“Yo te amo Señor, tú eres mi fortaleza”. Este es el salmo que acabamos de proclamar en esta Misa. Pero hoy cobra para mí, y creo que para toda la comunidad, un sentido aún mayor. Efectivamente, el Señor es nuestra fortaleza y por eso podemos estar alegres por el gran don que el Señor nos ha hecho con la celebración de esta I Asamblea Parroquial Extraordinaria, que abre un nuevo trienio pastoral en nuestra Comunidad.
Me siento especialmente satisfecho por la respuesta que los feligreses habéis dado, tanto con vuestras aportaciones por escrito, como por vuestra participación esta tarde. Juntos hemos rezado dando gracias a Dios por el don de pertenecer a su Iglesia, y en concreto a esta gran Parroquia de la Asunción. Todos hemos pedido luz para descubrir lo que el Señor pide de nosotros en estos momentos concretos que vivimos en nuestra sociedad y en nuestra parroquia; y creo que el Señor nos ha abierto los ojos. Muchas, y muy positivas, han sido vuestras aportaciones. Simplemente por el hecho de las mismas ya me siento alegre, porque descubro en vosotros un interés y un amor al Señor y a la Iglesia. Ahora se trata de que juntos, unidos, las pongamos en marcha, con la gracia del Señor.
Quiero resumirlo todo en cuatro palabras, que serán como los hitos en nuestro camino durante el próximo tiempo. No son nada nuevas, son las de siempre, pero debemos aprender del Señor a vivirlas de una forma nueva y más auténtica.
La primera palabra es COMUNIDAD. Desde este momento me la oiréis muchas veces, porque es uno de los grandes valores de nuestra Parroquia. Somos muchos y muy distintos. El Señor se congratula en esa riqueza. Pero también quiere que trabajemos unidos y coordinados, como una familia, o como dice el apóstol Pablo, como un cuerpo con diversos miembros. Comunidad significa sentirse hermanos unos de otros, con intereses comunes, unidos con un mismo amor de benevolencia. Significa compartir. Significa acompañar. Significa caer en la cuenta de que no podemos avanzar solos, sino solamente unidos y con un horizonte común: el Señor Jesús. Significa fraternidad, porque todos llamamos a Dios “Padre nuestro”, Padre no solo mío sino de todos.
La segunda palabra es CARIDAD. Hemos escuchado de labios del mismo Jesús esta tarde la importancia de amar a Dios y al prójimo. El papa Benedicto XVI nos recordó a comienzos de su pontificado con su magnifica encíclica “Deus caritas est” la importancia del amor auténtico para la vida cristiana. Un amor que nace de Dios y lleva a Dios y a los hermanos. Es la esencia de la vida cristiana, la más alta de todas las virtudes. Desde este convencimiento debemos vivir esta nueva realidad con un amor entrañable por los demás, especialmente por los más desfavorecidos de nuestro barrio y de nuestra sociedad, al modo como lo haría Jesús entre nosotros. Debemos reconocer la mirada de Cristo en nuestras almas, para aprender a mirar a los demás como él mismo lo hace. Los grupos de Caridad, especialmente Cáritas, deben tomar protagonismo desde hoy en nuestra parroquia.
La tercera palabra es EVANGELIO. Conocerlo es conocer a Jesucristo y la vida nueva que nos aporta; desconocerlo es perdernos en caminos que no llevan a ninguna parte. Necesitamos un mayor conocimiento de la Palabra de Dios, una mayor formación cristiana. Vivimos en un mundo que reclama razones y nosotros debemos aprender a dar razón de nuestra esperanza. Pero ese conocimiento es progresivo y aumenta conforme se regala a los demás. Es curioso, pero cuanto mayor testimonio damos, mayor conocimiento de la Palabra adquirimos y viceversa. El evangelio nos enriquece por todas partes. Los grupos de evangelización siguen siendo necesarios, esenciales, en nuestra actividad pastoral. Desde aquí quiero abrazar y animar a todos nuestros catequistas y maestros.
La cuarta palabra es EUCARISTÍA. Es el centro, la fuente, el culmen de la vida cristiana. Todo parte de la Eucaristía, todo lleva a la Eucaristía, es ahí donde está toda la Comunidad, donde bebe la Caridad, donde se nos predica el Evangelio. Es ahí donde está siempre Jesucristo, donde se le descubre, donde se le responde y donde se le ama. La Eucaristía es un deseo y un mandato del Señor, cumplido y expresado en la noche de su pasión. Ahí tenemos el pan de vida eterna, a Jesús mismo entregándose por nosotros. Amándonos. Haciéndonos suyos.
Son las palabras de siempre, sí. Pero debemos aprender a descubrirlas como nuevas, como llenas de sentido y de fuerza para todos. Si descubrimos su novedad y nos llenamos del Espíritu Santo para hacerlas nuestro mayor tesoro, estaremos en el camino de la santidad y descubriremos lo grande que es el Señor con nosotros, y estaremos realmente alegres. No es otro nuestro objetivo ni nuestro propósito para estos próximos años.
Os doy las gracias de nuevo, por vuestra magnífica y generosa respuesta en esta Asamblea Parroquial. Pido al Señor tenga compasión de nosotros, nos llene de fuerza y de luz, para realizar los propósitos que el Espíritu Santo ha puesto esta tarde en nuestros corazones. Bendito sea Dios, a él la gloria por siempre. Amén.
Octubre 28, 2008 at 1:18 am
Precioso sermón. Ayer te lo escuche tambien en la trinitarias y ya me gustó. Por cierto, muy bien la fiesta del Santisimo Redentor y de María Santisima de la Trinidad. Enhorabuena!!!