Esta mañana nos sorprendía a todos la noticia del fallecimiento casi repentino del P. Luis Albert. Desde aquí me quiero unir al sentimiento de dolor y esperanza de la Comunidad de Padres Franciscanos de Martos y de la Parroquia de San Amador y Santa Ana de la que era fiel párroco.
Acabo de llegar del Colegio de rezar por él. Allí he visto a muchos jóvenes, alumnos suyos, con caras de tristeza y emoción. Todo un detalle de la cofradía y de sus feligreses la presencia de la imagen de San Amador en la capilla ardiente.
Yo conocí al P. Albert hace poco más de un año, cuando vine a Martos y desde entonces me unía a él la amistad de dos compañeros y hermanos en la misma tarea y en la misma barca. La última vez que lo vi fue el miércoles pasado, en la reunión del Consejo de Cáritas Interparroquial, donde con su gracejo intervenía enriqueciéndonos a todos.
Estoy convencido de que ya goza en el cielo de los bienes que creyó en la tierra y por los que dedicó su vida. En su entrada estoy seguro del gran abrazo que habrá recibido por parte de San Francisco y de San Amador, y de la Virgen de la Villa, del que era gran devoto.
El Señor Jesús fue siempre el mejor amigo y el mejor apoyo del P. Luis Albert a lo largo de su vida. Pero también podemos decir que el P. Albert ha sido un buen amigo del Señor. Es necesario entender esta afirmación fundamental si queremos captar el sentido de su vida y ministerio sacerdotal.
Esa amistad entre el Señor y su sacerdote ha brillado de una forma excepcional en él y es de justicia mostrarlo en estos momentos en los que, con tristeza por su ausencia, pero con firme esperanza, lo despedimos. Efectivamente, en la vida del P. Luis Albert observamos la verdad de las palabras del apóstol Pablo: “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor. En la vida y en la muerte somos del Señor” (Rom 14,8).
Desde muy joven, el P. Albert escuchó la llamada del Señor: “¡Sigueme!”. Confiado en esa llamada y en la ayuda que continuamente nos asiste, ha sido testigo y heraldo a lo largo de toda su vida del Evangelio del Señor Jesús, repartiendo su Palabra y su Gracia en las diversas tareas dentro de su orden franciscana, en el Colegio de San Antonio, en las religiosas trinitarias, Madres de Desamparados y Clarisas y en las Parroquias de San Francisco y San Amador de Martos.
La Eucaristía y la oración cotidiana han sido su alimento y su fortaleza. Todos hemos sido testigos de su unción mientras celebraba los sacramentos u oraba ante el Señor en el Sagrario. Y es que él sabía que estaba administrando algo que no le pertenecía y que era muy superior a él: de ahí su profunda y auténtica piedad y humildad.
Sus catequesis, sus homilías, sus comentarios a la Palabra de Dios, siempre bien preparados (porque no le gustaba improvisar, decía) eran para nosotros una invitación a la Sabiduría que viene de Dios. No sé si las tendrá escritas y recopiladas, pero de ser así convendría guardar ese tesoro.
Su disponibilidad, siempre efectiva, para el trabajo o para la tarea encomendada, ha sido un ejemplo de entrega y obediencia al Señor y a la Iglesia en cualquier momento y circunstancia. De esto podemos hablar sin ambages los que hemos tenido el honor y la satisfacción de trabajar con él.
Su sencillez en el trato, su humildad, su serenidad ante las dificultades, siempre han sido una invitación a la calma y al sosiego, y a la fortaleza. Cuántas veces, podemos decir, como el Señor Jesús, con su solo gesto, paraba las tormentas… del alma.
Su comprensión ante nuestros fallos, su disculpa, su silencio, su perdón… han sido el mejor regalo cuando le hemos fallado.
Setenta y dos años de vida, cuarenta y tantos de ministerio sacerdotal… dan para mucho, no porque haya hecho cosas extraordinarias y espectaculares, sino porque ha hecho extraordinariamente la tarea que tocaba cada día, lo cotidiano: ahí está el gran testimonio que nos deja. Su manera práctica de llevar a cabo el programa de las bienaventuranzas del Evangelio.
Si tuviésemos que resumir en dos palabras: el P. Luis Albert ha sido un “sacerdote bueno” a ejemplo del buen Jesús, nuestro Señor. Lo ha sido porque constantemente se fijaba en él y hablaba con él, porque ha vivido para el Señor, porque ha muerto para el Señor, porque en la vida y en la muerte ha sido del Señor.
Querido P. Albert, sabemos que desde el cielo nos miras, junto con Santa María, los santos apóstoles y mártires, los santos sacerdotes y religiosos y junto a san Francisco de Asís, que tanto inspiró tu vida, ruega por nosotros y preséntanos ante el Señor Jesús, tu amigo. Amén.
Febrero 10, 2009 at 4:48 pm
mi mas sincero pesame ,para todos los religiosos de martos,por la muerte de tangran hombre.
Febrero 10, 2009 at 9:25 pm
Desde que nos vinimos a Martos a vivir y decidimos que nuestros hijos estudiasen en el colegio de los Franciscamos, conocimos al P.albert era una persona entrañable, tanto con los niños como con los padres,a mi me gustaba hablar con el.Lo vamos ha hechar mucho de menos.Descanse en paz
Febrero 11, 2009 at 12:20 am
La noticia me ha sorprendido muchísimo, y desde este blog quisiera extender mi pésame a todos sus familiares y a sus hermanos de congregación.
Me da mucha pena, que haya muerto un gran hombre, un gran cura, un gran profesor y un amigo. Por mucho que quiero solo me viene a la cabeza la ultima imagen del Padre con la felicidad en su cara por la obras que estaba haciendo en la capilla de Santísimo Sacramento en San Amador, y me da lastima porque, no las podrá ver terminada, y era muy grande la ilusión que el tenia.
De verdad no daba crédito a la noticia esta mañana cuando me lo decían, yo que el sábado después de una reunión de Caritas lo acerque al colegio, que puedo decir sobre el, quizás que le echare mucho en falta, el bautizo a mi hijo Javier y era muy cariñoso con la gente… es una lastima, pero haber, es algo que pasa y en esta caso la Hermana Muerte le ha llamado para que este en la presencia de Nuestro Señor.
El dolor es muy grande para todos aquellos que lo han conocido, a mi se me encogió el corazón cuando esta mañana Antonio el sacristán se abrazaba a Facundo llorando, el conocía muy bien al cura, ha trabajado en la parroquia día a día, ahí se demuestra que en tan solo tres años había llegado al corazón de la gente del barrio de San Amador.
Esta tarde me decía Don Francisco que quien nos iba a decir que el miércoles iba a ser la ultima vez que viésemos al Padre, reunido junto al consejo de Caritas con sus risas y sus cosillas, y todo porque el siempre ha sido una persona que le ha gustado todo bien hecho.
Espero que San Francisco de Asís, San Antonio y San Amador lo hayan acogido en el cielo, pero espero que con las oraciones de todos consiga estar en la presencia de Nuestro Señor y velar por todos los que estamos aquí, mientras tantos mis oraciones serán hacia el para el perdón de sus faltas si las tuviere y para que pueda estar su alma en paz y armonía.
Descanse en Paz y como diría San Francisco, Que el Señor te bendiga y te guarde; te muestre su faz y tenga misericordia de ti. Vuelva su rostro a ti y te dé la paz. El Señor te bendiga
Ha sido una persona muy querida en Martos, por sus hermanos de congregación y por todos los Párrocos de Martos y muy especialmente querido por todos los feligreses de San Amador
Febrero 12, 2009 at 12:16 am
El entierro ha sido muy bonito, habido momentos de todo tipo, se a demostrado por parte del pueblo de Martos lo querido que era el Padre Albert. Momento muy bonito la despedida en su Parroquia de San Amador, y las palabras del Obispo de Jaunajo el superior del convento o las palabras del Padre Provincial Don Severino cuando hablaba de la hermana muerte momentos antes de empezar la misa, impresionantes despedida para un gran hombre, sin palabras, y cuando ha salido a hombros de sus compañeros curas y párrocos, mientras su pueblo lo despedía entre aplausos, impresionante.
Ya digo que ha habido momentos de todo tipo ya que a mi me dolía ver a su sacristán Antonio entre lagrimas abrazado a la familia, pues el lo quería también muchísimo.
Ha sido algo muy emotivo.