Enero 2009


Celebramos en este domingo la fiesta del Bautismo del Señor. Con la misma concluimos el tiempo de Navidad en el que hemos celebrado la encarnación, el nacimiento, la infancia de nuestro Señor y su manifestación como salvador de todo el género humano. En su Bautismo se nos indica quién es verdaderamente Jesús y como debemos escucharle. Desde ese momento el Señor comienza su ministerio público en medio del pueblo.

Nos puede llamar la atención un detalle: ¿Por qué nuestro Señor acude a bautizarse a Juan, si el bautismo de éste solo era un bautismo de arrepentimiento y conversión de los pecados? Jesús no necesita ese bautismo, pero acercándose humildemente a Juan va a manifestar cual es el estilo que quiere desarrollar desde el principio en su ministerio: la humildad, la cercanía, la presencia en medio de los pecadores, que son los que necesitan ser salvados. La salvación de Jesús no es la de un superhombre que impone su poder o sus ideas a los demás desde fuera, sino la del humilde siervo de Yahveh, que posee el Espíritu de Dios, que no grita ni clama demagógicamente, sino que se mete en medio de nuestro barro para elevarnos desde dentro, dándonos su luz, abriéndonos nuestros ojos ciegos, y sacándonos de nuestras ataduras y tinieblas, proponiendo a nuestra libertad otro camino distinto y mejor, tal como hemos escuchado en la primera lectura. Por eso acude humilde a Juan. Así Jesús pasará haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él, tal como hemos escuchado en la segunda lectura.

El relato del evangelio de Marcos es parco en los detalles, pero viene a presentarnos quién es ese Jesús en dos momentos: el mensaje de Juan, compendio de las esperanzas de Israel, y la manifestación del Espíritu y el testimonio del Padre acerca de Jesús.

Antes del Bautismo aparece Juan anunciando al que viene detrás de él con un poder mayor, ante quien ni siquiera es digno de agacharse a desatarle las sandalias como hacían los esclavos a los amos, aquel que bautizará con Espíritu Santo. Este es el prototipo de Mesías que esperaban los judíos: un mesías con poder y gloria. Ciertamente Jesús es ese Mesías, pero su poder y su gloria se manifestarán de otro modo totalmente nuevo e inesperado por parte de Juan. Y es que a veces, queridos hermanos, aunque nuestras expectativas y esperanzas son buenas, Dios se nos manifiesta de un modo sorpresivo y desconcertante. Debemos aprender, pues, de ese modo de actuar de Dios.

El segundo momento de esa manifestación de Jesús es el advenimiento del Espíritu Santo sobre Jesús y la voz del cielo. Esta es la verdadera oferta de salvación de Dios a los hombres: su propio Hijo, el Amado, no ya un mesías cualquiera o un superhombre, sino aquel que con la fuerza del Espíritu va a abrir caminos nuevos.

Desde ese momento Jesús queda constituido como Mesías, como Cristo salvador. Su ministerio, que está a punto de empezar, será la oferta de salvación de nuestro Dios a la humanidad. El título de “Hijo Amado” en el evangelio de Marcos tiene una gran importancia en el evangelio de Marcos siendo en realidad la tesis del evangelista en torno a la identidad de Jesúcristo.

En los otros sinópticos se añaden otras palabras: “¡Escuchadle!”. Efectivamente, desde ese momento podemos entender que entre nosotros está presente el Hijo Salvador por cuya Palabra alcanzamos la Verdad y la Vida. Ya este domingo del Bautismo del Señor nos sitúa en camino para lo que escucharemos en los próximos domingos: las enseñanzas y los milagros de Jesús, signo de la vida nueva que nos ofrece. Prestémosle atención.

Por último, también nosotros hemos sido bautizados, no en el bautismo de Juan, sino en el nuevo y definitivo de Cristo muerto y resucitado, por el que hemos sido consagrados hijos de Dios, templos del Espíritu, hermanos en Cristo, miembros de la Iglesia y herederos del Reino. Al igual que Jesús también debemos pasar haciendo el bien y siendo luz y esperanza en nuestro mundo. Hoy, por nuestro propio testimonio, muchos llegarán al conocimiento de Cristo o a su rechazo. Ahí está nuestra tarea y nuestra misión. Cogidos de la mano de Cristo, con la fuerza de su Espíritu, sintámonos hijos de Dios, aprendamos de él, y en las eucaristías de los próximos domingos escuchémosle atentamente: en su Palabra encontraremos vida.

1.   Un cristiano es una persona que cree en Alguien, más que en algo. Ese Alguien es Jesús: su persona, el acontecimiento histórico Jesús, su mensaje. No es una doctrina («conjunto de verdades»), ni una teoría, ni una filosofía. Se requiere un estilo de vida, unas actitudes.

2.   Un cristiano es una persona que ora: se mantiene abierto al diálogo con Dios, escucha su palabra, agradece, reconoce su pre­sencia, se comunica con él, y pide, por encima de todo, que se haga la voluntad de Dios en su vida.

3.   Un cristiano es una persona que trabaja: mejora el mundo y lo hace más habitable, y la vida más justa y confortable para todos. Trata de hacer las cosas bien: técnica, humana, social y profesionalmente. Vive el trabajo como un medio para realizarse y ayudar a los demás a realizarse como personas.

4.   Un cristiano ama al prójimo como Jesús lo hizo: hasta dar la vida, hasta vivir por los demás, no sólo hasta morir por ellos. Sólo se puede amar a Dios como El quiere ser amado; y sólo se puede amar a Dios amando a nuestro prójimo, haciendo propios sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias, sobre todo las de los pobres y de los que sufren.

5.   Un cristiano celebra la Eucaristía comprometiendo, en unión con los demás cristianos, toda su vida en ella, compartiendo la oración, la escucha de la Palabra, el ofrecimiento de su vida junto al sacrificio de Cristo.

6.   El cristiano pertenece a una comunidad. No sólo a una gran institución como es la Iglesia universal, sino que forma un grupo en el que se siente unido por la fe y por el compromiso de anunciar y extender el Reino de Dios, y en el que comparte su vida y su experiencia cristiana.

7.   Un cristiano se sabe salvado, por eso vive en la esperanza, no en la incertidumbre. Confía en Dios por encima de todo. Por lo mismo, tiene voluntad de salvar al hombre, en sus circunstancias concretas, no de condenar.

8.   El cristiano hace presente a Cristo con su propia vida: hace suyos los valores aceptados por Jesús y los asume hasta la muerte, con la fe en la Resurrección. Es el único argumento definitivo de la verdad de su fe.

9.   El cristiano llama a Dios Padre, tal como nos lo ha revelado Jesús: Cree en su Providencia, amor y misericordia de Padre.

10.  Un cristiano se reconoce pecador, por sus propios fallos y en solidaridad con los fallos de los demás. Se responsabiliza, como lo hizo Jesús, de los pecados ajenos, y toma la tarea de la salvación como misión de su propia vida.

Continuará…

Acabo de ver la Cabalgata de Reyes. No me he podido resistir: he cogido algunos caramelos, para mí y sobre todo para los niños que tenía alrededor. Lo mejor son los niños. Cuánta alegría e ilusión, incluso algunos niños musulmanes que había alrededor tenían la cara encendida. ¿Quién se atreve a decir que los Reyes Magos no existen aunque sea por un día? Os voy a contar un cuento. No es mío. Pero me parece hermoso y ayuda a explicar algunas verdades a los niños… Va por vosotros, queridos padres y madres… queridos Reyes…

 

Los Reyes Magos sí existen…

Apenas su padre se había sentado al llegar a casa, dispuesto a escucharle como todos los días lo que su hija le contaba de sus actividades en el colegio, cuando ésta en voz algo baja, como con miedo, le dijo:

- ¿Papa?

- Sí, hija, cuéntame.

- Oye, quiero… que me digas la verdad.

- Claro, hija. Siempre te la digo -respondió el padre un poco sorprendido.

- Es que… -titubeó Marta.

- Dime, hija, dime.

- Papá, ¿existen los Reyes Magos?

 

El padre de Marta se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta, pero sólo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo que le miraba igualmente.

- Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad?

La nueva pregunta de Marta le obligó a volver la mirada hacia la niña y tragando saliva le dijo:

- ¿Y tú qué crees, hija?

- Yo no se, papá: que sí y que no. Por un lado me parece que sí que existen porque tú no me engañas; pero, como las niñas dicen eso.

- Mira, hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos pero…

- ¿Entonces es verdad? -cortó la niña con los ojos humedecidos-. ¡Me habéis engañado!

- No, mira, nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que existen -respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de Marta.

- Entonces no lo entiendo, papá.

- Siéntate, Martita, y escucha esta historia que te voy a contar porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla -dijo el padre, mientras señalaba con la mano el asiento a su lado.

Marta se sentó entre sus padres ansiosa de escuchar cualquier cosa que le sacase de su duda, y su padre se dispuso a narrar lo que para él debió de ser la verdadera historia de los Reyes Magos:

- Cuando el Niño Dios nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados por una gran estrella se acercaron al Portal para adorarle. Le llevaron regalos en prueba de amor y respeto, y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo:

- ¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían.

- ¡Oh, sí! -exclamó Gaspar-. Es una buena idea, pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo.

Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría, comentó:

- Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero sería tan bonito.

Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar su deseo. Y el Niño Jesús, que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento, sonrió y la voz de Dios se escuchó en el Portal:

- Sois muy buenos, queridos Reyes Magos, y os agradezco vuestros regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme: ¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños?

- ¡Oh, Señor! -dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas. Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos, pero no podemos tener tantos pajes, no existen tantos.

- No os preocupéis por eso -dijo Dios-. Yo os voy a dar, no uno sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo.

- ¡Sería fantástico! Pero, ¿cómo es posible? -dijeron a la vez los tres Reyes Magos con cara de sorpresa y admiración.

- Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben querer mucho a los niños? -preguntó Dios.

- Sí, claro, eso es fundamental -asistieron los tres Reyes-.

- Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los niños?

- Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje -respondieron cada vez más entusiasmados los tres-.

- Pues decidme, queridos Reyes: ¿hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor que sus propios padres?

Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que Dios estaba planeando, cuando la voz de nuevo se volvió a oír:

- Puesto que así lo habéis querido y para que en nombre de los Tres Reyes Magos de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos regalos, YO, ordeno que en Navidad, conmemorando estos momentos, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y de vuestra parte regalen a sus hijos los regalos que deseen. También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega de regalos se haga como si la hicieran los propios Reyes Magos. Pero cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia y a partir de entonces, en todas las Navidades, los niños harán también regalos a sus padres en prueba de cariño. Y, alrededor del Belén, recordarán que gracias a los Tres Reyes Magos todos son más felices.

Cuando el padre de Marta hubo terminado de contar esta historia, la niña se levantó y dando un beso a sus padres dijo:

- Ahora sí que lo entiendo todo papá. Y estoy muy contenta de saber que me queréis y que no me habéis engañado.

Y corriendo, se dirigió a su cuarto, regresando con su hucha en la mano mientras decía:

- No sé si tendré bastante para compraros algún regalo, pero para el año que viene ya guardaré más dinero.

Y todos se abrazaron mientras, a buen seguro, desde el Cielo, tres Reyes Magos contemplaban la escena tremendamente satisfechos.

Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría” (Mt 2,10). A los Magos es la estrella la que les anuncia el nacimiento de Jesús y su presencia en este mundo. A los pastores fue el anuncio del ángel (Lc 2,9-20). Pero para todos, los magos (símbolo de los pueblos gentiles), los pastores (símbolo del pequeño resto de Israel) y para nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, ha amanecido el Señor, su gloria y su luz han aparecido sobre nosotros (cf. Is 60,2-3).

Celebramos, queridos hermanos, la solemnidad de la Epifanía del Señor. “Epifanía” es una palabra griega que significa “aparición de la luz”. Celebramos el nacimiento de Jesucristo como luz de todos los pueblos, como manifestación definitiva y plena de Dios a toda la humanidad, representada en los Magos de Oriente. Manifestación de la luz que disipa las tinieblas; de la verdad que desplaza a la mentira; de la vida que vence a la muerte; de la alegría y de la esperanza, que supera toda contradicción y pesimismo: todo eso es Jesús, el Cristo, para nosotros y para toda la humanidad, con tal de que queramos acogerlo.

El evangelista Mateo construye el relato de los Magos fijándose en el texto de Isaías que hemos leído en la primera lectura, para darnos a entender quien es Cristo y lo que aporta a la humanidad. La imagen de Isaías es realmente hermosa y significativa: la humanidad yace en las tinieblas y en la oscuridad, pero en Jerusalén brota una luz: es Dios mismo el que la suscita; es Él el que amanece y hace brillar su gloria. Esa luz atrae a todos los pueblos, encabezados por los reyes, que se encaminan hacia Jerusalén trayendo sus ofrendas y alabanzas al Señor. El cuadro suscita la esperanza y la alegría.

Mateo recuerda ese texto del Antiguo Testamento para hacer caer en la cuenta que Cristo es luz y esperanza para todas las gentes y para todos los pueblos, si es que quieren acogerlo en vez de seguir en las tinieblas. Mateo destaca la actitud de los Magos, que en un signo tan poco trascendente como una estrella han sabido descubrir la presencia del “Rey de los Judíos”, frente a la dureza del corazón de Herodes, que aún teniendo la Escritura Santa y los escribas no quiere esa luz, prefiere sus tinieblas, porque ahí reside su poder. Pondrá todas sus fuerzas para apagar la luz, primero con buenas palabras y demagogias (“para ir yo también a adorarlo”), después con la tragedia de la matanza de los inocentes. ¡Cómo se parecen a veces los poderosos a Herodes, con tantas demagogias y buenas palabras y a la vez tanta oscuridad, mentiras y leyes e ideas tan negras!

La estrella, que no es ningún signo divino, guía a los Magos, porque aún en su ignorancia tienen buen corazón. Todo conduce y abre a la presencia de Cristo. Esa luz es motivo de inmensa alegría. Todos podemos contemplar ese misterio de amor del niño con María su madre y postrarnos ante él adorándolo y dándole gloria. Esa es la actitud verdaderamente religiosa: buscar y descubrir la luz de Cristo, abrirnos a su verdad, contemplar las cosas como signo de su presencia, amar y vivir en la alegría, adorarlo, darle gloria, ofrecerle lo que somos y lo que tenemos para su servicio.

Un último detalle: los Magos vuelven a su tierra por otro camino. Tras esa experiencia todo ha cambiado. Ya no preguntan a Herodes, ya no buscan ese poder de las tinieblas. Todo se ha vuelto luz y existe otro camino. También yo, queridos hermanos, quiero deciros lo mismo: existe otro camino: el de Cristo, el de la luz. Podemos cambiar de rumbo, podemos hacer las cosas mejor; es más, podemos hacer las cosas buenas y perfectas. No nos debemos conformar con los mensajes de Herodes. Entre tanta tiniebla hay una luz que brilla; entre tantos caminos hay uno: el Camino, la Verdad, la Vida, que nos plenifica, nos hace mejores, nos da esperanza, nos llena de alegría y nos da la salvación. Ese camino es Cristo, su evangelio, su gracia.

Ahora, al terminar la Eucaristía, tras contemplar la luz de Cristo, volved a vuestras casas, a vuestras familias, a vuestros trabajos, problemas y preocupaciones, pero volved transformados, por otro camino, con otra vida… y sed felices: Cristo os ha llamado y él mismo es vuestra luz. Irradiadla.

Bueno, bueno… ha tardado un poco pero ya lo tenemos en la TiP. Algunas madres me preguntaban qué pasaba que no salía el teatro que realizaron los niños de los grupos I y IV de catequesis de 1ª Comunión en el Festival de los Sembradores de Estrellas el 20 de diciembre… Es que entre los problemas técnicos y las vacaciones… pues ya se sabe… Pero ya está el video en la TiP y aquí. Mirad qué pedazo de actores y actrices tenemos en la Parroquia realizando esta pequeña pastorela de Navidad… Ah, y muchas gracias a las y a los catequistas que prepararon la fiesta, el teatro y los villancicos… Su trabajo es extraordinario e impagable…

 

Hace unos días en un programa de televisión me sorprendió un presentador que decía que el Belén es la representación católica de la Navidad y el árbol la protestante. Eso no es cierto. Ambos símbolos son cristianos y están arraigados en la tradición católica. La prueba está en que ambos se representan todos los años en la Plaza de San Pedro del Vaticano.

El primer Belén nació de un arrebato místico y poético de san Francisco de Asís. Era la madrugada del día de Navidad de 1223, y el santo quería celebrar unas fiestas que le permitiesen revivir sensi­blemente el nacimiento de Cristo en Belén. Fue entonces cuando se le ocu­rrió construir las figuras de los protago­nistas de aquella noche. San Francisco era inventivo y desconcertante. Se cuen­ta que cuando tuvo que construir una iglesia, se puso a mendigar pidiendo piedras.

Ya en el siglo II se pueden observar mosaicos y pinturas que representan el motivo de la Navidad. El mérito de Francisco fue representar las escenas que todo el mundo ya imaginaba. No es de extrañar que  el extraordinario san Francisco fuera na­tural del país del arte, Italia.

En fin, este santo extendió la costumbre de construir belenes en las iglesias y monasterios. Las figuras eran de hasta un metro de alto.

Sólo a partir del siglo XVI, comienzan a extenderse los belenes domésticos, pero es sobre todo desde la Revolución francesa, 1789, que la cons­trucción del “pesebre” se hizo tan común como lo es hoy. Con el tiempo se organizaron asociaciones belenistas, que hoy existen en más de veinte países. Defienden la tradición de las figuras artesanas en contra de la invasión de figuras de plástico y otros materiales, por parte de la industria de juguetes.

Lo más importante a la hora de poner un Belén en casa, es tener clara su finalidad. Las fiestas de Navidad son una renovación del hecho más grande de la historia de la Humanidad: Dios se hace hombre.

El Belén es una manera sencilla de tener durante esos días este Aconteci­miento continuamente ante los ojos.

En cuanto al árbol de Navidad, se trata de una invención posterior al Belén. La adoración de árboles estaba muy extendida en el paganismo que en la for­taleza y en la longevidad de la encina y el roble descubría cierto carácter divino. Unas creencias difíciles de extirpar y que quizá con el árbol de Navidad hubieran encontrado un cauce pedagó­gico para acercarse a Cristo. Los méto­dos para extirpar estas creencias hubie­ran enfadado a más de un ecologista. Cuando San Hiparcio en Bitinia, la región noroccidental de la actual Turquía, se enteraba de que las gentes del lugar adoraban un determinado árbol, reunía un comando de monjes que cortaban el árbol y lo quemaban.

Este sabor pagano fue la causa del retraso del árbol de Navidad en la sim­bología cristiana. Sin embargo comenzó a utilizarse en los países nórdicos hacia el siglo XVI, y de ahí se exten­dió por toda Europa, también a los países católicos.

 Hoy la gente lo suele oponer al Belén, como si éste último represen­tara la navidad cristiana y el árbol una navidad sin ‘historias de curas’. Todo sea por la libertad de expresión, y en este caso, de ignorancia. Es de ignorancia, puesto que el árbol tiene una significación muy clara, que explica que los cris­tianos lo comenzaran a poner en sus casas en Navidad. Representaba el Árbol de la Inmorta­lidad. Dios plantó en el jardín del Edén para Adán y Eva toda clase de árboles, y dos especiales: el de la ciencia del Bien y del Mal, y el Árbol de la Inmortalidad, (Génesis 2,9). Recordar aquel árbol en las fiestas navideñas es estar convenci­dos de que Cristo, con su nacimiento, nos devuelve la Vida divina. También puede hacer referencia al renuevo verde que brota del tronco seco de Jesé (cf. Is 11,1) y que supone el cumplimiento con creces de la Promesa de Dios que contemplamos en Jesús nacido en Belén. De ahí la costumbre en la antigua iconografía de representar el árbol de Jesé como árbol genealógico de Jesús.

Por eso mismo hemos querido ponerlo en la parroquia junto al Misterio, y la verdad es que ha quedado muy bien, ¿no crees?.

Querido Amador:

Acaba de comenzar el año 2009. Mientras te escribo se oyen al fondo los petardos y el ir y venir de los chicos y chicas a no sé qué discoteca de cotillón. Estoy recibiendo mensajes y mensajes a través del móvil deseándome feliz año nuevo de mil maneras a cual más original y rebuscada. Las agradezco todas puesto que mientras se envían aunque sólo sea por un segundo uno está en la mente y en el corazón de una persona que te estima, y eso es precioso. Yo esta noche no he mandado muchos mensajes: lo hice en nochebuena, porque aquella fiesta, al menos a mí, me parece más importante y entrañable.

Un año se ha ido, otro ha entrado. Hay que ver cómo somos los humanos y cómo medimos el tiempo. Para mí este día de año nuevo es la octava de la navidad, fiesta de Santa María, Madre de Dios y de todos los cristianos y día mundial de oración por la Paz. Recuerdo que hace 2009 años (más o menos) el Hijo de Dios tuvo a bien venir a habitar entre nosotros, naciendo de una mujer, sometiéndose a todo para liberarnos a todos. Mi fiesta no es la sucesión del tiempo, sino la convicción profunda de que estamos en manos de Dios y que necesitamos este tiempo para recordar sus maravillas y hacerlas nuestras hoy. el tiempo lo medimos los cristianos en amor de Dios.

Con todo no quiero dejar pasar la oportunidad de felicitarte el año nuevo. Dicen los expertos que va a ser un año duro para la mayoría. Es posible. Pero tambien quiero pensar que estamos en un tiempo de gracia. Por eso no me quiero quedar en un vacío “feliz o próspero año nuevo”, porque quizás no sabemos medir la auténtica felicidad, y preferiría desearte que tengas la fuerza y la valentía de adentrarte en lo más profundo de ti para descubrir tu verdadera riqueza, que la tienes. Que no vivas hacia fuera, sino hacia adentro. Que tengas los pies en el suelo y el corazón en el cielo; que sin dejar de ser realista no dejes de tener esperanza…

Que el Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz.

Ex corde. Facundo.

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