El evangelio que acabamos de escuchar narra lo que podríamos considerar una jornada en la vida de Jesús en los primeros tiempos de su ministerio público en Galilea: se levanta temprano para la oración en soledad; acude a la sinagoga al encuentro con el pueblo fiel; acude a la casa de su amigo Simón, donde cura a su suegra; está con los amigos; cura a los que acuden a la casa de Simón… Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios, concluye el evangelio.

La jornada de Jesús está llena de amor y servicio a Dios, a sus amigos, a todos los que a él se acercan, e incluso a aquellos que, precisamente porque no se acercan a él, él tiene interés por llegar, porque para eso ha salido. La solicitud de Jesús es por todos, es por ti y es por mí. Todos ocupamos un lugar en su corazón. Y precisamente por esto podemos confiar incluso en los momentos de oscuridad.

Hemos escuchado en la primera lectura el testimonio de un hombre que sufre, al que se le ha oscurecido la existencia, que se consume sin esperanza. Suspira –dice- como un esclavo por la sombra. El cuadro es estremecedor. En las reflexiones de Job encontramos la acuciante pregunta por el sentido del dolor. ¿Quién de nosotros, ante el fracaso, la injusticia, la enfermedad, una desgracia o el deterioro de la vejez, no ha experimentado los mismos sentimientos de Job y ha sentido su vida como una fatiga inútil o una carga baldía?, ¿quién no ha visto flaquear su esperanza? Y, aunque no lo hayamos sufrido personalmente, ¿quién no se siente conmovido e incluso perturbado en su fe ante el cúmulo de desgracias, injusticias, males, penas y dolores que hay en nuestro mundo, ante los que no podemos cerrar los ojos? Sí, Job nos presta voz a todos para presentar nuestra queja a Dios por tantos males que parecen inútiles y hacen infeliz nuestra vida y nuestro mundo.

Pues bien, Dios escucha el lamento de la humanidad que sufre y ha respondido enviándonos a su Hijo Jesucristo. No se trata de teorías ni de consejos de autoayuda, sino del Hijo de Dios hecho hombre, que asume nuestra naturaleza y experimenta nuestras limitaciones. La labor de Cristo en el evangelio que hemos escuchado es levantar al ser humano y darle una dignidad y una vida nueva. Para eso ha salido. En la curación de la suegra de Pedro y en las demás curaciones podemos contemplar a aquel que carga con nuestras miserias y con nuestros sufrimientos más profundos, elevándonos, levantándonos de la postración. Él sana los corazones destrozados. Él es compasivo. Así Jesús nos descubre nuestra verdadera dignidad como personas aún en medio de las situaciones más difíciles. Así lo han visto y vivido tantos y tantos hermanos nuestros que, en medio del dolor, viven la dicha de la presencia de Dios y de una vida santa. En él podemos confiar.

El evangelio es esa palabra que libera. Nos hace mirar la realidad de frente, sin rodeos, sin ambages. No es una droga ni un opio. Entra dentro de nosotros iluminando las situaciones más oscuras y dando una luz nueva. El evangelio nos hace ver la realidad de las cosas pero a la vez inyecta una esperanza, una luz: estamos en el corazón de Cristo, Él nos coge de la mano. Aquellos que experimentan esto (los santos, nosotros mismos) se convierten a la vez en luces para los demás en un mundo no hecho a veces a la medida del ser humano. San Pablo conoce la urgencia de dar a conocer esa luz, esa esperanza, ese Evangelio. No tiene más remedio que anunciarlo, ahí está su paga y su gloria: ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! Lo hace de forma firme y convencida, sencilla y discreta: se hace débil con los débiles, se hace todo a todos para ganar como sea a algunos. Así Pablo experimenta él mismo los bienes del evangelio. Nosotros podemos tener una experiencia semejante a la hora de evangelizar nuestro mundo.

Celebramos hoy también la Jornada de Manos Unidas, la Campaña contra el Hambre. A la luz de lo que hemos escuchado en el Evangelio, deberíamos tener nosotros los mismos sentimientos y actitudes de Jesús. Oremos intensamente por las necesidades de las personas del tercer mundo, especialmente por las de aquellos que este año se nos han encomendado en Costa de Marfil (África). Tengamos el mismo corazón compasivo del Señor, tendamos la mano a quien la necesita realmente. El evangelio nos ha hablado de enfermos y endemoniados que acudían a Jesús. Siguen en nuestro mundo. Entre nosotros siguen los demonios de la pobreza, del subdesarrollo, de la injusticia, de la miseria, de la falta de pan y de cultura. Esos son los demonios que hoy tenemos que sanar. A los que sufren debemos tenderles la mano para darles no sólo alimento y medios, sino ante todo dignidad. Para eso está Manos Unidas. Colaboremos generosamente en esa tarea.

La eucaristía de hoy es una llamada a vivir nuestra jornada con el Señor y con los hermanos, a levantarnos de nuestra postración y egoísmos, a abrirnos al amor de Dios y a la compasión por los demás; esa es una forma eminente de evangelizar. Pidamos el Espíritu de Jesús en nuestro corazón.