Octubre 2008


Desde el primer momento comenzó Benedicto XVI a trabajar en la tarea de apacentar y confirmar en la fe al rebaño que el Señor le confiaba como 265 sucesor de San Pedro. Los primeros días de su pontificado están marcados por varios discursos a distintos colectivos, cardenales, representantes de otras iglesias y religiones, medios de comunicación… y sobre todo por tres preciosas homilías donde dibuja sus intenciones principales. Finalmente la primera audiencia general a los fieles en la Plaza de san Pedro.

A la mañana siguiente de su elección, en la Misa Pro Ecclesia en la Capilla Sixtina junto con los Cardenales electores, Benedicto XVI va a presentar en su homilía lo que van a ser sus objetivos fundamentales. Yo seguí la celebración por Televisión y es el momento en el que caí en la cuenta de la grandeza de este hombre. Es una homilía que vale la pena releer. Su primer mensaje lo podríamos resumir en su intención de trabajar por la unidad de la Iglesia, de todos los cristianos y de la entera familia humana.

Al igual que repetirá con bastante frecuencia en aquellos días, el papa comienza hablando del doble sentimiento que alberga en su espíritu: turbación humana ante la responsabilidad que ha adquirido y sobre todo profunda gratitud a Dios y los cardenales por la confianza que en él han depositado. Siente fuerte, además, la ayuda de la Providencia, la fortaleza y la compañía del testimonio de su antecesor, que ha dejado “una Iglesia más valiente, más libre, más joven; una Iglesia que, según su doctrina y su ejemplo, mira con serenidad al pasado y no tiene miedo al futuro”. Manifiesta su intención de proseguir en el compromiso de aplicación del concilio Vaticano II, cuyos documentos no han perdido su actualidad con el paso de los años; al contrario, sus enseñanzas se revelan particularmente pertinentes ante las nuevas instancias de la Iglesia y de la actual sociedad globalizada. Así que nada de vuelta atrás: la nave de la Iglesia sigue adelante.

A continuación continúa hablando de la centralidad de la Eucaristía, corazón de la vida cristiana y manantial de la misión evangelizadora de la Iglesia, la cual hace presente constantemente a Cristo resucitado, que se sigue entregando a nosotros. De ella brota la comunión entre todos los fieles, el compromiso de anuncio y de testimonio del Evangelio, y el ardor de la caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres y los pequeños.

El tema de la unidad ocupa un lugar apremiante en su tarea. Benedicto XVI asume como compromiso prioritario trabajar con el máximo empeño en el restablecimiento de la unidad plena y visible de todos los discípulos de Cristo. Esta es su voluntad y este es su apremiante deber. El actual Sucesor de Pedro se deja interpelar en primera persona por esa exigencia y está dispuesto a hacer todo lo posible para promover la causa prioritaria del ecumenismo. Siguiendo las huellas de sus predecesores, está plenamente decidido a impulsar toda iniciativa que pueda parecer oportuna para fomentar los contactos y el entendimiento con los representantes de las diferentes Iglesias y comunidades eclesiales.

Finalmente también asegura que la Iglesia quiere seguir manteniendo con todos un diálogo abierto y sincero, en busca del verdadero bien del hombre y de la sociedad. Y dirige un saludo especial a los jóvenes, futuro y esperanza de la Iglesia y de la humanidad.

Ciertamente, al cabo de unos años estos propósitos iniciales siguen marcando la tarea y el magisterio de Benedicto XVI.

                                         

La segunda homilía importante, y bellísima, es la de la Misa del Inicio de su Pontificado, el domingo 24 de abril. Comienza recordando el rito de la invocación de todos los santos que durante esos días se ha repetido en los funerales de Juan Pablo II, en el inicio del cónclave y al comienzo de esa Misa. Con ello reafirma su fe de no estar solo. “Quien cree, nunca está solo”, algo que dirá también años después en la encíclica Spe Salvi. Sus palabras fueron estas: “en mí se reaviva esta conciencia: no estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce. Y me acompañan, queridos amigos, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza”. Contemplando todo lo sucedido en esos días concluye: “Sí, la Iglesia está viva; ésta es la maravillosa experiencia de estos días. Precisamente en los tristes días de la enfermedad y la muerte del Papa, algo se ha manifestado de modo maravilloso ante nuestros ojos: que la Iglesia está viva. Y la Iglesia es joven. Ella lleva en sí misma el futuro del mundo y, por tanto, indica también a cada uno de nosotros la vía hacia el futuro”.

De aquella homilía todos esperábamos un programa de pastoral y de gobierno. Sin embargo, Benedicto XVI, el creyente y buen teólogo, nos va a perfilar algo mucho más importante y profundo: el sentido y la belleza de ser cristiano, de ser pastor. Mi verdadero programa de gobierno –afirmó- es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia.

Y para explicar el sentido y la belleza de ser cristiano y pastor va e explicar la simbología de los dos signos que en esa misa se le impusieron: el palio y el anillo del pescador. El palio de lana pura recuerda la oveja perdida, enferma o débil, que el pastor lleva a cuestas para conducirla a las aguas de la vida. Al igual que Cristo buscó esa oveja perdida, así la Iglesia debe buscar al ser humano en su desierto. De forma elocuente y bella dijo: “hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores. (…) La Iglesia en su conjunto, así como sus Pastores, han de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud”.

El anillo del pescador recuerda el texto evangélico de la pesca milagrosa. Comenta así el papa: “También hoy se dice a la Iglesia y a los sucesores de los apóstoles que se adentren en el mar de la historia y echen las redes, para conquistar a los hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo, para la vida verdadera. Los Padres han dedicado también un comentario muy particular a esta tarea singular. Dicen así: para el pez, creado para vivir en el agua, resulta mortal sacarlo del mar. Se le priva de su elemento vital para convertirlo en alimento del hombre. Pero en la misión del pescador de hombres ocurre lo contrario. Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera. Así es, efectivamente: en la misión de pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios (…) La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo”.

Aquella homilía terminó con un llamado especial a los jóvenes, siguiendo el recuerdo de Juan Pablo II. “Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida”.

 

Termino esta crónica de los primeros días de Benedicto XVI recordando su homilía, la tercera que quiero recordar, en su visita a la Basílica de San Pablo Extramuros de Roma el 25 de abril de 2005. Considera esa visita una peregrinación a la tumba de San Pablo, a las raíces de la misión, de la misión que Cristo resucitado encomendó a san Pedro, a los Apóstoles y, de modo singular, también a san Pablo, impulsándolo a anunciar el Evangelio a los gentiles. Ello le da pie para recordar el inimitable trabajo misionero de Juan Pablo II y pide al Señor alimente también en él un amor semejante, para que no descanse ante la urgencia del anuncio evangélico en el mundo de hoy. La Iglesia, por su misma naturaleza, es misionera; su tarea principal es la evangelización.

Perdonad que me haya alargado tanto, pero es que es difícil resumir tanto contenido sin traicionarlo o sin que pierda su fuerza y su belleza.

Varios temas han ido saliendo de aquellas primeras palabras de Benedicto XVI, que marcan su pontificado y su magisterio: unidad, comunión, ecumenismo, paz, confianza en Dios y en la Iglesia, Eucaristía, presencia de Cristo, caridad, esperanza, belleza y alegría del cristianismo, misión, libertad, juventud… No es este un papa pesimista como algunos han caricaturizado, sino realista, que sabe de sombras y las mira de frente… y lo mejor: aporta luces y esperanzas.

Hay hombres y mujeres que por su excepcional condición, por su excepcional personalidad, imprimen su sello personal en la historia. Los santos están, sin lugar a dudas, dentro de ese grupo de hombres y mujeres.

       Celebramos la fiesta de santa Teresa de Jesús, y si lo hacemos es por­que reconocemos en esta santa algo con lo que nos podemos identificar:

- quizás sea su actitud apacible, mística, contemplativa, tan bien re­tratada en su imagen;

- quizás sea su fuerza, su tesón, su reciedumbre;

- quizás su sabiduría, propia de una mujer, curtida por los años, por el sufrimiento, por la experiencia, por la gracia y sobre todo por la Sabiduría de Dios;

- quizás sea su espiritualidad, tan transida de amor a la Escritura, a los Padres, a la Eucaristía y a la Iglesia;

- o quizás sólo sea su humanidad, su profunda humanidad, propia de una mujer acostumbrada a andar mundo y a ver, como dice el Concilio Vaticano II “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de su tiempo” (Cf. GS 1).

En cualquier caso, sea lo que fuere lo que nos atraiga, santa Teresa de Jesús no ha pasado desapercibida para la historia, ni ha pasado desapercibida para muchos cristianos. Sin lugar a dudas es una de las mujeres más extraordinarias y grandes de toda la historia de la humanidad y ha dejado su huella en otras grandes, que incluso tomaron su nombre, como Teresa de Lisieux, Edith Stein (Teresa Benedicta de la Cruz), Teresa de Calcuta…

 

Pero nos podemos preguntar: ¿cuál fue la clave de su vida? ¿cuál fue el motor de su acción? ¿cuál fu su fundamento, su roca firme sobre la que construyó su vida? Sin lugar a dudas fue Jesucristo.

Y es que la santa tomó conciencia del Amor que Dios ha manifestado en la Encarnación de su Hijo, y del amor que cada día nos da en la celebra­ción del banquete y del sacrificio de la Eucaristía. Santa Teresa se sintió profundamente amada por Dios en Jesucristo y también se sintió es­cogida para mostrar ese amor. “No sois vosotros los que me habéis escogi­do, he sido yo quien os he escogido a vosotros y os he enviado para que vayáis y deis fruto” dice Jesús en el Evangelio. Su vida no va a ser sino el reflejo, la transparencia de ese amor. Jesucristo, el Amado, como a ella gustaba decir, es la clave para entender la vida de la santa.

El Señor fue su pastor y por eso nada le podía faltar. Quien a Dios tiene nada le falta -decía-. El Señor fue su escudo y el Santo de Israel su rey, como decía el salmo. Y eso lo vivió con seriedad, con profundidad, con energía, esta mujer fuerte, y le valió ser una mujer de Dios, una mujer de Iglesia, una mujer para los demás.

Como mujer de Dios, no tenía más interés que el de Jesucristo: que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Y eso con los criterios y desde los criterios mismos de Dios, que no son otros sino el amor. La mujer de Dios es incansable por acercar a Dios a los hombres: por eso no escatimó en el trabajo: cuántas veces recorrió España entera, creando conventos y reformando su orden. La mujer de Dios no vive y no muere sino por y para Dios, ¡qué bien llevó a cabo esta tarea Santa Teresa! Sus amigos fueron todos hombres de Dios: san Juan de la Cruz, san Pedro de Alcántara, san Juan de Ávila… ¡Qué siglo tan grande para nuestra España! ¡Cuántos hombres y mujeres de Dios!

Como mujer de Iglesia, santa Teresa entendió que no se puede vivir en cristiano fuera de la comunión eclesial. En un tiempo difícil para la Iglesia, para su unidad, la santa luchó por la Reforma católica dentro de su orden según los ideales del Concilio de Trento, cuyas normas y disposiciones trató de aplicar con tesón. La mujer de Iglesia obedece a la Iglesia, es decir, la escucha y tiene para con ella una actitud de justa entrega. Y eso a pesar de que la Iglesia en un principio no quiso quererla bien.

Como mujer para los demás, santa Teresa no escatimó esfuerzo ningu­no por promover la paz y la justicia. Quiso que sus monjas atendieran, y ella misma lo hizo, a todos los hombres. “Si estás orando, y alguien llama a la puerta, deja la oración y abre la puerta: es Cristo quien llama”.

Mujer de Dios, mujer de Iglesia, mujer al servicio de los de­más hombres. Santa Teresa, mujer de su tiempo, cristiana en su tiempo, religiosa en su tiempo, nos enseña a nosotros a ser hombres, cristianos y religiosos de nuestro tiempo: llamados a una nueva evangelización de nuestro mundo, que transforme las estructuras de pecado en estructuras de amor, constructores de lo que Juan Pablo II llamó civilización del amor. Su secreto, su fundamento, su fuerza, su roca firme fue Jesucristo.

PD. Desde aquí, felicidades a todas las Teresas. Ex corde.

Comienzo, no sin cierto temor a quedarme en el intento, esta nueva categoría en mi blog personal, en la que pretendo acercarme a la persona y al magisterio de nuestro papa Benedicto XVI. Como muchas veces digo, nunca terminaremos de darle gracias a Dios por el enorme don que nos ha hecho con este papa, “Cooperador de la Verdad”, como rezaba en su lema episcopal.

En estos tres años y medio de pontificado Benedicto ya ha marcado una línea muy personal de gobierno y de magisterio en la Iglesia, novedosa en cierta medida, pero sin rupturas con respecto a sus predecesores, especialmente Juan Pablo II. Reconozco que con el tiempo este papa me ha ido seduciendo cada vez más, no tanto en lo estético cuanto en el contenido y en el calado de su magisterio. Decía un joven en la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney que le gustaba ver a Juan Pablo II y escuchar a Benedicto XVI. En mi humilde y discutible opinión le doy la razón.

Sin embargo, vemos como este papa es “desconocido” en nuestro país. Los medios de comunicación de masas no le prestan demasiada atención y cuando lo hacen distorsionan en buena medida su mensaje a base de tópicos o de comentarios muy parciales y sesgados. Así es común escuchar, incluso entre los mismos cristianos, que este papa “no les llega”. Es triste, pero es así.

Bien, intentemos acercarnos a su persona y a su mensaje, quitándonos los prejuicios (negativos o positivos) y pongamos en la palestra su testimonio y sirvámonos de él para enriquecernos nosotros mismos…

* * *

Permitidme que comience  recordando lo que personalmente viví en aquellos días de abril de 2005. Todos vimos las mismas imágenes, pero tendremos recuerdos e impresiones distintas en la memoria de aquellos días históricos para nuestra Iglesia actual…

 

Sábado, 2 de abril de 2005, casi a las 10 de la noche. En ese momento estaba chateando con un amigo, hablando de la enfermedad y de la agonía de Juan Pablo II. Todos esperábamos el desenlace de un momento a otro. Tenía la radio puesta para estar al tanto de todo lo que sucedía. En ese momento daban la noticia. Recuerdo el vuelco en el corazón, era una noticia esperada, pero no pude contener la emoción. En seguida dejé el chat y bajé a la parroquia de San Bartolomé de Andújar, donde todavía era párroco, para echar las campanas a duelo. Mientras los martillos golpeaban las campanas con una tristeza inusitada y solemne a la vez, me dirigí a la Capilla del Santísimo para orar, cargado de emoción y de lágrimas en mis ojos, a pesar de que no soy de lágrima fácil. Quiero recordar que sólo una vez pedía al Padre que acogiera a su siervo Juan Pablo, el resto de la oración era darle gracias y recordar los pocos momentos en que pude disfrutar en directo de su presencia en Santiago de Compostela en 1989 y en Sevilla en 1993, y el resto de grandes momentos que lo había seguido por televisión como su última visita a España en 2003. Se iba una parte importante de mi vida religiosa, no sé si como un padre o como un abuelo, cargado de experiencia y de amor. Al salir de la Parroquia aun sonaban a lo lejos las campanas de san Miguel y de santa María, dando a la noche un sentido muy extraño, muy especial, muy santo… No vi a nadie por la calle…

Los días siguientes todos recordamos las imágenes del cadáver de Juan Pablo II en la Sala Clementina, su solemnísimo traslado a la Basílica de San Pedro, las colas inmensas para entrar en la Basílica, los testimonios de tantos y tantos hombres y mujeres, creyentes o no, que en su inmensa mayoría homenajeaban al papa fallecido. Sentí la tentación de irme a Roma, pero era una locura en aquellas condiciones.

Poco a poco también se iba haciendo familiar el ritual a seguir en las exequias de un papa; yo apenas recordaba las exequias de Pablo VI y Juan Pablo I, y eso hacía del momento algo histórico.

También se empezaba a colar en nuestras casas la imagen del Cardenal Joseph Ratzinger, hasta ese momento Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y Decano del Colegio Cardenalicio. Se hacían quinielas en torno a su persona, pero la mayoría de los medios de masas lo presentaban ya de forma muy negativa. Así fueron creando, ya antes de ser papa, una imagen nada realista de su persona y de su gestión.

Viernes, 8 de abril de 2005. En la Plaza de San Pedro del Vaticano todo está preparado para las exequias solemnes de Juan Pablo II. No falta casi nadie. Los que no estábamos físicamente lo estábamos en el corazón siguiéndolo al detalle por televisión. Hasta ese “viento recio”, símbolo del Espíritu Santo, se hace presente, haciendo volar las casullas rojas de los cardenales y obispos y las hojas del Evangeliario colocado sobre el grande y humilde ataúd del papa. Preside el Cardenal Ratzinger, como Decano del Colegio cardenalicio; le acompañan también gobernantes de todos los países y representantes de otras iglesias y religiones.

En su homilía, entre otras cosas, dice:

«Sígueme», dice el Señor resucitado a Pedro, como su última palabra a este discípulo elegido para apacentar a sus ovejas. «Sígueme», esta palabra lapidaria de Cristo puede considerarse la llave para comprender el mensaje que viene de la vida de nuestro llorado y amado Papa Juan Pablo II, cuyos restos mortales depositamos hoy en la tierra como semilla de inmortalidad, con el corazón lleno de tristeza pero también de gozosa esperanza y de profunda gratitud.

(…) El amor de Cristo fue la fuerza dominante en nuestro amado Santo Padre; quien lo ha visto rezar, quien lo ha oído predicar, lo sabe. Y así, gracias a su profundo enraizamiento en Cristo pudo llevar un peso, que supera las fuerzas puramente humanas: Ser pastor del rebaño de Cristo, de su Iglesia universal.

(…) Podemos estar seguros de que nuestro amado Papa está ahora en la ventana de la casa del Padre, nos ve y nos bendice. Sí, bendíganos, Santo Padre. Confiamos tu querida alma a la Madre de Dios, tu Madre, que te ha guiado cada día y te guiará ahora a la gloria eterna de su Hijo, Jesucristo Señor nuestro. Amén.

Al terminar la preciosa homilía tuve la intuición: ¿Podría ser Ratzinger el nuevo papa? -¡No, no creo!- me respondí inmediatamente yo mismo.

Hasta ese momento había leído algunas cosas de Ratzinger que me gustaron verdaderamente como “Introducción al cristianismo”  y “La Iglesia. Una comunidad siempre en camino”. Había leído, así mismo, algunos documentos de la Congregación para la Doctrina de la Fe, siempre polémicos, porque para eso está la misma, y sobre todo tuve que presentar al clero de la Diócesis de Jaén la segunda parte del Documento “Dominus Iesus” del año 2000 de la misma Congregación, firmado por Ratzinger, que levantaba ampollas en su momento, y en el que intenté poner paños calientes, haciendo una lectura contextualizada del documento, en un tema muy complejo como la unicidad y la unidad de la Iglesia. Así que, aunque admiraba a Ratzinger, éste no entraba dentro de mi perfil de papa. Todos hacían –y hacíamos– quinielas. Mis candidatos favoritos eran otros: el italiano Tettamanzi, el alemán Kasper y el austriaco Schoenborn, abiertos, moderados, buenos teólogos y europeos –la verdad que no me atraía la idea de un latinoamericano, los veía demasiado carcas y populistas, pero… ¡quién sabía por donde soplaría el Espíritu Santo!–. Seguro que mis hermanos latinoamericanos verían las cosas de otro modo…

Así transcurrieron aquellos días, haciendo quinielas y rezando por el nuevo papa, hasta el día 18 de abril, fecha de la apertura del cónclave para la elección del nuevo pontífice. Recuerdo la misa de la mañana. Presidía de nuevo Ratzinger, se le veía serio y la homilía fue dura a mis oídos y a los oídos de muchos, quizás no acostumbrados a escuchar verdades como un puño:

“Cuántos vientos de doctrina hemos conocido en estas últimas décadas, cuántas corrientes ideológicas, cuántas modas de pensamiento. (…) La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido agitada con frecuencia por estas ondas, llevada de un extremo al otro, del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc… Cada día nacen nuevas sectas y se cumple lo que dice San Pablo sobre el engaño de los seres humanos, sobre la astucia que tiende a llevar al error. Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, se etiqueta a menudo como fundamentalismo. Mientras el relativismo, es decir, el dejarse llevar “aquí y allá por cualquier viento de doctrina’ parece la única actitud a la altura de los tiempos que corren. Toma forma una dictadura del relativismo que no reconoce nada que sea definitivo y que deja como última medida solo al propio yo y a sus deseos”.

Realmente, leída a cierta distancia, la homilía era preciosa y dibujaba la imagen del buen pastor en esa “hora de gran responsabilidad” en la que se pedía “un pastor según su corazón, un pastor que nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor, a la verdadera alegría”. Pero desgraciadamente todo había quedado imbuido por el párrafo anterior. Y en mi corazón quedaba esa inquietud. Por la tarde comenzaba el cónclave…

 

El martes, 19 de abril tenía clases en el seminario por la mañana. En el descanso me dediqué a bromear mandando mensajes a algunos amigos cofrades con la posibilidad de que saliera elegido su querido cardenal Mons. Carlos Amigo, arzobispo de Sevilla. Todos me contestaban emocionados y haciendo votos porque así fuera. Alguno incluso me respondió que iba a ver al Santo Padre subir las calzadas del Santuario de la Virgen de la Cabeza. ¡No alucinaban estos, ni ná!

Por la tarde acudí a Villacarrillo al entierro de una monja muy querida por mí y por muchos sacerdotes jóvenes: Madre Matilde. Presidía el entierro D. Santiago García Aracil, que hasta hacía unos meses había sido obispo de Jaén; en ese momento ya era arzobispo de Mérida-Badajoz, pero había venido al entierro de la monja por su cariño a la misma. A mi lado estaba sentado un sacerdote, que en un momento de la celebración me dice sigilosamente:

- Esta tarde, Madre Matilde nos va a regalar un nuevo papa.

- ¡Anda ya! –respondí yo–. Todavía es demasiado pronto.

- Esta tarde, acuérdate –me insistió-.

- No creo; es pronto. De salir uno tan pronto, tendría que ser… ¡Ratzinger! –le dije.

- Ratzinger puede ser un gran papa. Cuando yo estaba en Roma, lo veía a veces por la Plaza de San Pedro y es un hombre realmente sencillo y encantador. Nada que ver con lo que se dice de él –afirmó mi compañero-.

Al rato de esa conversación privada empezaron a arder los móviles, echando fumata blanca. En medio del revuelo y la confusión a mí también me llamó José, mi querido sacristán de Andújar, -buena persona, piadoso, discreto, sencillo y eficiente como él sólo-, para decirme que había fumata blanca. Me aparté un momento detrás del manifestador de la hermosísima parroquia de la Asunción de Villacarrillo para darle instrucciones: ¡campanas al vuelo durante cinco minutos!.

D. Santiago se enteró del revuelo y, con la mirada, mi compañero, antiguo vicario episcopal, le comunicó la noticia. Al terminar la misa de entierro llamé a algunos amigos de Villacarrillo para ir a sus casas a ver la tele, pero ninguno estaba, así que cogí el coche de vuelta; me acompañaba Juan Carlos Córdoba, seminarista. En el camino, con la Cope puesta, y Paloma Gómez Borrero informando -o catequizando-, recibíamos la noticia. Salía a la logia de la Basílica de San Pedro, el anciano Cardenal protodiácono, Jorge Arturo Medina Estévez, a anunciar la noticia:

Annuntio vobis gaudium magnum;
habemus Papam:
Eminentissimun ac Reverendissimum Dominum,
Dominum Josephum

…Josephum –José– ¡Ratzinger! Dije. ¡No lo podía creer!

Sanctæ Romanæ Ecclesiæ Cardinalem Ratzinger
qui sibi nomen imposuit Benedictum XVI.

¡Benedicto XVI! ¡Suena a rancio! ¡Increíble! Dije quejándome. ¡Ojalá esto no sea una vuelta atrás a una Iglesia encastillada y lejana de nuestro mundo! ¡Dios santo! Es verdad, no me hizo mucha gracia la elección en un primer momento, pero… es lo que había.

Me sorprendieron sus primeras palabras desde el balcón:

«Queridos hermanos y hermanas: después del gran Papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor.

Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes, y sobre todo me encomiendo a vuestras oraciones.

En la alegría del Señor resucitado, confiando en su ayuda continua, sigamos adelante. El Señor nos ayudará y María, su santísima Madre, estará a nuestro lado. ¡Gracias!»

 

Humilde trabajador, instrumento insuficiente, pero ¡adelante!. Confiando en nuestra oración y en la intercesión de María Santísima.

Me había quedado perplejo. Pero en menos de veinticuatro horas, tras escuchar su primera homilía como papa a los cardenales en la Capilla Sixtina, yo también caí en la cuenta de que este hombre ya no era el Prefecto, sino el Papa de una Iglesia que quiere abrir caminos y que “no tiene miedo al futuro”.

En consonancia con las parábolas que hemos escuchado los domingos anteriores, Jesús nos presenta hoy la parábola de los invitados a la boda, que es una explicación de la última afirmación de la parábola del domingo pasado: “Se os quitará a vosotros el reino… se dará a un pueblo que produzca sus frutos”. Esta es pues una explicación de Jesús a los dirigentes de su pueblo –sacerdotes y ancianos- de por qué él acoge a publicanos y pecadores y, en definitiva, de por qué su Iglesia y su Reino serán universales tras el rechazo del pueblo judío.

Para comprender el sentido de la parábola tenemos que entender algo de la mentalidad y de la cultura judía en tiempos de Jesús. La imagen que Jesús expone es la del banquete de bodas del hijo de un rey. El banquete tenía –y tiene- una importante función social: reúne al grupo para estrechar lazos y compartir la vida; además es signo de la importancia y del status de quienes lo comparten. –Por algo se criticó a Jesús sus comidas con publicanos y pecadores-.

La parábola habla de los preparativos de un rey para la boda de su hijo y del más que extraño rechazo de sus primeros invitados a tal evento. Su significado: Dios ha preparado su reino para su pueblo, pero éste lo ha rechazado incomprensible e injustamente. Entonces el rey castiga a aquellos invitados indignos y manda invitar ahora a todos los que se encuentren en los cruces de los caminos. Significado: ante el rechazo por parte de su pueblo, Dios abrirá su reino a todos los pueblos sin distinción. Todos serán sus invitados, sus comensales, en esa fiesta alegre. Se cumplirá así la promesa de Dios expresada hoy en la primera lectura: “el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones”.

Continúa la parábola diciendo que la sala se llenó de comensales. Dios quiere compartir su vida con todos nosotros. Todos somos sus invitados. Debemos alegrarnos, pues, cuando se llena nuestra iglesia de nuevos hermanos y hermanas. Deberíamos preocuparnos y evaluar qué pasa cuando esto no sucede. Nosotros también debemos de ser como aquellos heraldos que avisaban a todos  de la invitación del Señor.

Viene después una parte extraña en la parábola. El rey repara en uno que no lleva traje de fiesta y lo expulsa del banquete. Nos puede sorprender este hecho en un rey que ha mostrado antes tanta generosidad. ¿Qué significa esta comparación de Jesús? Pues que todos nosotros siendo invitados del Señor, y debiéndole estar agradecidos, también tenemos una responsabilidad: debemos estar revestidos de su gracia para participar en su reino y en su banquete. No podemos eludir nuestra tarea: con algo muy importante debemos corresponder al Señor por su invitación: la santidad. El traje de fiesta es símbolo de esa gracia que Dios nos regala, y de esa vida nueva, de esa santidad que nosotros debemos tener en nuestras existencias.

En definitiva, Dios ha mostrado su amor para con todo el género humano; a todos debe llegar su invitación, todos debemos corresponder a la misma revestidos de la fe y de la caridad. El próximo domingo, día del DOMUND, profundizaremos en esta idea.

La parábola también tiene unas fuertes resonancias eucarísticas. No en vano el Señor eligió el signo del banquete para la institución de la Eucaristía. Este es el banquete sagrado donde nos reunimos como Iglesia, donde damos gracias principalmente por el don que Dios nos ha hecho en su Hijo Jesucristo, donde escuchamos su palabra y donde nos hacemos uno con el Señor para compartir su vida con las nuestras en la comunión. La eucaristía es el anticipo del banquete del reino, y la prenda de la gloria futura. Debemos caer en la cuenta de que todos somos invitados suyos. De que cuando escuchamos las campanas es como si Dios nos dijese: ¡eres mi invitado! ¡ven a mi fiesta!. No rechacemos esa invitación y vengamos revestidos con la alegría y con la esperanza, con la fe y con la caridad y presentemos a Dios el obsequio de nuestros corazones. La eucaristía es lo más importante. Amén.

Querido Amador:

Varias veces ha salido en este blog el tema de las relaciones entre la sociedad civil y la Iglesia, así como el tema de cómo los cristianos podemos y debemos participar en la cultura, en la política, en la economía de nuestra sociedad. En varias ocasiones hay quien me ha pedido que aclarase desde mi punto de vista estos asuntos, más aún cuando hay cierta confusión en los términos como laicismo-laicidad, razón-fe, ética civil-ética cristiana, moral-ley civil, etc., etc. El tema es realmente amplio y se podría tratar desde distintas perspectivas.

Por otro lado pienso que el papa Benedicto XVI ha aclarado muchos puntos de estos temas en su primera encíclica Deus Caritas est y en el resto de su riquísimo magisterio. No termino de darle gracias a Dios por el don tan excepcional que ha hecho a su Iglesia con este papa tan clarividente, -de hecho estoy pensando crear una nueva categoría en el blog para mantenerte informado al día del magisterio del papa, aunque dudo de tener tiempo para tanto, y quizás supere mis fuerzas-. Aunque después puedan salir sus enseñanzas en nuestro diálogo, voy a intentar explicarte este tema con mis propias palabras y pensamientos, sin agobiarte con citas por ahora.

 

En primer lugar hay que dejar claro que los cristianos somos miembros de la Iglesia y de la sociedad civil, y que no podemos renunciar a nuestros derechos ni a nuestros deberes en ninguno de esos dos ámbitos. Es lo que decía Jesús: “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Más aún, tenemos que actuar siempre a la luz de nuestra conciencia rectamente formada tanto por la razón como por la fe en cualquier ámbito de la vida pública.

 Todos, hombres y mujeres, creyentes y no creyentes, debemos estar animados en la consecución de un proyecto común de futuro para nuestra sociedad, un proyecto que, bajo la dirección de las autoridades legítimamente elegidas, aúne la participación de todos, la colaboración de todos, la prudencia de todos, el talento y la decisión de todos y que construya el camino de la paz, del progreso, de la libertad y del respeto mutuo que todos deseamos. Para todo eso se hace necesario, pienso, dos cosas fundamentales: la independencia de los poderes civiles unos de otros; y la formación y la información libre de todos los ciudadanos. En pleno siglo XXI depende de todos nosotros que nuestro mundo sea mejor.

La Iglesia, en tanto está integrada en la sociedad, también está llamada participar en esta tarea común, iluminando desde el Evangelio de Jesucristo el camino y el horizonte de ese proyecto común de futuro. Los cristianos, a nivel personal, exactamente igual. Hay una escena en los Hechos de los apóstoles que nos puede ayudar a entender el papel de la Iglesia en este proyecto. La primera vez que, después de la Resurrección de Cristo, se dirigía Pedro al templo, un paralítico tendió la mano hacia él pidiéndole limosna. Pedro, mirándolo atentamente, le dijo: «No tengo oro ni plata, lo que tengo, eso te doy: en nombre de Jesús Nazareno, levántate y anda». El mendigo pedía una limosna y el Apóstol le dio mucho más: la curación, y sobre todo, la posibilidad de levantarse.

Lo mismo ocurre en la Iglesia: son muchos los que tienden la mano hacia ella pidiéndole lo que la Iglesia no tiene ni es misión suya dar, porque no dispone de nada de eso. La Iglesia sólo puede dar algo que es mucho más grande: el mensaje de Cristo, con sus implicaciones éticas, y la oración.

Atención, Amador: ese mensaje de Cristo no patrocina ni impone un determinado modelo de sociedad. La fe cristiana no es una ideología política ni puede ser identificada con ninguna de ellas, dado que ningún sistema social o político puede agotar toda la riqueza del Evangelio; ni pertenece a la misión de la Iglesia presentar opciones o soluciones concretas de gobierno en los campos temporales de las ciencias sociales, económicas o políticas. La Iglesia no patrocina ninguna forma ni ideología política, y si alguien utilizase su nombre para cubrir sus acciones, estaría usurpándolo manifiestamente.

La Iglesia, en cambio, sí debe proyectar la Palabra de Dios sobre la sociedad, especialmente cuando se trata de promover los derechos humanos, fortalecer las libertades justas o ayudar a promover las causas de la paz y de la justicia con medios siempre conformes al Evangelio. La Iglesia sí debe exigir a las autoridades democráticamente elegidas que estén al servicio de la comunidad entera; que respeten sin discriminaciones ni privilegios los derechos de la persona, especialmente por su gravedad y urgencia el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural, y los derechos de los más débiles; que protejan y promuevan el ejercicio de la adecuada libertad de todos y la necesaria participación común en los problemas comunes y en las decisiones que se tomen; y que tengan la justicia como meta y como norma. Todo esto es consecuencia de la vivencia auténtica, decidida y alegre, del Evangelio del Señor Jesús.

La Iglesia no impone nada, pero si debe proponer con alegría y convencimiento el Camino, la Verdad, y la Vida, de aquel que nos ha creado, nos ha redimido y nos ama.

Espero con esto haberte aclarado algunas cosas y haberte introducido en un tema de actualidad. En cualquier caso aquí me tienes. Un fuerte abrazo.

Ex corde

Querido amigo Mushu:

Me pides en el comentario número 19 del post del día 5 de octubre que diga en qué forma debes de ver las siguientes frases extraídas del texto de la discordia, para que puedas hacerlas virtudes de un sacerdote:

“Un sacerdote debe ser Alguien que jamás se doblegó frente a los poderosos”
“Un sacerdote debe ser caudillo de valerosos combatientes”.

 

Antes que nada quiero darte las gracias por lo que dices en el primer y segundo párrafo de ese mismo comentario: lo tomo como una disculpa por tu parte. Gracias. Disculpa tú también si en algún momento he podido parecer arrogante. Te reitero que no era mi intención. Pero de verdad que no entiendo la polémica suscitada.

 

Paso a comentarte las dos frases que me pides. Lo hago con este nuevo post, porque la verdad es que como comentario se me ha quedado un poco largo, ya que las ideas fluyen a vuelapluma…

 

Alguien que jamás se doblegó frente a los poderosos,

y sólo se inclina ante los humildes.

 

 Simplemente recuerda la actitud de Nuestro Señor ante Herodes y después ante Pilato en el Evangelio. Es la mejor imagen de de alguien que no se doblega ante los poderosos sin entrar en afrenta. Simplemente te cito los textos a modo de ejemplo:

 

En aquel tiempo se acercaron algunos fariseos, y le dijeron: – “Maestro, vete de aquí, de Galilea, dominio de Herodes, porque el rey te quiere matar”. Y él les dijo: - “Id, y decidle a ese zorro: Yo expulso demonios y llevo a cabo curaciones hoy y mañana, y al tercer día seré consumado. Pero conviene que hoy y mañana y pasado siga adelante, porque no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén.  (Lucas 13,31-33).

………………

Cuando Herodes vio a Jesús se alegró mucho, pues hacía largo tiempo que deseaba verle, por las cosas que oía de él, y esperaba alguna señal que hiciera. Le preguntó con mucha palabrería, pero él no respondió nada… (Lucas 23,8-12).

………………

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús:

-«¿Eres tú el rey de los judíos?»

Jesús le contestó:

-«¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?»

Pilato replicó:

-«¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?»

Jesús le contestó:

-«Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.»

Pilato le dijo:

-«Conque, ¿tú eres rey?»

Jesús le dijo:

-«Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.» (Juan 18,33-38)

 

Jesús no se doblegó ante los poderosos. En esos tres momentos y en muchos más mantiene una dignidad simpar, fruto de su libertad interior, y de su seguridad en que está cumpliendo el plan de su Padre. Él es el maestro y modelo.

 

Por otra parte, recuerda, en cambio, cómo se arrodilló y lavó los pies a sus discípulos en la noche santa de su entrega. (Juan 13,1-20). O también aquel otro texto cuando le preguntan cual es el más importante en el Reino de los cielos y él cogiendo a un niño lo puso en medio y dijo: si no os volvéis y os hacéis como los niños, jamás entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el más importante en el reino de los cielos” (Mateo 18,3-4).

 

Jesús, el Buen Pastor, es el modelo de los pastores y sacerdotes. En esa línea va el texto medieval que me pides que te comente. Me dirás seguramente que muchos sí se doblegan ante los poderosos, que a lo largo de la historia y tal… O que otros no sirven a los humildes… Y llevarás quizás razón en muchos casos… pero esos casos no son nuestro modelo, aunque pesen en nuestra historia.

Pero a la vez tienes el caso de infinidad de santos y santas que han mantenido una fortaleza y una dignidad enorme ante los poderosos y una humildad y sencillez preciosas ante los humildes. Ahí tienes a Pedro ante el sanedrín, a Pablo, a León Magno, a Juan Crisóstomo, a Gregorio VII (que brilla especialmente por esta cualidad y desde ahí alcanzó la libertad de la Iglesia), a Francisco de Asís, a Tomás Becket, a Tomás Moro, a Pío IX, a Juan XXIII, a Pablo VI, a Monseñor Romero, a Edith Stein, a Maximiliano Kolbe, a Teresa de Calcuta, a nuestros mártires…, y no soy nada exhaustivo… son sólo algunos casos brillantes entre miles y miles… Su ejemplo ilustra el sentido de la frase… Los casos contrarios no son modelos para nosotros. Gracias a Dios, la Iglesia en general hoy cumple en muy buena medida con esta premisa, consciente de su papel guarda la libertad en la verdad… a pesar de haber perdido –pienso que gracias a Dios- su poder temporal…

 

 

Dócil discípulo de su Maestro,
y caudillo de valerosos combatientes.

 

El Maestro es Cristo. Él es la luz del mundo (Jn 8,12); el que le sigue no camina en tinieblas, sino que tiene la luz de la vida. En ese sentido el cristiano debe brillar por su humildad. El cristiano refleja la luz del maestro y también se convierte en “luz del mundo y sal de la tierra” (Mt 5,13). Brille así nuestra luz delante de los hombres, para que viendo nuestras buenas obras glorifiquen a nuestro Padre del cielo. (Mt 5,16),

El autor medieval, inserto en su tiempo, utiliza el lenguaje propio de su época; un lenguaje por cierto no tan alejado del bíblico, donde como te decía el otro día se nos invitaba a “combatir el buen combate de la fe” (1 Timoteo 6,11-12). No es una guerra “material”, sino espiritual, un debate en el alma, que san Pablo describe magníficamente en Romanos 7,14-25:

“Sabemos, en efecto, que la ley es espiritual, mas yo soy de carne, vendido al poder del pecado. Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco… Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Pobre de mí! ¿Quién me librará…? ¡Jesucristo, Señor nuestro! ¡Y le doy gracias!”

 

El valeroso combatiente es todo aquel que encara esta batalla espiritual, que afronta el mal en su vida e intenta, con la ayuda de la gracia de Dios, superarlo, vencerlo.

Este lenguaje “militar” aplicado a la lucha interior, es muy común tanto en la Sagrada Escritura como en toda la tradición mística. Ahí tienes toda la lucha interior en la noche oscura del alma de san Juan de la Cruz (nada sospechoso en otro tipo de beligerancias) o todo un maestro como san Ignacio de Loyola, el cual curtido en la milicia, aplicará ese lenguaje a la lucha del alma por el bien y la justicia, tanto a nivel individual como social, creando la “Compañía” de Jesús.

El texto viene a decir que el sacerdote debe ser “caudillo” de esos valerosos combatientes. Efectivamente, siendo ejemplo de fortaleza, animando a todos en esa lucha por el bien y la justicia en el ámbito espiritual y en todos los ámbitos.

Mira, Mushu, quien mejor te lo puede explicar es san Pablo en la carta a los Efesios (6,10-20), te recomiendo que lo leas despacio y sin prejuicios:

“Por lo demás fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder. Revestíos de las armas de Dios para poder resistir a las acechanzas del Diablo. Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal. Por eso tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haber vencido todo, manteneros firmes. ¡En pie!, pues; ceñida vuestra cintura con la Verdad y revestidos de la Justicia como coraza, calzados los pies con el Celo por el Evangelio de la Paz, embrazando siempre el escudo de la fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del Maligno. Tomad también el Yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios; siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos, y también por mí, para que me sea dada la Palabra al abrir mi boca y pueda dar a conocer con valentía el Misterio del Evangelio, del cual soy embajador entre cadenas, y pueda hablar de él valientemente como conviene”.

 

Espero que con estos textos y reflexiones se te hayan aclarado las dudas que exponías, si no es así, pásate por aquí y charlamos tranquilamente, porque para escribir cada vez tengo menos tiempo.

Muchas gracias, Mushu, por darme la oportunidad de explicar algo que creo actual y necesario no solo para los sacerdotes sino para todos los cristianos hoy. Un fuerte abrazo, ciberamigo.

Y a todos los demás tranquilizad el ambiente, que aquí estamos para relajarnos por una parte, y para animarnos unos a otros por otra…

Ex corde

Hoy, sin tenerlo previsto en un principio, he vuelto al Cerro del Cabezo después de varios meses. Cuando estaba en Andújar subía con frecuencia a ver a la Madre y a presentarle mis alegrías y mis preocupaciones. Lo hacía muchas noches a solas o con amigos, y siempre sentía un gran consuelo al subir andando por las calzadas y rezar mientras el Rosario.

Hoy la cosa ha venido así y le doy gracias a Dios por este día hermoso. La sugerencia me la ha hecho Antonio, que no conocía el Santuario y al final nos hemos decidido subir allí a ver a la Virgen de la Cabeza y a comer…  He visto algunos cambios, en general creo que para bien, y en el Camarín hemos rezado el Ángelus.

Por el camino me venían muchos y buenos recuerdos… Alguno también malo…

Me gusta subir al Cerro, a ese monte santo, donde mora la Madre de Dios, como un peregrino más, haciendo el camino en coche, en mulo o andando. Y en ese camino… cuántas oportunidades, cuanto trabajo, cuanto consuelo, cuántas gracias de Dios…

Nuestro señor Jesucristo también subía con frecuencia a los montes al encuentro con el Padre, también realizó el camino de la vida como una peregrinación continua. Y en el camino… cuántas palabras nos dejó, cuántos milagros, cuánto consuelo, cuánta alegría…

Él, siempre que subía al monte era para algo importante, muy importante… Al monte subió para orar y elegir a sus discípulos… al monte subió a predicar la bienaventuranzas y el valor del amor y de la paz… en el monte multiplico el pan…, al monte subió para transfigurarse delante de sus discípulos y mostrarles su gloria…, al monte subió, al monte Sión, a Jerusalén, para darnos sus últimas enseñanzas y su eucaristía… y desde el monte ascendió al cielo…, pero antes, también en un monte, en el calvario, llevó a plenitud su obra de salvación… allí entregó su vida en la cruz, allí fue sepultado, allí resucitó…

Siempre que subo al monte del Cabezo, me gusta recordar esos momentos de la vida del Señor, ese camino, esos montes…

Hace poco más de un año cuando salí de mi querida parroquia de San Bartolomé de Andújar, uno de los regalos que me hicieron fue un cuadro precioso donde venía escrita una reflexión de un antiguo escrito medieval de Salzburgo. Durante un tiempo lo he tenido colgado en mi casa, ahora cuando terminen las obras de la sacristía y los despachos y todo esté en orden quiero ponerlo en mi despacho, para verlo y recordarlo y hacerlo vida de mi vida… Hoy os lo ofrezco. Dice así:

Un sacerdote debe ser
a la vez muy grande y muy pequeño.
De espíritu noble, y a la vez labriego,
héroe que ha triunfado de sí mismo,
y hombre que luchó contra Dios.

Fuente inagotable de santidad,
y pecador a quien Dios perdonó.
Señor de sus propios deseos,
y servidor de los más débiles.
Alguien que jamás se doblegó frente a los poderosos,
y solo se inclina ante los humildes.

Dócil discípulo de su Maestro,
y caudillo de valerosos combatientes.
Pordiosero de manos suplicantes,
y mensajero que distribuye el oro a manos llenas.

Animoso soldado de la batalla
y mano tierna para el enfermo.
Anciano por la prudencia que pone en sus consejos,
y niño que confía en los demás.

Hecho para la alegría y curtido por el sufrimiento.
Ajeno a toda envidia, transparente en sus pensamientos,
sincero en la palabra, amigo de la paz, enemigo de la pereza,
seguro de sí mismo.

Para mis hermanos sacerdotes. Para mis hermanos seglares, a quienes creo que también os servirá. Para Francisco y Natalia, a quienes ayer casé. Para Elena y Héctor, a quienes hoy he bautizado. Para Carmen, a quien llevaba la Comunión y cuya alma esta tarde pondré ante Dios…

Ex corde. Facundo.

Seguimos este domingo escuchando una parábola más de Jesús acerca de la viña como símbolo del pueblo de Dios, ya sea el antiguo Israel o el nuevo Israel que es la Iglesia.

En la primera lectura resalta el amor y el cuidado de Dios hacia esa viña, que es el pueblo de Israel. Sin embargo, a pesar de ese amor y cuidado en  vez de dar el fruto esperado da agrazones, símbolo de las injusticias y los crímenes. Por eso esa viña, que ya no da fruto, será arrasada.

La parábola de Jesús en el Evangelio recuerda expresamente el texto de Isaías, pero desde el punto de vista de los labradores arrendatarios de la viña, símbolo de los dirigentes, -sacerdotes y ancianos del pueblo-, que se niegan a dar los frutos que corresponden al dueño de la viña –Dios-, que maltratan a sus enviados –los profetas- y que terminarán asesinando incluso al hijo del dueño, por lo que perderán definitivamente la viña. La perspectiva histórica de la parábola aplicada a la historia de Israel y muy especialmente al conflicto de Jesús con los dirigentes de su pueblo es clara. El final de la parábola indica la entrega de la viña a otros labradores, a otro pueblo, que produzca sus frutos. Ese pueblo nuevo, esa viña nueva, es la Iglesia; somos nosotros.

Pero el sentido más profundo del texto de Isaías y del evangelio también nos alcanza a nosotros, y esto lo tenemos que tener en cuenta para aplicarlo a nuestra vida. En primer lugar debemos caer en la cuenta que la nueva viña del Señor somos nosotros: que como dice Isaías, Dios ha puesto todo su amor, todo su interés en nosotros. Nosotros, -su Iglesia– somos su viña amada. Somos el objeto de su amor y su providencia, Dios ha derrochado su gracia en nosotros, todas nuestras capacidades, cada segundo de nuestra existencia, cada latido de nuestro corazón, son un regalo suyo. Todo nos lo ha dado para que, usándolo bien, según su voluntad, le devolvamos buenos frutos, buenas obras, y no agrazones de pecado, de desobediencia, de ingratitud. Él espera mucho de nosotros, porque nos ama mucho y nos lo ha dado todo.

Nosotros no debemos caer en esa infidelidad del desagradecimiento, ni tampoco en la tentación de creernos los dueños de la viña, como aquellos de la parábola. Y aquí viene la segunda lección de hoy: a veces nosotros caemos en esa tentación de gestionar nuestra vida y nuestro mundo como si Dios no existiese; marginando a Dios este mundo se ha absolutizado y se cree dueño y señor de todo. En nombre de no sé qué derechos, se pisotean los verdaderos derechos de los más débiles y de aquellos que no tienen voz, cometiendo terribles injusticias, más sangrantes aún cuando nosotros miramos hacia otro lado como si no pasara nada: ahí está esa cultura de la muerte y del egoísmo, que se traduce en injusticia para con el Tercer Mundo, y en violencia, en droga, en marginación, en falta de sentido de la vida, en ausencia de compromisos fuertes y justos, en abandono de nuestros deberes, en aborto, en eutanasia… en crisis moral, en este primer mundo nuestro.

¿Qué puede decir Dios a nuestro mundo? Seguramente a nosotros también nos diría: “¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?”. De él lo recibimos todo, él nos ha dado su Evangelio, él ha entregado su vida por nosotros, él nos abre las puertas del Reino. A nosotros nos queda responder con obras y con frutos de justicia. Nos queda poner al Señor como “piedra angular” de nuestra vida. Para cambiar nuestro mundo y mejorar nosotros mismos nos queda hacer lo que dice san Pablo en la segunda lectura: “todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta. Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra. Y el Dios de la paz estará con vosotros”.

Hace unos días me preguntaban qué es lo más importante en mi vida como sacerdote, cuál es el centro de mi vida, lo más importante que hago…

Sin dudar un momento respondí: LA EUCARISTÍA. Lo digo no solamente por haber estudiado algo de teología y saber ciertas cosas acerca de Dios, sino que respondí desde la experiencia, con el corazón en la mano, con toda sinceridad, con toda mi mente y con todas mis fuerzas: ¡la Eucaristía!.

Para mí, -supongo que como para cualquier cristiano-, la Eucaristía es el centro, la fuente y el culmen de nuestra vida, en feliz expresión del Concilio Vaticano II. Para mí reunirme en la iglesia, con la Iglesia, con los hermanos, escuchar la Palabra de Dios, que es lámpara para mis pasos y luz en mi sendero, celebrar ese misterio de entrega generosa y de amor infinito de nuestro Dios, consagrar en el nombre del Señor el pan y el vino y convertirlos en su Cuerpo y su Sangre, comulgar y hacerme uno con el Señor en ese momento, y ser enviado como apóstol al terminar la Misa, es el centro de mi vida, lo más importante de mi tarea y de mi jornada.

Imagino que esto es difícil de entender para un no creyente, pero supongo que se parecerá al sentimiento de dos enamorados que se buscan, y que, aunque a veces no le dan importancia a ese encuentro, no pueden pasar sin él.

Yo al Señor le fallo en muchas cosas, -en muchísimas-, pero al menos sí intento que cada día, cuando celebro la Misa, estar y ser sólo para él. A  veces no lo consigo, porque hasta en ese momento me despisto con frecuencia o tengo la cabeza en otras cosas, pero cuando celebro con piedad, en espíritu y en verdad, os garantizo que supone para mí un gozo, un consuelo y una alegría indescriptibles, aunque quizás no logre transmitirlo a los demás.

La Eucaristía es la celebración de la sobreabundancia del Amor de Dios que ha querido hacerse pan para saciar nuestra hambre, y vino para alegrar nuestro corazón. Cristo viene en cada eucaristía a eso: a alimentarnos y a alegrarnos, a dar sentido a nuestra vida uniéndonos, por la comunión a su propia vida.

La Eucaristía es para mí el sacramento del amor más grande, porque recuerda el mayor amor que jamás haya podido darse entre los hombres: la entrega definitiva de Jesús por nosotros. Así recuerdo en el momento de comulgar estas palabras hermosas “Tibi post haec, fili mi, ultra quid faciam?” (Después de esto, hijo mío, que más puedo hacer por ti). Y respondo: ¡Nada, Señor, ya lo has hecho todo por nosotros! ¡Teniéndote aquí me basta!. El sacrificio de la cruz, cuyo memorial, recuerdo y presencia, hacemos en el sacrificio de la Eucaristía es el cenit de la obra salvadora de Dios. Ninguna oración, ningún sacrificio, ninguna actitud religiosa puede compararse al gesto de Cristo, entregado en amorosa obediencia al Padre, en nombre de todos sus hermanos.

Por eso estoy convencido de que con la Misa todo tiene sentido y sin la misma todo queda vacío y frío. Siempre recomiendo a mis amigos y amigas que no fallen al Señor en la Misa. Todo lo que hacemos en la Iglesia (caridad, catequesis, oración, cofradías…), todo, tiene en la Eucaristía su fuente, y su fin, y su centro…

Ex corde. Facundo

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