Diciembre 2008


Desde Senegal hemos recibido la siguiente carta. Al menos a mí me hace pensar muchas cosas… A ver qué se os ocurre a vosotros y qué podríamos hacer…:

 reyes-senegal

Queridos amigos de la Parroquia de la Asunción: Desde esta tierra senegalesa FELIZ NAVIDAD.

No quiero dejar de tener un recuerdo especial por cada uno de los que constituís esa familia parroquial que sigo de cerca a través de la página web que habéis puesto en marcha y que hace posible que el primer y el tercer mundo se unan a través de un botón aunque sea por un instante.

Y digo un instante, porque además de los 4.000 kms que separan por ejemplo Senegal y España…, los años-luz que nos separan en cultura, en medios, en posibilidades, en riqueza y en tantas y tantas posibilidades, nunca habrá “nuevas tecnologías” que los acerquen.

No, no quiero venir a estropear vuestra Navidad, que seguro que habéis preparado con tanta ilusión y en la que seguro habéis hecho un hueco para pensar en los demás, pero es que el ambiente en el que me encuentro ahora mismo, y el recuerdo de lo que se vive en mi tierra en estos momentos, el bullicio de las calles, entre otras cosas tan bonito, no me deja la conciencia tranquila, como cristiana, como religiosa, como misionera.

Me encuentro en un país en el que sólo un 5 % de la población es cristiana, y lo es por elección por convicción, porque todo les invita a lo contrario, y también nos estamos preparando de otra manera a celebrar la Navidad, habrá algún extraordinario en la mesa… un poco de carne con el arroz el 24 y el 25, seguro, para eso hemos estado ahorrando durante bastante tiempo… un Niño Jesús de escayola pintado de colores y muchas flores de plástico que lo adornan porque las naturales casi no las conocemos, pero es lo mejor que tenemos para ofrecer a este Dios que se hace hombre por amor POR TODOS…., pero no se nos olvide que los pobres son sus preferidos eh?… y que El mismo vino pobre… que nació entre animales, recordemos el olor de una cuadra, de una pocilga…. Hemos dulcificado demasiado nuestros pesebres…

Aquí se entiende muy bien quienes son sus preferidos. Por eso queridos amigos… no nos olvidéis, al menos en vuestra oración, en vuestro recuerdo. Al menos… no os quejéis si os falta algo. Vale? Eso ya sería suficiente. Hemos tenido demasiada suerte, y nos creemos haberlo merecido… ¡Qué ingenuos somos! Demos gracias a Dios siempre y en cada momento y sobre todo en los momentos de gozo, recordemos, que todo nos ha sido dado.

Amigos, hermanos. Feliz Navidad, Feliz 2009. Joyeux Noël. Dewenati. Tenéis muchos senegaleses entre vosotros ahora en la época de la aceituna. La lengua que todos hablan es el wolof, decidles Dewenati… es una manera de desearles feliz año… estarán contentos de oírselo a un europeo.

Muy unida a vosotros, desde esta cálida tierra

María Fátima

 

 

Estamos en Navidad, y una de las tradiciones más hermosas es la realización de los belenes. En la Parroquia de la Asunción este año se ha realizado uno muy hermoso por parte del grupo de ambientación y ornato del equipo de Liturgia. Ahí trabajaron NIcolás, Manolo, Belén, J. Caballero, J. Estepa, Antonio, Alex, y la colaboración de otros muchos. Hacía años que no se realizaba ninguno así en la Capilla del Santísimo y la verdad que ha quedado muy bien, a pesar de los pocos medios. Lo mejor de todo fue el buen ambiente mientras lo hacían. Ahí está el resultado… a la inmensa mayoría les está gustando… Se puede visitar todos los días a partir de las 17,00 h. en nuestra Parroquia.

Las fotos del montaje son de Eduardo y el montaje en sí lo ha hecho Mª Luisa. ¡Enhorabuena y gracias a todos! Alfonso lo ha metido en la TiP…

Enfin, mucha gente colaborando gracias a Dios en esta Parroquia, aunando trabajo, esfuerzos e ilusiones. Dios os lo pague a todos y muchas, muchas gracias…

Después de haber contemplado en el día santo de Navidad el misterio del amor inefable, sobreabundante de Dios que se nos hace presente en el Niño nacido en Belén para nuestra salvación, la liturgia de la Iglesia nos quiere presentar hoy, fiesta de la Sagrada Familia, el misterio escondido del amor de Dios que se realiza en medio de la “normalidad” de la familia de Nazaret.

El Hijo de Dios se hizo hombre para compartir en todo nuestra existencia. Su vida, como la de cualquier hombre está ligada a un lugar, a un espacio, a un contexto histórico, y también…  a una familia.

José, María y Jesús, los tres unidos por el vínculo que más y mejor une a las personas, el amor, forman ante nuestros ojos, una comunidad de vida modelo, como dice la oración colecta de este día, para todos nosotros en nuestra propia realidad familiar.

Y es que, como decía Juan Pablo II, “Entre los numerosos caminos [de la Iglesia], la familia es el pri­mero y el más importante“.

A nadie escapa que la realidad familiar está atravesando en los últimos tiempos una grave crisis. El mismo concilio Vaticano II sitúa a la familia como una de las realidades problemáticas más urgentes. Asistimos en la vida ordinaria, y desde los medios de comunicación, a una desvaloralización de la institución familiar, con la aprobación si no abierta, sí al menos tácita, de realidades que atentan a su núcleo central, y se nos presentan cada día, como algo habitual, matrimonios fracasados, violencia familiar, maltrato a las mujeres o a los niños, abandono de ancianos… Nos preocupa especialmente el tema de la educación de los hijos y el hecho de los bajísimos niveles que está adquiriendo en nuestro país. Una infancia o una juventud mal formada (o deformada como se intenta hacer) será la mejor forma de cercenar el futuro. Negrísimas nubes se ciernen sobre la vida con los proyectos diabólicos de ampliación del aborto, la eutanasia  y ciertos experimentos pseudocientíficos…

Los cristianos debemos alzar nuestra voz frente a tales atentados, y aún reconociendo las dificultades inherentes a la vida familiar, (debidos, más que a la institución familiar en sí, al egoísmo y hedonismo de nuestra sociedad), debemos ser conscientes de la importancia de la familia en nuestra propia vida. Como bien recordó el papa Benedicto XVI en Valencia debemos caer en la cuenta del bien evidente que los hogares en paz y en armonía aseguran al hombre, a la familia, centro neurálgico de la sociedad.

Dice el proverbio que hace más ruido el árbol que cae que el bosque que crece. Ante el destrozo doloroso de numerosas familias, (debido a graves problemas como el paro, la droga, la falta de entendimiento, el divorcio spress…), también debemos ser conscientes de la realidad gozosa de otras muchas, que han llegado a la vejez, con más amor que el primer día, con más vida, con más experiencia, con más unidad. Y es que el amor no es una realidad dada, es algo que hay que hacer crecer cada día, desde el diálogo, el entendimiento, la comprensión y el perdón de los fallos.

Tenemos que ser conscientes de que el primer y más importante núcleo de la formación humana es la familia. La familia es la comunidad primera y referencial de todo ser humano. En efecto, el hombre viene al mundo en el seno de una familia, por lo cual puede decirse que debe a ella el hecho mismo de existir como hombre. Cuando tristemente falta esa familia, se crea en la persona una caren­cia preocupante y dolorosa que pesará posteriormente durante toda la vida. Por eso la familia, en cuanto núcleo existencial primero y básico del hombre; y en cuanto a espíritu que debe reunir a todos los hombres que viven en el mundo, está en el proyecto y en el designio eterno de Dios. (cf. Gén 1).

Dios mismo es familia: Padre – Hijo – Espíritu Santo. Cristo mismo entró en el mundo en el seno de una familia; es lo que hoy celebramos. Y la Iglesia misma está llamada a formar la familia de los hijos de Dios. Desde ahí podemos afirmar que la familia, cuando es realidad de amor, es también un lugar propio para el encuentro con Dios.

El ser humano es una realidad histórica cambiante y en continua evolución. La realidad familiar ha cambiado a lo largo de la historia y deberá seguir cambiando, ya que está sometida a cambios espectaculares en el orden social, econó­mico, cultural y reli­gioso. La crisis actual debe hacernos mirar el núcleo fundamental de la familia, célula de la sociedad, lugar de en­cuentro y diálogo, plataforma de crecimiento y educación humana, comunidad de vida y amor, e iglesia doméstica; lugar donde se cultivan los mejores valores humanos: la sencillez, la capacidad de servicio, la hospitalidad, la actitud de acogida, el amor entrañable por los mayores, por los niños, por los enfermos, por los desvalidos, y tantos y tantos otros valores que no deben pasar… Esos son los cimientos claros, la base ideal para la construcción real de la sociedad.

En la Iglesia en general y en nuestra parroquia en particular debemos aunar esfuerzos en valorar y alentar los movimientos familiares. Entre nosotros ya existen los Equipos de Nuestra Señora y Encuentro Matrimonial. Ambos movimientos, juntamente con otras realidades familiares son un enorme don de Dios a nuestra Parroquia y a nuestro pueblo. Quiero animaros a todos en esa preciosa tarea.

Que Dios, que es en sí mismo comunidad y familia de amor consti­tuido por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, nos ayude a crecer en este espíritu familiar. Que la Sagrada familia, icono y modelo de toda familia humana, nos ayude a cada núcleo familiar a profundi­zar la propia misión en la sociedad y en la Iglesia. Nuestra oración también para que el Señor bendiga a todas las familias, las mantenga unidas en el amor. Nuestra oración y nuestra solidaridad también por las familias rotas, sean por los motivos que sean. Nuestra eucaristía hoy especial­mente por nuestra propia familia.

Nochebuena: noche santa, noche para contemplar el mayor amor… el de un Dios Grande que se hace pequeño por nosotros

Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor…

Desde hace unas semanas ya funciona la TiP. Para esta navidad hemos hecho varias grabaciones, pero están costando un poco de trabajo subirlas, esperemos que poco a poco se puedan ver…

Para felicitaros la navidad os pongo este villancico simpatiquisimo de los chicos de 5º (post-comunión). Están geniales. En este grupo hay 66 chicos y chicas, muchos para lo habitual en este curso de postcomunión, y en la parroquia estamos realmente contentos con ellos. Se nota el trabajo de los catequistas.

Ahí va el villancico…

“…Y dio a luz a su hijo primogénito,
lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre,
porque no había sitio para ellos en la posada
” (Lc 2,7).

Así narra Lucas los acontecimientos que los cristianos celebramos en Navidad: el nacimiento del Hijo de Dios e hijo de María, en la pobreza de un pesebre, en un mundo que no tenía sitio para ellos, pero con la dignidad de unos pañales puestos y preparados por el amor de una madre.

Navidad del año 2008. Navidad en un año que ha puesto de manifiesto una terrible crisis en nuestro mundo en general y en nuestro país y en nuestro pueblo de un modo particular. Crisis que va más allá de lo meramente económico o técnico. Quiero por tanto, antes que a nadie, saludar de una forma afectuosa y cálida a todos aquellos hermanos y hermanas nuestros que por diversos motivos sufren las tempestades de los vientos que otros sembraron: las familias rotas, los enfermos, los parados, los inmigrantes, los nuevos pobres de nuestra sociedad, los que sufren violencia o desamparo… a aquellos que se quedan sin sitio en esta posada. A todos vosotros, mis queridos hermanos, un fuerte abrazo en Cristo que nace pobre.

Un saludo afectuoso y entrañable a todos aquellos que, como María, ponen lo poco o lo mucho que tienen al servicio de los demás y de la Iglesia, a aquellos que hacen descubrir a los demás su dignidad de forma sencilla pero efectiva. Ahí están nuestros catequistas, nuestros voluntarios de Cáritas o de Vida Ascendente, los que se comprometen en cualquier tarea de la Parroquia en la liturgia, en la evangelización, en la caridad, en la limpieza, en los medios de comunicación, en los grupos de matrimonios o de jóvenes; o aquellos que parece que no hacen nada importante, pero con sus pequeños trabajos, con sus aportaciones, con su sonrisa enriquecen sin medida la vida de la comunidad.

Los niños y niñas. Lo más hermoso. El presente y el futuro de nuestra parroquia. ¿Sabéis que Jesús fue como cualquiera de vosotros? Quizás un pelín más bueno, pero en lo demás exactamente igual que cualquiera de vosotros, incluso en sus travesuras. ¡Debéis sentiros muy orgullosos porque el Niño Jesús quiso ser niño y desde ahí aprender a amar y servir a todos! ¿Os imagináis cómo sería el mundo de feliz si todos los niños y mayores fuésemos como Jesús? ¡Pues se trata de intentarlo con ánimo! ¡Conocer a Jesús, amarlo y seguirle! Así que, desde ya, en la catequesis, en la misa, rezando… hay que seguir a Jesús. ¿Vale?

 

Este año 2008 ha estado lleno de vivencias en nuestra Parroquia de la Asunción. Me siento realmente contento de servir al Señor en esta porción de su Iglesia. Esta es una comunidad viva con sus luces y con sus sombras, aunque las luces –las que pone el Señor– son mucho más grandes. Estamos afrontando una fuerte renovación en todos los ámbitos, fruto del deseo de la mayoría de los fieles expresada en la Asamblea General que tuvimos en octubre pasado. Desde ese momento se hace patente la revitalización de nuestra Parroquia gracias al trabajo de la inmensa mayoría de los fieles y a la ayuda del Señor. También son mayores los obstáculos, pero todo lo podemos en aquel que nos conforta. El año 2009 se presenta cargado de ideas y proyectos: con buen ánimo y la ayuda del Señor saldrán adelante; los ponemos ya en manos de Santa María, Madre de Dios, asumpta al cielo.

Todos nos ponemos en sus manos benditas.

La primera lectura de este cuarto domingo de Adviento nos ha mostrado cómo el rey David, después de haberse construido un rico palacio, quiere construir una casa, una hermosa casa para Dios, pues, ¿cómo es posible -piensa- que el Señor viva en una pobre tienda, mientras él, David, habita en una casa de cedro? Noble propósito parece, y el profeta Natán lo alaba. Y, sin embargo, no coincide con los deseos y las intenciones de Dios. En el fondo, al rey le interesa servirse de Dios para justificarse a sí mismo y su modo de vida, quiere que Dios sea su cómplice. Por eso, el Señor le responde por medio del profeta: “¿Eres tú quien me va a construir una casa?”, tú que eres un simple pastor al que saqué de los apriscos para constituirlo en jefe de mi pueblo Israel. Y le dice unas palabras que, lamentablemente se omiten en la liturgia, pues son decisivas para captar cómo Dios quiere ser Dios para nosotros y porqué no aprueba las intenciones de David: “Desde el día en que saqué a los israelitas de Egipto hasta hoy -le hace decir por Natán- no he habitado en una casa, sino que he viajado de acá para allá en una tienda que me servía de santuario” (2Sam 7, 6).

Dios no quiere una casa, pues nunca ha querido ser recluido en un espacio determinado, el ha preferido acompañar a su pueblo, vagar de aquí para allá con su pueblo, guiándolo, yendo junto a él, compartiendo su camino. No ha querido ser encerrado en un recinto sacro, aislado de los suyos. El Señor ha preferido compartir la peregrinación, el éxodo de Israel (al fin y al cabo es él quien ha dispuesto ese éxodo para educar a su pueblo), ha elegido convivir con los suyos. Por eso se niega a que David lo “acomode”, lo “establezca”. Más aun, le responde que ya no le basta estar cerca de su pueblo, sino que quiere hacer mucho más, quiere hacerse uno de su pueblo, hacer morada en su pueblo y acampar visiblemente entre él, mezclarse inseparablemente con los suyos, para que no se dude de su amor redentor: quiere hacerse hombre. Por eso promete al rey darle una dinastía que durará por siempre “en mi presencia”. Es la promesa del Mesías, el Rey Salvador, que se cumple en el evangelio, cuando María acepta humilde y obedientemente los designios de Dios y ofrece su vientre y su entera persona como morada del Altísimo, donde se encierre para hacerse hombre el que no puede ser contenido en el mundo entero.

¡Qué diferencia entre David y María! Mientras uno se preocupa por preparar un palacio exterior a Dios, la otra acoge a Dios en su interior; mientras uno hace planes para Dios, la otra se somete a los planes de Dios; mientras uno habla a Dios como de igual a igual, la otra escucha como esclava a Dios; mientras uno pretender dar, ofrecer algo material al Dueño de todo, María acepta a Dios que se le da y se ofrece ella misma sin condiciones a Dios. María ofrece a Dios lo que él quiere: su persona donde habitar, y dispone así el verdadero santuario, el mejor de todos, donde Dios se encuentra verdaderamente como en casa.

Imitemos a María: preparemos espiritualmente la Navidad; no nos fijemos tanto en lo exterior, cuanto en lo interior. Sería lamentable que, preocupados por lo accesorio, nos olvidáramos de lo fundamental y que cayéramos en la tentación del consumismo y del activismo: las prisas por comprar regalos, por enviar felicitaciones, por preparar los detalles de la fiesta o de la cena y comida de Navidad, por ultimar las vacaciones, etc.; todo eso nos puede hacer perder de vista qué es lo que estamos celebrando: la alegría de saber que Dios se ha hecho hombre por nosotros y quiere compartir nuestras vida, para que nosotros compartamos la suya.

No dejemos que lo “externo” de la Navidad nos lleve a perder de vista el verdadero sentido de la fiesta. Dispongamos el corazón y la vida para que Jesucristo pueda venir a cada uno de nosotros. La intención de Dios al encarnarse fue acortar las distancias entre el cielo y la tierra, acercarse a nuestra miseria para remediarla; más aun, unirse a nosotros, para que nosotros podamos unirnos a él. En Navidad deberíamos pensar (rezar) más en este misterio de cercanía de Dios y disponernos espiritualmente para vivirlo con mayor intensidad.

Así pues, que estas Navidades no pasen en vano, ocupados en vanidades. Que sean una ocasión para reflexionar sobre nuestra fe y vivirla mejor, para que Cristo nazca en nosotros, de tal manera que nuestra vida sea una Navidad, una manifestación visible de la gracia y del amor de Dios.

Querido Amador:

Acabo de abrir mi correo y me he encontrado con el siguiente post que me ha enviado un amigo. Sustancialmente estoy de acuerdo con el mismo, por eso te lo transcribo:

En pocos días una catarata de noticias similares. Una sentencia para que se retiren los crucifijos en un colegio de Valladolid. Un colegio que hace una votación a ver si se celebra la Navidad o no. En Sevilla un policía nacional que pide que se retiren unos calendarios con imágenes religiosas porque le ofenden. En la fiscalía general del estado se ha mandado retirar un belén colocado en la entrada porque va contra la laicidad del estado. Y yo me pregunto… Aunque no seas creyente… ¿tanto molesta un niño Jesús? Y lo malo no es que me lo pregunte, sino que me respondo. Y sí. Molesta el niño. Y molesta lo religioso. Y molesta especialmente la iglesia católica. Y un servidor se atreve a hacer sus conjeturas….

1. A lo mejor lo que molesta es tener que reconocer que los pobres siguen yendo a comer a Caritas y a pedir a las parroquias. Ninguno acude a partidos políticos, sedes de sindicatos. A las parroquias, a Caritas, a los comedores de religiosas y religiosos.

2. O tal vez incordie el hecho de que mientras en un colegio público el coste anual de una plaza escolar sea de 4000 €, a los colegios concertados se les esté dando 1971 € por niño. Y encima la calidad es igual o mejor. Tanto que hasta los políticos llevan a sus hijos a lo privado, o incluso a los colegios religiosos.

3. Otra posibilidad es que al estado le cueste menos la plaza de un anciano en una residencia de monjas que en una pública. Y encima los mayores prefieren a las monjas.

4. Es fácil que no guste que frente a esos sueldos de siete, ocho, diez mil euros mensuales de nuestros políticos, los obispos y curas seamos mileuristas. Vivimos tan bien que no tenemos problemas en cambiar nuestras condiciones de vida por las de cualquier político ¡de pueblo! Y encima nosotros no tenemos ni dietas ni comisiones.

5. O que llega una obra pública y el constructor ya sabe lo que tiene que soltar al político de turno. Un cura adjudica las obras de su parroquia –cuando le dejan- y todo lo que saca son disgustos. Y alguna comida…

6. No sé si molestará también que mientras las ONG’s, cada vez más, están bajo sospecha, no hay forma de sacar lo más mínimo que afecte a Caritas o a Manos Unidas, o a las Obras Misionales Pontificias.

7. Y posiblemente no se entienda que el presidente de…..…  vaya en coche oficial y con buen sueldo, mientras el de Caritas es voluntario y va en metro (donde lo haya, claro).

8. O que aquí la gente trabaja voluntariamente, por que sí… Bueno, por que sí, no exactamente. Por amor a Cristo, porque ha descubierto tanto amor en Jesús que siente la necesidad de darlo a todos.

Quizá ver a Jesús, el belén, algo religioso, se recuerden cosas. Y hoy, en tiempos de crisis, lo que realmente molesta es que a los pobres los siga cuidando la iglesia. Pero es que los pobres, que son listos porque el hambre da inteligencia, saben que los políticos, los sindicatos, los periodistas, los tertulianos radiofónicos teorizan sobre laicidad y la cercanía a los parados. Pero comer, si quieren comer, vestirse, descansar, dormir… a las parroquias y a las monjitas. Que además tienen puesto un belén precioso.

Por cierto, yo en mi casa he puesto una balconera. Con un niño Jesús bien grande. Que se vea desde la calle lo que estamos celebrando. Y perdón si alguien se ofende. Por cierto, yo no me ofendo ni con Papá Noel, ni con los calendarios con frases del Corán, ni con una foto de Lenin, o un Buda con flores. Yo expreso lo mío. Y punto.

 

Hasta ahí la carta. Mi amiga misionera Fátima acaba de mandarme un saludo desde Senegal donde están celebrando la fiesta musulmana del tabaski o algo así. Ellas, monjas católicas, lo celebran con sus hermanos musulmanes, y nadie se ofende. La verdad es que nadie sanamente religioso se ofende con el signo de otra religión distinta. Un ejemplo: yo conozco varios musulmanes, he convivido incluso con alguno bajo mi techo, y lo que les extraña es que los cristianos no defendamos nuestros signos como ellos los suyos; y lo que les escandaliza es que unos cuantos “intolerantes” intenten manipular las conciencias de la inmensa mayoría, y eso en nombre de la democracia. ¡Toma ahí democracia! Pero por algo estamos en crisisde civilización. Y es que cuando una sociedad olvida su cultura y sus raíces…

¿Cuál es la esperanza que la comunidad cristiana está llamada a proclamar como monumento capaz de promover un nuevo modo de ser?

En primer lugar, debemos recordar que la esperanza apun­ta a algo que no se posee, que no se ve. La esperanza mira al futuro, a un término deseado y esperado. La esperanza cristia­na se orienta, pues, al Reino de Dios en su estado de plenitud, a la ciudad futura, a esa plenitud que la Biblia hebrea llama el «shalom», la paz absoluta, la posesión y la comunión en todos los bienes verdaderos puestos en común entre los hombres y entre éstos y Dios, la comunión perfecta de Dios con el hom­bre y de los hombres entre sí.

Esta esperanza cristiana es don de Dios. No es la esperan­za mundana, no es un producto nuestro, y en este sentido es esperanza de todos: de los sanos y de los enfermos, de los vivos y de los que mueren. Nadie está excluido de la esperan­za cristiana, porque su fundamento se asienta en Dios, que nunca defrauda.

Esta esperanza es la meta hacia la que camina la persona de fe; esta esperanza es Jesucristo en su totalidad de Cuerpo místico plenamente realizado. En ella tenía fija su mirada Moisés cuando caminaba a la cabeza de su pueblo, firme y seguro como si viera al Invisible.

Es la esperanza de Abrahán, que atravesaba sereno las pruebas —dice la Escritura— porque esperaba la ciudad no edificada por manos humanas, sino aquella cuyo arquitecto y constructor es Dios mismo.

Pero la esperanza así entendida tiene también una valencia mundana, en el sentido de que influye eficazmente en la cons­trucción del mundo. Si no tuviera ninguna repercusión en la historia, no sería esperanza humana.

La visión de la meta final, dada por Dios, se convierte en­tonces en estímulo y modelo para trabajar en la construcción de un mundo humano que tenga, en la medida de lo posible, las características de la meta a la que el cristiano se dirige.

¿Y cuáles son esas características?

Son características que cultivan y promueven con acierto no pocos de los movimientos de nuestro tiempo, aun sin referencia explícita confesional o religiosa: justicia, libertad, fraternidad, paz, derechos humanos y, en consecuencia, lucha contra la marginación, el hambre, el paro, contra todo lo que deforma la imagen ideal de la ciudad humana, que se va cons­truyendo a imitación de su meta final y perfecta, que es el Reino de Dios.

Esperanza y espera. Decía el cardenal Martini que son dos virtudes sin las que es imposible vivir la confianza entre nosotros, porque con demasiada fre­cuencia esta confianza puede quedar defraudada. Comenzamos la semana de la Esperanza antes de Navidad. Todos hemos tenido experiencias amargas que tienden a cerrarnos el corazón, y sólo una gran esperanza podrá abrírnoslo, la espe­ranza que la Iglesia nos repite continuamente: Jesús se pre­sentará y se manifestará, Jesús llenará nuestra vida. Nosotros vivimos en esta espera, en esta tensión hacia el bien futuro amado y deseado, hacia la manifestación de la plenitud de la vida de Dios en nosotros.

Si decae, si languidece, entonces la actitud de confianza y de benevolencia será prácticamente imposible, porque las cir­cunstancias de cada día tienden a destruirla en nosotros. Es muy posible que la ausencia de esta espera, de esta esperanza, esté siendo una de las mayores tragedias de nuestro tiempo.

Si nos replegamos exclusivamente en el presente, ansiosos por gozar al máximo, nos amargaremos, porque la realidad presente nos desagrada y no nos satisface; si nos falta esta visión del futuro, esta esperanza en la manifestación de la glo­ria de Dios —revelada ahora en la bondad de Jesús y que un día se revelará en la plenitud del Reino—, no podremos ser ni la sal de la tierra ni la levadura en la masa. Nos veremos arrastrados fatalmente por las experiencias cotidianas, contentos cuando algo salga bien, y tristes y afligidos en cuanto algo no responda a nuestras expectativas inmediatas.

Jesús nos enseña a vivir en la espera de la feliz esperanza, en la espera de la manifestación de la gloria de nuestro Dios y de nuestro Salvador Jesucristo.

Esperamos, Señor, tu retorno, esperamos tu manifesta­ción gloriosa; lo proclamamos cada vez que celebramos la eucaristía.

Contemplando el pesebre en que fue puesto Jesús, con­templando la amabilidad de Dios, que vence nuestra descon­fianza y nuestros miedos, contemplamos también la grandeza de la esperanza que nos espera.

Hablemos libre y abiertamente de esta esperanza nuestra, de la vida futura, de la plenitud de la vida en Dios, de la glo­ria que Dios nos reserva a cada uno de nosotros y cuya pren­da se nos da en la presencia de Jesús en la eucaristía; y que esta perspectiva luminosa de esperanza ilumine nuestro cami­no de cada día.

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