Durante el tiempo ordinario, -lo hemos dicho muchas veces-, debemos tener una actitud de atención especial ante lo que el Señor dice y lo que el Señor hace, y es que, tal como hemos escuchado en el evangelio de este domingo, el Señor enseñaba y actuaba con autoridad.
¿Qué significa esta expresión? Entre nosotros confundimos la autoridad con el poder y la autoridad es algo más profundo y grande que el mero poder. Por poner un ejemplo: un presidente tiene poder por el cargo que ocupa y los medios de los que dispone, pero no tiene por qué tener autoridad para mí si sus decisiones no van avaladas por la verdad y la justicia. Al revés, una persona puede tener una autoridad enorme por su talante de vida y no tener ni una sola arma en su poder para imponer su doctrina, más que esa misma autoridad moral.
La palabra autoridad tanto en español como en el original griego del evangelio (exousía) hacen referencia al “autor” de la doctrina, a la riqueza de su enseñanza, al valor para la vida de sus palabras y al aval que esa doctrina tiene en el talante, en la forma de ser y de vivir el autor de esa enseñanza. Así es la autoridad de Jesús. Él no dispone de armas ni de medios, pero su palabra, sus enseñanzas, la novedad de su mensaje, su ejemplo de vida son enormemente valiosos para los que le escuchamos, porque en él encontramos un camino, una verdad, un modo nuevo de vivir.
Así se cumple la promesa de Dios en el Antiguo Testamento que hemos escuchado en la primera lectura por boca de Moisés: “Un profeta, de entre los tuyos, de entre tus hermanos, como yo, te suscitará el Señor, tu Dios”. Pero Jesús es más que Moisés. En esa lectura aparece el temor reverencial del pueblo ante la presencia de Dios; por eso piden un mediador, y Dios se lo promete, pero si Moisés era solo un hombre, Cristo es el Hijo. Moisés trajo la Ley, Jesucristo la gracia y la verdad (cf. Jn 1,17). Su enseñar es nuevo y por eso sorprende en los primeros momentos de su vida pública; después terminará escandalizando precisamente por esa novedad radical, en la raíz.
La autoridad de Jesús viene avalada por su personalidad: él es el Hijo, todo lo hace bien. La prueba es la expulsión de los demonios de aquellas pobres gentes abriendo la presencia del Reino de Dios en el mundo. Los “espíritus inmundos” del evangelio son el símbolo de los poderes alienantes y opresivos del maligno, que ante Jesús “el santo de Dios” retroceden: la luz brilla en medio de las tinieblas –dice san Juan-.
Traslademos el evangelio a nuestro mundo. ¿Cuál es la autoridad de la palabra de Jesús en nuestras vidas? Entre nosotros aún sigue habiendo poderes alienantes, que nosotros creamos con nuestro pecado y que nosotros padecemos por la magnitud del pecado de todos. Un ejemplo: hablamos de crisis en nuestro mundo. Es terrible ver como muchos quedan en paro, como los negocios se caen, como vemos negro el futuro. Todos tenemos experiencia de esta tristísima realidad entre nosotros, en nuestras familias, entre nuestros amigos. La Iglesia no aporta soluciones técnicas a esta crisis –tampoco es su papel-, aunque luego es la que más pone para paliarla. Pero debemos pensar algo: en buena medida en el fondo de esta crisis hay una crisis de civilización, de valores, que la Iglesia viene denunciando hace muchos años, porque cuando se oscurece el sentido de Dios se oscurece también el sentido de la humanidad: todo se vuelve mentira, todo se desdibuja; cuando no nos arrodillamos ante Dios terminamos arrodillados ante cualquiera; quien pierde el señorío de Dios termina esclavo de cualquier pasión: son los nuevos “demonios” de nuestro mundo.
En el evangelio esos “demonios” desaparecen ante la presencia y la palabra “con autoridad” de Jesús. Volvamos a Jesús, a su autoridad en nuestras vidas. En su evangelio encontramos una luz, una verdad insuperable, que llena de gozo y esperanza nuestras existencias. Conocer su evangelio, sentirnos admirados de la grandeza de sus enseñanzas, descubrir su autoridad en nuestras almas es la base de nuestra libertad frente a nuestras alienaciones, frente a nuestras zonas oscuras. Sólo así podemos romper tinieblas; sólo así tenemos luz; sólo así descubrimos la belleza y la libertad; sólo así podremos poner bases firmes, fundamentos serios, no sólo para paliar las crisis sino para empezar a construir un mundo y unas personas mejores. Todo esto me lo quiero aplicar a mí mismo el primero.
Terminemos orando con el salmo: Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos. Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. Ojalá escuchemos hoy su voz: No endurezcamos nuestro corazón.