Si recordáis en el evangelio del domingo pasado, el Señor proclamaba a Simón Pedro piedra de su iglesia. El motivo de este encargo era que Simón había confesado la fe auténtica en Jesús como Mesías e Hijo de Dios por revelación del Padre.
Sin embargo fijaos como justo después de ese acto el evangelio de este domingo nos presenta algo muy diferente. Cuando Jesús, el Mesías e Hijo de Dios, empieza a advertir a sus discípulos que tiene que padecer, morir en la cruz y resucitar, es el mismo Pedro el que intenta enmendarle la plana: eso no puede pasarte a ti –dice-. La respuesta de Jesús a Pedro es durísima, quizás la más dura del Evangelio. Literalmente dice: ponte detrás de mí, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.
¿Qué ha pasado? El discípulo que confesó la fe ahora intenta enmendarla; el que había sido aprobado y bendecido con una misión excepcional ahora es fuertemente reprendido. El motivo es que antes ha acogido la revelación del Padre, ahora se ha olvidado de ese pensamiento, para pensar como los hombres, no como Dios.
Aquí hay algo realmente importante para nosotros los cristianos: debemos pensar como Dios, no como los hombres. Porque los pensamientos de los hombres a veces son frágiles y débiles; la verdadera sabiduría se encuentra en Dios. San Pablo nos dice eso mismo en la segunda lectura: “no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto”. En estas palabras hay un profundo realismo de la condición humana, pobre en muchos aspectos, herida por el pecado, pero capaz de acoger a Dios, capaz de ser transformada, renovada, capaz de vivir en lo bueno, aunque eso conlleva ciertamente un esfuerzo. La voluntad de Dios no es siempre algo obvio, con frecuencia está escondida en los complicados pliegues de la existencia cotidiana y tendremos que descubrirla a base de un esfuerzo inteligente, desinteresado y fiel. El Señor nos pide ese esfuerzo porque confía en nosotros.
Frente al pensamiento débil (pensiero debole, que dice el filosofo italiano Vattimo), frente a la apatía, frente a la pereza intelectual, frente a la demagogia que se ha colado en nuestra sociedad, Cristo nos ofrece otro camino, otra alternativa: un pensamiento fuerte, inspirado en el amor y en la verdad, capaz de sobreponerse a las adversidades. Un pensamiento que se traduce en vida, que es vida. Buscar la Verdad con mayúsculas, ajustar la vida a esa Verdad, tener la sabiduría del corazón y de la cultura humana, tan enraizada en la fe a lo largo de la historia, esa ha sido una de las claves de la vida de los santos y de los grandes maestros de la humanidad. Un ejemplo luminoso: la gran filósofa alemana Edith Stein, tras leer el Libro de la Vida de Santa Teresa, descubrió esa Verdad… y todo cambió para ella, sin renunciar a su previa sabiduría humana, la perfeccionó de modo impresionante desde la fe. El papa Benedicto XVI, quizás el mayor intelectual en el mundo en la actualidad, nos recuerda con su lema -Cooperador de la Verdad- y con su magisterio todo esto también.
Otro detalle a destacar y que pasa desapercibido por una no muy buena traducción del texto en castellano es la invitación de Jesús a Pedro. En el original griego Jesús dice Ponte detrás de mí. Son palabras semejantes a las que le había dicho en el momento de su vocación. En definitiva en el reproche de Jesús va implícita su invitación a que vuelva a ser discípulo, seguidor; sólo así podrá tener ese pensar de Dios, esa clave para interpretar el mundo y a los hombres.
Ese es también nuestro reto en la actualidad: dejarnos seducir por Dios, como decía Jeremías en la primera lectura, pensar e interpretar nuestro mundo, nuestra sociedad, al ser humano concreto, desde la fe, para llegar a descubrir lo bueno, lo perfecto, lo que agrada a Dios… lo que nos hace realmente grandes…