“Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría” (Mt 2,10). A los Magos es la estrella la que les anuncia el nacimiento de Jesús y su presencia en este mundo. A los pastores fue el anuncio del ángel (Lc 2,9-20). Pero para todos, los magos (símbolo de los pueblos gentiles), los pastores (símbolo del pequeño resto de Israel) y para nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, ha amanecido el Señor, su gloria y su luz han aparecido sobre nosotros (cf. Is 60,2-3).
Celebramos, queridos hermanos, la solemnidad de la Epifanía del Señor. “Epifanía” es una palabra griega que significa “aparición de la luz”. Celebramos el nacimiento de Jesucristo como luz de todos los pueblos, como manifestación definitiva y plena de Dios a toda la humanidad, representada en los Magos de Oriente. Manifestación de la luz que disipa las tinieblas; de la verdad que desplaza a la mentira; de la vida que vence a la muerte; de la alegría y de la esperanza, que supera toda contradicción y pesimismo: todo eso es Jesús, el Cristo, para nosotros y para toda la humanidad, con tal de que queramos acogerlo.
El evangelista Mateo construye el relato de los Magos fijándose en el texto de Isaías que hemos leído en la primera lectura, para darnos a entender quien es Cristo y lo que aporta a la humanidad. La imagen de Isaías es realmente hermosa y significativa: la humanidad yace en las tinieblas y en la oscuridad, pero en Jerusalén brota una luz: es Dios mismo el que la suscita; es Él el que amanece y hace brillar su gloria. Esa luz atrae a todos los pueblos, encabezados por los reyes, que se encaminan hacia Jerusalén trayendo sus ofrendas y alabanzas al Señor. El cuadro suscita la esperanza y la alegría.
Mateo recuerda ese texto del Antiguo Testamento para hacer caer en la cuenta que Cristo es luz y esperanza para todas las gentes y para todos los pueblos, si es que quieren acogerlo en vez de seguir en las tinieblas. Mateo destaca la actitud de los Magos, que en un signo tan poco trascendente como una estrella han sabido descubrir la presencia del “Rey de los Judíos”, frente a la dureza del corazón de Herodes, que aún teniendo la Escritura Santa y los escribas no quiere esa luz, prefiere sus tinieblas, porque ahí reside su poder. Pondrá todas sus fuerzas para apagar la luz, primero con buenas palabras y demagogias (“para ir yo también a adorarlo”), después con la tragedia de la matanza de los inocentes. ¡Cómo se parecen a veces los poderosos a Herodes, con tantas demagogias y buenas palabras y a la vez tanta oscuridad, mentiras y leyes e ideas tan negras!
La estrella, que no es ningún signo divino, guía a los Magos, porque aún en su ignorancia tienen buen corazón. Todo conduce y abre a la presencia de Cristo. Esa luz es motivo de inmensa alegría. Todos podemos contemplar ese misterio de amor del niño con María su madre y postrarnos ante él adorándolo y dándole gloria. Esa es la actitud verdaderamente religiosa: buscar y descubrir la luz de Cristo, abrirnos a su verdad, contemplar las cosas como signo de su presencia, amar y vivir en la alegría, adorarlo, darle gloria, ofrecerle lo que somos y lo que tenemos para su servicio.
Un último detalle: los Magos vuelven a su tierra por otro camino. Tras esa experiencia todo ha cambiado. Ya no preguntan a Herodes, ya no buscan ese poder de las tinieblas. Todo se ha vuelto luz y existe otro camino. También yo, queridos hermanos, quiero deciros lo mismo: existe otro camino: el de Cristo, el de la luz. Podemos cambiar de rumbo, podemos hacer las cosas mejor; es más, podemos hacer las cosas buenas y perfectas. No nos debemos conformar con los mensajes de Herodes. Entre tanta tiniebla hay una luz que brilla; entre tantos caminos hay uno: el Camino, la Verdad, la Vida, que nos plenifica, nos hace mejores, nos da esperanza, nos llena de alegría y nos da la salvación. Ese camino es Cristo, su evangelio, su gracia.
Ahora, al terminar la Eucaristía, tras contemplar la luz de Cristo, volved a vuestras casas, a vuestras familias, a vuestros trabajos, problemas y preocupaciones, pero volved transformados, por otro camino, con otra vida… y sed felices: Cristo os ha llamado y él mismo es vuestra luz. Irradiadla.