A primera vista nos podría sorprender la actitud primera de Jesús ante la mujer cananea. Jesús se había retirado a la región fenicia de Tiro y Sidón, fuera del alcance de los judíos. Es ahí donde, después del diálogo con esta mujer, algo profundo va a cambiar en el corazón de Jesús y de la Iglesia. ¿En qué consiste ese cambio?
El pueblo judío tenía una fuerte convicción de ser el pueblo de Dios; así aparece clarísimamente en muchos textos del AT. Este sentimiento, sin embargo, había desembocado en un exclusivismo xenófobo y peligroso, de tal forma que los judíos dividían el mundo en dos sociedades: Israel y los gentiles, los paganos, los “perros”. No era esta una nota unánime: también en el AT aparecen textos, como el que hemos escuchado de Isaías 56, donde hay una apertura universalista, pero en el sentimiento popular el exclusivismo era ciertamente predominante.
Jesús, en un primer momento, participa también de la cultura y de los sentimientos de su pueblo: de ahí la primera negativa a actuar a favor de la cananea y la expresión, tan dura a nuestros oídos, que le dirige en un primer momento: “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel…No está bien echar a los perros el pan de los hijos”.
Sin embargo toda va a cambiar gracias a ese diálogo fecundo con la mujer cananea. Y es que la fe mueve montañas y mueve ciertamente el corazón de Jesús.
En primer lugar el grito de auxilio de la mujer: “Ten compasión de mí”. No podemos conocer el alcance de la fe de aquella mujer en Jesús, aunque ciertamente le reconoce como Señor y Mesías, hijo de David, y se arrodilla ante él; esto es mucho más de lo que los judíos habían podido admitir de Jesús hasta ese momento. Además confía plenamente en su poder, pidiendo el milagro de la curación de su hija. Tras la primera negativa de Jesús, ella va a insistir con toda humildad, pidiendo “las migajas” del evangelio que han rechazado los judíos.
Es toda una lección para nosotros. La mujer cananea nos enseña como debe ser nuestra oración: confiada, insistente, humilde, pide compasión y adora. ¿Cómo no iba a mover esto el corazón de Jesús? Ahí está el cambio: desde ese momento Jesús reconoce la fe de los gentiles, y se introduce un motor de cambio en los creyentes en Jesús; caemos en la cuenta de que nuestro corazón no puede ser exclusivista, no puede encerrarse en sí mismo, que en todos puede encontrar riqueza y aliento. La fe se convierte en el motor de la tolerancia y de la caridad universal y en el mejor antídoto contra la xenofobia o el nacionalismo excluyente. Frente a los fundamentalismos religiosos y políticos que se están introduciendo en nuestra sociedad, la iglesia propone su mensaje y exige libertad para hacerlo, pero no impone su visión, ni pretende hacerlo. La fe cristiana es consciente de su riqueza, por eso no se arredrará ni se rebajará en aras a falsas estrategias de evangelización, ni a falsos diálogos y alianzas de civilizaciones, pero sí estará atenta a descubrir las riquezas de los demás, a valorarlas y defenderlas.
Este mensaje debió tener un amplio calado en la comunidad de Mateo, tentada de encerrarse en sí misma y no admitir a los nuevos cristianos procedentes del paganismo. Ha tenido, así mismo una amplia repercusión en la historia de la iglesia, que por algo se define así misma como católica, es decir, universal. A pesar de los fallos, es sintomático que el cristianismo, a diferencia de las demás religiones, se haya extendido en el mundo entero asumiendo las diversas culturas, no anulándolas ni imponiendo una concreta. Y así, hoy por hoy, podemos decir orgullosos, y nadie puede negar, que la iglesia es la casa de todos los pueblos y naciones, de todos los hombres y mujeres, de todas las culturas y civilizaciones, porque Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
Con todo el corazón, Facundo.