Febrero 2009


Acabamos de comenzar, queridos hermanos, la cuaresma, este tiempo de gracia de cuarenta días que nos prepara para renovar nuestra vida y llegar a la Pascua de la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor con una “conciencia pura”, como si fuésemos recién bautizados, tal como hemos escuchado en la segunda lectura.

1. En esta Cuaresma tenemos un modelo: Jesucristo, que se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás, pero venciendo en todo. Los cuarenta días de Jesús en el desierto son un símbolo de la vida entera del Señor, en su lucha contra el mal y en su búsqueda del bien para sí mismo y para los demás. En el desierto Jesús toma conciencia de cómo debe ser su mesianismo y su servicio a la humanidad. Jesús debió pasar por el desierto para entender y vencer nuestros desiertos, y para mostrarnos a nosotros el camino de la victoria.

El mensaje de Jesús tras esa experiencia es: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15). Estas mismas palabras las escuchábamos el pasado miércoles en el momento en que se nos imponía la ceniza en señal de penitencia. Ese es también el objetivo de esta cuaresma: nuestra conversión.

Con la ayuda de Dios y abriéndonos a su gracia, nos hemos de esforzar por purificar y cambiar nuestro corazón, arrancando de nuestra vida, de nuestro modo de pensar y de nuestras actitudes concretas, todo lo que nos aparta del Evangelio y del seguimiento de Cristo para, al mismo tiempo, potenciar, fortalecer y desarrollar todo lo que hay en nosotros que nos acerca y asimila al Señor.

Para nosotros la llamada a la conversión es una invitación a que la fe penetre más y más en nuestra vida; una invitación a reanudar con alegría la tarea, que nunca se concluye, de ir cristianizando todos los rincones y zonas de nuestra vida que todavía se resisten a la luz del Evangelio y que aún se mueven en el egoísmo y el desamor. Y de modo especial, la llamada a la conversión es una invitación a impregnar de sentido cristiano todo cuanto hacemos en nuestra vida de cada día: en las relaciones familiares y humanas, en la convivencia, en el trabajo, en las responsabilidades sociales.

Por eso, al comienzo de una nueva cuaresma, y para que la gracia de Dios no se frustre en nosotros, ni caiga en saco roto, hemos de examinar con total honestidad qué aspectos concretos de nuestra vida están necesitados de conversión, qué actitudes y comportamientos nuestros se acomodan mal al Evangelio y están, por ello, pidiendo un cambio, una reorientación. Hemos de mirar sin miedo qué esclavitudes nos tienen aún atados y de las que necesitamos ser liberados. Y hemos de orar para que la gracia de Dios nos haga fuertes ante las dificultades y salgamos victoriosos en nuestras tentaciones.

2. Para entender el significado de la Cuaresma también nos puede ayudar la primera lectura que hemos escuchado, tomada del libro del Génesis. Tras el diluvio Dios hace un pacto con la humanidad y establece la señal de ese pacto: el arco en el cielo. Este pacto con Noé es muy sencillo y a la vez muy profundo: Dios no destruirá la tierra a pesar del pecado: sus sendas son misericordia y lealtad para los que guardan su alianza (Sal 24,4). El alcance de esta promesa lo entendemos en la nueva y eterna alianza: la que Dios ha sellado con nosotros por la sangre de su Hijo derramada en la cruz. Esta alianza nueva y eterna es la que celebraremos en la Pascua, la que conmemoramos en cada eucaristía, aunque fue de una vez para siempre (1 Pe 3,18). Los cristianos debemos vivir en sintonía con esa alianza eterna de la que participamos por nuestro bautismo, como hemos escuchado en la segunda lectura. Eso nos lleva a vivir ya, desde ahora, una vida nueva, que tendrá su culmen en nuestra participación en el Reino.

En resumen, la cuaresma es conversión y vida nueva en Cristo. Como Jesús también nosotros somos tentados. Y con Jesús, también nosotros podemos vencer. Cristo es nuestra victoria; él es el más fuerte, y con su fuerza nosotros podemos salir airosos en los momentos y situaciones de peligro.

La cuaresma nos invita, en consecuencia, a vivir más unidos a Cristo. “Sin mí no podéis hacer nada“, nos dijo. Y es verdad. Pero conmigo saldréis victoriosos, nos dice también. El secreto de la fuerza y de la vitalidad de la vida cristiana radica en esta unión con el Señor. Unión por medio de la cual El nos va moldeando, nos va configurando con sus rasgos y actitudes.

La Eucaristía es el Sacramento por excelencia de la unión con Cristo. Que nuestra participación en ella al comienzo de este tiempo de gracia que es la Cuaresma sea para nosotros un poderoso impulso que nos lleve a prepararnos para celebrar la Pascua renovándonos interiormente según el modelo de Cristo.

Amén.

Felicidades Amador. Mañana celebraremos el Día de Andalucía. La verdad que mi sentimiento andaluz no es muy grande, al menos si por eso se entienden los tópicos “sevillanistas” de esta tierra. Gracias a Dios Andalucía es más que todo eso. Personalmente me siento muy giennense y muy español, pero lo de andaluz… no sé… no me pone tanto. ¡Qué le vamos a hacer! ¡Son sólo sentimientos! Pero como creo que tú sí tienes un sentimiento más andaluz de la vida, pues te felicito cordialmente en este día.

Y ya que estamos en Andalucía, y tenemos este día de fiesta, hago votos por el progreso y el avance de esta tierra. Y mira que está difícil la cosa. Hace unos meses veía unas estadísticas demoledoras acerca de nuestra situación social y económica. Y vamos “imparables” (hacia atrás, claro).

Algunos datos tomados desde 2006 a 2008 de aquellas estadísticas. Si pinchas el dato se te abrirá, creo, la información. ¡Ojo al dato, Amador!:

 

1.-Andalucía está en los puestos de cabeza del paro en España.

2.-Andalucía está en los puestos de la cola de PIB de España.

3.-Andalucía es la última región de España en cuanto a convergencia real con Europa.

4.-Andalucía está en los puestos de la cola de salarios en España.

5.-Andalucía está en la cola de los salarios femeninos de toda España.

6.-Andalucía tiene las pensiones más bajas de España en todas sus categorías.

7.-Andalucía tiene una prestación por desempleo de las más bajas de España.

8.-Andalucía tiene un umbral de la pobreza de los más altos de España.

9.-Andalucía tiene una de las mayores diferencias salariales hombre-mujer a trabajos iguales de España.

10.-Andalucía tiene uno de los  más altos números de casos de violencia de género de España.

11.-Andalucía tiene menos hospitales que Cataluña con un millón de habitantes más.

12.-Andalucía tiene la sanidad más desigual de España.

13.-Andalucía está a la cola de la educación en España.

14.-Andalucía a la cola de la educación científica.

15.-Andalucía a la cola de la innovación europea.

16.-Andalucía tiene una de las tasas de repetidores más altas de España.

17.-Andalucía está a la cabeza de los mileuristas.

18.-Los pueblos andaluces están a la cola de renta en España.

19.-Andalucía, a la cola de usuarios de Internet de España y en número de ordenadores en hogares.

20.-Andalucía supera la media de los adictos al juego y el número de bares de España.

21.-La tasa de paro sube al 14 por ciento, la segunda más alta de España, en el IV trimestre de 2007.

22.-Sólo el 16,7 por ciento de los niños andaluces de entre 0 y 3 años dispone de una plaza de guardería.

23.-Mientras Almería y sus pueblos necesitan agua, Cataluña se la quiere llevar de Carboneras este año.

24.-El paro en la construcción andaluza puede subir en 63.000 parados según el gobierno.

25.-Desde 1985, la pesca andaluza se ha reducido a la mitad.

26.-Andalucía, a la cabeza de los efectos devueltos impagados.

27.-La vivienda libre subió un 243 por ciento de precio en Andalucía, 60 puntos más que la media española.

28.-Andalucía es la penúltima región de España en renta familia disponible.

29.-Las urgencias en Andalucía, las más denunciadas por mal funcionamiento según ADEPA 

30.-Los alumnos andaluces llevan dos años de retraso respecto a los finlandeses, a edades iguales. 

31.-Andalucía, a la cabeza de España en accidentes de trabajo.

32.-Andalucía, a la cabeza de España en temporalidad y trabajo precario.

33.-Andalucía, la región que más dinero por solidaridad recibe de las demás, sobre todo de Madrid.

34.-Las ocho provincias andaluzas, entre las 14 con más tasa de analfabetismo de España. Jaén, la peor.

35.-Andalucía, la comunidad con menos policía por habitante.

36.-Tras 25 años, los pueblos andaluces no están preparados para lluvias torrenciales.

37.-Andalucía es la comunidad autónoma en la que más ha crecido el fracaso escolar en el último lustro (desde el curso 2000-01 al curso 2004-05).

38.-Andalucía también es la última en esperanza de vida al nacer.

39.-La Junta debió haber construido 130.000 viviendas protegidas y sólo ha construido 50.638.

40.-Las remuneraciones de la sanidad andaluza, por debajo de la media nacional.

 

Bueno, pues todo esto es lo que tenemos en Andalucía. A ver si, además de banderas blancas y verdes, vamos mejorando algo, que falta hace. Y termino con la estrofa esa del himno que dice:

¡Andaluces, levantaos!
¡Pedid tierra y libertad!
Sea por Andalucía libre,
España y la Humanidad.

 

P.D. Eso sí, nada quita, que tengamos la tierra más hermosa y los mejores hombres y mujeres del mundo entero (especialmente en el Santo Reino de Jaén).

Saludos Amador.

 Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero” (Is 42,1)

Mirar a Cristo. Pero no con una mirada ligera, sino profunda, atenta, amorosa. Mirar a Cristo, no sólo con los sentidos, sino con toda el alma, con todo nuestro ser, con toda nuestra atención.

La celebración de los misterios cristianos requiere siempre esa mirada atenta, esa contemplación amorosa. Pero durante estos días santos la celebración de los misterios de nuestra salvación requiere una atención mayor. Vamos a celebrar los misterios fundamentales de nuestra salvación, vamos a contemplar la mayor de las muestras de amor que Dios, nuestro Señor, ha obrado en nuestra historia. Por eso, queridos hermanos, nuestras primeras disposiciones ante estos días santos de cuaresma deben ser la atención y el amor.

La atención requiere un esfuerzo, y ¡un esfuerzo difícil ciertamente! Sobre todo para nosotros, que nos hemos acostumbrado a escuchar muchos mensajes, muchas noticias, y que la mayoría de las veces no nos im-presionan, es decir, no hacen presión ni mella en nuestra alma. La atención religiosa, que debe ser nuestra primera actitud en estos días santos, consiste en suspender el pensamiento, en dejarlo disponible, vacío y penetrable a Dios, en disponerlo para recibir en su verdad desnuda el mensaje de la cruz.

El amor religioso es un paso más. Consiste en una vinculación afectiva, vital, existencial con aquello que celebramos, o mejor aún, con aquel a quien celebramos. Significa un meterse dentro, una participación en la cruz de Cristo, un morir con Cristo para ser resucitados con Cristo.

 Mirarán al que traspasaron”. Ahí radica el secreto de nuestra actitud religiosa en estos días santos. No volvamos la vista. No perdamos la oportunidad de contemplar y amar el misterio de nuestra redención: el crucificado.

Comenzamos hoy, queridos hermanos, el tiempo de cuaresma. Un tiempo para la preparación, para la disposición personal y comunitaria ante la fiesta de la Pascua que se aproxima. En este tiempo habrá una palabra que se nos repetirá sin cesar: “conversión”. Se trata de que cambiemos nuestra vida para hacerla más acorde con la voluntad del Señor, que quiere que todo el mundo se salve y llegue al conocimiento de la verdad.

La Iglesia, Madre y maestra, nos proporciona además, una serie de prácticas para ayudarnos en este camino de la conversión. Esas prácticas (ayuno, abstinencia, oración, limosna…) tienen una meta común: hacernos conscientes de que lo importante en nuestra vida somos nosotros y Dios, no nuestras cosas, nuestros alimentos o nuestros dineros, o nuestras manías, ya que de todo eso podemos prescindir.

Pero estas prácticas cuaresmales no son lo importante, son únicamente medios. Lo importante es poner nuestra mirada en Cristo muerto y resucitado, cuyo misterio celebraremos en el santo Triduo pascual. Contemplemos, pues, la cuaresma también en su aspecto más positivo ya que la cuaresma no está hecha para mirar sólo hacia atrás, sino también hacia adelante. No es para contemplar lo que dejamos, sino lo que vamos a conseguir de parte de Dios. La cuaresma no es negativa; si a algo decimos no es para librarnos de los apegos desordenados y correr libres y gozosos hacia la plenitud de Dios. La cuaresma nos enseña que para volar hay que soltar el lastre de nuestro pecado y suficiencia.

Hoy, miércoles de ceniza, es el atrio de la cuaresma. La liturgia de este día nos quiere concienciar sobre el sentido y el espíritu de este tiempo por medio de la Palabra de Dios que hemos escuchado, por las oraciones que dirigimos nuestro Señor y por el rito de la imposición de la ceniza.

- La imposición de la ceniza, que a continuación haremos, quiere recordarnos la fugacidad de la vida, nuestra propia fragilidad e inconsistencia. Todo es ceniza, nada tiene valor, cuando no lo situamos en una adecuada jerarquía frente a Dios. El signo procede de las antiguas celebraciones penitenciales de los judíos y expresa el profundo dolor por los pecados cometidos. Ahora, este signo, iluminado por la primera lectura tomada del profeta Joel, quiere expresar nuestro profundo arrepentimiento y nuestras ansias de conversión. También nosotros hoy debemos hacer nuestro el mensaje del Señor: «Convertíos a mí de todo corazón: con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones, no las vestiduras: convertíos al Señor Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad, y se arrepiente de las amenazas.»

Y también debemos hacer nuestra la oración del salmista: «Misericordia, Dios mío por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa…»

- Las oraciones y la segunda lectura nos advierten que entramos en un tiempo precioso, en un «tiempo de gracia». Por eso es preciso prepararse, sobretodo por dentro, en el corazón, que contemplemos frente a frente nuestra propia miseria y nuestro propio pecado, nuestras zonas oscuras para que sea Cristo el que las llene de su luz.

- El evangelio, espléndido, nos habla de la oración y la penitencia que agradan a Dios. Es una llamada a la verdad, a la autenticidad, a la limpieza de corazón.

Pidámoslo al Señor:

«Altísimo, glorioso Dios,
ilumina las tinieblas de nuestros corazones,
y danos fe recta,
esperanza cierta y caridad perfecta,
sentido y conocimiento, Señor,
para cumplir tu santo y veraz mandamiento,
el de tu hermoso y gran amor
».

Durante estos últimos domingos hemos escuchado en el evangelio algunos de los relatos de las curaciones de Jesús. De esos relatos nos ha podido llamar la atención, al igual que a sus contemporáneos, el poder de Jesús y la nueva condición de los agraciados con aquellos milagros.

El evangelio de este domingo, también nos narra una curación –la del paralítico-, pero profundiza aún más en el auténtico sentido de los milagros del Señor, en lo que realmente aporta su amor y su gracia y en la posibilidad de que, por nuestra cerrazón, no seamos capaces de contemplar las maravillas de Dios.

Narra el evangelio aquel acontecimiento de Jesús predicando en la casa a la multitud, proponiéndoles la Palabra. En esos momentos llegan cuatro personajes extraños portando a un paralítico en la camilla. No pueden pasar por el gentío, pero la fe que mueve montañas y no halla obstáculos hace que, superando dificultades, quitando tejas y descolgando la camilla, el paralítico acceda al Señor. La acción es realmente extraña, pero ahí podemos ver la “locura” de la fe, la fortaleza de aquellas personas, que hacen lo imposible por llegar a Jesús. Es un hecho realmente hermoso que Jesús sabe valorar: «Viendo la fe que tenían…».

Jesús va a actuar en consecuencia dando a aquel paralítico lo que realmente necesita, -como cualquiera de nosotros-, que no es otra cosa que nuestro acceso a Dios, roto por el pecado. Aquellos han hecho la locura de intentar llegar a Jesús a pesar de los obstáculos, ahora es el mismo Cristo el que, perdonando sus pecados, les da el verdadero acceso, la verdadera cercanía, la reconciliación y la amistad con el Padre por el perdón de los pecados. Como decía la Beata Teresa de Calcuta, el perdón es el mejor regalo.

Esto suscita el mal pensamiento de los letrados: «¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios?». Antes Jesús había visto la fe de los portadores y del paralítico, ahora se da cuenta de estos malos pensamientos de los letrados. Pensemos cada uno qué ve el Señor en el corazón de cada uno de nosotros, porque según lo que alberguemos en el corazón, así dejamos actuar o no a Cristo en nuestras vidas.

Ante esa falta de fe de los letrados Jesús va a ofrecer el otro signo, -quizás más espectacular; importante, sí, pero menos-, de la curación física del paralítico, «para que vean que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados». Los milagros de Jesús son un signo de su poder, de su condición de Hijo de Dios; nacen de la fe y apelan a la fe. No son para el espectáculo, sino para nuestra reincorporación como hijos amados de Dios en la nueva vida que él nos regala.

La primera lectura de Isaías explica el sentido profundo de esta acción de Jesús. Hemos escuchado: «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?». Históricamente, el profeta se refiere a la liberación que va a conseguir para su pueblo deportado en Babilonia. Dios va a abrir un camino en el desierto, ríos en el yermo. Preciosas imágenes para describir la auténtica liberación, el acceso de Dios a la humanidad y de esta a Dios. Cristo ha abierto ese camino dándonos el perdón de nuestros pecados y la vida nueva en la gracia. El es el “sí” de Dios, el “amén” de Dios. «Él nos ha ungido, él nos ha sellado, y ha puesto en nuestros corazones, como prenda suya, el Espíritu», hemos escuchado de san Pablo en la segunda lectura.

En conclusión, todos nosotros, hermanos, nos hemos de sentir representados en ese paralítico que, movido por la fe, acude al encuentro con Jesús porque desea recobrar la salud, porque en el fondo busca la salvación. El ser humano incapaz de caminar simboliza nuestra situación de pecadores, situación que nos ata y nos impide ir por nuestro propio pie al encuentro del Señor. El es el único capaz de desatarnos, de borrar “lo de antaño“, lo antiguo, el pecado, y de realizar con nosotros algo nuevo, de renovarnos con su perdón para que miremos hacia delante; él abre nuestra vida cerrada a nuevas posibilidades. El perdón de Dios nos da futuro; para Dios nada hay irremediable, nada hay definitivamente bloqueado, nada hay totalmente perdido: con su perdón nos renueva interiormente y nos devuelve la esperanza de poder seguir viviendo como hijos de Dios. El perdón de Dios rehace en nosotros la libertad para el bien. Esa novedad la recibimos cada día en la eucaristía.

“Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón (cf. Rm 2, 14-15) el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política.”

(Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae, 2)

 

Padre bueno,
¡qué grande es tu amor!

Por amor has creado el mundo y a los hombres,
por amor nos mantienes en tus manos,
por amor nunca nos abandonaste
aunque nosotros nos alejamos de ti.
Por amor nos enviaste a tu Hijo,
el cual, haciéndose hombre,
nos descubrió la grandeza de nuestra vocación:
llegar a ser hijos tuyos,
gozar eternamente de tu vida y de tu amor.

Tú eres el fundamento último de la dignidad de cualquier ser humano,
porque todos venimos de ti y a ti debemos dirigir nuestros pasos.
Somos grandes porque venimos de ti,
somos grandes porque tú nos has redimido,
porque vives entre nosotros,
porque reflejamos tu luz.

Descubre, Padre bueno,
en el corazón de cada uno de nosotros esa dignidad sin igual,
ese reflejo de tu ser,
descubre nuestra vocación a la vida,
a la vida terrera entre luces y sobras,
y a la vida eterna donde todo será luz.

Ábrenos a la verdad y al bien,
para descubrir esa ley inscrita en nuestro corazón
del valor sagrado de la vida humana
desde su inicio hasta su término.
Afirma en nosotros el derecho de todos
a ser respetados… a vivir.

Haznos defensores de la Vida Humana,
que ese sea siempre nuestro primer derecho y nuestro primer deber:
tú nos amas, que nos amemos también nosotros,
sin distinción, sin ambages, sin condiciones.

Cada persona humana tiene un valor incomparable.
Que no ceguemos esta verdad,
que no pensemos nunca que nadie vale más que nadie,
que no reine en nosotros el falso pragmatismo,
ni la mentira disfrazada de buenas palabras.

Que descubramos con asombro y con fe ese valor incomparable
que cada persona concreta sea un tesoro para los demás,
que el evangelio de la vida y de la dignidad de cada ser humano
brille en nuestras almas.

Que seamos heraldos de la vida,
con la fuerza y la alegría de quien ha recibido un gran regalo,
siempre dispuestos a crecer,
nunca a resignarse,
siempre a caminar,
nunca a desesperar,
hacia el horizonte que tú nos marcas
…junto a ti.

 

El Evangelio que acabamos de escuchar este domingo está cargado de una simbología y de una profundidad tal que en buena medida marca lo que debe ser la actuación de los cristianos siempre y de modo particular en la actualidad.

Jesús está comenzando su ministerio público en Galilea. Hay algo en él que llama la atención y hace que las masas lo busquen y se acerquen; para muchos será el espectáculo, pero hay también quien lo hace con la convicción profunda de que el Señor aporta algo excepcionalmente nuevo y grande. En ese contexto debemos situar el episodio del leproso que acabamos de escuchar.

En este caso es el leproso el que toma la iniciativa y acude a Jesús. Seguramente ha oído hablar de él y algo le impulsa a acercarse. Aquí hay algo realmente extraordinario si entendemos el contexto de la sociedad de los tiempos de Jesús. En la primera lectura hemos escuchado como los enfermos de lepra eran considerados auténticos impuros y marginados de la sociedad por su enfermedad. Según la ley de Moisés debían estar apartados, andando harapientos y despeinados, no debían acercarse a nadie y además tenían que llamar la atención para evitar que nadie se acercase a ellos. Su situación era realmente lamentable y no sólo por su enfermedad, sino ante todo por su condición de marginados e impuros.

Sin embargo ese leproso rompe la ley: es él el que se acerca a Jesús. Del Señor ha captado ya casi desde el principio su superioridad, su amor, su cercanía por los desvalidos. Es extraordinario. Sabe que a nadie puede acercarse, pero a Jesús sí. El leproso se acerca al Señor, suplicándole de rodillas. Sus palabras están cargadas de fe, de confianza en el poder de Jesús, pero además de humildad: “Si quieres, puedes limpiarme”. Es decir: tú puedes, tienes poder, tú por tu amor eres más grande que mi dolor, que mi desgracia, tú puedes hacerme tuyo, quitarme esta carga que no me deja vivir, que me margina y me separa de todos, pero no de ti. Pero hazlo sólo si quieres, si es para mi bien, si esto me acercara a los demás sin separarme de ti. En cualquier caso aceptaré lo que viene de ti.

Esta fe y esta humildad del leproso, su situación de auténtica injusticia despiertan los sentimientos de Jesús, que siente “lástima” o mejor “rebeldía” según algunos códices. Jesús quiere y puede. Él ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido. Pero hay en Jesús un detalle igualmente extraordinario: lo toca. No siente miedo ante la impureza. Tocar a un leproso estaba expresamente prohibido (cf. Lev 22,6); Jesús, tocando, comunica su propia santidad y reintegra al leproso en la comunidad de los amados de Dios. Esa es la auténtica liberación que ofrece Cristo: no tanto una sanación corporal, cuanto la integración en la comunidad, en la vida nueva, en la santidad. Lo que para la Ley de Moisés era perdición, en Cristo se ha tornado salvación. Jesús rompe todos los tabúes para conducirnos a Dios.

Este modo de actuar del leproso y de Jesús es el modelo y el paradigma del actuar cristiano siempre. Nosotros podemos situarnos en cualquiera de las dos situaciones. En el primer modo, del leproso aprendemos como acercarnos al Señor en cualquier situación. No hay nada que ponga el Señor que nos separe de él. Incluso en medio de la peor situación podemos acercarnos a él en la fe y la humildad, con el convencimiento de que él puede y quiere hacernos suyos. Nunca dejemos de acercarnos a él por miedo o temor, nunca le pongamos ningún reparo: él nos ama; él quiere y puede.

Pero por otro lado también debemos situarnos en la perspectiva de Jesús. En nuestro mundo sigue habiendo marginados por cualquier motivo y sin razón. Nuestros sentimientos hacia ellos deben ser los mismos de Jesús. La autenticidad de nuestra vida cristiana, su perfección, está en la caridad. No se trata sólo de saber que están, sino de “tocar” la realidad para cambiarla. Así es el actuar de la Iglesia. En Cristo tenemos el modelo. En los santos, en Cáritas, en Manos Unidas, en los misioneros, en cuantos trabajan por hacer las cosas mejor, siempre a favor de los más débiles, tenemos el ejemplo.

Termino con las palabras, más que significativas, de San Pablo que hemos escuchado en la segunda lectura: hacedlo todo para gloria de Dios… yo, por mi parte, procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propio bien, sino el de la mayoría, para que se salven. Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo.

1. El Evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la Iglesia, es anunciado con intrépida fidelidad como buena noticia a los hombres de todas las épocas y culturas.

En la aurora de la salvación, el nacimiento de un niño es proclamado como gozosa noticia: « Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor » (Lc 2, 10-11). El nacimiento del Salvador produce ciertamente esta « gran alegría »; pero la Navidad pone también de manifiesto el sentido profundo de todo nacimiento humano, y la alegría mesiánica constituye así el fundamento y realización de la alegría por cada niño que nace (cf. Jn 16, 21).

Presentando el núcleo central de su misión redentora, Jesús dice: « Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia » (Jn 10, 10). Se refiere a aquella vida « nueva » y « eterna », que consiste en la comunión con el Padre, a la que todo hombre está llamado gratuitamente en el Hijo por obra del Espíritu Santificador. Pero es precisamente en esa « vida » donde encuentran pleno significado todos los aspectos y momentos de la vida del hombre.

(Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae, 1)

 

Señor Jesús:

Tú eres el origen y la meta de toda vida humana;
tu Evangelio es Evangelio de la Vida,
de la vida presente y de la vida eterna.

Gracias Señor, por el don de la vida,
por la grandeza de los padres,
por la ternura de los brazos que acogen,
por la sonrisa de los que se alegran con cada paso en la existencia,
por el trabajo y el sacrificio de los que aman,
por el consuelo de los que ayudan,
por el empuje de los que enseñan,
por la belleza de cuanto nuestros ojos contemplan,
por las maravillas de cuanto nos prometes.
Alabado seas mi Señor.

Gracias por la juventud,
por la fuerza de las convicciones y principios,
por la búsqueda de horizontes,
por los detalles del amor,
por la locura de los que buscan,
por el despiste de los años jóvenes,
por la amistad de los compañeros,
por el crecer del corazón.
Alabado seas mi Señor.

Gracias por los esposos y los solteros,
por el amor verdadero,
por el sacrificio de cada día,
por el sudor de las frentes,
por los cansancios de las tardes,
por las miradas de las noches,
por las caricias de las manos amables,
por las palabras compartidas,
por los sueños que se realizan,
y por aquellos que se rompen.
Alabado seas mi Señor.

Gracias por los abuelos,
por las arrugas de la experiencia,
por la alegría del trabajo bien hecho,
por los cansancios y los miedos,
por las esperanzas que no se pierden,
por la ilusión de quien siempre empieza,
por los achaques y los dolores,
por quien sonríe porque la vida sigue,
por la paz que siempre queda.
Alabado seas mi Señor.

Gracias por la vida,
por el vivir de cada persona grande o pequeña,
fuerte o débil, santa o pecadora,
que goza o que sufre simplemente porque “vive”,
que no es poco en un mundo como el nuestro.

Que seamos heraldos de la vida,
con la fuerza y la alegría de quien ha recibido un gran regalo,
siempre dispuestos a crecer,
nunca a resignarse,
siempre a caminar,
nunca a desesperar,
hacia el horizonte que tú nos marcas
…junto a ti.

Esta mañana nos sorprendía a todos la noticia del fallecimiento casi repentino del P. Luis Albert. Desde aquí me quiero unir al sentimiento de dolor y esperanza de la Comunidad de Padres Franciscanos de Martos y de la Parroquia de San Amador y Santa Ana de la que era fiel párroco.

Acabo de llegar del Colegio de rezar por él. Allí he visto a muchos jóvenes, alumnos suyos, con caras de tristeza y emoción. Todo un detalle de la cofradía y de sus feligreses la presencia de la imagen de San Amador en la capilla ardiente.

Yo conocí al P. Albert hace poco más de un año, cuando vine a Martos y desde entonces me unía a él la amistad de dos compañeros y hermanos en la misma tarea y en la misma barca. La última vez que lo vi fue el miércoles pasado, en la reunión del Consejo de Cáritas Interparroquial, donde con su gracejo intervenía enriqueciéndonos a todos.

Estoy convencido de que ya goza en el cielo de los bienes que creyó en la tierra y por los que dedicó su vida. En su entrada estoy seguro del gran abrazo que habrá recibido por parte de San Francisco y de San Amador, y de la Virgen de la Villa, del que era gran devoto.

El Señor Jesús fue siempre el mejor amigo y el mejor apoyo del P. Luis Albert a lo largo de su vida. Pero también podemos decir que el P. Albert ha sido un buen amigo del Señor. Es necesario entender esta afirmación fundamental si queremos captar el sentido de su vida y ministerio sacerdotal.

Esa amistad entre el Señor y su sacerdote ha brillado de una forma excepcional en él y es de justicia mostrarlo en estos momentos en los que, con tristeza por su ausencia, pero con firme esperanza, lo despedimos. Efectivamente, en la vida del P. Luis Albert observamos la verdad de las palabras del apóstol Pablo: “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor. En la vida y en la muerte somos del Señor” (Rom 14,8).

Desde muy joven, el P. Albert escuchó la llamada del Señor: “¡Sigueme!”. Confiado en esa llamada y en la ayuda que continuamente nos asiste, ha sido testigo y heraldo a lo largo de toda su vida del Evangelio del Señor Jesús, repartiendo su Palabra y su Gracia en las diversas tareas dentro de su orden franciscana, en el Colegio de San Antonio, en las religiosas trinitarias, Madres de Desamparados y Clarisas y en las Parroquias de San Francisco y San Amador de Martos.

La Eucaristía y la oración cotidiana han sido su alimento y su fortaleza. Todos hemos sido testigos de su unción mientras celebraba los sacramentos u oraba ante el Señor en el Sagrario. Y es que él sabía que estaba administrando algo que no le pertenecía y que era muy superior a él: de ahí su profunda y auténtica piedad y humildad.

Sus catequesis, sus homilías, sus comentarios a la Palabra de Dios, siempre bien preparados (porque no le gustaba improvisar, decía) eran para nosotros una invitación a la Sabiduría que viene de Dios. No sé si las tendrá escritas y recopiladas, pero de ser así convendría guardar ese tesoro.

Su disponibilidad, siempre efectiva, para el trabajo o para la tarea encomendada, ha sido un ejemplo de entrega y obediencia al Señor y a la Iglesia en cualquier momento y circunstancia. De esto podemos hablar sin ambages los que hemos tenido el honor y la satisfacción de trabajar con él.

Su sencillez en el trato, su humildad, su serenidad ante las dificultades, siempre han sido una invitación a la calma y al sosiego, y a la fortaleza. Cuántas veces, podemos decir, como el Señor Jesús, con su solo gesto, paraba las tormentas… del alma.

Su comprensión ante nuestros fallos, su disculpa, su silencio, su perdón… han sido el mejor regalo cuando le hemos fallado.

 

Setenta y dos años de vida, cuarenta y tantos de ministerio sacerdotal… dan para mucho, no porque haya hecho cosas extraordinarias y espectaculares, sino porque ha hecho extraordinariamente la tarea que tocaba cada día, lo cotidiano: ahí está el gran testimonio que nos deja. Su manera práctica de llevar a cabo el programa de las bienaventuranzas del Evangelio.

Si tuviésemos que resumir en dos palabras: el P. Luis Albert ha sido un “sacerdote bueno” a ejemplo del buen Jesús, nuestro Señor. Lo ha sido porque constantemente se fijaba en él y hablaba con él, porque ha vivido para el Señor, porque ha muerto para el Señor, porque en la vida y en la muerte ha sido del Señor.

 

Querido P. Albert, sabemos que desde el cielo nos miras, junto con Santa María, los santos apóstoles y mártires, los santos sacerdotes y religiosos y junto a san Francisco de Asís, que tanto inspiró tu vida, ruega por nosotros y preséntanos ante el Señor Jesús, tu amigo. Amén.

El evangelio que acabamos de escuchar narra lo que podríamos considerar una jornada en la vida de Jesús en los primeros tiempos de su ministerio público en Galilea: se levanta temprano para la oración en soledad; acude a la sinagoga al encuentro con el pueblo fiel; acude a la casa de su amigo Simón, donde cura a su suegra; está con los amigos; cura a los que acuden a la casa de Simón… Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios, concluye el evangelio.

La jornada de Jesús está llena de amor y servicio a Dios, a sus amigos, a todos los que a él se acercan, e incluso a aquellos que, precisamente porque no se acercan a él, él tiene interés por llegar, porque para eso ha salido. La solicitud de Jesús es por todos, es por ti y es por mí. Todos ocupamos un lugar en su corazón. Y precisamente por esto podemos confiar incluso en los momentos de oscuridad.

Hemos escuchado en la primera lectura el testimonio de un hombre que sufre, al que se le ha oscurecido la existencia, que se consume sin esperanza. Suspira –dice- como un esclavo por la sombra. El cuadro es estremecedor. En las reflexiones de Job encontramos la acuciante pregunta por el sentido del dolor. ¿Quién de nosotros, ante el fracaso, la injusticia, la enfermedad, una desgracia o el deterioro de la vejez, no ha experimentado los mismos sentimientos de Job y ha sentido su vida como una fatiga inútil o una carga baldía?, ¿quién no ha visto flaquear su esperanza? Y, aunque no lo hayamos sufrido personalmente, ¿quién no se siente conmovido e incluso perturbado en su fe ante el cúmulo de desgracias, injusticias, males, penas y dolores que hay en nuestro mundo, ante los que no podemos cerrar los ojos? Sí, Job nos presta voz a todos para presentar nuestra queja a Dios por tantos males que parecen inútiles y hacen infeliz nuestra vida y nuestro mundo.

Pues bien, Dios escucha el lamento de la humanidad que sufre y ha respondido enviándonos a su Hijo Jesucristo. No se trata de teorías ni de consejos de autoayuda, sino del Hijo de Dios hecho hombre, que asume nuestra naturaleza y experimenta nuestras limitaciones. La labor de Cristo en el evangelio que hemos escuchado es levantar al ser humano y darle una dignidad y una vida nueva. Para eso ha salido. En la curación de la suegra de Pedro y en las demás curaciones podemos contemplar a aquel que carga con nuestras miserias y con nuestros sufrimientos más profundos, elevándonos, levantándonos de la postración. Él sana los corazones destrozados. Él es compasivo. Así Jesús nos descubre nuestra verdadera dignidad como personas aún en medio de las situaciones más difíciles. Así lo han visto y vivido tantos y tantos hermanos nuestros que, en medio del dolor, viven la dicha de la presencia de Dios y de una vida santa. En él podemos confiar.

El evangelio es esa palabra que libera. Nos hace mirar la realidad de frente, sin rodeos, sin ambages. No es una droga ni un opio. Entra dentro de nosotros iluminando las situaciones más oscuras y dando una luz nueva. El evangelio nos hace ver la realidad de las cosas pero a la vez inyecta una esperanza, una luz: estamos en el corazón de Cristo, Él nos coge de la mano. Aquellos que experimentan esto (los santos, nosotros mismos) se convierten a la vez en luces para los demás en un mundo no hecho a veces a la medida del ser humano. San Pablo conoce la urgencia de dar a conocer esa luz, esa esperanza, ese Evangelio. No tiene más remedio que anunciarlo, ahí está su paga y su gloria: ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! Lo hace de forma firme y convencida, sencilla y discreta: se hace débil con los débiles, se hace todo a todos para ganar como sea a algunos. Así Pablo experimenta él mismo los bienes del evangelio. Nosotros podemos tener una experiencia semejante a la hora de evangelizar nuestro mundo.

Celebramos hoy también la Jornada de Manos Unidas, la Campaña contra el Hambre. A la luz de lo que hemos escuchado en el Evangelio, deberíamos tener nosotros los mismos sentimientos y actitudes de Jesús. Oremos intensamente por las necesidades de las personas del tercer mundo, especialmente por las de aquellos que este año se nos han encomendado en Costa de Marfil (África). Tengamos el mismo corazón compasivo del Señor, tendamos la mano a quien la necesita realmente. El evangelio nos ha hablado de enfermos y endemoniados que acudían a Jesús. Siguen en nuestro mundo. Entre nosotros siguen los demonios de la pobreza, del subdesarrollo, de la injusticia, de la miseria, de la falta de pan y de cultura. Esos son los demonios que hoy tenemos que sanar. A los que sufren debemos tenderles la mano para darles no sólo alimento y medios, sino ante todo dignidad. Para eso está Manos Unidas. Colaboremos generosamente en esa tarea.

La eucaristía de hoy es una llamada a vivir nuestra jornada con el Señor y con los hermanos, a levantarnos de nuestra postración y egoísmos, a abrirnos al amor de Dios y a la compasión por los demás; esa es una forma eminente de evangelizar. Pidamos el Espíritu de Jesús en nuestro corazón.

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