Si recordáis, el domingo pasado Jesús nos explicaba como era de “extraño” a nivel humano nuestro Dios que daba a todos la misma paga de gloria, aunque unos hubiesen trabajado más que otros en su viña.

Este domingo, sin embargo, Jesús nos invita, con la parábola de los dos hijos a caer en la cuenta de cual es nuestra responsabilidad personal y cómo debemos responder a la invitación de Dios con un sí generoso y efectivo.

El Señor nos da su lección hablándonos de aquellos dos hijos que son requeridos por el padre para ir a trabajar en la viña. El primero dice “no”, pero después arrepintiéndose va; el segundo dice “sí” pero al final no acude. La pregunta de Jesús ante esa situación: ¿quién de los dos hizo lo que quería el padre? La respuesta la dan los sacerdotes y ancianos del pueblo: el primero, que aún siendo díscolo, responde al final a ese requerimiento. Con esta parábola el Señor desenmascara la actitud de los sacerdotes y ancianos del pueblo que considerándose los buenos, los elegidos, rechazan la posibilidad del amor de Dios por los que no son como ellos y por tanto la posibilidad de salvación de los pecadores.

A nosotros esta parábola nos enseña dos cosas fundamentales:

- La misericordia de Dios, que no mira nuestros pecados, sino más bien nuestro arrepentimiento y nuestras ganas de crecer humana y cristianamente. Es lo que hemos escuchado en la primera lectura: cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. Ciertamente la realidad del pecado está ahí, pero no es una realidad que nosotros no podamos superar con la gracia de Dios, ni es ante todo una realidad que Dios no pueda perdonar. Se trata de que recapacitemos, -dice el profeta Ezequiel- y nos convirtamos.

- El Evangelio es también una invitación a revisar nuestras actitudes, la autenticidad de nuestros compromisos, la veracidad de nuestros sies y de nuestros noes. A Dios hay muchas veces que le decimos “sí” pero luego no cumplimos. Hemos sido bautizados, incluso celebramos habitualmente la eucaristía, pero ¿realmente eso se trasluce luego en nuestra vida cotidiana? Recordad aquello que también dijo Jesús en el sermón del monte: “no todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo” Ahí está esa masa enorme de personas que se dicen cristianos no practicantes, pero ¿es realmente posible ser cristiano y no practicar? Quien pone su mano en el arado y echa la vista atrás no es digno de mí –dijo el Señor-.

San Pablo, en la segunda lectura, nos ofrece un motivo de alegría para el apóstol: que los cristianos se mantengan unánimes y concordes en un mismo amor y un mismo sentir, no obrando por envidia ni ostentación, sino dejándose guiar por la humildad…

El modelo de vida que presenta Pablo es el mismo Jesucristo; así la identidad cristiana radica en una existencia en los sentimientos propios de una vida en Cristo, el cual se abajó sobre todo, para ser elevado como Señor de todo. Como diría el Apocalipsis Jesucristo es el “amén”, el “sí” de Dios a la humanidad. Con su obediencia ha restaurado aquellos dones que por nuestros pecados habíamos perdido.

Hermanos, tomando la lección de esta Palabra, seamos auténticos y sinceros, responsables y coherentes en nuestra respuesta a Dios. Que nuestro sí sea sí, y que en todo tengamos a Jesucristo como modelo.