Esta mañana me puse en el confesionario muy pronto, cuando apenas había nadie en la Iglesia. Mientras llegan algunos fieles a confesar me gusta orar y observar cómo entran los cristianos en el templo, cómo pasan a la Capilla del Santísimo, cómo oran ante la imagen de la Asunción, cómo encienden unas velitas en el lampadario, cómo se sientan o se arrodillan, cómo se saludan a veces tan efusivos que interrumpen la oración de los demás… A veces me gustaría poder meterme en sus mentes y descubrir sus pensamientos, sus preocupaciones, sus penas y sus alegrías… A veces, me enfadan cuando no veo el respeto debido al lugar santo… pero siempre oro por ellos mientras los observo pidiendo al Señor que los escuche y les dé fuerzas…
Se abre la puerta del cancel con un poco de jaleo al choque de las ruedas en las jambas. Pasa Cleo en su silla de ruedas empujada por su hijo Pedro José y su esposo Francisco. Me admira esta mujer. Mayor, enferma, doblada… pero siempre con su sonrisa en la cara. Cualquier otro ya habría desistido de venir a misa o a cualquier acto… ella no. Mueve Roma con Santiago si hace falta por venir. Estoy seguro de las complicaciones que entraña traerla y por eso me admira la paciencia y el cariño de Pedro. La silla avanza por los pasillos… Cleo se fija en los detalles…, de lejos me mira, nos saludamos en silencio, simplemente con los ojos o la sonrisa o levantando la mano. Pedro la levanta de su silla para sentarla en el incómodo banco de la iglesia. Sus ojos van directos al crucificado, hoy era su fiesta. Mientras Pedro aparta la silla al rincón, también le saludo con el gesto intentando transmitirle mi agradecimiento a su esfuerzo.
Cleo saca de su bolso el rosario de perlas blancas. Ese tiempo es para el Señor y para nadie más. Lo desgrana en padrenuestros y avemarías que reza moviendo sus labios. Seguramente estará pensando en su hijo Jesús que está en Francia, o en su hija que está en Cabra, o quizás en el mayor, o en el mismo Pedro que viven en Martos, o quizás… quien sabe… De vez en cuando, con sigilo, levanta el rostro hacia el crucificado. Nada ni nadie la saca de su recogimiento, ni el ruido de los fieles que entran, ni Flora que se sienta a su lado, ni su marido Francisco, tan recto como antiguo Guardia Civil, ni yo mismo que me acerco a saludarla, esta vez con palabras de cariño. Ese momento es sólo para Jesús.
Escuchará misa, atenderá a mi homilía, donde hoy hablo de la cruz gloriosa del Señor y de las cruces penosas de nuestras vidas. Y todavía hará un esfuerzo por levantarse y con la ayuda de otros acercarse a comulgar… sonriendo.
No sé si ella se dará cuenta y agradecerá el esfuerzo de todos por ella. Pero me admira su fe, al igual que me admira la caridad de los que la rodean… y no puedo dejar de pensar cómo puedo amar y servir más y más a esta gente buena…
Ex corde, Facundo