Noviembre 2008


Cuando en nuestra vida ordinaria sabemos que alguien, un familiar o un amigo importante nos va a visitar, solemos limpiar nuestra casa mejor que nunca, ordenar las cosas, preparar la mesa con los mejores manteles y con los mejores cubiertos. Y nosotros, que somos cristianos, ¿acaso no debemos hacer lo mismo cuando sabemos que va a ser el Señor mismo, en persona, el que nos va a visitar? ¿Acaso no debemos limpiar nuestras vidas y nuestros corazones? ¿Acaso no debemos ordenar nuestras actitudes y poner al servicio del Señor todo aquello que tenemos y todos lo que somos?

1. Sabemos que el Señor vino. Vino en la carne, pobre, pequeño y débil. Semejante en todo a nosotros, menos en el pecado. Esta venida la celebraremos en la navidad.

Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11). El pueblo de Israel esperaba ansioso la venida del Mesías. Pero no supo prepararse adecuadamente para esa venida. No se dieron cuenta del momento en que vivían, no estuvieron atentos. Honraban al Señor con los labios, pero su corazón andaba lejos de Dios (cf. Is 29,13; Mt 15,8-9). Y por eso no pudieron reconocer la presencia de Dios en Jesucristo. Esperaban la salvación y no reconocieron al Salvador; esperaban la libertad, y no reconocieron al libertador; esperaban al Pastor, y no reconocieron al que es Camino, Verdad y Vida; esperaban a Dios, pero no reconocieron al Hombre: lo crucificaron. La Historia del pueblo de Israel es una llamada de atención para nosotros a preparar el Camino del Señor.

2. Sabemos que el Señor viene. Viene aquí y ahora. Se hace misteriosamente presente en medio de nosotros. Presente en el prójimo que nos rodea; presente donde hay una necesidad o una alegría humana; presente en la Iglesia y en sus ministros; presente en la Eucaristía. Preparar el camino del Señor en este adviento es, como dice san Pablo, darse cuenta del momento en que vivimos, espabilarse, reconocer al Señor presente aquí y ahora, reconocerlo vivo y actuante en los hombres, en la Iglesia, en la Eucaristía, confiarnos y ofrecernos a él. Si esto es así, el camino del adviento supondrá para nosotros, cristianos, tomarnos en serio a los hombres, a la Iglesia, y la eucaristía.

3. Sabemos que el Señor vendrá. “Vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin”. “Vendrá, pues, desde los cielos, nuestro Señor Jesucristo. Vendrá ciertamente hacia el fin de este mundo, en el último día, con gloria. Se realizará entonces la consumación de este mundo, que fue creado al principio, será otra vez renovado” (De las catequesis de Jerusalén). De esta venida nos advierte el Evangelio:

Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. [...] Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre”.

Este adviento debe ser para nosotros también una preparación para la venida futura del Señor, momento en el que plenificará nuestra condición humana. Por eso la Parusía o segunda venida del Señor supone para nosotros un momento de alegría y esperanza: ¡Ven señor Jesús! ¡Venga a nosotros tu reino!.

El Señor vino, el Señor viene, el Señor vendrá. Preparémonos para el Señor.

 

¿Pero cómo preparar la venida del Señor?

La liturgia de este tiempo y la Palabra de Dios nos irán instruyendo en el camino. El profeta Isaías en una de las lecturas de estos días nos invitará a caminar a la luz del Señor:

Pueblo de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor“.

Y también Pablo nos dice lo mismo:

“…el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad”.

Caminar a la luz del Señor significa:

* poner nuestras vidas y nuestras personas en las manos del Señor, que es la Luz Verdadera que ilumina a todo hombre (Jn 1,9), dispuestos siempre y en cualquier circunstancia, a cumplir su voluntad.

* Caminar a la luz del Señor es poner al Señor Jesús como el sen­tido último de nuestra existencia, por el cual vale la pena entregarlo todo a fondo perdido, tal como hicieron los apóstoles y los san­tos.

* Caminar a la luz del Señor es ponernos en la onda del Señor. Hoy, queridos hermanos, hay muchas ondas en nuestro mundo, recibimos mu­chos mensajes, unos mejores, otros no tanto. Pero, en el fondo, y aunque no esté de moda, sólo una onda nos hace felices, porque es la única que pleni­fica al hombre como hombre y como persona: la onda de Jesús, expresada en las Bienaventuranzas.

* Caminar a la luz del Señor es saber juzgar nuestra realidad con criterios claros, los que nos ofrece el Evangelio y el mensaje de la Cruz. Es tener “los sentimientos propios de Cristo Jesús…” (Flp. 2,5).

* Caminar a la luz del Señor es lo que hizo la Virgen María, la humilde sierva del Señor, que esperó ansiosa la venida del Señor, la acogió con fe y fructificó en su seno. María es la gran figura del adviento, la que puso toda su esperanza en el Señor.

* En definitiva, queridos hermanos, caminar a la luz del Señor es Amar. Con razón decía san Agustín aquello de “ama y haz lo que quieras”. Y es que caminar a la luz del Señor, es responder generosamente al amor del Dios-Amor.

“Caminar a la luz del Señor”: todo un programa de vida para el cris­tiano. Si por el bautismo hemos sido constituidos “hijos de la luz” (cf. Ef 5,9) y “luz del mundo” (cf. Mt 5,14) esto debe de notarse en nuestra vida cotidiana: “Que brille así nuestra luz ante los hombres, para que viendo nuestras buenas obras den gloria al Padre” (cf. Mt 5,16), como aquel centurión del Evangelio.

“Caminar a la luz del Señor”: todo un programa para este Adviento. Que el Señor nos abra ese camino. Amén.

cruz del lloro 

Esta mañana, Amador, me he llevado una grata sorpresa, al salir a abrir las puertas de la iglesia he visto nuestra querida “Cruz del lloro” sin la corona de laurel seca que antes lucía. Sí, ya sé que esa corona de laurel es el homenaje de las buenas gentes del barrio a los hermanos Carvajales, que por defender la verdad, el honor y la dignidad fueron tirados injustamente desde lo alto de la Peña de Martos por mandato de Fernando IV, el emplazado. Esa historia es preciosa y está llena de buenos ejemplos y de valores que honran la historia de nuestro pueblo. Me gusta que se honre esa memoria. Pero una vez pasado ese merecido homenaje no me gusta ver la cruz del lloro tapada con esa corona que se seca y afea el monolito, del cual nos debemos sentir orgullosos ya que quedan pocos ejemplares similares en España.

Yo les propuse a los buenos ciudadanos de la Asociación de vecinos que pusieran la corona al pie del monolito y no en la misma cruz, pero en fin, es normal que nadie quiera cambiar ese gesto, -por otra parte, ya digo muy respetable-. Ellos comprendían mi propuesta y yo la suya, y me prometieron que en cuanto se secara la quitarían, y efectivamente así ha sido. ¡Gracias!

Ahora luce la cruz del lloro en su majestuosa esbeltez y sencillez, recuerdo de nuestra historia y signo para mí, y espero que para muchos, de unos valores no sólo religiosos, sino culturales e históricos que todos los marteños (y yo ya me considero uno de ellos, puesto que aquí vivo, pazco y gozo) debemos guardar como un auténtico tesoro que nos identifica y define.

Creo que en el cielo los Carvajales también deben gozar, puesto que su honra y honor tenía una fuerte inspiración religiosa, y seguro que en su memorial gustan de ver la Cruz de aquel que también injustamente fue ajusticiado por nuestra salvación.

En tiempos en los que se intentan quitar los signos religiosos en nombre de no sé qué “respeto”, cuando en el fondo no hay más que una cristofobia, arrastrando lo que ya es también un signo cultural e histórico, ahí luce, hoy un poquito más que ayer, nuestra cruz del lloro abrazando a los que pasan por Príncipe Felipe, la Teja, Fernando IV, Avenida de los Olivares y Velázquez. Y ahí siga para siempre recordando las grandes gestas de nuestros antepasados y de los marteños de hoy…

Estamos ya a punto de concluir el año litúrgico. A lo largo de todo este año hemos acompañado al Señor por los caminos de Palestina, hemos escuchado su palabra, hemos contemplado sus milagros, nos ha tocado el corazón con palabras bellísimas acerca del amor, de la misericordia de Dios, nos ha mostrado dónde está el secreto de la vida y de la dicha. Hemos comprendido que Jesús es el Señor, el camino, la verdad y la vida, la luz del mundo, la esperanza de cuantos anhelan algo más de la realidad. Y probablemente algunos hayamos tomado la determinación de seguirlo hasta el final.

Sin embargo, el evangelio que escuchábamos ayer y el que hemos escuchado hoy (Lucas 21,5-19), al hablar de persecución, de catátrofes, de falsos mesías, parece como poner un tinte de pesimismo sobre la vida cristiana. ¡Nada más lejos de la realidad!

Hemos escuchado un párrafo del discurso escatológico de Jesús contenido en el evangelio de Lucas. En los tiempos de Jesús, que estaban llenos de guerra, discordia, persecución, brutalidad, de pesimismo en general, la fe del pueblo de Israel había vislumbrado la actuación amorosa del Dios de la Alianza en medio de la historia: una actuación ciertamente misteriosa, pero eficaz. Una actuación que apelaba a un futuro prometedor en el que el mundo y la humanidad entraría en una plenitud de vida y felicidad: ese futuro se realizaría en lo que los profetas llamaban “el día del Señor”. En ese día sería destruido todo el mal y Dios brillaría en medio de los justos como señor de la historia. Es el mensaje de las lecturas del Apocalipsis que estamos escuchando estos días, y también el de los salmos: “¡El Señor llega para regir la tierra con justicia!”, decíamos ayer, “Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente”, hoy. En tiempos de Jesús esa esperanza estaba a flor de piel en medio de aquel pueblo dominado por el imperio romano. Todos esperaban la actuación pronta de Dios. Incluso en medio del grupo de Jesús se advierte esa tensión escatológica. El Señor en su discurso viene a afianzar esa fe de los suyos, pero también a advertirles que el fin no estaba próximo y que antes había que pasar por la tensión de la historia.

Mientras llega el día del Señor, los cristianos caminamos en medio de la historia del mundo como semilla de un reino nuevo, pero sufrimos las vicisitudes de la vida de todos los hombres. No somos mucho más privilegiados que los no creyentes, más bien al contrario. El Evangelio no está de moda, en muchos casos porque ni los mismos cristianos hemos sabido transparentarlo con nitidez; en otros casos porque se hace molesto a los intereses de este mundo. Pero sabemos que es ahí donde está la verdad y la vida.

Sabemos y confiamos en la actuación de Dios en nuestra historia, en la del mundo y en la nuestra propia. Él, aún en medio de las dificultades y de la desorientación que sufrimos, aún en medio de nuestro pecado, dirige nuestros pasos hacia su reino. No sabemos cuándo llegará, ni cómo, porque Jesús no lo ha revelado. Debemos tener cuidado, pues con los profetas de malos augurios, con los que consideran que todo va mal, con los que se encierran en necios progresismos o conservadurismos, con los que no quieren saber nada de la esperanza. Pero tampoco debemos caer en una huida hacia adelante, despreciando la gracia que Dios nos hace en el presente y olvidando nuestros compromisos diarios. “¡El que no trabaje, que no coma!”, decía san Pablo, refiriéndose a los cristianos holgazanes que no testimoniaban la fe.

Mientras llega, nuestro papel, dice el evangelio, es estar en vela, perseverar, confiar y trabajar por un mundo más justo. Si esperamos el reino de Dios, debemos trabajar por los valores del reino de Dios, que son, como veíamos el pasado domingo, la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia, el amor y la paz. Cada vez que en nuestra vida hacemos patentes esos valores estamos colaborando con el Señor en el establecimiento de su reino.

La oración cotidiana, y el pan de la eucaristía, nos mantienen en ese propósito. El Espíritu Santo que el Señor da a quien lo busca nos guía y fortalece en el trabajo y la lucha. Él es nuestro consuelo.

1.           Sólo por hoy seré feliz, por eso haré verdad lo que alguien dijo: “La mayoría de la gente es tan feliz como desea serlo”. La felicidad es algo de adentro de uno, no de afuera.

2.           Sólo por hoy trataré de ver la vida por lo que es y no por lo que yo quisiera que fuera. Aceptaré mi familia, lo que hago y mi suerte como son, y procuraré armonizar con ello.

3.           Sólo por hoy cuidaré de mí, ejercitaré mi cuerpo, lo atenderé y alimentaré. No abusaré de él, ni lo abandonaré.

4.           Sólo por hoy trataré de ser más amplio de espíritu, aprenderé algo útil, no seré un holgazán mental. Haré que se me permita usar mi esfuerzo, concentración, meditación.

5.           Sólo por hoy ejercitaré mi alma de tres modos: haré algún bien sin que lo descubran y haré dos cosas que no me agrade hacer.

6.           Sólo por hoy seré agradable, tendré el mejor aspecto que pueda. Me mostraré cortés, seré generoso, no encontraré defectos en nada y no intentaré dirigir ni modificar la vida del prójimo.

7.           Sólo por hoy trataré de vivir el día de hoy, sin querer solucionar todos los problemas de la vida.

8.           Sólo por hoy tendré un plan. Anotaré por escrito todo lo que pienso hacer. Aunque después no lo pueda cumplir del todo, igual lo haré. Eliminaré dos vicios, la prisa y la indecisión, pero sólo por hoy.

9.           Sólo por hoy me daré media hora de tranquilidad, para poder pensar acerca de mí. A veces pensaré en Dios, para descubrir cuál es el objetivo de mi vida.

10.       Sólo por hoy no tendré miedo y especialmente no tendré miedo a ser feliz, a disfrutar de la vida, de amar y de creer que los que amo me aman. Sólo por hoy.

       Puedo hacer el bien durante doce horas, lo que me descorazonaría si pensase tener que hacerlo durante toda mi vida.

Beato Juan XXIII, papa

Hoy, víspera de la festividad de Cristo Rey, ha nacido la TiP La Asunción (en grandes palabras Televisión por Internet Parroquial). Ha nacido pues como todos nosotros, pequeñita, con trabajo y dolor… pero sus padres estamos contentos y somos muchos: Antonio, Alex, Alfonso, María Luisa, Manolo y humildemente yo mismo… Hay también más jóvenes que quieren trabajar en el proyecto, aunque apenas tenemos medios. Nace solo con un video promocional “TU PARROQUIA ES…”. En los próximos días iremos metiendo más… y con el tiempo pues vamos a intentar transmitir en directo los principales eventos de la Parroquia en particular y de la Iglesia en general… Será una TiP pequeñita, pero cargada de ilusión y de vida. A ver si nos dais ideas que se puedan llevar a cabo. Una forma más de evangelizar…

Ahí va el video promocional…

 

Ah, TiP La Asunción se podrá ver desde la web oficial de la Parroquia

www.parroquiadelaasunciondemartos.es

Celebramos hoy, queridos hermanos, la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Con esta fiesta cerramos el año litúrgico.

A lo largo de este año hemos sido testigos de la vida, de la obra y de las palabras de Jesús: lo vimos nacer en Belén, crecer y educarse en el hogar de Nazaret. Lo hemos acompañado por el camino hacia Jerusalén, hemos escuchado su enseñanza, y contemplado sus milagros, nos ha cautivado su mirada… Lo hemos visto orar en el Huerto de los olivos, asistimos a su juicio ante el Sanedrín, cargar con la cruz y morir en el Calvario… y por fin, hemos contemplado, con los ojos de la fe, su gloria tras la resurrección. Ahora, al final del camino, podemos exclamar: “¡Cristo es nuestro rey!”.

No es esta una fiesta que ensalce una determinada organización política en contraposición a otras. Lo que celebramos es una fiesta religiosa, que centra toda su atención en la gloria del Señor Jesús, salvador del mundo, luz de los hombres, camino, verdad y vida de toda la humanidad.

A lo largo de su historia el pueblo de Israel había descubierto la acción de Dios en favor suyo. Israel sabía que su identidad como pueblo sólo tenía sentido desde la Alianza con Dios. Dios era su rey. La monarquía como institución en Israel surge tras un largo proceso unos mil años antes de Jesucristo con Saúl y David. La función del rey de Israel era guiar y defender al pueblo santo en el nombre del Señor, haciendo justicia. Sin embargo, bien pronto los reyes de Israel dejaron de cumplir ese ideal debido a su propia infidelidad a la Alianza. Los libros de los Reyes y de las Crónicas del Antiguo Testamento nos narran las vicisitudes de la monarquía y lanza contra ella una severa crítica a la impiedad de los reyes. Los profetas irán despertando la esperanza en la aparición de un nuevo rey o pastor, -a veces identificado con el mismo Dios, como hemos escuchado en la lectura del profeta Ezequiel- que cumpla fielmente los planes de Dios y guíe al pueblo por los caminos del Señor.

Jesucristo es ese verdadero rey. Aunque paradójicamente su trono sea la cruz, su corona sea de espinas, sus fronteras esté en los corazones bien avenidos, acogedores de Dios y de los hombres, su fuerza es el amor, y su ley la libertad. Pero es que su reino no es de este mundo, sus poderes no están ordenados al dominio, sino a la salvación. Los reyes de este mundo fallan; Cristo nos abre a un reino nuevo.

El Reino de Jesucristo es el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, del amor y de la paz. Sólo él es capaz de ofrecer en plenitud esos valores a la humanidad. Nosotros, con nuestras solas fuerzas no podemos cambiar nuestro mundo. Necesitamos de Cristo y de su gracia.

Gracias a Dios, nuestra sociedad ha avanzado en muchos campos, en la ciencia, en la técnica… todo ello es fruto de la inteligencia y del trabajo del hombre que es don de Dios, y por eso la Iglesia no sólo se alegra, sino que promociona el progreso humano. La Iglesia colabora con su doctrina, con sus instituciones, con sus universidades, con sus hospitales, con sus colegios, con sus grupos de ancianos, de jóvenes, de niños, con sus inestimables asociaciones de caridad, al progreso de todos los hombres. Pero debemos caer en la cuenta de que podemos olvidar algo importante: el progreso en los valores.

Una anécdota: esta semana hemos asistido horrorizados al asesinato de un joven a las puertas de una discoteca… Yo sé que esa no es la realidad cotidiana de nuestros jóvenes, estoy convencido de que entre los jóvenes de hoy hay muchísimos más valores que defectos y que podemos ser optimistas, pero todas estas noticias nos deben hacer caer en la cuenta de que necesitamos un progreso de otro tipo, más humano, más a la medida del hombre y de todos los hombres, so pena de caer en una crisis moral y de identidad excepcionalmente grave.

Cristo Rey, con los valores nuevos de su reino nos ilumina y nos señala la meta de la humanidad, su gracia nos impulsa en el trabajo por conseguir esa meta, su evangelio es el camino firme para crear una humanidad nueva.

Nosotros somos ciudadanos de ese reino, esa es nuestra verdadera patria, debemos, pues vivir en consecuencia. Si lo hacemos glorificamos a Cristo con nuestra vida.

Sí, Cristo rey del universo, y Cristo rey de nuestro corazón. Que Cristo reine en el corazón de cada uno de nosotros. Ese es el primer paso a dar: abriendo nuestro corazón a la verdad, a la vida, a la santidad, a la gracia, a la justicia, al amor y a la paz; dejando atrás cuanto obstaculizan a esos valores, y a cuanto impide que Jesucristo sea el Rey de nuestras almas.

En la eucaristía, Cristo rey se nos da, para reinar en nuestro ser. La eucaristía que celebramos es el anticipo del reino futuro, la prenda de la gloria futura. Pidamos al Señor, que se manifieste a nosotros, que hagamos de nuestro corazón, de nuestra comunidad un trono para su gloria. Que la humanidad encuentre en él el sentido de su ser, y que los valores del reino se hagan transparentes en nuestro mundo. Así sea.

 

 

Una de las cosas que menos me gustan, querido Amador, es esa costumbre que tenemos casi todos de juzgar siempre a primera vista, sin profundizar en la verdad o en el sentido de las cosas. Nos pasa a todos. Luego la realidad se encarga de hacerte caer en la cuenta de que las cosas no son casi nunca como nosotros pensamos en el primer vistazo. En el mejor de los casos te puedes dar cuenta y rectificar a medio camino. Pero otras veces le ponemos el sambenito a la persona, la encasillamos, y no hay forma de hacer cambiar de parecer  al que sólo se deja llevar por los tópicos de siempre.

Los curas sabemos mucho de esto, bien porque somos nosotros quienes juzgamos, o bien –y esto es ahora mucho más común- quienes somos juzgados.

Hace unos días, en clase de Orígenes del cristianismo en el seminario daba la lección de cómo eran contemplados nuestros primeros hermanos por parte del paganismo. De los primeros cristianos se decía incluso, -fíjate qué cosas-, que si eran ateos porque no adoraban a los dioses; o caníbales, malinterpretando la eucaristía. Por ejemplo, Teófilo de Antioquía se lamenta y resume las acusaciones de la plebe contra los cristianos: “(dicen) que tenemos las mujeres comunes, y nos es indiferente con quien nos unimos; es más, que mantenemos comercio carnal con nuestras propias hermana y, lo que es más impío y más crudo de todo, que nos alimentamos de carne humana. Añaden además que nuestra doctrina es reciente y que nada tenemos que alegar para demostración de nuestra verdad y enseñanza y, en fin, que toda nuestra doctrina es pura locura”.

Autores importantes consideraron el cristianismo como doctrina exitialis, perniciosa (Tácito), prava et immódica, malvada y desenfrenada (Plinio), nova et maléfica, nueva y maléfica (Suetonio), tenebrosa et lucífuga, tenebrosa y enemiga de la luz (del Octavius de Minucio), detestábilis, detestable (Tácito). Pero a nivel intelectual el más famoso anticristiano de la antigüedad fue Celso, que por cierto tenía conocimientos serios de la doctrina cristiana y que acusa a la misma de irracional en el campo del pensamiento y carente de civismo en el campo del comportamiento. En el fondo Celso había caído en la cuenta de que el cristianismo aporta una serie de valores espirituales hasta entonces desconocidos que pondría en la picota el poder del Imperio. Si por algo fueron perseguidos los primeros cristianos…

A nivel popular se llegaron a achacar  todas las calamidades y desgracias del Imperio romano a los seguidores de Jesús. Tertuliano explica muy bien el sentir de la plebe romana: “Si el Tiber sube las murallas; si el Nilo no llega a regar las vegas; si el cielo está sereno y no llueve; si la tierra tiembla o se estremece; si el hambre aflige; si la peste mata; luego grita el pueblo: arrójense los cristianos al león”.

Fíjate qué absurdo, Amador. Eso en los tiempos antiguos.

Pero es que hoy se pontifica de nosotros en términos parecidos. ¿Qué se dice de los cristianos hoy en ciertos medios? Hoy mismo un cierto político no ha tenido otra cosa que hacer que vituperar a Santa Maravillas de Jesús. Se atreven a decir de nosotros que si somos carcas, retrógrados, conservadores, antiigualitarios, antidemócratas, homófobos, que si añoramos tiempos pasados y privilegios, desconfiados, antiilustrados… en suma: que somos bichos raros en vías de extinción. ¿Pero es eso verdad?

Hombre, como diría un buen amigo mío, yo me considero “moderadamente carca”; por lo demás, la verdad que si el cristianismo fuera eso que se dice yo era el primero en bajarme del tren. Pero no. No me identifico con ninguno de esos tópicos típicos. En la fe he encontrado la verdad y el sentido de mi vida, he visto cómo aporta sentido a mi existencia, cómo toma luz toda la realidad y se abre a la esperanza, cómo se convierte en un motor para vivir en la alegría, cómo me habilita para el amor, y cómo me quema cuando no amo; en la fe he encontrado la dignidad, el honor y la belleza. En definitiva, la fe, que es una aventura a salir de mi tierra y de mi parentela a la tierra que el Señor me mostrará, me hace ver lo mejor de mi mismo y de los que tengo cerca. Esa es la grandeza de la fe cristiana: me hace descubrir a Dios en los hombres y mirando a Dios, Padre nuestro, no puedo dejar de mirar a mis semejantes, aunque no piense como ellos y me rebele ante tanta demagogia. Homo sum, nihil humanum a me alienum puto (soy hombre, nada de lo humano me es ajeno).

En estas últimas semanas hemos estado escuchando las lecturas del Evangelio de Lucas. Hemos caminado junto con el Señor Jesús en su subida hacia la Ciudad Santa de Jerusalén, donde había de culminar su mi­nisterio público.

Por fin el Señor llega a Jerusalén, su meta última. Sin embargo, en contra de lo que en un principio podríamos pensar, Jesús llora y se lamenta a la vista de la ciudad, porque se da cuenta, de que ese es un pueblo de dura cerviz que no está abierto al evangelio, al mensaje de paz, que no reconoce su llegada, que está embotado y cerrado sobre sí mismo, que no es capaz de reconocer las obras del Señor. “No reconociste el momento de mi venida”.

Hoy, el Señor también se allega a nosotros, viene a visitarnos, a compartir su vida con nosotros. La lectura del Evangelio de hoy es toda una invitación a que le abramos nuestros corazones y nuestras vidas, para que tome posesión de nosotros y seamos instrumento dócil entre sus manos. Reconozcamos, pues, que el Señor viene y se hace presente en medio de nosotros.

Nosotros, los cristianos, reconocemos la presencia del Señor en nuestras vidas cuando:

· nos reunimos en su nombre, no en el nuestro, formando una comunidad viva que da testimonio de él en medio del mundo.

· cuando escuchamos con fe viva la Palabra de Dios, y nos disponemos con generosidad a obedecerle (= justa entrega).

· cuando nos acercamos fraternalmente a los demás, especialmente a los más pobres, como María Madre de los Desamparados, y hacemos del próximo nuestro prójimo, nuestro hermano, cargando con sus gozos y esperanzas, sus tristezas y sus angustias, como si fueran nuestros pro­pios gozos y esperanzas, nuestras propias tristezas y angustias, tal como lo hizo Jesús.

En cambio, no reconocemos su presencia en medio de nosotros cuando:

· Nos guiamos por nuestros propios intereses y nos cerramos a los demás.

· Cuando rebajamos la fe de la Iglesia a nuestras propias opciones e ideas.

· O cuando nuestra fe va por un lado y nuestra vida por otro, quedándose la primera como un mero fenómeno individualista, sin repercusión alguna en nuestro comportamiento social.

· Cuando pasamos o nos olvidamos de los últimos. Por algo diría Jesús aquello de “lo que hicisteis a uno de estos mis humildes hermanos a mí mismo me lo hicisteis”.

Celebramos la Eucaristía. Este es el momento de la pre­sencia “por antonomasia” del Señor en medio de nosotros. Reconozcamos que el Señor esta presente aquí y ahora para nosotros. Entreguémonos de un modo absoluto a él. Que no nos pase como a la ciudad de Jerusalén, que no reconoció al Señor, o como a los de Corinto, cuya conducta en la eu­caristía tuvo que ser reprochada por san Pablo, porque mientras unos pasa­ban hambre, otros se emborrachaban, dando un pésimo testimonio de fe.

Y es que la Eucaristía es la fuente y el culmen de toda nuestra vida cristiana. Vamos a pedirle al Señor que nos abra los ojos y el corazón para saber reconocerlo en toda circunstancia. Que podamos decir, con toda ver­dad, cada noche: hoy “mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presen­tado ante todos los pueblos“. Así sea.

Ayer escuchábamos en el evangelio la historia del ciego del camino. Hoy, continuando la lectura del evangelio, nos encontramos con una historia similar, la de Zaqueo, el publicano (Lc 19,1-10). Si ayer el evangelio nos mostraba el modelo de creyente, hoy nos muestra el modelo de converso, de hombre renovado, de hombre que tras su encuentro con el Señor cambia su modo de vida. Zaqueo se acerca a Jesús por curiosidad. Pero una curiosidad sana y activa, no se conforma con su situación actual y pone lo que está de su parte para superar los obstáculos del encuentro: como era bajo de estatura, dice el evangelio que corre más adelante y se sube a una higuera para ver a Jesús. Zaqueo es de los que se adelantan a los acontecimientos, de los que no se dejan manejar por las circunstancias presentes: ese carácter suyo lo había llevado a enriquecerse injustamente aprovechándose de los demás; pero ahora, ese carácter inquieto le va a abrir las puertas de la salvación.

Jesús se fija en Zaqueo, y pide ser alojado en su casa. Y es que Jesús no mira nuestro pecado, sino la grandeza de nuestro corazón. Nadie había mirado a Zaqueo como Jesús. Ahora que Zaqueo se ha sentido mirado, amado, confiesa su verdad e intuye y acepta lo que debe ser su ideal: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.» Ese propósito era mucho más de lo que exigía la ley en esos casos.

La obra de Jesús ha tenido éxito en Zaqueo: «Hoy ha sido la salvación de esta casa… El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.»

El hombre, todos los hombres, necesitamos esa salvación de Jesús. Probablemente nos hemos acostumbrado a decir tanto eso de que “Jesús es el salvador”, que a veces parece que por un oído nos entra y por el otro nos sale. Ya ni entendemos la salvación, ni nos sentimos realmente necesitados de la salvación de Jesús. Nos consideramos tan valiosos y nos miramos tanto el ombligo que hemos cubierto nuestra vida con un impermeable por donde lo que primero que escurre es el evangelio. Valoramos en tan poco la Palabra de Dios, que nos hemos erigido en jueces, o peor, en fiscales de todo lo que nos rodea. Nos consideramos tan listos, que evidentemente todo, incluida la fe, la liturgia y la caridad debe girar en torno nuestro, según nuestros criterios personales. La historia, la tradición dejan de contar, porque en nuestra soberbia pensamos que sabemos más que los antiguos. Evidentemente, al final hemos tratado de mundanizar el evangelio, en vez de evangelizar el mundo; de secularizar el evangelio, en vez de evangelizar la cultura.

La Palabra de Dios denuncia hoy nuestras actitudes. También a nosotros, como a las iglesias de Sardes y Laodicea, nos dice el Señor: «Conozco tus obras, tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto», «Conozco tus obras, y no eres ni frío ni caliente… Tú dices: ‘soy rico, tengo reservas y nada me falta’. Aunque no lo sepas, eres desventurado y miserable, pobre, ciego y desnudo.»

Zaqueo, reconoció su situación y puso los medios para superarla. Que su ejemplo no caiga entre nosotros como en saco roto. El Señor está cerca, a la puerta llamando: si alguien oye y le abre, entrará y comerán juntos.

Sin el Señor no podemos nada. Pero en él lo podemos todo. Necesitamos su salvación, su cercanía, su amistad, su mirada que transforma nuestra existencia, su compañía que libera nuestras cadenas. ¡Ven Señor Jesús! ¡Permítenos que te abramos nuestra puerta como Zaqueo! ¡Ven y descúbrenos tu verdad! ¡Ven y ábrenos tú los caminos de la vida y la salvación!

En el ciego del camino, cuya historia se proclama hoy en el Evangelio de la Misa (Lc 18,35-43), tenemos un modelo de creyente. En un principio está sentado al borde del camino pidiendo limosna. Además de pobre y ciego, parece que su vida está fuera de lugar, al borde, al margen de dónde se cuece la vida cotidiana; sentado, es decir en actitud pasiva, monótona, vive de la caridad de los demás; no está de pie, que es la posición del hombre firme y dueño de su destino.

Pero aquí viene la grandeza de ese hombre: quiere salir de esa situación y pone todo lo que está de su parte para conseguirlo: oye que pasa la gente, es decir, se da cuenta de la realidad, está atento a lo que sucede; pregunta, es decir se interesa, no quiere permanecer pasivo; y grita tomando la iniciativa y el control de la situación. La realidad es que Jesús pasa, y el ciego no pierde la oportunidad del encuentro. ¡Cuántas veces, no estamos nosotros como el ciego del camino! Pero ¡qué dejados, y qué pasotas! ¡Cuántas veces pasa el Señor junto a nosotros y no nos damos cuenta, encerrados en nuestras cosas, en nuestros asuntos, en nuestros intereses, con una ceguera mucho peor que la de aquel ciego! San Agustín, comentando el texto, dice: “Timeo Iesum Transeuntem! (¡Temo a Jesús que pasa!)”.

La actitud de aquel ciego es todo un modelo para nosotros. Él grita, y aunque incordia y molesta, y aunque todos le regañan y le dicen que se calle, no deja de gritar. No solamente ha reconocido el paso de Jesús por su vida: hace algo más: reconoce, aún sin pruebas evidentes, que Jesús es su salvador. Su grito es “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”. En Jesús ha reconocido al mesías, al libertador esperado, y no solamente a un nivel político y social, sino a un nivel personal e íntimo: “¡Ten compasión de mí!”, es decir, mira mi situación, date cuenta de que existo, únete a mi dolor, no pases como los demás. En ese momento sólo pide ser reconocido. Y Jesús lo reconoce. Se para y lo llama. ¡Cuántas veces nosotros, aún habiendo reconocido a Jesús, por miedo al qué dirán, por respetos humanos, por no sé qué intereses ajenos, no nos ponemos a su tiro! ¡O le pedimos pruebas! ¡Dejamos que pase! ¡Y con él se va nuestra posibilidad de ser atendidos, de ser llamados! ¡Temo a Jesús que pasa!

Sólo en un segundo momento viene la curación. El ciego recobra la vista. El que estaba sentado, se pone de pie, y sigue a Jesús, glorificando a Dios. Y aquel del que todos pasaban de largo, ahora se ha convertido en motivo de alabanza a Dios para todo el pueblo.

Cada uno vivimos una situación distinta, pero Jesús pasa a nuestro lado cada día. Para descubrirlo debemos ser conscientes de la realidad que vivimos, y de la realidad que Dios nos pide que vivamos; estar atentos a lo que pasa en el mundo, para vislumbrar las huellas de Jesús; tomar la iniciativa, gritar que Jesús es nuestro salvador, el camino para llegar a nuestra plenitud humana, perdiendo nuestros miedos; y una vez curados, seguirle y dar testimonio.

¡Jesús, hijo de David, salvador de los hombres; ten compasión de nosotros. No pases de largo, quédate y únenos a ti!

Entradas siguientes »