Enero 2009


Durante el tiempo ordinario, -lo hemos dicho muchas veces-, debemos tener una actitud de atención especial ante lo que el Señor dice y lo que el Señor hace, y es que, tal como hemos escuchado en el evangelio de este domingo, el Señor enseñaba y actuaba con autoridad.

¿Qué significa esta expresión? Entre nosotros confundimos la autoridad con el poder y la autoridad es algo más profundo y grande que el mero poder. Por poner un ejemplo: un presidente tiene poder por el cargo que ocupa y los medios de los que dispone, pero no tiene por qué tener autoridad para mí si sus decisiones no van avaladas por la verdad y la justicia. Al revés, una persona puede tener una autoridad enorme por su talante de vida y no tener ni una sola arma en su poder para imponer su doctrina, más que esa misma autoridad moral.

La palabra autoridad tanto en español como en el original griego del evangelio (exousía) hacen referencia al “autor” de la doctrina, a la riqueza de su enseñanza, al valor para la vida de sus palabras y al aval que esa doctrina tiene en el talante, en la forma de ser y de vivir el autor de esa enseñanza. Así es la autoridad de Jesús. Él no dispone de armas ni de medios, pero su palabra, sus enseñanzas, la novedad de su mensaje, su ejemplo de vida son enormemente valiosos para los que le escuchamos, porque en él encontramos un camino, una verdad, un modo nuevo de vivir.

Así se cumple la promesa de Dios en el Antiguo Testamento que hemos escuchado en la primera lectura por boca de Moisés: “Un profeta, de entre los tuyos, de entre tus hermanos, como yo, te suscitará el Señor, tu Dios”. Pero Jesús es más que Moisés. En esa lectura aparece el temor reverencial del pueblo ante la presencia de Dios; por eso piden un mediador, y Dios se lo promete, pero si Moisés era solo un hombre, Cristo es el Hijo. Moisés trajo la Ley, Jesucristo la gracia y la verdad (cf. Jn 1,17). Su enseñar es nuevo y por eso sorprende en los primeros momentos de su vida pública; después terminará escandalizando precisamente por esa novedad radical, en la raíz.

La autoridad de Jesús viene avalada por su personalidad: él es el Hijo, todo lo hace bien. La prueba es la expulsión de los demonios de aquellas pobres gentes abriendo la presencia del Reino de Dios en el mundo. Los “espíritus inmundos” del evangelio son el símbolo de los poderes alienantes y opresivos del maligno, que ante Jesús “el santo de Dios” retroceden: la luz brilla en medio de las tinieblas –dice san Juan-.

Traslademos el evangelio a nuestro mundo. ¿Cuál es la autoridad de la palabra de Jesús en nuestras vidas? Entre nosotros aún sigue habiendo poderes alienantes, que nosotros creamos con nuestro pecado y que nosotros padecemos por la magnitud del pecado de todos. Un ejemplo: hablamos de crisis en nuestro mundo. Es terrible ver como muchos quedan en paro, como los negocios se caen, como vemos negro el futuro. Todos tenemos experiencia de esta tristísima realidad entre nosotros, en nuestras familias, entre nuestros amigos. La Iglesia no aporta soluciones técnicas a esta crisis –tampoco es su papel-, aunque luego es la que más pone para paliarla. Pero debemos pensar algo: en buena medida en el fondo de esta crisis hay una crisis de civilización, de valores, que la Iglesia viene denunciando hace muchos años, porque cuando se oscurece el sentido de Dios se oscurece también el sentido de la humanidad: todo se vuelve mentira, todo se desdibuja; cuando no nos arrodillamos ante Dios terminamos arrodillados ante cualquiera; quien pierde el señorío de Dios termina esclavo de cualquier pasión: son los nuevos “demonios” de nuestro mundo.

En el evangelio esos “demonios” desaparecen ante la presencia y la palabra “con autoridad” de Jesús. Volvamos a Jesús, a su autoridad en nuestras vidas. En su evangelio encontramos una luz, una verdad insuperable, que llena de gozo y esperanza nuestras existencias. Conocer su evangelio, sentirnos admirados de la grandeza de sus enseñanzas, descubrir su autoridad en nuestras almas es la base de nuestra libertad frente a nuestras alienaciones, frente a nuestras zonas oscuras. Sólo así podemos romper tinieblas; sólo así tenemos luz; sólo así descubrimos la belleza y la libertad; sólo así podremos poner bases firmes, fundamentos serios, no sólo para paliar las crisis sino para empezar a construir un mundo y unas personas mejores. Todo esto me lo quiero aplicar a mí mismo el primero.

Terminemos orando con el salmo: Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos. Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro.  Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. Ojalá escuchemos hoy su voz: No endurezcamos nuestro corazón.

Según informa la Conferencia Episcopal Española, a propuesta de la Subcomisión Episcopal para la Familia y Defensa de la Vida, se ha puesto en marcha un año de oración por la vida que, desde este mes de enero, pretende, según palabras de Juan Pablo II en la Evangelium Vitae que “en cada comunidad cristiana, con iniciativas extraordinarias y con la oración habitual, se eleve una súplica apasionada a Dios, Creador y amante de la vida”.

Me parece extraordinaria la idea, más aún cuando la cultura de la muerte extiende su poder amenazante. Ahí están la más que posible reforma de la ley del aborto, la cantinela de la eutanasia activa, la violencia de género, la manipulación genética, el abandono de niños y ancianos, la lacra del terrorismo, la guerra, la pena de muerte en algunos países, y tantos y tantos desmanes. Todos negros, pero aún más tristes cuando algunos incluso vienen avalados por los poderes públicos. Es horrible, porque la ley debe tener también un valor pedagógico en torno al bien y al mal, y cuando en la ley se oscurece el sentido del bien… malo.

Decía un amigo que el tema de la vida es como el Titanic, que se hundió por una pequeña grieta. Y desgraciadamente existen muchas grietas en nuestra sociedad, tantas que esto empieza a hacer aguas.

Pero no seamos negativos. En el fondo de las conciencias late el sentido de la vida y de la justicia. Debemos rezar no sólo para evitar los crímenes, sino ante todo para despertar ese sentido de la vida y de la justicia. Primero en nosotros mismos, después en los demás. El que ora reflexiona y valora lo que ora. Que este sea no solo un año para rezar, sino para crecer nuestras comunidades en la conciencia y en el compromiso por la verdad, el amor, la justicia y la vida.

Creo, además, que sería bueno volver a la Encíclica “El Evangelio de la Vida” de Juan Pablo II, y releerla a la luz de la situación actual. Por eso he pensado crear una categoría nueva en el blog, en la que leyendo la Evangelium vitae podamos orar por el don precioso e inestimable de la vida humana.

Y nada mejor para terminar que hacerlo orando. Aquí está la oración de Juan Pablo II en esa preciosa encíclica. Oremos a nivel personal o familiar:

Oh María,
aurora del mundo nuevo,
Madre de los vivientes,
a Ti confiamos la causa de la vida:
mira, Madre, el número inmenso
de niños a quienes se impide nacer,
de pobres a quienes se hace difícil vivir,
de hombres y mujeres víctimas
de violencia inhumana,
de ancianos y enfermos muertos
a causa de la indiferencia
o de una presunta piedad.
Haz que quienes creen en tu Hijo
sepan anunciar con firmeza y amor
a los hombres de nuestro tiempo
el Evangelio de la vida.
Alcánzales la gracia de acogerlo
como don siempre nuevo,
la alegría de celebrarlo con gratitud
durante toda su existencia
y la valentía de testimoniarlo
con solícita constancia, para construir,
junto con todos los hombres de buena voluntad,
la civilización de la verdad y del amor,
para alabanza y gloria de Dios Creador
y amante de la vida.

Martos, 26 de enero de 2009

 

Queridos padres y madres de los niños bautizados en el pasado año 2008:

Quiero, en primer lugar, saludaros afectuosamente y desearos lo mejor en este año que acabamos de estrenar para vosotros y para vuestros hijos.

En segundo lugar, quiero invitaros a la celebración eucarística que tendrá lugar el próximo lunes, 2 de febrero, en nuestra Parroquia a las 7,30 de la tarde con motivo de la fiesta de la presentación del Señor en el Templo, popularmente conocida como fiesta de “la Candelaria”.

Según la Sagrada Escritura, a los cuarenta días del nacimiento de Jesús, sus padres, María y José, acudieron al templo de Jerusalén para consagrar al Niño Jesús a Dios. Allí es reconocido por el pueblo santo como “Luz de los pueblos” y salvador de los hombres (Lucas 2,22-38).

Según la tradición cristiana en este día son presentados al Señor los niños recién bautizados, junto con sus padres, y puestos bajo la mirada atenta de la Virgen María. Ver a todos los niños que han sido bautizados a lo largo del año y rezar por ellos es un motivo de alegría para todos los que nos gozamos en vivir la fraternidad cristiana y a la vez una manera de tomar conciencia de familia parroquial que cree y se alegra con estos nuevos hijos.

De ahí mi invitación, queridos padres, para que sigamos en nuestra parroquia esta tradición tan bonita y expresiva, y para que acudáis con fe a la celebración que tendrá lugar, repito, el lunes, 2 de febrero de 2009, a las 7,30 de la tarde en la Parroquia de La Asunción, donde os bendeciremos y presentaremos a vuestros hijos al Señor y le haremos un pequeño regalo.

Esperando vuestra presencia, recibid un fuerte abrazo de vuestro párroco.

Facundo López Sanjuán

 

 

 

Señor Jesús:

En este día final del octavario de oración por la Unidad de los Cristianos,
nos unimos a tantos y tantos hermanos nuestros
que a lo largo y ancho del mundo
sienten la división de tu Iglesia.
nos unimos a todos aquellos que trabajan positivamente por la unidad.

Reconocemos que la división es fruto de nuestro pecado,
y que por tanto la unidad sólo vendrá de tu gracia.
por eso nos atrevemos a pedirte el don de tu Espíritu
para que se superen las divisiones.
Que todos seamos uno, como Tú y el Padre,
para que el mundo crea.

Señor Jesús,
en este día domingo hemos recordado tus comienzos,
tus primeras palabras invitándonos a la conversión y a la fe,
recordándonos lo apremiante de nuestra tarea;
hemos contemplado gozosos tu elección de los primeros discípulos,
cómo ellos dejándolo todo te siguieron.
La unidad vendrá si sabemos dejar nuestras cosas
para ir sólo en pos de ti.

Unidad en la fe, en el amor, en la esperanza,
unidad para la santidad,
unidad para la vida,
unidad para la evangelización,
unidad para la fortaleza de tu Iglesia.

Que todos aprendamos de los demás,
que cada comunidad se enriquezca en el encuentro con los demás.
Bendice a nuestros pastores y teólogos:
ábreles su mente y su corazón
para que, en buena disposición,
encuentren caminos de unidad.
A todos los cristianos danos entrañas de misericordia y de caridad,
que todos nos podamos fundir en el abrazo de la reconciliación,
de la fe y de la esperanza.

Amén.

En estos primeros domingos del tiempo Ordinario estamos escuchando en el Evangelio los relatos de los inicios de Jesús. Marcos presenta de forma muy escueta esos inicios, pero a la vez intensa. Son las primeras palabras y acciones de Jesús, que marcan muy bien su mensaje y su estilo.

1. Los comienzos tuvieron lugar en Galilea, al norte, lejos de Jerusalén. Hasta ese momento Galilea había tenido poca importancia en la historia sagrada; desde ese momento se convertirá en un lugar símbolo de los mejores tiempos de Jesús, en una invitación a entrar en contacto amistoso con el Señor. En Galilea, en medio de los humildes y olvidados, Jesús comienza a proclamar el Evangelio. “Proclamar” significa alzar la voz, dar a conocer a todos la Buena Noticia de la Salvación, de la presencia de Dios que transforma nuestras vidas. Sus primeras palabras están cargadas de esperanza y son a la vez una llamada a la responsabilidad. Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio“. Con Jesús comienza una esperanza nueva y definitiva: con él se hace realmente presente Dios mismo en nuestras vidas, llenándonos de su gracia y de la posibilidad de vivir una nueva existencia, unos nuevos valores que no pasan. Dios es el soberano de todo, él es nuestra luz, nuestra alegría y nuestra esperanza. Él manifiesta su amor y su misericordia rompiendo nuestros cortos esquemas y abriéndonos a una nueva realidad mucho mejor.

2. Pero para vivir en esa nueva realidad, que es un regalo de Dios, se requiere una decisión, un cambio, en nuestras vidas. Jesús apela en sus primeras palabras a la conversión y a la fe. Para que la salvación de Dios se realice en nosotros hace falta un corazón bien dispuesto y una actitud confiada. Hace falta cambiar la vida a mejor, reorientarla hacia Dios; cambiar la mente, los propósitos, las ideas para aceptar y cumplir su voluntad. Hace falta la fe, la aceptación de Jesús como el enviado de Dios, como el Hijo de Dios, como Dios mismo en medio de nosotros. Sin conversión y sin confianza no se puede entrar a formar parte del Reino de Dios.

Con estas palabras los cristianos estamos invitados hoy a hacer la lectura de nuestra vida y de nuestra realidad. Vivimos en un mundo en crisis en todos los órdenes y esto, desgraciadamente, puede llevarnos a la resignación, a la apatía, al individualismo… incluso en personas religiosas podemos caer en ciertos espiritualismos evasivos. La llamada de Jesús es a una conversión, a un cambio de rumbo, que nos acerque a Dios, pero sin desentendernos de la realidad. El evangelio, la buena noticia, tiene que ser proclamada a todos pues a todos les interesa, para todos es luz. Jesús empezó en Galilea, entre los humildes y trabajadores. Comenzó despertando conciencias y animando a la esperanza.

3. Justo después de esa llamada a todos, Jesús comienza a hacerla realidad en algunas personas concretas –sus primeros discípulos-. Pudo el Señor hacer las cosas solo, pero quiso más bien buscarse unos amigos a los que enseñar e instruir, a los que amar y enviar después. La llamada a la conversión y a la fe tiene éxito en estos pescadores de peces, que comienzan una aventura para llegar a ser, poco a poco, pescadores de hombres. El camino de éstos será largo, estará lleno de alegrías, a veces también de decepción y pecado. Un detalle a destacar: es Jesús el que pasa, ve y llama a los pescadores; son éstos los que sigue a Jesús y se van con él. La iniciativa y el protagonismo lo tiene siempre Jesús: él es el Maestro y Señor. Los discípulos son asociados a esa tarea del Señor y esa es la misión más alta del hombre: participar junto a Jesús en la proclamación del Reino, participar de las tareas del Evangelio, ser amigo y compañero de Jesús; por eso son capaces de dejarlo todo. No tienen el corazón atado ni cogido y esperan una vida y una misión mayor.

El tiempo es apremiante como nos ha dicho Pablo en la segunda lectura. Él mismo tuvo la experiencia de la conversión –hoy mismo celebramos su fiesta- y nos ofrece la belleza de esa vida nueva en Cristo. Ahí tenemos un modelo precioso de encuentro con el Señor. Hoy por hoy, cuando nos debatimos en una fuerte crisis vocacional, quizás sea el momento de volver a mirar a Jesús a los ojos y escuchar de sus labios el evangelio y la llamada. No predicándonos a nosotros mismos, sino ofreciendo la luz y la esperanza a un mundo en agonía. Esto, hermanos, es tarea de todos: de los sacerdotes y de los laicos. Debemos recordar y revitalizar nuestra condición de miembros activos de la Iglesia, miembros que se esfuerzan por extender la Buena Noticia a todos.

En la Eucaristía proclamamos cada día esta esperanza y nos animamos en la conversión y en el crecimiento espiritual. La eucaristía alimenta nuestras vidas y nos impulsa a la misión. Pidámosle la fortaleza y el ánimo a Cristo en nuestras tareas. Amén.

De verdad, Amador, que no me gusta ser profeta de mal agüero. Como puedes ver en mis homilías y en mi blog hablo más de esperanza que de calamidades. Pero a veces no me queda más remedio: el que avisa no es traidor.

Esta mañana han salido los datos del paro: 3.207.900 parados: 1.280.300 parados más que hace un año. ¡Terrible! Y sigue creciendo. Un dato muy preocupante: 827.200 familias sin ningún miembro trabajando. ¿Sabes los que todo esto significa? ¡POBREZA! En las parroquias lo notamos: han subido considerablemente la solicitud de ayudas a Cáritas. Dicen que podemos llegar a los cuatro millones de parados. Todo esto se auguró hace un tiempo pero casi nadie hizo caso. Y después del paro, vendrán nuevas miserias… Pero lo que más me preocupa es la falta de reacción de la sociedad. Vivimos en una sociedad paralizada, envilecida… resignada.

De verdad que no quiero ser profeta de mal agüero, pero a estos niveles la cosa pinta muy mal. Si al menos la sociedad reaccionara… cabrían esperanzas.

*  *  *

Hace unos años, a principios de los noventa, cuando desde la Conferencia Episcopal se advirtió de las consecuencias que traería aquella “novedosa” LOGSE, ¡Dios santo lo que se dijo de los obispos! …Y se quedaron cortos. Ahora lo vemos: estamos en los últimos puestos de la OCDE en materia de competitividad y educación, y seguimos bajando.

En aquellos años también desde la Conferencia Episcopal salió un documento precioso sobre las implicaciones morales del momento; se llamaba “La verdad os hará libres” y denunciaba entre otras lo que después se llamó “cultura del pelotazo”. Recuerdo a algún político de la época –que todavía sobrevive- echando sapos y culebras por la boca contra los obispos. Y la verdad es que éstos se quedaron cortos: al muy poco tiempo empezaron a salir escándalos -¿te acuerdas de Juan Guerra, de García Damborenea, de Luis Roldán…?-. En aquel tiempo yo era estudiante y subía corriendo a la sala de Televisión a ver a Indurain en el Tour, y de paso veía el Telediario, cada día con nuevos escándalos y líos. ¡Ay aquellos telediarios que se parecían tanto al Tomate!

Vino después el cambio político, y nos olvidamos de la crisis del 93 y de aquellos líos, pero algunas cosas no terminaron de mejorar. Entramos todos un poco en el complejo de los nuevos ricos… Recuerdo una polémica que se montó cuando la CEE no se adhirió, -no porque no estuviera de acuerdo, sino porque no era su ámbito y porque la argumentación teológica era mucho más seria y fuerte-, en el Pacto por la libertades y contra el terrorismo que firmaron los dos partidos mayoritarios. Entonces los que se acordaron de los obispos fueron los otros ¡fíjate!. ¡Para lo que quedó después aquel pacto! ¡Desgraciadamente!

Vino después el 11-M y el 14-M, las cuotas, los circos y demás. Y eso ya sí lo sabes ¿no?… Vino la Ley del divorcio spress y su correspondiente cortina de humo. La colaron y ya ves: se han multiplicado las rupturas a las malas y algo tan progresista que no se repetía desde los años 40 del siglo XX y que era tan propio de la Edad Media como los matrimonios de conveniencia, especialmente entre los inmigrantes. ¡Toma integración!, ¡toma libertades! Y ¡toma progresismo!

La locura y la mentira se instalaron recordándome y haciendo realidad lo que ya dijo Erasmo de Rotterdan en el Elogio de la locura. …Erasmo también se quedó corto.

Hace un año por estas fechas solía escuchar la Cope en mis viajes, porque en Martos la Cope no se escucha precisamente bien. Recuerdo los análisis económicos que se hacían en la Linterna de la Economía por parte de Recarte, Centeno y otros expertos económistas. Yo ya era pesimista con lo que pasaba, pero hasta a mí me parecía todo demasiado exagerado. Alguien ^^ empezó a decir que si los pesimistas a nivel político y económico eran antipatriotas y apocalípticos. ¡Fíjate el patriota! Dedicó dos tardes a aprender economía, dio veinte vueltas al diccionario para encontrar sinónimos a la palabra “crisis”, y nos ofrecía a todos -como los antiguos jesuitas- motivos para creer. Imaginación no le faltaba en aquel momento. …Y la Cope se quedó corta ¡desgraciadamente! Después de eso ya sabes: por lo pronto más de un millón de parados más. Y los que vengan, que ya hasta el mismo Solbes lo ha dicho, que se siente impotente. ¡Pues lo podía haber dicho hace un año, que ya tenía datos!

Me fastidia ser profeta de mal agüero, pero es que mis motivos para creer sólo los tengo en Dios.

Ayer estuve viendo en la tele la toma de posesión de Obama. Aparte de que no me gustan mucho las americanadas y de que todo el fasto me parecía un poco excesivo y hortera –es un gusto personal muy discutible-, sin embargo sí me gustaría hacer algunos someros comentarios:

1º. Estados Unidos sigue siendo la primera potencia mundial a nivel económico. Así que a todos nos interesa directa o indirectamente. Eso ya merece un respeto. Le deseo a Obama lo mejor por el bien del mundo.

2º. Obama es una incógnita. Ya veremos por donde sale. Así que no declaro lo que por ahora pienso, no sea que después me lo tenga que tragar. De todas formas me sorprende que despierte tantas simpatías entre nuestros progresistas. Obama será demócrata y tal, pero no deja de ser yankee y lucir con orgullo las barras y las estrellas. Me pregunto si Bush era tan malo y este tan bueno, ¿a quién empezarán a echar el sambenito de todos los males de la humanidad?

3º. El discurso. Bien. Una arenga americana, lo esperado. Pero con algunos puntos a resaltar: elegancia en las formas; arraigo en los principios y en la tradición americana –nos guste o no-; descripción auténtica de las dificultades del presente –Obama al menos no miente descaradamente-; fortaleza en la acción para el futuro apelando a la ley y a lo mejor del espíritu y de la iniciativa del pueblo americano, pidiendo a todos esfuerzo y trabajo. No es que a mí me ilusionara; pero al menos me quedé con el consuelo de que todavía hay políticos para los que ciertos principios no son discutidos ni discutibles. A ver si llega algo de ese aire fresco a la vieja y relativista Europa, pasando por España…

4º. Las referencias a Dios. Por la mañana Obama acudió a un oficio religioso en una iglesia protestante. Antes de su juramento un pastor hizo una oración por el nuevo presidente, su familia, el gobierno y el pueblo americano. Fíjate, ¡en el país más cosmopolita y pluricultural y multireligioso del mundo un pastor protestante haciendo votos y oraciones públicos en un acto oficial y de esa envergadura! ¡Y Obama rezando públicamente! Y allí nadie increyente o de cualquier otra religión se siente dolido o menospreciado por esa osadía. En el discurso varias veces salió la palabra “Dios”, e incluso al final la oración “Dios me ayude”, “Dios bendiga a América”. Eso es respeto y tolerancia. Respetar los ámbitos propios y autónomos de la religión y de la política, sin intromisiones necias, pero con mutua y leal colaboración. No es que yo aspire a que aquí se hagan las cosas igual, pero al menos que se respeten los sentimientos de la mayoría católica o de cualquier minoría religiosa, y que el nombre de Dios no sea denostado. Los americanos saben que por encima de la ley positiva que hacen los políticos, siempre está la ley natural y la trascendencia y que ante esa trascendencia primero y ante la nación y la historia después tendrán que responder. ¡Envidiable!

La semana pasada tuvimos en la Parroquia hermana de San Francisco de Martos una tanda de Cursillos Prematrimoniales. El parecer de los que han dado las charlas ha sido muy positivo con respecto a los jóvenes que han hecho estos cursillos. Anoche me acosté a las tantas tras la reunión de mi EQUIPO DE NUESTRA SEÑORA Martos-4; esta tarde he tenido la reunión de mi grupo de ENCUENTRO MATRIMONIAL. Gracias a Dios en Martos funcionan razonablemente bien estos movimientos cristianos de matrimonios y familia.

Los ENS buscan más una formación cristiana; EM una técnica de diálogo entre los esposos. En cualquier caso son una auténtica bendición del Señor para mí. No os podéis imaginar lo que aprendo en diálogo con ellos acerca de la situación actual de las familias, la educación de los hijos, los jóvenes, el trabajo, las relaciones, el amor de los esposos, las dificultades que les asaltan… y del mismo Evangelio, ya que sin dar clases de exégesis esos matrimonios quieren ser, aspiran a ser, ya lo son… Evangelio vivo.

En las reuniones yo apenas hablo, prefiero escuchar y aprender, gozar y sentir con ellos. A veces es verdad que termino cansado porque las reuniones son largas, pero siempre vuelvo a mi casa con el corazón renovado en ilusión. Vuestro amor, con sus dificultades, es un auténtico motor no sólo en vuestras familias, sino en la Iglesia, y estoy convencido que, cuando demos la cara, será también un motor de nuestro mundo.

Gracias, queridos matrimonios, por compartir conmigo vuestra experiencia, vuestras dificultades y vuestra fe, perdonad a veces mis salidas y mis bromas, y ayudadme a entender un poco más el mundo en que vivimos desde la perspectiva de vuestro amor de enamorados…

Tras la celebración de las fiestas navideñas acabamos de retomar en la liturgia el Tiempo Ordinario en el que estamos invitados a escuchar y a contemplar con atención las palabras y las enseñanzas, las obras y los milagros de Jesús para nuestra salvación. Escuchar y contemplar con atención. La celebración de los misterios cristianos requiere siempre esa escucha atenta, esa contemplación amorosa. La atención requiere un esfuerzo, y ¡un esfuerzo difícil ciertamente! Sobre todo para nosotros, que nos hemos acostumbrado a escuchar muchos mensajes, muchas noticias, y que la mayoría de las veces no nos im-presionan, es decir, no hacen presión ni mella en nuestra alma.

Ambas acciones –escuchar y contemplar- aparecen en las lecturas que hoy nos propone la sagrada liturgia, en las que se nos habla de la Vocación.

 

Habla, Señor, que tu siervo escucha

Hemos escuchado en la primera lectura el relato de la vocación de Samuel. Samuel era un niño cuando recibió esa llamada del Señor, en el lugar donde estaba el Arca de la Alianza. En un primer momento desconoce el origen de esa llamada, piensa que quien lo llama es el sacerdote Elí. Hay una confusión en la escucha. Será el mismo Elí quien le aclare a Samuel que es el Señor quien llama y que la actitud que merece esa llamada es la escucha atenta y la disposición a actuar según Dios quiere. Este texto es muy antiguo, pero no por ello deja de ser actual. Estoy convencido de que Dios sigue llamando a muchos para una tarea en el mundo o en la Iglesia. El problema está en que muchas veces no escuchamos o confundimos el origen de esa llamada. En nuestro mundo hay muchas voces, muchos mensajes que tapan la llamada de Dios. Nuestra disposición como cristianos es estar atentos, saber discernir. Necesitamos hombres como Elí que aclaren y orienten en medio de la confusión.  Hombres y mujeres que como Elí respeten la libertad de Dios en el momento de elegir y la libertad de la persona en el momento de responder. Para discernir esa llamada se necesita silencio y oración, acudir al lugar donde está nuestra Arca de la Alianza, mucho mayor que la antigua, –el Sagrario-, y ponernos en actitud de escucha atenta.

 

El diálogo de Jesús con los primeros discípulos

En el Evangelio hemos escuchado el relato de la vocación de los primeros discípulos. Éstos eran discípulos del Bautista y va a ser éste quien les invite a seguir a Jesús. Viene ese primer encuentro y un diálogo sabrosísimo entre Jesús y estos discípulos, un diálogo que también nosotros deberíamos mantener con el Señor:

¿Qué buscáis? – Maestro, ¿dónde vives? – Venid y lo veréis. Situémonos nosotros mismo en la escena. ¿Qué buscamos hoy por hoy? ¿Cuáles son nuestros objetivos y motivaciones, nuestro horizonte, nuestras preocupaciones, nuestros trabajos y proyectos? Todos buscamos algo en la vida que dé sentido a nuestra existencia, que sacie nuestro corazón, que nos colme de felicidad, que nos eleve. Muchos creen encontrarlo en el dinero, en el poder, en la imagen, en el prestigio o en la posición social, en los placeres, etc. El Señor quiere hacernos entender hoy que sólo él puede ser el fin último de nuestras búsquedas. Como decía san Juan de la Cruz, para venir a serlo todo no quieras ser algo en nada.

Por eso, no nos quedemos en las cosas, en tantas cosas como tenemos. Tengamos siempre presente que no buscamos algo, sino a Alguien, Alguien que nos ame y a quien amar. Necesitamos encontrarnos con Cristo.

Por eso aquellos discípulos no le preguntan sobre su mensaje, sino sobre su persona y su vida: “Maestro, ¿dónde vives?”, porque la fe y el amor sólo brotan del encuentro con Cristo. Y la respuesta de Jesús: “Venid y lo veréis” no hace referencia a un lugar físico, sino a la experiencia de acudir y acompañar al Señor allá donde esté.

Aquellos discípulos fueron y vieron. Pasaron la jornada con el Señor y en ese diálogo, que tanta huella les dejó, descubrieron al Mesías que henchía sus almas. Tras esa experiencia van a ser los mismos discípulos los que se conviertan en testigos ante otros.

Esa misma experiencia la necesitamos los cristianos hoy por hoy. No busquemos a Cristo por otros criterios que no sean estar con él, vivir junto a él, ser como él. Dejémonos cautivar por él, por su Palabra, por su Evangelio, por su mirada, por su persona. Descubramos que vive en nosotros su Espíritu; que como decía San Pablo somos templos suyos y glorifiquémosle con nuestras vidas, poniéndonos a su servicio. En la eucaristía siempre encontraremos fuerzas para ello. Y tras descubrir lo que nos dice y nos solicita, hagámoslo sin ambages. En lo que el Señor nos pide encontramos la felicidad y el sentido de nuestras existencias. Dejémonos iluminar por el Espíritu que vive en nosotros y por aquellos que el Señor pone en nuestro camino para nuestro bien.

11.  El cristiano es un comprometido con la no-violencia. Ni utiliza la violencia ni la admite, sino que la denuncia. No admite otra violencia que la de la verdad y el amor, que se imponen por sí mismos.

12.  El cristiano vive en la libertad interior, sin admitir concesio­nes, ni personales, ni ideológicas, ni legales. No admite esclavitud ninguna. No idolatra la ley; la admite como garantía de la libertad para todos.

13.  El cristiano valora su sexualidad y le da un sentido trascen­dente. Toma una actitud responsable ante la procreación; compren­de la sexualidad como la máxima expresividad y encuentro entre las personas que se aman. La reconoce como superación de la soledad personal. Al mismo tiempo tiene en cuenta y valora la opción de de algunas personas de renunciar a la expresión sexual del amor, y entiende el celibato como la expresión del amor de Dios a los hombres y como actualización del celibato de Jesús en favor de los hombres.

14.  El cristiano encuentra sentido al sufrimiento y a la muerte, desde el sufrimiento y la muerte de Jesús. No les quita importancia ni trata de explicarlos filosóficamente, ni cree que sean un bien; pero sabe que Dios está presente junto al que sufre y el que muere, yen él adquieren un valor redentor de la humanidad.

15.  El cristiano toma postura crítica ante el confort y el consu­mo dándoles sentido de medio, no admitiendo ningún tipo de esclavitud ni a la publicidad ni al consumismo. Incluso los denuncia mediante una vida pobre y austera.

16.  El cristiano se siente en misión: se reconoce enviado por Jesús para anunciar su palabra, su llamada a la conversión, la llegada del Reino de Dios. De ello son signos actuales los esfuerzos de los cristianos por implantar un orden mejor en lo político, lo social, lo económico y lo cultural.

17.  El cristiano es una persona humilde: anda en la verdad. Ni niega sus talentos, ni los entierra. Los reconoce, los agradece y los brinda para la utilidad de sus semejantes. Manifiesta una actitud de servicio.

18.  El cristiano es una persona alegre y que siembra alegría, gracias a la paz interior que siempre lleva y a la presencia de Dios en su vida.

19.  El cristiano intenta realizar el programa de Jesús, las Biena­venturanzas, luchando sobre todo por adquirir una pobreza de espíritu que le lleve a compartir lo suyo con los más necesitados.

20. El cristiano sabe dar razón de su fe y de su esperanza. Se impone el deber de conocer cada día mejor las Escrituras y de aumentar su cultura religiosa en la medida de sus posibilidades.

21. En definitiva, al cristiano se le identifica por el amor, pero no un amor cualquiera, sino el amor al modo de Jesús, amor por sí mismo, amor por los demás, amor por el mundo y la naturaleza, amor por Dios… en todo el amor.

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