del Señor. El es el único capaz de desatarnos, de borrar “lo de antaño“, lo antiguo, el pecado, y de realizar con nosotros algo nuevo, de renovarnos con su perdón para que miremos hacia delante; él abre nuestra vida cerrada a nuevas posibilidades. El perdón de Dios nos da futuro; para Dios nada hay irremediable, nada hay definitivamente bloqueado, nada hay totalmente perdido: con su perdón nos renueva interiormente y nos devuelve la esperanza de poder seguir viviendo como hijos de Dios. El perdón de Dios rehace en nosotros la libertad para el bien. Esa novedad la recibimos cada día en la eucaristía.