Desde el primer momento comenzó Benedicto XVI a trabajar en la tarea de apacentar y confirmar en la fe al rebaño que el Señor le confiaba como 265 sucesor de San Pedro. Los primeros días de su pontificado están marcados por varios discursos a distintos colectivos, cardenales, representantes de otras iglesias y religiones, medios de comunicación… y sobre todo por tres preciosas homilías donde dibuja sus intenciones principales. Finalmente la primera audiencia general a los fieles en la Plaza de san Pedro.
A la mañana siguiente de su elección, en la Misa Pro Ecclesia en la Capilla Sixtina junto con los Cardenales electores, Benedicto XVI va a presentar en su homilía lo que van a ser sus objetivos fundamentales. Yo seguí la celebración por Televisión y es el momento en el que caí en la cuenta de la grandeza de este hombre. Es una homilía que vale la pena releer. Su primer mensaje lo podríamos resumir en su intención de trabajar por la unidad de la Iglesia, de todos los cristianos y de la entera familia humana.
Al igual que repetirá con bastante frecuencia en aquellos días, el papa comienza hablando del doble sentimiento que alberga en su espíritu: turbación humana ante la responsabilidad que ha adquirido y sobre todo profunda gratitud a Dios y los cardenales por la confianza que en él han depositado. Siente fuerte, además, la ayuda de la Providencia, la fortaleza y la compañía del testimonio de su antecesor, que ha dejado “una Iglesia más valiente, más libre, más joven; una Iglesia que, según su doctrina y su ejemplo, mira con serenidad al pasado y no tiene miedo al futuro”. Manifiesta su intención de proseguir en el compromiso de aplicación del concilio Vaticano II, cuyos documentos no han perdido su actualidad con el paso de los años; al contrario, sus enseñanzas se revelan particularmente pertinentes ante las nuevas instancias de la Iglesia y de la actual sociedad globalizada. Así que nada de vuelta atrás: la nave de la Iglesia sigue adelante.
A continuación continúa hablando de la centralidad de la Eucaristía, corazón de la vida cristiana y manantial de la misión evangelizadora de la Iglesia, la cual hace presente constantemente a Cristo resucitado, que se sigue entregando a nosotros. De ella brota la comunión entre todos los fieles, el compromiso de anuncio y de testimonio del Evangelio, y el ardor de la caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres y los pequeños.
El tema de la unidad ocupa un lugar apremiante en su tarea. Benedicto XVI asume como compromiso prioritario trabajar con el máximo empeño en el restablecimiento de la unidad plena y visible de todos los discípulos de Cristo. Esta es su voluntad y este es su apremiante deber. El actual Sucesor de Pedro se deja interpelar en primera persona por esa exigencia y está dispuesto a hacer todo lo posible para promover la causa prioritaria del ecumenismo. Siguiendo las huellas de sus predecesores, está plenamente decidido a impulsar toda iniciativa que pueda parecer oportuna para fomentar los contactos y el entendimiento con los representantes de las diferentes Iglesias y comunidades eclesiales.
Finalmente también asegura que la Iglesia quiere seguir manteniendo con todos un diálogo abierto y sincero, en busca del verdadero bien del hombre y de la sociedad. Y dirige un saludo especial a los jóvenes, futuro y esperanza de la Iglesia y de la humanidad.
Ciertamente, al cabo de unos años estos propósitos iniciales siguen marcando la tarea y el magisterio de Benedicto XVI.
La segunda homilía importante, y bellísima, es la de la Misa del Inicio de su Pontificado, el domingo 24 de abril. Comienza recordando el rito de la invocación de todos los santos que durante esos días se ha repetido en los funerales de Juan Pablo II, en el inicio del cónclave y al comienzo de esa Misa. Con ello reafirma su fe de no estar solo. “Quien cree, nunca está solo”, algo que dirá también años después en la encíclica Spe Salvi. Sus palabras fueron estas: “en mí se reaviva esta conciencia: no estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce. Y me acompañan, queridos amigos, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza”. Contemplando todo lo sucedido en esos días concluye: “Sí, la Iglesia está viva; ésta es la maravillosa experiencia de estos días. Precisamente en los tristes días de la enfermedad y la muerte del Papa, algo se ha manifestado de modo maravilloso ante nuestros ojos: que la Iglesia está viva. Y la Iglesia es joven. Ella lleva en sí misma el futuro del mundo y, por tanto, indica también a cada uno de nosotros la vía hacia el futuro”.
De aquella homilía todos esperábamos un programa de pastoral y de gobierno. Sin embargo, Benedicto XVI, el creyente y buen teólogo, nos va a perfilar algo mucho más importante y profundo: el sentido y la belleza de ser cristiano, de ser pastor. Mi verdadero programa de gobierno –afirmó- es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia.
Y para explicar el sentido y la belleza de ser cristiano y pastor va e explicar la simbología de los dos signos que en esa misa se le impusieron: el palio y el anillo del pescador. El palio de lana pura recuerda la oveja perdida, enferma o débil, que el pastor lleva a cuestas para conducirla a las aguas de la vida. Al igual que Cristo buscó esa oveja perdida, así la Iglesia debe buscar al ser humano en su desierto. De forma elocuente y bella dijo: “hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores. (…) La Iglesia en su conjunto, así como sus Pastores, han de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud”.
El anillo del pescador recuerda el texto evangélico de la pesca milagrosa. Comenta así el papa: “También hoy se dice a la Iglesia y a los sucesores de los apóstoles que se adentren en el mar de la historia y echen las redes, para conquistar a los hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo, para la vida verdadera. Los Padres han dedicado también un comentario muy particular a esta tarea singular. Dicen así: para el pez, creado para vivir en el agua, resulta mortal sacarlo del mar. Se le priva de su elemento vital para convertirlo en alimento del hombre. Pero en la misión del pescador de hombres ocurre lo contrario. Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera. Así es, efectivamente: en la misión de pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios (…) La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo”.
Aquella homilía terminó con un llamado especial a los jóvenes, siguiendo el recuerdo de Juan Pablo II. “Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida”.
Termino esta crónica de los primeros días de Benedicto XVI recordando su homilía, la tercera que quiero recordar, en su visita a la Basílica de San Pablo Extramuros de Roma el 25 de abril de 2005. Considera esa visita una peregrinación a la tumba de San Pablo, a las raíces de la misión, de la misión que Cristo resucitado encomendó a san Pedro, a los Apóstoles y, de modo singular, también a san Pablo, impulsándolo a anunciar el Evangelio a los gentiles. Ello le da pie para recordar el inimitable trabajo misionero de Juan Pablo II y pide al Señor alimente también en él un amor semejante, para que no descanse ante la urgencia del anuncio evangélico en el mundo de hoy. La Iglesia, por su misma naturaleza, es misionera; su tarea principal es la evangelización.
Perdonad que me haya alargado tanto, pero es que es difícil resumir tanto contenido sin traicionarlo o sin que pierda su fuerza y su belleza.
Varios temas han ido saliendo de aquellas primeras palabras de Benedicto XVI, que marcan su pontificado y su magisterio: unidad, comunión, ecumenismo, paz, confianza en Dios y en la Iglesia, Eucaristía, presencia de Cristo, caridad, esperanza, belleza y alegría del cristianismo, misión, libertad, juventud… No es este un papa pesimista como algunos han caricaturizado, sino realista, que sabe de sombras y las mira de frente… y lo mejor: aporta luces y esperanzas.


