Celebramos en este domingo la fiesta del Bautismo del Señor. Con la misma concluimos el tiempo de Navidad en el que hemos celebrado la encarnación, el nacimiento, la infancia de nuestro Señor y su manifestación como salvador de todo el género humano. En su Bautismo se nos indica quién es verdaderamente Jesús y como debemos escucharle. Desde ese momento el Señor comienza su ministerio público en medio del pueblo.
Nos puede llamar la atención un detalle: ¿Por qué nuestro Señor acude a bautizarse a Juan, si el bautismo de éste solo era un bautismo de arrepentimiento y conversión de los pecados? Jesús no necesita ese bautismo, pero acercándose humildemente a Juan va a manifestar cual es el estilo que quiere desarrollar desde el principio en su ministerio: la humildad, la cercanía, la presencia en medio de los pecadores, que son los que necesitan ser salvados. La salvación de Jesús no es la de un superhombre que impone su poder o sus ideas a los demás desde fuera, sino la del humilde siervo de Yahveh, que posee el Espíritu de Dios, que no grita ni clama demagógicamente, sino que se mete en medio de nuestro barro para elevarnos desde dentro, dándonos su luz, abriéndonos nuestros ojos ciegos, y sacándonos de nuestras ataduras y tinieblas, proponiendo a nuestra libertad otro camino distinto y mejor, tal como hemos escuchado en la primera lectura. Por eso acude humilde a Juan. Así Jesús pasará haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él, tal como hemos escuchado en la segunda lectura.
El relato del evangelio de Marcos es parco en los detalles, pero viene a presentarnos quién es ese Jesús en dos momentos: el mensaje de Juan, compendio de las esperanzas de Israel, y la manifestación del Espíritu y el testimonio del Padre acerca de Jesús.
Antes del Bautismo aparece Juan anunciando al que viene detrás de él con un poder mayor, ante quien ni siquiera es digno de agacharse a desatarle las sandalias como hacían los esclavos a los amos, aquel que bautizará con Espíritu Santo. Este es el prototipo de Mesías que esperaban los judíos: un mesías con poder y gloria. Ciertamente Jesús es ese Mesías, pero su poder y su gloria se manifestarán de otro modo totalmente nuevo e inesperado por parte de Juan. Y es que a veces, queridos hermanos, aunque nuestras expectativas y esperanzas son buenas, Dios se nos manifiesta de un modo sorpresivo y desconcertante. Debemos aprender, pues, de ese modo de actuar de Dios.
El segundo momento de esa manifestación de Jesús es el advenimiento del Espíritu Santo sobre Jesús y la voz del cielo. Esta es la verdadera oferta de salvación de Dios a los hombres: su propio Hijo, el Amado, no ya un mesías cualquiera o un superhombre, sino aquel que con la fuerza del Espíritu va a abrir caminos nuevos.
Desde ese momento Jesús queda constituido como Mesías, como Cristo salvador. Su ministerio, que está a punto de empezar, será la oferta de salvación de nuestro Dios a la humanidad. El título de “Hijo Amado” en el evangelio de Marcos tiene una gran importancia en el evangelio de Marcos siendo en realidad la tesis del evangelista en torno a la identidad de Jesúcristo.
En los otros sinópticos se añaden otras palabras: “¡Escuchadle!”. Efectivamente, desde ese momento podemos entender que entre nosotros está presente el Hijo Salvador por cuya Palabra alcanzamos la Verdad y la Vida. Ya este domingo del Bautismo del Señor nos sitúa en camino para lo que escucharemos en los próximos domingos: las enseñanzas y los milagros de Jesús, signo de la vida nueva que nos ofrece. Prestémosle atención.
Por último, también nosotros hemos sido bautizados, no en el bautismo de Juan, sino en el nuevo y definitivo de Cristo muerto y resucitado, por el que hemos sido consagrados hijos de Dios, templos del Espíritu, hermanos en Cristo, miembros de la Iglesia y herederos del Reino. Al igual que Jesús también debemos pasar haciendo el bien y siendo luz y esperanza en nuestro mundo. Hoy, por nuestro propio testimonio, muchos llegarán al conocimiento de Cristo o a su rechazo. Ahí está nuestra tarea y nuestra misión. Cogidos de la mano de Cristo, con la fuerza de su Espíritu, sintámonos hijos de Dios, aprendamos de él, y en las eucaristías de los próximos domingos escuchémosle atentamente: en su Palabra encontraremos vida.