Hace unos días en un programa de televisión me sorprendió un presentador que decía que el Belén es la representación católica de la Navidad y el árbol la protestante. Eso no es cierto. Ambos símbolos son cristianos y están arraigados en la tradición católica. La prueba está en que ambos se representan todos los años en la Plaza de San Pedro del Vaticano.

El primer Belén nació de un arrebato místico y poético de san Francisco de Asís. Era la madrugada del día de Navidad de 1223, y el santo quería celebrar unas fiestas que le permitiesen revivir sensi­blemente el nacimiento de Cristo en Belén. Fue entonces cuando se le ocu­rrió construir las figuras de los protago­nistas de aquella noche. San Francisco era inventivo y desconcertante. Se cuen­ta que cuando tuvo que construir una iglesia, se puso a mendigar pidiendo piedras.

Ya en el siglo II se pueden observar mosaicos y pinturas que representan el motivo de la Navidad. El mérito de Francisco fue representar las escenas que todo el mundo ya imaginaba. No es de extrañar que  el extraordinario san Francisco fuera na­tural del país del arte, Italia.

En fin, este santo extendió la costumbre de construir belenes en las iglesias y monasterios. Las figuras eran de hasta un metro de alto.

Sólo a partir del siglo XVI, comienzan a extenderse los belenes domésticos, pero es sobre todo desde la Revolución francesa, 1789, que la cons­trucción del “pesebre” se hizo tan común como lo es hoy. Con el tiempo se organizaron asociaciones belenistas, que hoy existen en más de veinte países. Defienden la tradición de las figuras artesanas en contra de la invasión de figuras de plástico y otros materiales, por parte de la industria de juguetes.

Lo más importante a la hora de poner un Belén en casa, es tener clara su finalidad. Las fiestas de Navidad son una renovación del hecho más grande de la historia de la Humanidad: Dios se hace hombre.

El Belén es una manera sencilla de tener durante esos días este Aconteci­miento continuamente ante los ojos.

En cuanto al árbol de Navidad, se trata de una invención posterior al Belén. La adoración de árboles estaba muy extendida en el paganismo que en la for­taleza y en la longevidad de la encina y el roble descubría cierto carácter divino. Unas creencias difíciles de extirpar y que quizá con el árbol de Navidad hubieran encontrado un cauce pedagó­gico para acercarse a Cristo. Los méto­dos para extirpar estas creencias hubie­ran enfadado a más de un ecologista. Cuando San Hiparcio en Bitinia, la región noroccidental de la actual Turquía, se enteraba de que las gentes del lugar adoraban un determinado árbol, reunía un comando de monjes que cortaban el árbol y lo quemaban.

Este sabor pagano fue la causa del retraso del árbol de Navidad en la sim­bología cristiana. Sin embargo comenzó a utilizarse en los países nórdicos hacia el siglo XVI, y de ahí se exten­dió por toda Europa, también a los países católicos.

 Hoy la gente lo suele oponer al Belén, como si éste último represen­tara la navidad cristiana y el árbol una navidad sin ‘historias de curas’. Todo sea por la libertad de expresión, y en este caso, de ignorancia. Es de ignorancia, puesto que el árbol tiene una significación muy clara, que explica que los cris­tianos lo comenzaran a poner en sus casas en Navidad. Representaba el Árbol de la Inmorta­lidad. Dios plantó en el jardín del Edén para Adán y Eva toda clase de árboles, y dos especiales: el de la ciencia del Bien y del Mal, y el Árbol de la Inmortalidad, (Génesis 2,9). Recordar aquel árbol en las fiestas navideñas es estar convenci­dos de que Cristo, con su nacimiento, nos devuelve la Vida divina. También puede hacer referencia al renuevo verde que brota del tronco seco de Jesé (cf. Is 11,1) y que supone el cumplimiento con creces de la Promesa de Dios que contemplamos en Jesús nacido en Belén. De ahí la costumbre en la antigua iconografía de representar el árbol de Jesé como árbol genealógico de Jesús.

Por eso mismo hemos querido ponerlo en la parroquia junto al Misterio, y la verdad es que ha quedado muy bien, ¿no crees?.