Después de haber contemplado en el día santo de Navidad el misterio del amor inefable, sobreabundante de Dios que se nos hace presente en el Niño nacido en Belén para nuestra salvación, la liturgia de la Iglesia nos quiere presentar hoy, fiesta de la Sagrada Familia, el misterio escondido del amor de Dios que se realiza en medio de la “normalidad” de la familia de Nazaret.
El Hijo de Dios se hizo hombre para compartir en todo nuestra existencia. Su vida, como la de cualquier hombre está ligada a un lugar, a un espacio, a un contexto histórico, y también… a una familia.
José, María y Jesús, los tres unidos por el vínculo que más y mejor une a las personas, el amor, forman ante nuestros ojos, una comunidad de vida modelo, como dice la oración colecta de este día, para todos nosotros en nuestra propia realidad familiar.
Y es que, como decía Juan Pablo II, “Entre los numerosos caminos [de la Iglesia], la familia es el primero y el más importante“.
A nadie escapa que la realidad familiar está atravesando en los últimos tiempos una grave crisis. El mismo concilio Vaticano II sitúa a la familia como una de las realidades problemáticas más urgentes. Asistimos en la vida ordinaria, y desde los medios de comunicación, a una desvaloralización de la institución familiar, con la aprobación si no abierta, sí al menos tácita, de realidades que atentan a su núcleo central, y se nos presentan cada día, como algo habitual, matrimonios fracasados, violencia familiar, maltrato a las mujeres o a los niños, abandono de ancianos… Nos preocupa especialmente el tema de la educación de los hijos y el hecho de los bajísimos niveles que está adquiriendo en nuestro país. Una infancia o una juventud mal formada (o deformada como se intenta hacer) será la mejor forma de cercenar el futuro. Negrísimas nubes se ciernen sobre la vida con los proyectos diabólicos de ampliación del aborto, la eutanasia y ciertos experimentos pseudocientíficos…
Los cristianos debemos alzar nuestra voz frente a tales atentados, y aún reconociendo las dificultades inherentes a la vida familiar, (debidos, más que a la institución familiar en sí, al egoísmo y hedonismo de nuestra sociedad), debemos ser conscientes de la importancia de la familia en nuestra propia vida. Como bien recordó el papa Benedicto XVI en Valencia debemos caer en la cuenta del bien evidente que los hogares en paz y en armonía aseguran al hombre, a la familia, centro neurálgico de la sociedad.
Dice el proverbio que hace más ruido el árbol que cae que el bosque que crece. Ante el destrozo doloroso de numerosas familias, (debido a graves problemas como el paro, la droga, la falta de entendimiento, el divorcio spress…), también debemos ser conscientes de la realidad gozosa de otras muchas, que han llegado a la vejez, con más amor que el primer día, con más vida, con más experiencia, con más unidad. Y es que el amor no es una realidad dada, es algo que hay que hacer crecer cada día, desde el diálogo, el entendimiento, la comprensión y el perdón de los fallos.
Tenemos que ser conscientes de que el primer y más importante núcleo de la formación humana es la familia. La familia es la comunidad primera y referencial de todo ser humano. En efecto, el hombre viene al mundo en el seno de una familia, por lo cual puede decirse que debe a ella el hecho mismo de existir como hombre. Cuando tristemente falta esa familia, se crea en la persona una carencia preocupante y dolorosa que pesará posteriormente durante toda la vida. Por eso la familia, en cuanto núcleo existencial primero y básico del hombre; y en cuanto a espíritu que debe reunir a todos los hombres que viven en el mundo, está en el proyecto y en el designio eterno de Dios. (cf. Gén 1).
Dios mismo es familia: Padre – Hijo – Espíritu Santo. Cristo mismo entró en el mundo en el seno de una familia; es lo que hoy celebramos. Y la Iglesia misma está llamada a formar la familia de los hijos de Dios. Desde ahí podemos afirmar que la familia, cuando es realidad de amor, es también un lugar propio para el encuentro con Dios.
El ser humano es una realidad histórica cambiante y en continua evolución. La realidad familiar ha cambiado a lo largo de la historia y deberá seguir cambiando, ya que está sometida a cambios espectaculares en el orden social, económico, cultural y religioso. La crisis actual debe hacernos mirar el núcleo fundamental de la familia, célula de la sociedad, lugar de encuentro y diálogo, plataforma de crecimiento y educación humana, comunidad de vida y amor, e iglesia doméstica; lugar donde se cultivan los mejores valores humanos: la sencillez, la capacidad de servicio, la hospitalidad, la actitud de acogida, el amor entrañable por los mayores, por los niños, por los enfermos, por los desvalidos, y tantos y tantos otros valores que no deben pasar… Esos son los cimientos claros, la base ideal para la construcción real de la sociedad.
En la Iglesia en general y en nuestra parroquia en particular debemos aunar esfuerzos en valorar y alentar los movimientos familiares. Entre nosotros ya existen los Equipos de Nuestra Señora y Encuentro Matrimonial. Ambos movimientos, juntamente con otras realidades familiares son un enorme don de Dios a nuestra Parroquia y a nuestro pueblo. Quiero animaros a todos en esa preciosa tarea.
Que Dios, que es en sí mismo comunidad y familia de amor constituido por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, nos ayude a crecer en este espíritu familiar. Que la Sagrada familia, icono y modelo de toda familia humana, nos ayude a cada núcleo familiar a profundizar la propia misión en la sociedad y en la Iglesia. Nuestra oración también para que el Señor bendiga a todas las familias, las mantenga unidas en el amor. Nuestra oración y nuestra solidaridad también por las familias rotas, sean por los motivos que sean. Nuestra eucaristía hoy especialmente por nuestra propia familia.
Diciembre 28, 2008 at 11:38 pm
Para mí la familia ha sido y es fundamental, con sus alegrías y dificultades. Cuando se comparten en familia las alegrías, son más alegrías y las dificultades más llevaderas.
Tengo presentes con frecuencia unas palabras de Juan Pablo II que leí en cierta ocasión:
“La grandeza y la responsabilidad de la familia están en serla primera comunidad de vida y amor, el primer ambiente en donde el hombre puede aprender a amar y a sentirse amado, no
sólo por otras personas, sino también y ante todo por Dios”.
Hoy, he recordado especialmente a todas las familias que han perdido a algunos de sus miembros y que han sido ellos precisamente los que nos han enseñado a vivir plenamente en familia.